Juntas en Barcelona Verdades #3
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Verdades #3

—Ya veo. Si no me equivoco, la reapertura es mañana.

Muy bien, señora, ahora mismo me pondré en contacto con otro carpintero.

Por la parte eléctrica, no se preocupe. En quince minutos estaré allí para solucionar ese y todos los problemas que pueda.

—Su voz mostraba una determinación muy tranquilizadora—.

¡Ah! Por cierto, el carpintero que debía ir ayer fue padre.

De ahí su ausencia. Espero que lo comprenda.

—Vaya, eso cambia las cosas. Es una urgencia más que justificada. Le esperamos a usted y a su ayuda. Gracias. —Empezaba a ver el mundo menos negro.

—Lo que sí le aconsejo es que llame a todos los empleados posibles. Soy consciente de que es domingo y no deberían trabajar, pero al ser un caso excepcional, seguro que los más leales acudirán —le sugirió.

—Gran consejo. Ahora mismo me pongo a ello. Le veré en breve —se despidió.

Acto seguido, se tomó un momento para hacer una lista mental de todos los trabajadores a los que podía llamar. La verdad es que no tenía mucho trato con la mayoría, si esto fuese la Colonia tendría a una cuadrilla considerable. Poco a poco fue creando una lista.

Cuando llegó el capataz, Inés ya había realizado todas las llamadas pertinentes.

—Buenos días. Ya podemos presentarnos debidamente, soy Fermín. —Dejó la caja de herramientas en el suelo para poder estrecharle la mano.

Inés notó lo ásperas que eran, clara muestra de lo mucho que trabajaba con ellas.

—Buenos días, soy Inés de la Corte. Antes de nada, agradecerle que haya venido con tanta rapidez.

—Si le parece, voy a inspeccionar el cuadro eléctrico por si falta algo más que las lámparas —dijo, mientras cogía su caja de herramientas y se ponía a trabajar.

A los pocos minutos, llegó José. Su cara de sorpresa al ver lo destartalada que estaba la tienda fue suficiente para que Inés se anticipase:

—Lo sé. No me digas más —le pidió, con cierto cansancio en la voz.

—Pues nada, a trabajar —dijo con una sonrisa mientras se desabrochaba el nudo de la corbata—. ¿Por dónde quieres que empiece?

—Ve al almacén. Allí está Fermín, es quien va a solucionarnos esto, espero. Si él no precisa de tu ayuda, empieza a sacar sacos de escombros —le propuso mientras le sujetaba la chaqueta y la corbata.

—Me pongo a ello. —Se terminó de remangar y puso rumbo al almacén.

Después llegó Nieves, con productos de limpieza en la mano.

—Supuse que nos harían falta —dijo levantando los cubos llenos de trapos y jabones.

Inés sonrió al verla; esa mujer siempre iba por delante.

—Me encanta que pienses en todo —le confesó con una sonrisa.

—También he traído café—respondió, muy orgullosa.

—Déjalo en el despacho del almacén. Dejaremos esa sala para que descansen cuando estén exhaustos.

Nieves obedeció. Todo el mundo tenía una tarea.

Había pasado una hora y media cuando un hombre muy fornido apareció por la puerta.

—Buenos días. Vengo de parte de Fermín. ¿Sabe dónde puedo encontrarle? —preguntó con una voz extremadamente suave para su aspecto tan rudo.

—Buenos días. Soy Inés de la Corte. —Le vio asentir, pero sin que le importase lo más mínimo lo que ella tuviera que decir. Al ver su reacción, dejó las formalidades a un lado—. Fermín está en la puerta del fondo.

Asintió y fue en su busca. Inés notó cómo alguien le tocaba el hombro.

—¿Salimos un momento? —preguntó Lina con voz dulce.

Inés caminó hacia la puerta a modo de respuesta.

—¿Estás mejor?

—Sí, poner las cosas en marcha hace que todo parezca diferente —hablaba sin dejar de echar vistazos a la puerta de la tienda. Quería volver, pero deseaba estar con ella.

—Nunca antes te había visto así, y me he quedado muy preocupada. —Fue a rodearla por la cintura, pero se contuvo nada más empezar el movimiento.

El tono de voz enterneció a Inés. No podía pagar su enfado ni lo estresada que estaba con ella. Es más, si Lina no la hubiese tranquilizado, no habría encontrado soluciones tan rápido.

—Perdóname. Estoy muy nerviosa con todo esto.

Es un problema que se escapa de mi control, y sabes…

—le acarició el brazo— que no llevo muy bien cuando pasa eso.

Pero —Inés cambió el peso de un pie a otro para poder acercarse un poco más a ella— me has ayudado mucho.

Gracias por tranquilizarme. Tienes esa habilidad, y me encanta.

La sonrisa más sincera apareció en el rostro de Lina. Al verla, sintió cómo sus problemas se volvían más ligeros.

—Vamos dentro. Hay mucho que hacer —dijo Lina, abriéndole la puerta para que pasase delante.

Antes de cerrarla, vio cómo Mireya se acercaba con un hombre. Tras observarlo bien, pudo comprobar que era Antonio.

—Buenas, Lina. He traído refuerzos—dijo, señalando al hombre que le acompañaba.

—Cuantos más seamos, mejor —los invitó a entrar con un gesto de la mano.

Antonio fue enseguida al almacén. José sintió cómo le hervía la sangre. No había valorado esa posibilidad. No esperaba encontrárselo en ese contexto. Es más, no esperaba volver a verlo.

—¿En qué puedo ayudar? —Antonio lanzó la pregunta al aire.

—Acércame la escofina—le ordenó el hombre robusto.

Antonio se acercó a la caja de herramientas, movió un par de ellas hasta encontrar lo que le habían pedido.

—Aquí tiene —dijo, acercándole el utensilio.

El trabajador se sorprendió al ver que le había dado la herramienta correcta.

—¿Tú sabes de carpintería? —preguntó mientras se limpiaba el sudor de la frente.

—En mi casa todos hacemos de todo. He tenido que reparar más de un mueble.

—Muy bien, chico. Te quiero a mi lado todo el tiempo. Hay mucho trabajo y no me fío de… —le echó una mirada a José antes de continuar— este finolis.

Antonio se sintió bien al ser elegido por encima de José por segunda vez, pero no pensaba regodearse en ello.

José colgó el reloj del almacén. Marcaba un poco más de las doce del mediodía.

Un hombre llamó a la puerta. Clara le abrió encantada.

—Hola a todos. Me han pedido que os traiga esto. —Tomás levantó la caja de madera que llevaba en sus brazos.

Sofía dejó la escoba que tenía en las manos para darle un abrazo a su novio.

—Muchas gracias por venir. Dame, que lo llevo al despacho. —Intentó arrebatarle la caja de las manos.

—Déjalo, cariño, que pesa bastante —contestó caminando hacia el fondo de la tienda.

Inés le siguió. Alguien debía pagar el contenido de esa caja.

—Muchas gracias por venir. —Sacó su cartera del bolso. Tomás, al ver el gesto, la detuvo.

—La jefa me ha dicho que os lo apunta. Imagina que hoy necesitaréis muchas cosas. Mañana te pasa la cuenta y todo arreglado —explicó—. También me ha dado permiso para quedarme hasta la hora de la comida. No tengo mucha maña, pero puedo sacar esos sacos de escombro.

Inés le sonrió encantada. Ese chico había pasado desapercibido para ella hasta ahora. Ese gesto le generó una impresión muy positiva.

—Pues adelante. Hay mucho escombro que sacar —le animó.

Antes de que Inés pudiese salir de la zona de descanso, Ana Belén la abordó.

—Discúlpeme, doña Inés, pero es muy urgente. Necesito hablar con usted —la tensión era latente en su voz.

Le pilló desprevenida. Con un gesto la invitó a entrar. Cerró la puerta a su espalda.

—Usted dirá. —Tuvo que hacer esfuerzos titánicos para no cantarle las cuarenta allí mismo. Si ayer hubiese supervisado la obra, hoy no tendrían un problema tan grande.

Ana Belén puso su bolso sobre la mesa.

—Quiero confesarle una cosa. Estoy dispuesta a acatar las represalias pertinentes. —Movió una de las sillas para que estuviesen juntas.

Inés se sentó. Estaba expectante por saber qué camino tomaría esa conversación.

—Hace un tiempo… —el nerviosismo se notaba en su voz— como usted bien sabe, Severiano y yo tenemos una relación.

Bueno, teníamos —se corrigió a sí misma—.

Antes de empezar a salir, él me pidió ayuda para redactar unos documentos sobre sus ventas.

Decía que su secretaria no daba abasto con todo el trabajo y que yo sería de gran ayuda.

Inés logró contener la bestia que luchaba por salir, necesitaba seguir escuchando. Ella confiaba en su teoría sobre cómo habían ocurrido los hechos. Tal vez la versión de Ana Belén le ayudase a esclarecer algunas partes de la historia que tenía más turbias.

—Empecé con contratos, después pasé a llevar su agenda y redactar informes…

al poco tiempo me había convertido en su secretaria personal.

De trabajar codo con codo cada día, surgió el amor…

o eso pensé —se podía discernir dolor en sus palabras cuando hablaba de su relación con él—.

No quiero irme por las ramas… —La encargada cogió aire para poder seguir—.

Un día me contó los problemas económicos que tenía.

Las facturas médicas de su mujer le estaban haciendo sangrar los bolsillos. Fui muy estúpida y me dejé embaucar.

—Te involucró en una empresa intermediaria para vender a Francia los productos de la Corte —no pudo más y terminó la frase por ella, desvelándole que ya conocía ese suceso.

Ana Belén se quedó sin habla. Estaba atónita.

Inés aprovechó. Era su turno.

—Firmaste ventas, muchas ventas, a una modistería.

En concreto, a Modistos Rodríguez. Ellos hacían la venta a Francia y vosotros os quedabais con los trámites de gestión.

Déjame decirte que, por lo que he visto, fue una buena suma.

Por no hablar del desajuste en las cuentas de unos meses determinados —concluyó, orgullosa de todas sus averiguaciones.

La encargada empezó a reaccionar.

—¿Qué desajustes en las cuentas? —preguntó, sin poder creer lo que escuchaba.

—Lo que he dicho. He revisado personalmente las cuentas y una gran cantidad de dinero ha desaparecido. No aparece en ninguna parte. Sí está en el libro gastos. Pero no figura entre los ingresos —le aclaró.

Esa parte era la que necesitaba saber: cómo sustrajo ese dinero sin que se enterasen.