Juntas en Barcelona Secretos #5
75%

Secretos #5

—Tú sabrás, pero no creo que debas arriesgar lo que tienes con Inés por algo que no sabes ni lo que es con Esperanza. —Hizo un movimiento de cabeza para colocarse el pelo mojado—. Cuando quieras, me lo cuentas —Sin darle tiempo a contestar, retomó sus pasos en dirección al taxi.

Clara se despidió con la mano. Lina fingió la sonrisa. Tras ver alejarse el coche, el alma se le cayó a los pies. Si Candela no la creía, ¿cómo iba hacerlo Inés?

Ahora que estaba sola, aprovecharía ese momento para reflexionar y buscar la manera de contárselo. Tenía tiempo hasta que volviese de Francia.

Lo que Lina no sabía era que tendría que enfrentarse a Inés mucho antes de lo previsto, ya que en ese momento estaba en un avión con dirección a Barcelona. Si todo iba bien, llegaría a la ciudad en un par de horas.

Otra persona que iba a enfrentar sus demonios esa misma noche era Ana Belén.

Se puso uno de sus mejores vestidos, peinó su larga melena y acompañó el conjunto con un par de joyas de su época de soltera.

Se miró en el espejo antes de salir de casa.

—No vas a permitir que ningún hombre te ningunee —se dijo a sí misma, mirándose directamente a los ojos a través del espejo.

En ese momento, un aluvión de escenas con Severiano apareció en su mente: su primer beso, paseos por la playa, cenas en restaurantes caros, la primera noche juntos, su olor, la calidez de sus labios…

Todos esos recuerdos le hicieron replantearse el propósito del plan.

Negó con la cabeza. Recordó sus mentiras, la forma en que la engatusó para firmar esos papeles, los chantajes emocionales, las promesas sin cumplir…

Cogió su bolso y se marchó de casa.

—¡Buenas noches! —saludó nada más entrar—. Tenía una reserva. —Le dedicó al joven maître una de sus mejores sonrisas.

—¡Buenas noches! —Hizo una pequeña reverencia—. ¿A nombre de quién?

—Severiano, para tres personas, pero dos de ellas se van a retrasar un poco —explicó, sin dejar de mirarle a los ojos.

Ana Belén era plenamente consciente de sus encantos. A pesar de tener unos años, sabía utilizar sus ojos verdes para hacer flaqueara los hombres.

—Aquí está. ¿Quiere esperarles? —preguntó con una sonrisa tonta.

Ana Belén sabía que lo tenía justo donde quería. Se acercó un poco más a él y bajó el tono de voz.

—Prefiero sentarme. Me apetece mucho una copa de vino. —Jugaba con su collar para atraer su atención a las zonas de su cuerpo que el vestido dejaba ver.

—Em... em... sí... —balbuceó, cuando los ojos bajaron por el escote del vestido—. Si es lo que usted desea —logró articular.

Ana Belén avanzó en dirección a la sala.

Una vez sentada, pidió la carta y una botella de vino. No tuvo que escoger demasiado; solo buscó los precios más altos.

Desde fuera se la veía como una mujer segura, independiente y muy tranquila. Por dentro se sentía exactamente igual. Estaba decidida a llevar su plan hasta el final.

Le trajeron todo lo que había pedido. El contenido de la botella de vino fue bajando a la vez que la comida en el plato iba menguando.

Debía reconocer que todo estaba delicioso.

Hacía mucho tiempo que Severiano no la llevaba a un restaurante de esa calidad, y pensaba disfrutarlo, aunque él no estuviese.

Escuchó una risa jovial. Supuso que eran ellos.

Ya debía ser la hora. Miró a la puerta y, efectivamente, Severiano apareció con una mujer morena, mucho más joven que él del brazo.

Se la veía radiante. Se sentía la mujer más afortunada del mundo por tener a un galán a su lado.

Reconoció perfectamente esa sensación. Mientras él comprobaba la reserva y no daba crédito al retraso ni a que alguien les esperase, Ana Belén pudo observar más detenidamente a la mujer que lo acompañaba.

Tenía algo familiar. Cayó en la cuenta: todas las mujeres de su vida eran exactamente iguales.

Mismos rasgos, mismo físico. No le había visto los ojos, pero estaba segura de que eran de color verde.

Darse cuenta de esa predeterminación por un prototipo de mujer le reafirmó su determinación dándole fuerzas renovadas para lo que iba a suceder a continuación.

—Buenas noches, cariño —le saludó Ana Belén cuando se acercaron a su mesa—. Espero que no os importe, pero me he adelantado. No podía esperar a probar este vino. Por cierto, está delicioso.

Severiano tenía la cara desencajada. Le habían cazado y no tenía escapatoria.

—Ana Belén, vamos a salir fuera y hablamos de todo esto —le propuso, soltando el brazo de la mujer que tenía al lado.

—Tranquilo, si yo ya he terminado de cenar. No es necesario. Muchas gracias por invitarme. —Cogió su bolso—. Nos vemos el lunes en la oficina —su tono era completamente triunfal.

Tras soltar esa bomba, lo mejor era marcharse. No sin antes guiñarle el ojo al maître.

Se sentía pletórica, victoriosa y nada iba a enturbiar ese momento. Le podría haber montado un espectáculo de celos, gritar y crear una escena digna de una telenovela, pero ser discreta era parte de su forma de ser. Tenía las pruebas preparadas para entregársela a doña Inés en cuanto la viese.

Lejos de allí, más cerca de la playa…

Clara tocó el telefonillo de la casa de Lina.

—Ya estamos aquí.

—Ahora mismo bajo —respondió Lina, a quien solo le faltaba ponerse los zapatos.

Mientras esperaban, un coche negro se detuvo delante de ellas. Una mujer preciosa, pero con cara de cansancio, bajó del coche.

—¡Chicas! —Inés estaba tan contenta que fue a abrazarlas.

—Doña Inés, ¿qué hace usted tan pronto aquí? —preguntó Candela.

—Pues… he tardado mucho menos de lo esperado y me he venido antes. No estaba tranquila dejándoos todo el trabajo —les hizo esa confesión a medias—. ¿Y Lina?

—Está arriba, ahora baja —respondió Clara.

Inés le dio las gracias al conductor. Cogió sus cosas y se dirigió a la puerta.

—Voy a ver si la sorprendo en casa —dijo con una gran sonrisa.

Inés cogió el ascensor. Una vez en la puerta, dejó las maletas en el suelo para sacar sus llaves, cuando la puerta se abrió.

La cara de sorpresa de Lina fue maravillosa.

Inés la empujó hacia dentro del piso y la besó con todas sus ganas.

La había echado mucho de menos. Con ese beso, sus miedos, los enfados y las inseguridades, desaparecieron.

—Inés… —susurró cuando sus labios la dejaron. No podía borrar la sonrisa de su rostro. En el fondo no creía que ella estuviese allí, pensaba que era un sueño creado para ayudarla a resolver todas sus dudas.

—Amor, ya estoy aquí —dijo Inés antes de darle otro beso.

Lina la abrazó. Una vez en sus brazos fue plenamente consciente de que estaban juntas.

—Iba a salir a cenar con mis amigas, pero… si quieres, nos quedamos —le propuso.

—No. No. De eso nada. Ahora mismo bajamos y me contáis qué tal todo por aquí. —Dejó rápidamente su maletín en su despacho—. Además, tengo un hambre voraz. La comida del avión es malísima —se quejó mientras cogía la mano de Lina para salir del piso.

A Lina no le dio tiempo a decir nada más.

Ya estaban en la calle, en dirección al bar que se quedó Clara con ganas de probar la noche anterior.

—Bueno… ​ contadme. ¿Alguna novedad? —preguntó cogida del brazo de Lina.

Esa pregunta se quedó suspendida en el aire. Todas sabían que había algo de lo que no debían hab lar.