Verdades #2
—No te lo vas a creer —dijo con cierto tono de misterio—. La trama es más grande de lo que pensaba. —Guardó silencio.
—No me tengas en ascuas, explícate —le ordenó con cariño.
Inés la miró de reojo. Le encantaba hacerla rabiar un poco. Su faceta de cotilla le resultaba muy divertida.
—Resulta que muchos de los contratos de Barcelona están hechos con una empresa intermediaria. Una tal Modistos Rodríguez. Todos y cada uno de los documentos están firmados por… ¿adivina? —preguntó divertida.
—¡Severiano! —respondió Lina, segura de que era la respuesta correcta.
Inés movió la cabeza a modo de negación.
—¡Ana Belén! —dijo sorprendida, con los ojos muy abiertos.
Al ver en sus ojos la confirmación, soltó un grito que se pudo escuchar desde la playa.
—¡Ssshhh! —Inés acarició ese leve sonido con sus labios.
Lina tuvo que taparse la boca para controlar el volumen, porque la noticia le había pillado totalmente desprevenida.
—Entonces Severiano… ¿no tiene nada que ver en todo eso? —preguntó más tranquila.
—Todo indica que no. No he encontrado en ninguno de los contratos su nombre.
—Se puso seria—. Me cuesta creer que todo este entramado haya sido orquestado por una sola persona, y más trabajando de encargada.
Creo que ella no tiene los contactos ni el acceso a la documentación necesaria para ello.
Me da la sensación de que Severiano está detrás, solo que ha sabido cubrir sus huellas utilizándola como cabeza de turco.
—Yo la veo totalmente capaz de hacerlo ella sola. Esa mujer es muy inteligente. ¿Sabes quién sí tiene experiencia y puede conocer todas esas cosas que dices? —Esta vez fue Lina quien quiso crear suspense.
Inés no respondió. Se limitó a levantar una ceja y mirarla de reojo.
—Su madre. Esa señora que llevaba en la empresa más años que la tos. Seguro que sabe todos los entresijos que hay que seguir para montar algo así.
—No debería descartarlo… en este tipo de asuntos todo puede ser. Pero ese hombre… —Hizo una pausa para elegir las palabras sin improperios—. Le veo muy capaz de quedarse con el dinero y utilizar a una pobre mujer para pagar el pato.
Con tanta conversación, ya estaban en el edificio. Lina abrió la puerta del ascensor. Cogió la mano de Inés para atraerla hacia ella.
Ambas miraron hacia las escaleras, buscando algún vecino. Al ver que estaba despejado, Lina recorrió la distancia que las separaba para satisfacer su deseo más profundo: besarla.
Una vez en casa, dieron rienda suelta a su pasión.
Hicieron el amor como hacía tiempo. Se dejaron llevar por el placer, por la conexión entre ambas.
El disfrute y las ganas de satisfacer a su amada fueron las auténticas protagonistas de aquella noche, dejando a un lado las dudas, los miedos, los arrepentimientos y, sobre todo, los secretos.
A las nueve menos cinco de la mañana ya estaban en la puerta de la tienda todas las mujeres implicadas. Inés, al recibir el saludo de Ana Belén, tuvo que convencerse a sí misma de que no era el momento de enseñar sus cartas.
Con cierto nerviosismo, la encargada abrió la puerta principal.
Inés fue la primera en entrar. Se quedó clavada en el umbral.
Todos querían saber qué había producido esa reacción.
Lina le puso la mano en la espalda y la invitó a seguir avanzando, ejerciendo un poco de presión.
Inés reaccionó y dio un par de pasos, liberando la entrada para que pudiesen pasar.
La tienda no estaba terminada. Faltaban muchas cosas todavía.
Las lámparas estaban sin colocar, las estanterías sin atornillar, y todo lo referente a carpintería estaba sin hacer.
Había sacos con escombros en uno de los laterales, botes de pintura junto a más materiales de la obra en otro rincón; el suelo estaba lleno de huellas y gotas de pintura…
Inés se llevó las manos a la cabeza. Nunca habría imaginado que faltase tanto por hacer.
Inmediatamente se giró hacia Ana Belén. La fulminó con la mirada.
Una ira incontrolable estaba surgiendo desde lo más profundo de sus entrañas.
Ella debía ser quien se encargase de supervisar el trabajo de los obreros.
No podía ser que estuviese tan sorprendida como ella.
Eso solo podía significar que ayer no había pasado por la tienda.
Lina imaginó la reacción que iba a tener solo leyendo el lenguaje de su cuerpo.
—Creo que debemos salir a tomar el aire —la excusó con las demás, a la vez que la cogía del brazo y la sacaba de la tienda.
Una vez fuera…
—Inés, respira —le sugirió, mientras le ponía la mano en el estómago.
—¿Tú has visto eso? ¿Tú has visto todo lo que falta? ¿Tú…? —no pudo terminar; le faltaba el aire.
Lina nunca la había visto así: tan nerviosa, tan fuera de sí, tan… perdida.
Poco a poco, la fue guiando hasta la pared más cercana. Inés, al apoyarse en ella, empezó a respirar mejor.
Lina buscó su mirada; quería que sus ojos conectasen. Una vez que lo logró, empezó a respirar cada vez más despacio. Inés la imitó. Gradualmente fue controlando el aire que salía y entraba provocando que toda ella se calmase.
—¿Algo mejor? —preguntó, aunque era evidente la respuesta.
—Lina, nunca debí marcharme—confesó—. No debí dejar la responsabilidad de la obra a otra persona, no debí dejarte aquí enfadada, no debí permitir que durmiésemos separadas, no… —cortó sus palabras de manera abrupta, le volvía a faltar el aire.
—Amor —susurró.
Esperaba que con esa palabra de complicidad le prestase más atención. Pudo ver su objetivo cumplido cuando ella clavó los ojos en los suyos. Continuó hablando:
—No tenías manera de saberlo —sonaba suave, segura y con mucha calma.
Inés abrió la boca para interrumpirla, pero Lina se adelantó:
—No es el momento de buscar culpables, es el momento de encontrar soluciones. Nos vamos a quedar aquí hasta que te relajes y, juntas —buscó sus ojos de nuevo y asintió hasta que Inés la imitó—, vamos a averiguar cuál es el siguiente paso que debemos dar.
Lina se olvidó de que estaban en plena calle y la abrazó.
Ese abrazo sirvió más que todas las palabras que pudiese decirle.
—Tienes razón. Ponerme así o volcar la ira que siento sobre alguien no resuelve el problemón que tenemos. Aunque hay una persona a la que quiero poner en su lugar —mostraba furia en sus palabras.
—Lo harás. Después. Ahora no es el momento. ¿Qué quieres que hagamos? —preguntó, poniendo la mano en su brazo. Sabía que su leve contacto le ayudaba.
Inés cogió aire. Después miró su reloj con total determinación. En cuestión de segundos ya sabía cuál debía ser el siguiente paso.
—Voy a llamar al capataz de obra para averiguar qué ha sucedido.
Nada más decirlo, se encaminó al interior de la tienda. Lina no hizo ademán de detenerla. Si Inés necesitaba canalizar toda su ira de esa manera… lo sentía mucho por el encargado que no hubiese hecho su trabajo.
Mientras Inés hacía una llamada, las chicas empezaron a recoger lo que podían. La verdad es que no sabían por dónde empezar.
A los pocos minutos, la directora salió del almacén para dar noticias.
—He hablado con el jefe de obra. Ayer por la tarde el carpintero no se presentó.
Al parecer, tuvo una urgencia. En teoría debería estar aquí, pero evidentemente no es así.
Los obreros decidieron que su trabajo había terminado.
Según él, ellos no se encargan de la limpieza, por eso está todo manga por hombro.
—Inés dio un giro de trescientos sesenta grados con las palmas hacia arriba señalando toda la tienda.
—Bueno, pues nos arremangamos y lo dejamos todo listo —dijo Candela, quitándose la chaqueta.
—Claro, claro. Si todas arrimamos el hombro, seguro que dejamos esto impoluto. —Lina copió el gesto de su amiga.
Inés miró a sus empleadas. No sabía si con eso sería suficiente, pero debían intentarlo. La reapertura estaba programada y debían hacer lo imposible por lograrlo.
—De acuerdo. Vosotras empezad con el almacén.
Amontonad todo el escombro en un rincón y ya veremos cómo lo sacamos de ahí —ordenó, señalando a Lina y Candela—.
Tú, Clara, nada de peso. Quita toda esa cinta de las paredes y recoge todos los periódicos que hay por el suelo.
—Le puso la mano en el hombro a Clara para darle las instrucciones—.
Y vosotras… —Inés estaba tan decidida a sacar eso adelante que dejó a un lado sus problemas con la encargada—.
En el almacén hay un par de rasquetas. Id quitando las gotas que hay por el suelo para que luego podamos limpiarlo mejor —ordenó, dirigiéndose a Sofía y Ana Belén.
Las empleadas se pusieron a trabajar sin rechistar. Inés volvió al despacho. Iba a hacer lo que mejor se le daba: solucionar problemas.
Cogió una silla, dejó encima su agenda y empezó a girar la rueda del teléfono.
—¿Carlos? Hola, soy Inés. Perdona que te llame, pero tengo un problema muy serio y solo tú me puedes ayudar.
Tras explicarle todo lo sucedido, recibió el teléfono de la mano derecha de su padre. Ese hombre era capaz de solucionar cualquier problema.
—Te estoy muy agradecida. Descuida, te llamaré para contarte cómo termina.
Colgó apenas unos segundos. Cogió aire antes de marcar de nuevo el número.
—Buenos días, soy Inés de la Corte —la voz que escuchó al otro lado sonaba bastante dormida—. Lamento molestarle en domingo y, sobre todo, a estas horas tan tempranas, pero Carlos Ibáñez me ha dado su teléfono, tengo un problema con una de las obras.
—La tienda de Hilos de la Corte. ¿Cuál es el problema? —la voz era fría pero directa.
—Ayer no vino el carpintero, al parecer tuvo una urgencia.
Hoy, aún no ha aparecido, por lo tanto, tenemos todo lo referente a carpintería sin hacer.
Las lámparas tampoco están puestas y digamos que los obreros no han finalizado su trabajo con pulcritud —explicó de la manera más suave posible, pero mostrando la necesidad de soluciones.