Juntas en Barcelona Secretos #3
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Secretos #3

En su antiguo despacho encontró un teléfono con línea. Aprovecharía para aclarar ese asunto que le rondaba la cabeza desde el día anterior. Marcó el número de Severiano.

—Dígame —respondió Severiano al otro lado.

—He encontrado unos papeles importantes con la reforma. ¿Vas a estar en casa? Me paso en media hora y te los entrego, así tienes todo junto —le propuso.

—No hace falta, me paso por la oficina y me los das allí —bajó el tono al hablar.

Para Ana Belén eso fue una prueba inequívoca de que no estaba solo. Prefirió insistirle para ver si le ponía más nervioso.

—No. Es demasiado arriesgado. Me paso por tu casa y te lo entrego en mano. Tengo que dejarte. —Le colgó antes de que pudiese decir una sola palabra más.

En ese momento llegaron los obreros. En menos de diez minutos ya les había puesto en su sitio por llegar tarde. Les recordó las tareas pendientes y todo el trabajo que les quedaba por hacer. Ella no hacía nada allí, por lo que podía ausentarse.

Treinta y cinco minutos más tarde, Ana Belén estaba en casa de Severiano con una carpeta en la mano. Severiano entreabrió la puerta para comprobar que era ella.

—¡Buenos días! —la saludó saliendo a la calle, cerrando la puerta a su espalda.

—¡Buenos días, cariño! —respondió Ana Belén, acercándose para darle un beso.

—Te recuerdo que pueden vernos los vecinos —le advirtió, esquivando el beso.

—Perdona, es que llevo tanto tiempo sin verte que te echaba de menos. ¿Te apetece… —se acercó solo un poco más a él— si pasamos dentro y estamos un rato juntos?

Ana Belén nunca había estado en casa de Severiano. Sabía que sería raro, pero era necesario para llevar a cabo su plan.

—Mejor no. Tienes razón, estas semanas, con todo lo del proyecto nuevo, no he tenido mucho tiempo. Además, mi mujer… no está en su mejor momento —se justificó.

—Por eso… solo un ratito, para recuperar el tiempo perdido. Además, me lo debes…

—De verdad, no insistas, no puedo. Me tengo que ir, me ha llamado un cliente para desayunar mientras cerramos un trato. —Era implacable.

Estaba claro que tenía que cambiar la estrategia o no podría entrar en esa casa.

—Vale. ¿Puedo entrar un minuto al baño? He venido en transporte público y es necesario. —Puso cara de urgencia.

Le avergonzaba enormemente tener que rebajarse de esa manera; una señorita nunca le diría esas cosas a un caballero.

Severiano, sorprendido ante la necesidad, la dejó pasar.

—Date prisa, por favor —le suplicó, mirando su reloj.

Ana Belén asintió y entró antes de que se pudiese arrepentir.

Una vez dentro, le tomó un poco de tiempo encontrar su despacho. Lo ubicó al ver las puertas correderas.

Una vez dentro, se metió en su piel para saber dónde escondería los papeles más importantes. Revisó con la mirada todos los armarios. Solo uno de ellos tenía cerradura.

Conociéndole como le conocía, la llave estaría en un sitio accesible como el primer cajón, dentro de alguna caja o algo para que no se viese a simple vista. Con lo diestro que era, apostaría por los cajones de la derecha.

En efecto. Al tener la llave, sonrió satisfecha.

Encontró la carpeta que estaba buscando. Cambió su contenido por el que tenía en el bolso. Ya estaba lista para marcharse. Al pasar por la mesa, no pudo evitar mirar la foto que tenía al lado del teléfono. Era la de su boda.

Nunca antes había visto a su mujer de joven. Al verla, pudo comprobar que tenía cierto parecido con ella: morena, de ojos claros y complexión delgada.

Justo al lado se encontraba la tarjeta de un restaurante. Algo dentro de ella le dijo que esa tarjeta era la pieza que completaba todo el puzle. Leyó lo que había escrito: el nombre del restaurante, dirección y teléfono. La giró para ver el reverso; para su sorpresa, había una hora escrita.

Ana Belén sonrió victoriosa. Gracias a esa tarjeta remendaría todos los agravios que ese hombre le había generado.

Salió rápidamente. Estirándose la falda.

—¡Muchas gracias! —Le dedicó una de sus mejores sonrisas—. ¿Nos vemos mañana? —preguntó, sabiendo la respuesta.

—¿Mañana? Tengo que estar en el hospital, irá mi suegra y no sé cuánto tiempo se quedará. ¿Te importa si te llamo por la tarde? —Sacó su sonrisa de galante.

Ana Belén fingió que le molestaba su contestación.

—Bueno… pero haz lo posible por despejarte la agenda. Me apetece mucho estar un rato contigo —dijo de manera insinuante.

Severiano le guiñó un ojo y le golpeó la nariz sutilmente con su dedo.

Ana Belén sonrió divertida. Estaba convencida de que él seguía en su ignorancia.

—¿Quieres que te acerque a alguna parte? —se ofreció señalando el coche.

—No es necesario. Iré dando un paseo. Tengo que hacer unos recados para la decoración de la tienda por aquí cerca. Muchas gracias —declinó la invitación con una gran sonrisa y se marchó por donde había venido.

Ana Belén caminó hasta casa. Una vez allí, lo primero que hizo fue descolgar el teléfono.

—¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarle?—la voz de un joven la atendió al otro lado del teléfono.

—¡Buenos días! Desearía confirmar una reserva para esta noche. —Una parte de ella deseaba estar equivocada.

—Por supuesto. Dígame a nombre de quién está la reserva. —El joven se mostraba muy servicial.

—A nombre de Severiano, esta noche a las nueve y media —recordó la tarjeta como si la tuviese delante en ese instante.

Escuchó el sonido de unas hojas al pasar. Intentaba mantener la calma, pero le daba la sensación de que el joven estaba tardando demasiado en comprobar una simple reserva. Quizá estaba en un error y todo esto eran imaginaciones suyas.

—Aquí está. Severiano, dos personas —confirmó.

—Perdone, pero creo que se ha producido una confusión. La reserva es para tres personas y es a las nueve en punto. Quizás se ha producido un error totalmente subsanable. —Le temblaban las piernas, pero su voz se mantenía firme.

—Pues tal vez… —dudó—. Pero como usted dice, es un error corregible. Lo dejo anotado. Severiano, tres personas a las nueve en punto.

—Eso es. Muchas gracias. —Sonrió, aunque nadie pudiese verla.

—Gracias a usted por su llamada —se despidió y colgó el teléfono.

Ana Belén se dejó caer en el sillón. Había trazado su plan para esa noche y, con él, llegó el derrumbe: rompió a llorar.

Saber la verdad no le brindaba alivio, pero lo consideraba necesario; prefería el dolor a vivir engañada.

Aunque no podía negarlo: la idea de vengarse le proporcionaba cierta satisfacción.

Tras unos minutos, se levantó. Volcó su rabia y tristeza recogiendo todo lo que en la casa pudiera recordarle a él.

A muchos kilómetros de distancia…

Inés estaba esperando a su contacto con las oficinas francesas.

—¡Buenos días! —la saludaron en perfecto castellano.

Era un hombre con apariencia jovial. Inés habría jurado que no tenía la necesidad de afeitarse. Llevaba un traje impoluto, planchado a la perfección y con tallaje a medida.

—¡Buenos días! —saludó Inés, extendiendo su mano.

—Mi nombre es Pierre… Pedro —se corrigió a sí mismo.

—Inés de la Corte, encantada.

—Por fin la conozco. Déjeme que le diga que por aquí es una leyenda. Nunca antes una mujer había dejado tan asombrados a todos los empresarios de las galerías. Todos están deseando conocerla personalmente.

Inés se irguió un poco más al escucharle. No tenía claro si eran halagos exagerados o verdaderamente era tan conocida.

—Muchas gracias. Si no le importa, me gustaría empezar cuanto antes. —Le miró a los ojos y después a la puerta. Quería ir directa al grano.

—Tiene toda la razón. Acompáñeme —dijo sacando las llaves de su bolsillo.

Una vez dentro, se dirigieron a unas escaleras de bajada. Tras recorrer varios pisos, llegaron al último. Un sótano limpio, despejado y con un poco de olor a cerrado. La puerta no tenía llave. ¿Quién iba a querer robar papeles?

—Recuérdeme las fechas —dijo Pierre, encendiendo la luz.

Inés sacó un pequeño papel del bolso. En él tenía apuntadas toda la información necesaria para encontrar todos los documentos.

—Sígame —dijo Pierre tras leer detenidamente el papel.

Caminaron por el pasillo central, un par de estanterías a la derecha, y habían llegado.

—Toda esta estantería es de ese período. Son los inicios de las negociaciones con Hilos de la Corte y allegados. —Tras señalarle las cajas de la sección, le devolvió el papel.

—Perdone, ¿allegados? —preguntó muy confusa.

—Claro. Hubo transacciones en las que fue necesario hacerlas a través de un intermediario. Modistos Rodríguez, si no recuerdo mal. —Pierre no entendía por qué le hacía esas preguntas.

Inés empezó a atar cabos. Por eso faltaban documentos. No eran con su empresa. Nieves no podía encontrar lo que no había tramitado ella.

—Y… no tendrán, por casualidad, esos documentos clasificados aparte, ¿verdad? —preguntó deseando una respuesta afirmativa. Le ahorraría mucho trabajo.

—Por supuesto. Los franceses somos muy organizados —afirmó con una gran sonrisa, antes de darse la vuelta para encontrar lo que estaba buscando—. ¡Esta es! —dijo Pierre triunfal.

—¿Hay una mesa o un lugar donde pueda trabajar? —preguntó cuando Pierre la miró satisfecho con la caja en sus manos.

—Sí, claro. En la entrada hay una mesa y una silla —señaló el camino con la caja.

Inés pasó delante, sin tener claro cuál era el camino de vuelta. Tras varias indicaciones llegaron a la puerta de la entrada.

—Muchas gracias. —Le hizo una seña para que dejase la caja sobre la mesa.

—No hay por qué darlas. —Se quedó de pie.

A Inés no le apetecía trabajar con unos ojos observándola.

—Si preciso de alguna cosa, no dude en que se lo haré saber. —Abrió la caja y esperó a que Pierre entendiese la indirecta.

Tras varios segundos incómodos, él se percató de que sus servicios no eran necesarios.

—Subiré a por un café. ¿Le apetece uno? —le ofreció desde la puerta.

—Con leche y un azucarillo, por favor. —Comenzó a sacar carpetas.

Pierre cumplió sus deseos.