Verdades
En un primer momento, ninguna supo qué contestar. Estaba claro que, Clara no le iba a contar con quién se besó. Tanto Lina como Candela debían mantener una conversación detenidamente sobre el tema, antes de hablar con ella. El silencio reinó. Inés, al no recibir respuesta, preguntó:
—¿Tantas cosas han pasado que no sabéis por dónde empezar? —bromeó con cierto miedo ante ese silencio atronador.
—Hemos visitado el centro de Barcelona —Candela salvó a su amiga. Era plenamente consciente de que ella no sabría qué más decir sin meter la pata. La quería muchísimo, pero no solía aguantar la presión al guardar un secreto.
Entre las tres le contaron la mañana turística que habían pasado. El trayecto hasta el bar de la playa se hizo corto. Según se acercaban podían notar el olor del pescado frito.
—Me suenan las tripas —Inés le confesó a Lina aprovechando la ocasión para acercarse un poco más a ella.
—Yo también tengo mucha hambre, pero de ti —le susurró al oído. Inés, mirándola, llevó dos dedos a sus labios.
Lina sonrió por el mensaje y le devolvió una sonrisa.
Clara escogió la mesa más cercana al mar. No sabía cuándo lo volvería a ver, por eso quería tenerlo cerca el mayor tiempo posible. Alos pocos minutos, el camarero llegó con la libreta en la mano.
—Esta noche tenemos una especialidad muy especial, para unas damiselas tan especiales como ustedes: sardinas a la parrilla —les propuso con una sonrisa.
—Si es la especialidad, yo lo quiero —Clara bromeó por la cantidad de veces que había utilizado esa palabra.
—Yo tengo tanta hambre que todo me vale —añadió Inés.
Lina puso mala cara. Sardinas… no era lo que más le apetecía.
—Aparte de las sardinas, ¿tienen otra cosa? —preguntó sabiendo que rompía la racha de respuestas positivas. El camarero guardó silencio; su cara mostraba una mezcla de vergüenza y apuro. Lina no supo muy bien qué decir a continuación.
—Os voy a ser sincero. —Se puso la mano en el corazón—.
El encargado no estaba y he sido yo quien ha ido al mercado.
Como las he visto con tan buena pinta y a tan buen precio…
he comprado más de las que debía. Tenemos más cosas, pero créanme, están deliciosas, son fresquísimas, cogidas esta misma mañana.
Solo con limón ya están para chuparse los dedos.
Lina miró a Candela. Eran las dos que quedaban por pedir.
—En ese caso, tráiganos una fuente de sardinas especiales para todas —habló Candela en nombre de su amiga y suyo.
—Y una ensalada —añadió Inés en el último momento—. Habrá que cambiar el sabor de vez en cuando, ¿no?
—Perfecto. De verdad, no se arrepentirán. ¿Qué quieren beber? —Las miró una a una.
Parecía que estaba calculando cuántas sardinas se iban a comer.
Inés tomó la decisión, para ella era evidente lo que mejor iba con las sardinas.
—Una botella de vino blanco para nosotras y… —Miró a Clara dándole pie a que continuase ella.
—Para mí, agua —dijo con cierta tristeza. Un vinito fresquito le apetecía mucho, pero el bebé iba primero.
—Marchando —dijo antes de irse casi corriendo. Nada más marcharse, la mesa rompió en risas.
—La especialidad de la casa es lo único que tienen —dijo Candela, controlándose para no reírse más.
—Porque es una especialidad muy especial. Vamos, la especialidad de los especiales —bromeó Clara.
A los pocos minutos llegaron las bebidas acompañadas de un plato de bravas.
—Estas son por cuenta de la casa, para que vean que tenemos más cosas. —El camarero añadió un guiño a su comentario.
Inés estaba deseando hincarles el diente. Todas cogieron sus tenedores y dieron buena cuenta de ellas.
—¿Cómo va la tienda? —preguntó Inés tapándose la boca llena. Las tres dependientas se miraron. No habían pensado en ella durante todo el día.
—La verdad… no lo sabemos. Quedamos con Ana Belén en que, si debíamos ir, nos llamaría. Por la mañana, no hemos tenido noticias suyas. Hemos supuesto que no hacía falta. Por eso nos hemos ido de excursión —explicó Candela.
El rostro de Inés cambió radicalmente. La preocupación fue laten-te. Se había ido y descuidado sus obligaciones. Lina le leyó la mente.
—No te preocupes, Inés. Seguro que todo está bien. Si no nos han dicho nada, es porque allí no podíamos ayudar. Mañana a primera hora vamos y vemos lo que queda por hacer. —Puso su mano sobre la pierna de Inés—. Seguro que llegamos a la reapertura.
Sus dos amigas acompañaron cada palabra de Lina asintiendo.
Inés se quedó algo más tranquila. Tenían razón.
Según el calendario, hoy solo había que pintar y preparar todas las estanterías y mostradores.
Mañana les tocaría dejarlo todo impoluto y llenar los estantes.
De esa manera, el lunes por la mañana se ocuparían de los pormenores.
El camarero volvió a la mesa. Retiró el plato de bravas vacío y, en su lugar, puso una gran fuente metálica llena de sardinas. Todas las comensales de la mesa se sorprendieron al ver la cantidad de comida.
—Ahora os traigo la ensalada —dijo muy orgulloso.
—La madre del amor hermoso, nunca había visto tanto bicho junto —pensó Candela en voz alta.
—Este hombre… ¿Cuánto cree que comemos? —preguntó Clara mientras cogía su tenedor para empezar.
A Inés se le hizo la boca agua solo de olerlas. Llevaba dos días comiendo poco o casi nada.
—Pues empecemos—propuso Lina.
Todas se sirvieron. En ese momento, se dieron cuenta de que estaban delante de una de la Corte.
Por ellas, habrían cogido la sardina con la mano y se la habrían llevado a la boca directamente, pero al estar Inés, alguien con modales muy refinados, no querían que pensase que eran unas maleducadas.
Con ese pensamiento, las tres cogieron sus cubiertos y, con dificultad, fueron apartando la carne de las espinas de la mejor forma posible.
Le echaban miradas a Inés para intentar imitar su técnica.
El plan no les funcionó muy bien, pues estaba tan jugosa que era realmente difícil pinchar con el tenedor.
Inés desistió. Levantó la vista y descubrió que las tres estaban apuradas sin saber realmente cómo hacerlo.
Una media sonrisa apareció. Dejó los cubiertos a un lado.
—Si no os importa, lo voy a hacer con las manos. Tengo demasiada hambre como andarme con remilgos —explicó mientras cogía la cola de la sardina con los dedos.
Todas sonrieron satisfechas y la imitaron. Estaban deseando poder comer. El camarero trajo la ensalada y un par de limones cortados. La cara de felicidad de las cuatro mujeres, comiendo con las manos, le provocó una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué? Les dije que estaban buenas. —Puso los limones y la ensalada sobre la mesa. Después se metió la mano en el mandil y sacó un montón de servilletas—. Sospecho que las van a necesitar.
—Muchas gracias —dijo Lina con la boca llena. Estaban realmente deliciosas.
El resto de la velada fue muy agradable. Hablaron de las anécdotas de su mañana por Barcelona, Inés les contó cómo habían ido las cosas por Francia, sin especificar los motivos o los documentos encontrados.
Se hizo tarde y la segunda botella de vino ya se terminó.
—Creo que es el momento de volver al hotel —dijo Clara frotándose la tripa.
—Sí. Además, mañana debemos estar a primera hora en la tienda. Hay que descansar. Que… a lo tonto, nos hemos dado una buena caminata hoy —explicó Candela.
—Os voy pidiendo un taxi —dijo Lina, alejándose del grupo.
Inés se quedó mirando cómo se alejaba. Estaba deseando llegar a casa para poder abrazarla y darle tantos besos como veces había pensado en ella.
—Entre la fiesta de ayer y lo de hoy… yo estoy que me caigo de sueño —le dijo Clara a Candela.
Ese comentario sacó a Inés de su ensimismamiento.
—¿Habéis ido a una fiesta? —preguntó intentando disimular su sorpresa.
—Sí, fuimos al bar de Esperanza. Dio una fiesta solo para mujeres —explicó Clara, sin darse cuenta del significado que podían tener sus palabras.
—Bueno, fiesta… Clara, si éramos cuatro amigas y poco más. Estuvimos un rato, conversamos y para casa —Candela intentó quitarle hierro al asunto. En cuanto pudo, miro a su amiga con cara de «¿Qué estás diciendo?».
Clara recordó su beso con Lola y, ante la posibilidad de que Inés preguntase algo más, apoyó la estrategia de Candela.
—Tienes razón, sí. Estuvimos un ratito de nada y nos fuimos para casa —añadió antes de irse con Lina. No quería meter más la pata.
Inés estaba intentando frenar su imaginación porque, en ese momento, iba de un lado a otro creando escenarios sin sentido.
Algunas de ellos le preocupaban mucho y trajeron recuerdos del pasado: Espe cerca de Lina, su mirada retándola desde la barra, la forma en la que la observaba siempre que podía… Inés no pudo soportarlo.
—Candela… —dudó si preguntarle o no.
—¿Sí? —preguntó al ver que se había quedado a la mitad. El miedo a que le pudiese preguntar sobre Lina le hizo contener la respiración—. Cuando estéis en el hotel, llamadme desde la habitación para saber que habéis llegado bien —dijo después de hacer grandes esfuerzos por contener su curiosidad.
Candela respiró aliviada.
—Claro. —Por la expresión de Inés, sabía que eso no era lo que iba a decir. Le puso la mano en el brazo—. No se preocupe, todo estará bien.
Candela se dirigió al taxi a la vez que Lina volvía para estar con Inés.
—Nos vemos mañana —se despidió Lina.
—A las nueve en punto. Allí estaremos —recalcó Candela antes de subir al coche.
Lina entrelazó su brazo con el de Inés y la miró a los ojos.
—¿Quieres ir a casa o damos un paseo por la playa? —preguntó con un tono muy suave.
Los miedos revolotearon en su cabeza.
—Mejor vámonos a casa. Estoy cansada—sugirió iniciando el paso.
—Espero que no estés tan cansada —dijo Lina; después se acercó más a ella para susurrarle—: Tengo ganas de alargar un poco más la noche.
Ese comentario hizo sonreír a Inés.
—Bueno… cuéntame. ¿Tienes todos los documentos que fuiste a buscar?
Al no estar las chicas, Inés era libre de contarle esas cosas.