Secretos #4
Inés comprobó, para su sorpresa, que las carpetas estaban muy bien ordenadas. Le resultó extremadamente sencillo encontrar todo lo que necesitaba. Además, todo absolutamente todo, estaba por duplicado.
«Las secretarias trabajaban a destajo si tenían copia de todo» pensó para sí misma.
Fue apartando una copia de los documentos que pretendía llevarse. Poco a poco, la pila de documentos iba creciendo. Pero había algo que no lograba encontrar: todas las ventas estaban firmadas por Ana Belén. Severiano no aparecía en ninguno de los documentos.
Inés se planteó que tal vez estuviese en un error y todo eso había sido orquestado por una sola persona. Algo dentro de ella le decía que estaba implicado de alguna manera, pero no era capaz de encontrar una prueba.
—Le traigo su café. —Pierre se sorprendió al ver toda la mesa llena de documentos.
Inés, al ver su cara de espanto, se apresuró a tranquilizarle:
—No se preocupe, lo dejaré todo exactamente como estaba. Soy muy meticulosa.
La cara de alivio de Pierre fue evidente. Dejó el café en una esquina de la mesa y se dispuso a abandonar el archivo sin molestar.
—Disculpe —le llamó antes de que se marchase—. Me quiero llevar todos estos documentos. ¿Hay algún inconveniente?
—Tendré que apuntar todos los que se lleve para que las secretarias hagan copia de ellos. Como ha podido comprobar, nos gusta tenerlo todo por duplicado. De esa manera si se extravían documentos, siempre hay una copia —Le dedicó una sonrisa forzada.
Inés no sabía si lo había dicho con segundas o simplemente estaba molesto por tener que trabajar en fin de semana.
Pierre cogió una silla de un rincón, la acercó a la mesa y anotó todos los números de los expedientes que Inés tenía en el montón para llevarse a Barcelona.
Tardaron mucho menos de lo que tenía previsto. En un par de horas, todas las cajas de Hilos de la Corte estaban revisadas.
Inés terminó de recoger sus cosas con calma, mientras Pierre, visiblemente nervioso, deseaba acabar cuanto antes.
Cuando su maletín estuvo lleno, dieron por concluido el encuentro.
Él la acompañó hasta la puerta y, ya en la calle, se despidieron con cortesía: Pierre, aliviado, le recordó que tenía su teléfono por si necesitaba algo más; Inés le agradeció la ayuda y, con una sonrisa, deseó volver a verlo en una ocasión menos estresante. Acto seguido paró un taxi.
Sentada en el coche, miró su reloj. Una idea entró como un torbellino. Había tardado muchísimo menos de lo que pensaba. Tal vez podía cambiar el billete de avión y estar hoy mismo en Barcelona. No quería pasar otra noche alejada de Lina.
En Barcelona…
Las tres amigas discutían si pasar el día en la playa o visitar la ciudad, pero las nubes que cubrían el cielo hicieron que descartaran la playa.
Lina aprovechó para sacar un mapa que había comprado al poco de llegar a Barcelona con la intención de usarlo algún día con Inés, aunque hasta ahora había permanecido olvidado.
Entre las tres marcaron una ruta para visitar varios lugares emblemáticos: la Sagrada Familia, el Park Güell, la Plaza de España, la Rambla y el barrio de San Gervasio.
La mañana resultó muy agradable y pudieron ver todo lo que se propusieron, disfrutándolo como auténticas turistas.
Lina llevaba la antigua cámara de fotos de su padre y fotografió muchos momentos especiales con sus amigas, pensando que esas imágenes le servirían en el futuro para no echarlas de menos cuando ya no estuvieran juntas.
—Cuando reveles las fotos nos las tienes que enviar—le pidió Clara después de posar junto a una fuente.
—Claro que sí —respondió Lina riendo—. En cuanto se acabe el carrete las revelamos, a lo mejor aún seguís en Barcelona.
Sin embargo, Candela no parecía disfrutar del día del mismo modo.
Se mostró más seria de lo habitual. Sus amigas le preguntaron un par de veces si le pasaba algo, pero cuando respondió de mala gana que no quería hablar del tema, decidieron respetarla y no insistir.
Sabían que ya lo contaría cuando estuviera preparada.
Por la tarde llegaron a casa muy cansadas. Clara no podía más; se fue directa a la cama a dormir un rato. A los pocos minutos, Candela y Lina hicieron lo mismo.
Tras un merecido descanso, Clara se levantó con las energías renovadas al ver el mar desde la ventana de la habitación principal.
—Chicas, tenemos el mar al lado, el sol ha salido. Estoy deseando pisar la arena. Yo no espero más —les amenazó metiendo sus cosas en un bolso.
Lina y Candela se miraron sorprendidas. Menuda determinación.
—Danos cinco minutos, que cogemos lo necesario —dijo Candela levantándose.
Lina le indicó dónde estaban las toallas. Ella fue a la cocina para coger algo de comer.
A los pocos minutos estaban en la playa.
Clara parecía una niña pequeña. En cuanto sus pies tocaron la arena, se quitó los zapatos y corrió en dirección al agua. Lina y Candela solo pudieron imitarla. No iban a perderse la oportunidad de disfrutar de ese momento tan especial.
Tiraron las toallas de mala manera en la orilla y, tras levantarse la parte inferior del vestido, se metieron al agua hasta las rodillas.
—Teníamos que habernos traído los trajes de baño. ¡El agua está buenísima! —dijo Clara mojándose los brazos.
Es cierto que los rayos del sol, a pesar de no estar en lo más alto del cielo calentaban todo aquello que recibía su luz.
Lina y Candela se miraron. La conexión entre ellas era implacable.
—Tienes razón. Si tuviésemos el bañador, podríamos mojarnos algo más que las rodillas —dijo Candela acercándose a ella por su lado derecho.
—Con esta temperatura, es una pena no poder bañarnos—añadió Lina, acercándose por el otro lado.
Clara tardó unos segundos en descubrir sus intenciones.
—No, chicas, sé lo que estáis pensando, pero… —no pudo terminar la frase.
Candela y Lina se abalanzaron sobre ella. La idea era que solo ella cayese al agua, pero el impulso fue tan fuerte que las tres terminaron en el agua.
—¿No querías mar? —preguntó Lina, sacando arena del fondo—. Es imposible estar más cerca.
Las risas se convirtieron en carcajadas. Ver a sus amigas y a sí mismas totalmente empapadas era una situación la mar de divertida. Ya que estaban mojadas, empezaron a salpicarse un poco más y a jugar con el agua.
Algunas personas que paseaban por la orilla las miraban con desaprobación, pero en ese momento que las juzgaran era lo que menos les importaba. Estaban cumpliendo un sueño y nadie iba a estropearles aquel instante.
Tras quedar exhaustas, volvieron a las toallas.
—Candela, ¿nos vasa contar ya qué te pasa? —Lina no pudo evitar volver a sacar el tema. Tener a su amiga de morros no era algo que le agradase.
Candela cogió aire. Pensaba soltarles una retahíla, pero se contuvo. Miró al horizonte y ordenó sus pensamientos.
—Candela, por favor —añadió Clara. Candela no apartó la vista del azul del mar.
—Anoche vi cosas que no desearía haber visto. Ahora no sé qué hacer —dijo finalmente.
Clara y Lina tragaron saliva. Cada una tenía su propio secreto y había besado a quien no debía. Lo único que se podía escuchar eran las olas rompiendo en la orilla.
—¿No me vas a decir nada? Tanta insistencia con saber qué me pasa y ahora mantienes la boca cerrada —añadió Candela al ver que la aludida no se pronunciaba.
—Candela, yo… no sabía si contártelo o guardarlo para mí —dijo Clara mientras miraba sus dedos de los pies hundiéndose en la arena.
Candela se quedó paralizada. No esperaba escuchar la voz de Clara. Pero ya que había arrancado, no la iba a detener.
—Anoche se lo conté a Lina. Pero vamos, que fue un besito sin importancia. No me gustó... bueno, sí, pero no. Vamos, que asco no me dio ni nada de eso. Pero no fue como besar a mi Pablo —intentaba explicarse, pero le estaba costando una barbaridad.
Lina deseaba que ese fuese el beso que hubiese visto. Anoche decidió guardarse el secreto. Solo lo sabrían Espe y ella.
—Pero ya Lina me lo ha aclarado todo. Lola se confundió, entendió mal las cosas y no pasa nada. Cuando llegue a Ciudad Real buscaré el momento para contárselo a Pablo —hablaba mirando al horizonte también.
—Eso puede ser un problema, Clara. Que para ese tipo de cosas nunca se encuentra el momento —dijo volviendo la cabeza. En vez de mirar a Clara, que estaba a su lado, miró directamente a Lina que se sentaba al otro lado de Clara.
La mirada de Candela lo dijo todo. No estaba contenta con lo que vio y, sobre todo, con que Lina guardase el secreto. Eso decía mucho más de la importancia que tuvo que el hecho de que se produjese en sí.
Lina guardó silencio. Preguntándose en qué momento las pudo ver.
—No te preocupes, Candela. Se lo diré a Pablo —sentenció—. Chicas, tengo un poco de frío. ¿Os parece si nos vamos?
—Sí, yo también estoy incómoda con esta situación. —Candela lanzó otra mirada a Lina.
Lina se levantó sin decir nada. Juntas salieron de la playa.
En la puerta de casa de Lina…
—No tenemos más ropa —apuntó Clara.
—Mira, nos vamos al hotel. Nos duchamos y en un par de horas venimos. Así comemos en el sitio al que debimos ir ayer —organizó Candela.
—Pero Lina… te vas a quedar sola. —Miró a su amiga, para ver qué opinaba.
—No te preocupes. Si entre que me ducho y demás se me va a pasar el tiempo volando. Además, ya estoy mucho mejor. Vuestra compañía siempre ayuda —dijo con la esperanza de suavizar las cosas con Candela.
—¡Eah! Decidido. Clara, ve a parar un taxi que con tu sonrisa seguro que no le importa que estemos mojadas —ordenó Candela con cariño.
En cuanto Clara se apartó de ellas…
—¿No me lo vas a contar? —preguntó Candela, muy seria.
—No significó nada. Te lo juro —se defendió.
—No es lo que me pareció —contraatacó con la mirada clavada en sus ojos.
Lina se iba a defender de nuevo, quería explicárselo todo, pero Clara las llamó.
—Ya está. ¡Ven! —Hizo señas con la mano.
Candela dio un paso hacia el taxi, se detuvo y, sin mirar a Lina, dijo: