Secretos
Lina, al ver que Espe se acercaba, intentó retroceder, pero las cajas no se lo permitieron. Los labios de ella se posaron sobre los suyos.
El beso la tomó por sorpresa, pero sus labios respondieron antes que su mente.
Había deseado saber cómo sería desde aquella noche en el bar.
Su cuerpo lo reconoció enseguida: el vértigo, la chispa, esa corriente que nace en el estómago y sube sin permiso.
Por unos instantes se abandonó, dejó que el deseo hablara por ella.
Una imagen se abrió paso entre el calor del impulso: Inés.
Su nombre, su risa, su verdad. El golpe de culpa fue tan fuerte que le cortó el aire.
De pronto lo entendió todo con claridad: aquello no era amor.
Nunca lo fue. Pura atracción disfrazada de intriga.
Espe representaba un mundo nuevo, peligroso, libre…
un mundo que la tentó porque le hizo sentir algo distinto.
Porque amar era elegir. Y Lina ya había elegido a Inés.
Por encima del deseo. Por encima del caos. Por encima de sí misma.
Lina no quería estar viviendo ese momento, deseaba desaparecer de ese callejón. El beso por parte de ella era cada vez más intenso. Era consciente de que con él quería decir muchas cosas, transmitirle muchos sentimientos. Pero no eran correspondidos. Al menos no de la misma manera.
Sin pensárselo dos veces, la apartó con brusquedad, empujándola hasta hacerla caer.
Una oleada de malestar inundó el cuerpo de Lina. Tuvo que apoyarse en la pared porque le temblaban las piernas. No daba crédito a lo que acababa de vivir.
El odio se apoderó de Lina. Ala vez que la derrota inundó el cuerpo de Espe.
Para Lina sería muy difícil describir con palabras el mensaje que le transmitieron sus ojos.
Ya no eran color miel, se habían transformado en un verde intenso.
Mostraban vulnerabilidad, tristeza, miedo, vergüenza, decepción…
pero sobre todo, arrepentimiento. Era increíble lo que se puede decir sin emitir una sola palabra.
La ira se fue disipando según llegaba una corriente de tristeza.
Espe lloraba en el suelo, mientras Lina tenía su lucha interna.
En parte, ella era responsable de lo que había sucedido.
Se dirigió a la puerta. Tenía la necesidad de huir.
Si se marchaba, quizás no tendría que afrontar la difícil conversación que les quedaba por delante.
Escuchó cómo las botellas de las cajas se movían.
Espe se había levantado del suelo para sentarse en ellas.
Todo, absolutamente todo su cuerpo mostraba el dolor interior que la dominaba en ese momento.
No era la de siempre, sino una guerrera herida que no podía seguir luchando y solo le quedaba aceptar la derrota.
Lina caminó hacia ella lentamente. No estaba segura de lo que estaba haciendo, pero tenía claro que era lo correcto.
A pesar de ese incidente, su relación era de amistad.
O esa era la idea. Alas amigas no se las deja en los momentos más difíciles y vulnerables.
Puso una de las cajas a su lado. De esa manera, estarían a la misma altura, podrían mirarse cara a cara.
Cuando se percató de lo cerca que estaba, la alejó un poco más, arrastrándola con el pie. Las dos guardaron silencio.
Espe no era capaz de afrontar su mirada.
Solo podía ahogar sus sollozos y secarse las lágrimas.
Intentaba mantener la poca compostura que le quedaba.
Una parte de ella deseaba que Lina se hubiese marchado.
De esa manera, podría desahogarse a gusto.
A pesar de ello, tuvo que reconocer que el hecho de que se quedara para estar con ella hacía que le gustase aún más, si eso era posible.
—Lo siento —susurró Espe.
A Lina le dolió horrores escucharla. Si su mirada le había dicho tantas cosas antes, ahora escuchar su voz, confirmó todas ellas.
—No ha estado bien. —Lina intentó contener su carácter peleón, pero no estaba segura de poder lograrlo.
—No he podido evitarlo—dijo sin apartarla vista del suelo—. ¿Sabes desde cuándo lo deseaba? —Su voz se quebró. Cogió aire y consiguió decir en un susurro—: Desde el primer día.
Lina hizo un repaso mental de todo lo que habían vivido juntas.
Una sonrisa se escapó al recordar muchos de esos momentos divertidos, pero se enturbió rápidamente cuando llegó la escena vivida hace escasos minutos.
De una cosa estaba segura: parte de todo ese dolor que sentían ambas, era culpa suya.
—Yo también lo siento. —Lina quería mirarle a la cara, pero no quería incomodarla.
Al verla tan frágil, no sabía cómo actuar para no provocarle más daño.
—Reviviste una parte de mí que pensé que había muerto para siempre. No puede ser que eso haya sido por nada. —Las lágrimas volvieron a sus ojos.
—No ha sido en vano. Era una señal, la prueba que faltaba para saber que ya estás preparada para volver a enamorarte. Tu corazón está curado. —Lina no dejó de mirar sus ojos en todo momento.
—Pero… —Espe intentaba soltarse de su mirada. Le resultaba imposible.
—Pero todo eso que tú dices sentir conmigo, yo lo siento con Inés.
Con ella estoy en casa, da igual si es Ciudad Real, Barcelona o el lugar más recóndito.
Inés hace que mi luz brille más, que mi corazón lata con más fuerza.
Con ella me siento invencible y puedo ser totalmente vulnerable —hablaba desde el corazón—.
Hemos vivido momentos duros y muchas pruebas, como esta.
Pero siempre, siempre hemos salido reforzadas de ello, porque juntas somos más fuertes. Yo soy su apoyo y ella es el mío.
— ¿No te da miedo…? —No sabía cómo transmitirle el temor de que le pasara con Inés lo mismo que a ella con Gabriela.
—No, no me da miedo que se vaya, o que me deje. No me asusta, porque estoy segura de que ella siente exactamente lo mismo por mí. Lo sé porque lo veo en sus ojos, en su forma de cuidarme, de hablarme, en su manera de… amarme—Lina sonaba tan segura de sí misma que la convenció.
Espe no pudo decir nada más. Quizás tuviese razón. Si su corazón había salido de su letargo, sería porque estaba preparado para dejar entrar a otra persona. Evidentemente, ella no podía ser. Espe le quitó una lágrima que caía por su mejilla.
—Y ahora… ¿qué hacemos? —preguntó Espe.
—Por mi parte… —Cogió aire. Necesitaba un poco de tiempo para presentar las opciones—. Podemos hacer como si esto no hubiese pasado. Yo te considero una amiga y, si tú estás conforme… por mí seguimos igual —intentó conciliarse.
Espe ladeó la cabeza. Ser amigas sería aceptar la derrota, y eso contradecía su personalidad. Además, habría cosas que le dolerían y mucho. Verla con Inés, identificar sus miradas cómplices, sus roces furtivos…
—Por el momento, no. Lina, te llevo aquí dentro. —Se llevó la mano al corazón—. Necesito un poco de tiempo para cambiar la forma que tengo de verte. Créeme que haré esfuerzos, aprenderé a ser solo amigas… pero necesito espacio.
Lina se entristeció al escuchar esas palabras. No quería perderla, pero entendía perfectamente sus motivos. Eran comprensibles y totalmente lógicos. No debía ser egoísta, y eso suponía darle lo que necesitaba. Por mucho que le doliese que se alejase.
—Entiendo. Prometo mantenerme un poco al margen durante un tiempo. —La miró directamente a los ojos y, levantando el dedo índice, continuó—: Un poco y solo un tiempo, no para siempre. ¿Entendido? —consiguió ponerse seria tres segundos; después, la sonrisa apareció de nuevo.
La risa surgió entre las dos. Fue una risa que ocultaba mucho dolor.
Espe se levantó de las cajas. Le dedicó un guiño a modo de despedida y se dirigió a la puerta.
Antes de que pudiese dar el segundo paso, sintió cómo le cogían de la mano y la frenaban.
Lina abrazó a su amiga. Con él, se hicieron una promesa: más temprano que tarde, volverían a la normalidad desde la amistad.
Volvieron al bar. Nada más entrar, Candela miró a Espe y después a Lina levantando una ceja.
Sabía que más tarde deberían tener una conversación sincera y con calma.
La conocía demasiado como para suponer que alguna conjetura ya se había hecho.
Clara estaba sentada en una silla, mirando cómo bailaban las demás. Lina se acercó.
—¿Qué tal te lo estás pasando? —preguntó acercando otro taburete.
—Bien. Tus amigas son muy divertidas, pero ya empiezo a estar cansada. —Clara se frotó el vientre, como si el bebé le estuviese molestando.
—¿Quieres que nos vayamos a casa? —Lina estaba dispuesta. Después de lo ocurrido en el callejón, necesitaba un poco de tranquilidad.
Clara dudó. Por un lado, le apetecía irse, pero por otro, no quería ser la que arruinase la fiesta. Sus amigas se lo estaban pasando muy bien. En ese momento llegó Candela.
—Me van a matar los pies —se quejó, haciéndole gestos a Lina para que se levantase de su asiento—. Si es que, a lo tonto, llevamos todo el día de pie.
Lina, divertida, cogió otro taburete libre para cerrar el triángulo.
—Chicas, si queréis nos vamos a casa. No hace falta que os quedéis aquí por mí. —Lina fue totalmente sincera. Clara y Candela se miraron antes de contestar. Las dos estaban de acuerdo.
—Yo… la verdad es que estoy muy cansada. Aunque la tónica me ha sentado muy bien, tengo ganas de coger la cama —Clara fue la primera en dar su opinión.
—Sabéis que yo para la fiesta soy la primera, pero los pies están pudiendo conmigo. Además, nos queda un largo camino hasta el hotel —apuntó Candela.
—De eso nada, dormís las dos en mi casa —sentenció la tercera.
—Pero Lina… —intervino Candela—. Si solo tienes una cama.
—Tenemos dos. Una grande y otra pequeña. Yo duermo con Clara, así si necesita algo estoy más cerca, y tú duermes en la cama de la habitación pequeña —lo organizó todo.
—Cariño, no hace falta. Además, las camas del hotel son comodísimas. —Clara solo pensaba en poder dormir tan a gusto como la pasada noche.