Juntas en Barcelona Secretos #2
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Secretos #2

Lina no sabía qué más inventarse, pero no quería afrontar esa casa sin Inés.

—No quiero pasarla noche sola —les confesó.

No fue necesaria una mirada de confirmación entre Clara y Candela. Porque ambas sabían cuál era la postura de la otra al respecto.

—No se hable más —ordenó Candela—. Vamos despidiéndonos de la gente y tiramos pa casa de Lina.

Las tres obedecieron con una sonrisa. Se despidieron de las personas con las que más habían hablado durante la noche. Clara buscó a Lola, pero no la encontró. No recordaba en qué momento se había ido de la fiesta.

—Espe, ¿tu amiga Lola? —se interesó al despedirse.

—Se marchó hace rato. —Le puso la mano en el brazo al responder.

—No se ha despedido de mí. ¿Tú sabes… si se ha ido por algo…? No sé, enfadada, molesta quizás… —no quería contar los motivos, pero le preocupaba que ella fuese la causa de su partida.

Espe la miró con una sonrisa. Ella sabía perfectamente lo que había sucedido entre las dos. Pero si ella no hablaba primero, no le haría saber que era conocedora de su secreto.

—No te preocupes ni lo más mínimo. Lola siempre se va muy pronto de las fiestas. Gracias a ti, se ha quedado más de lo habitual. Puedes sentirte afortunada, no suele hablar tanto rato con la misma persona —intentó tranquilizarla siendo sincera.

Lola solía ir a las fiestas un rato para saludar y después se marchaba a casa. Ano ser que alguna chica nueva llamase su atención y mereciese la pena quedarse más tiempo.

—Vale, muchas gracias. Si la ves, mándale recuerdos, dile que me ha encantado conocerla —se despidió Clara.

—Lo haré —prometió.

Candela se despidió de Lourdes. Quedaron en que le enviaría un comercial con la promesa de hacerle descuento en algunas de las líneas de mujer.

Lourdes le dio una tarjeta de su negocio.

Cuando la miró por detrás, vio escrito a mano un número de teléfono y dos equis.

Candela sonrió por el último intento de conquista.

Se lo tomó con humor, como todos los de la noche.

A decir verdad, el haber gustado a otra mujer le subía la autoestima.

Era un refuerzo para su ego. Candela era de la opinión de que las mujeres son más exquisitas en sus gustos que los hombres.

Entonces, si le gustabas a una lo suficiente como para mostrarte su interés, era que merecías mucho la pena.

Lina se despidió de todo el mundo, menos de Espe. El acuerdo era darle espacio, pero no tenía claro dónde ni cuándo empezaba esa distancia. Antes de salir por la puerta, la buscó con la mirada. Quizás eso le diese una pista.

Espe ya estaba mirando cómo se marchaba. Lina le dedicó una sonrisa que fue correspondida. A continuación, una sensación de bienestar, una calidez recorrió su cuerpo. Tal vez… podrían ser amigas, solo que poco a poco.

Clara se alegró enormemente de que la casa de Lina estuviese tan cerca. Durante el camino, recordaron los momentos más graciosos de la noche. Candela estuvo algo más callada de lo normal.

A Lina no le pareció raro; tal vez el dolor de pies y el cansancio se habían vuelto más latentes ahora que daban por terminada la noche.

Ya cambiadas y en la cama, Clara no podía dormir.

—Lina, ¿estás dormida? —preguntó bajito. Una parte de ella deseaba que durmiese.

Lina, al escucharla, se alteró. Por un momento pensó que le pasaba algo al bebé.

—Sí, claro. ¿Qué necesitas? —preguntó incorporándose en la cama.

—Nada, tranquila. No es por el bebé —se anticipó.

—¿Seguro? Mira que pienso cuidar de mi sobrino dentro y fuera de tu tripa —bromeó.

—No es por eso, Lina. Es que esta noche… —no sabía cómo continuar la frase.

Lina esperó unos segundos, pero al ver que no respondía, la apremió un poco. Si no hablaba era muy posible que se quedase dormida.

—Esta noche… ¿qué?

—Pues que no sé bien qué ha pasado. He hecho una cosa. Estaba segura de hacerlo, no me arrepiento, pero ahora no sé si he hecho mal. No sé qué van a decir y, sobre todo, no sé si guardármelo o no.

Lina no entendió nada de lo que le había dicho su amiga. Intentó imaginar por dónde iría la historia, pero fue incapaz de adivinarlo.

—Clara, cariño. Como no me des más pistas, no soy capaz de seguirte —dijo girándose en la cama para poder mirarla.

Algo le decía que era un tema serio y se merecía toda su atención.

Clara respiró profundamente. Se puso de lado en la cama para estar enfrente suya.

—Me he besado con Lola —confesó con los ojos cerrados esperando la bronca.

Lina no sabía qué hacer. Su primera reacción fue reír por la noticia tan sorprendente que acababa de recibir. Se tapó la boca para que no la escuchase. Era evidente que para ella era importante y debía tomárselo en serio, pero le resultaba imposible. La revelación era demasiado jugosa.

Finalmente, no pudo controlarse. La risa salió de ella sin control.

Clara abrió los ojos y se encontró a su amiga intentando contener la risa. Le resultó tan cómico que se unió.

—Lina, no te rías, que esto es muy serio —bromeó entre risas.

—Muy serio, ¿no ves mi cara? —respondió señalándose el rostro. Tras un momento, las risas comenzaron a disiparse.

—Cuéntame —dijo más tranquila. Lina ya estaba preparada para escucharla.

—Puff… estaba hablando con Lola, la chica que iba con traje.

La verdad es que al principio pensaba que era un hombre.

Un hombre guapo, por cierto. Resulta que es matrona.

Hemos empezado a hablar sobre los embarazos, los bebés, y al final hemos terminado hablando de las cosas que nos gustan, contando historias y demás…

—lo contaba todo con una sonrisa en los labios.

Lina asentía. Sus expresiones faciales lo decían todo. No necesitó palabras para que su amiga se sintiese escuchada.

—Pues… en un momento le he dicho que me sentía muy a gusto con ella.

Pero yo se lo decía en plan amigas —aclaró—.

Ella me ha dicho que si podía confesarme otra cosa.

—La sonrisa se hacía cada vez más grande en su rostro—.

Me ha dicho que cuando me vio por primera vez sintió un cosquilleo, luego una presión en el pecho y, al final… me ha besado.

Lina estaba encantada con la historia de su amiga. Nunca habría imaginado que pudiese verse envuelta en una situación como esa.

—¿Y tú qué sentiste? —estaba deseando preguntárselo.

Clara se hizo un poco la remolona. Admitir las cosas en voz alta es más complicado que en sus propios pensamientos.

—Pues… fue raro. No me lo esperaba. Pero… me gustó un poco —abrió la boca como si gritase, pero sin emitir sonido.

Lina, al verla, hizo exactamente lo mismo.

—Sus labios eran suaves, tiernos, carnosos —según iba describiéndolos, Lina asentía a cada palabra, conociendo totalmente la sensación que provocaban—.

Y me han… calentado un poquito. —El rubor subió a sus mejillas—.

Pero no sentí lo que siento cuando me besa mi Pablo.

Es que cuando él lo hace, se detiene el mundo, Lina.

—Normal, amiga… Pablo es el amor de tu vida —dijo con una gran sonrisa.

En ese momento, recordó aquello que le dijo Pilar en la piscina: el amor es amor… independientemente de la persona.

—¿Qué pasó después? ¿Qué le dijiste? —Seguía conmocionada por la noticia.

—Nada. Después del beso… que, a ver, yo beso muy bien, ¿eh? Pero claro, en esa situación no me esmeré mucho. —Se rio de su propia broma—. Con una mirada nos dijimos todo. Ella sabía que conmigo no podía pasar nada más. Y yo… confirmé lo que he sabido siempre: que estoy enamorada de mi Pablo.

Lina no daba crédito. Si alguien le hubiese dicho que Clara besaría a otra mujer, no habría tenido tantos reparos en contarle su relación con Inés.

—Pero Lina, si el beso con Lola no me disgustó… ¿eso quiere decir que me gustan las mujeres? —preguntó con cierta preocupación.

—No —fue rotunda en su respuesta—. Un beso solo es un beso.

Es una manera de mostrar afecto, de expresar sentimientos.

Porque te des un beso no van a cambiar tus gustos, ni quién eres de un momento a otro.

Según me has contado, te sentiste extremadamente cómoda con Lola, ¿no?

Os hicisteis amigas muy rápido. Pues ella te lo mostró de esa manera.

—Sí, pero… yo pensaba que era amistad. Ella pensó otra cosa —puntualizó.

—Vale, en eso llevas razón. Ella pensó que esa conexión tan rápida era otra cosa, y ahí viene la confusión. Tú lo tuviste claro en todo momento. Ella te mostró sus sentimientos. Tú no la correspondiste, pues no pasa nada —dudó si hablaba para tranquilizar a Clara o a sí misma.

—Bueno… aun así no me quedo tranquila. ¿Cómo se lo cuento a Pablo? —preguntó totalmente perdida.

Al oír la pregunta, Lina sintió un golpe frío de realidad: debía contárselo a Inés, aunque sabía que no lo recibiría bien, sobre todo tratándose de Espe. Mientras Clara hablaba, Lina se perdió en sus pensamientos.

Pablo quizá se molestaría, pero acabaría perdonando. Inés, en cambio, llevaba tiempo sintiéndose amenazada por Espe; si descubría que en su ausencia ellas se habían besado, jamás lo olvidaría.

Quizá callar era lo más prudente. Inés era buena, sí, pero su carácter podía convertir una herida en tormenta. En un arrebato, incluso sería capaz de buscar la forma de perjudicar a Espe, cerrar su bar, obligarla a marcharse.

Ahora que las cosas entre Lina y Espe estaban claras, que se habían prometido conservar la amistad, perderla sería doloroso. Espe se había vuelto importante para ella.

Clara terminó de hablar más tranquila. Lina, sin embargo, tenía ahora más dudas que nunca. En el pasado no había dicho nada a Inés porque no había nada que contar. La situación había cambiado.

Ahora sí. El cansancio se apoderó de ellas.

A la mañana siguiente, Ana Belén llegó puntual a la tienda.

Los obreros aparecieron diez minutos tarde y, mientras tanto, ella evaluó el progreso: los tabiques que debían derribarse ya eran escombros, pero los nuevos aún no se habían levantado.

Consultó los planos y concluyó que las dependientas no podrían trabajar allí. Tenían el día libre.