Juntas en Barcelona Una larga noche #5
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Una larga noche #5

Lina recordó toda la historia de Inés con Diego y pudo llegar a entender su dolor.

Ella misma lo había sentido en su propia piel aquellos días en los que él quería retomar el matrimonio con Inés.

Cada noche era un suplicio, verlos juntos le provocaba un dolor semejante a una puñalada en el corazón. No se lo desearía ni a su peor enemigo.

—Después… —inició la frase para darle pie a que continuase contando su historia.

—Después desapareció. Fue como si lo nuestro nunca hubiese existido, como un sueño del que te despiertas y al que ya no puedes volver. No lo olvidas, está presente constantemente. Y lo peor no es eso —dijo con rabia.

—¿Qué es?

Esta vez no lo pensó, su cuerpo reaccionó solo. Puso una mano en su espalda para reconfortarla.

—Las preguntas, Lina. ¿Por qué? ¿Fui un capricho? ¿Un juego?

¿Un pasatiempo? ¿De verdad me amó? ¿Por qué la primera vez sí?

Preguntas y más preguntas que no tienen respuesta.

No las encuentras… porque la única persona que puede no quiere verme.

—Se volvió distante, reacia por un instante.

Frunció el ceño, cogió aire y continuó—: Lo único que puedes hacer es enterrarlo todo, bien al fondo.

Para que no pueda salir el dolor. Para que me deje tranquila.

Espe enmudeció. Solo se escuchaban sus sollozos, que se cortaron de manera abrupta para decir:

—Desde entonces… he sido incapaz de enamorarme de otra persona. Lo he intentado, pero mi corazón no aceptaba a nadie más. No… hasta que… —Se giró y la abrazó.

Lina le devolvió el abrazo. Llevaba tiempo deseando hacerlo. Quería reconfortarla, consolarla. Hacerle sentir que no estaba sola, que a su lado tenía a una persona dispuesta a ayudarla en todo lo que necesitase.

Justo en ese momento, cuando una estaba en los brazos de la otra, el teléfono del piso de Lina empezó a sonar. Su sonido retumbó en las habitaciones vacías sin que nadie acudiese contestar la llamada.

El viaje de Inés había sido largo. La urgencia por conseguir los billetes no le permitió viajar en primera clase. Estaba acostumbrada a ciertas comodidades, y esta vez las había echado en falta.

La única parte buena era que tantas horas le permitieron adelantar todo el trabajo que se había llevado.

La comida del avión fue horrible. Por no hablar de la incomodidad del viaje. El hombre que se sentaba al lado no conocía las normas básicas de higiene.

El chófer que debía recogerla llegó con retraso. Su manera de conducir dejaba bastante que desear. Menos mal que no había comido nada; de haberlo hecho, la experiencia habría sido mucho peor.

En el hotel tuvo problemas con el recepcionista. Además el restaurante estaba cerrado y ya no ofrecían cenas. Por la zona no parecía que nada estuviese abierto. Tenía tanta hambre que, gracias a un pequeño soborno a un botones, logró cenar aquella noche.

Durante el viaje no había podido quitarse a Lina de la cabeza, especialmente la última conversación. Se había dado cuenta de que no la había manejado de la mejor manera.

Llamó, pero nadie contestó.

Volvió a marcar. Miró su reloj. Era tarde, despertarla merecería la pena. Solo oír su voz la reconfortaría. Imaginaba que estaría pendiente de saber si había llegado bien.

No hubo suerte. Cogió su diario.

Estoy a kilómetros de distancia de ella, de mi amor, y la lejanía pesa más de lo que jamás imaginé.

Siento una losa en el pecho que me impide respirar.

Durante el viaje he repasado nuestra última conversación una y otra vez.

Entonces no lo vi, pero ahora lo siento con claridad: se sacrificó por mí, como quien calla sus propias heridas para no herir al otro. ¿Hay mayor prueba de amor que esa?

Sé que es mi deber estar aquí. Debo resolver este problema cuanto antes, no solo por la empresa, sino por mí. No soporto verlos cada día, sabiendo que nos han estafado. Aun así… una parte de mí habría dado lo que fuera por quedarme a su lado.

Confío en Lina y en las chicas, quizá demasiado. Si no estuvieran ellas, habría sido impensable marcharme ahora, con tanto sobre nuestros hombros. Las he dejado con demasiada responsabilidad y poco tiempo para prepararse. Lo harán bien, lo sé. Pero eso no alivia esta culpa que me arde por dentro.

Miro la cama y temo la noche sin ella. Me he acostumbrado a su presencia, a su calor en mi espalda, a esos pequeños ruidos suyos que me dan paz. Esta noche no estarán.

Despertar a su lado es un regalo. Su voz, su beso de buenos días… es como seguir soñando aun despierta. Hoy, sin embargo, el amanecer será distinto.

No ha cogido el teléfono. Seguramente haya salido a cenar con las chicas, pero ya es tarde para seguir fuera. Quizá decidieron ir a bailar. Ojalá estén bien. No conocen a mucha gente en Barcelona… bueno, sí, a Espe.

Esa mujer sería capaz de llevársela a cualquier sitio por un rato a solas.

Desde lo del balneario no he visto señales claras de que intente conquistarla, aunque yo apenas voy a su bar.

No sé qué hará cuando no estoy. Me incomoda pensarlo.

Ojalá no esté con ella ahora mismo. Si lo estuviera…

no puedo negarlo: los celos me devorarían.

Ya asoman, aun sin pruebas que los alimenten.

Parece que cada vez que intento resolver un problema, yo misma siembro otro.

Será mejor dejar de dar vueltas. Si sigo escribiendo, encontraré mil razones para desconfiar de Espe y otras mil para confiar en Lina. Así que solo diré esto:

Buenas noches, mi amor. Te echo de menos.

El abrazo entre Lina y Espe se mantenía. Lina la agarraba con fuerza. Sentía los cambios en su respiración. Su corazón latía tan fuerte que podía notarlo junto a su pecho.

Espe se había desarmado ante ella. Le había revelado su secreto más profundo. Nadie, absolutamente nadie, excepto la otra protagonista, conocía esa historia. Se sintió muy vulnerable. No le gustaba esa sensación. El miedo a que le hiciesen daño otra vez la aterraba, la dejaba sin armas.

Espe empezó a relajarse. Poco a poco fue perdiendo fuerza en los brazos, y su respiración se fue calmando. Era el momento de soltarla lentamente.

—Muchas gracias por compartir esa historia conmigo.

Créeme, soy consciente del esfuerzo y el dolor que te ha supuesto exponerte de esa manera.

Valoro mucho que hayas confiado en mí. Puedes estar segura de que esto no saldrá de aquí.

Pero… creo que ya va siendo hora de dejarlo ir.

De sanarte. —Deseaba ver sus ojos para comprobar realmente cómo estaba.

Espe se quedó de pie junto a ella, mirando el suelo, reflexionando sobre sus palabras.

—Ahora imagino que me soltarás una lista de frases hechas.

Un discurso sobre lo importante que es superar el dolor, el corazón roto.

Seguramente me dirás que el tiempo todo lo cura, que hay muchos peces en el mar y que aún tengo tiempo para que el amor vuelva a aparecer en mi vida.

—Su tono era muy serio—. Lina, no quiero una lista de tópicos propios del desamor —habló sin mirarla.

Lina abrió la boca para contestar. Es cierto que muchas de esas frases se le habían pasado por la cabeza, pero no esperaba que fuera ella quien las dijese.

—Todo eso ya lo he intentado. Llevo mucho tiempo luchando por dejar de sentirme incompleta —confesó Espe.

—El amor puede con todo —dijo Lina, levantándole el rostro para que la mirase.

—No. No puede con todo. A veces, no —empezaba a elevar la voz, un poco furiosa. Hasta que Lina la interrumpió.

—El amor es el mayor de los espejos, porque es capaz de reflejar tus luces, pero también mostrar tus sombras.

El amor te puede hacer inmensamente grande, pero a la vez tremendamente pequeña.

El amor es paz, Espe, y ya es hora de que lo aprendas.

No es una batalla que debas pelear hasta tu último aliento. —Lina no soltó su mirada ni un segundo.

—Eso ya lo sé. Todo eso lo viví con Gabriela. Lo bueno… y sobre todo lo malo. —Seguía furiosa.

—Pues entonces también sabrás que un día ese dolor se irá. Te despertarás, y ese nombre, ya no dolerá. Una persona se cruzará en tu camino. No tengas prisa. El amor te encuentra, no se busca. Tarde o temprano aparecerá. Estoy segura —no solo eran palabras de ánimo, eran una promesa.

Espe no dejaba de mirarla a los ojos y asentir. Algo en su rostro había cambiado. Lina no supo identificar qué, pero sí percibió que una gran verdad estaba a punto de estallar.

—¿Aparecerá? ¿Una persona que me vuelva a ilusionar, que me haga vibrar hasta la última fibra de mi ser? ¿Que me haga sentir ese amor del que tanto hablas? ¿Estás segura? —Espe se acercó sin apartar los ojos de ella, esperando una respuesta.

—Sí, claro —respondió muy segura de sí misma.

—Y cuando esa persona aparezca… ella sentirá lo mismo, ¿no?

Una atracción incontrolable que, a pesar de sus esfuerzos, la lleve a mí una y otra vez.

Que se sienta atraída con una fuerza irrefrenable, casi inexplicable para ella…

o para cualquier persona que no la haya sentido antes.

¿No es así? —preguntó de nuevo, dando un paso al frente para exigir una respuesta.

—Por supuesto. —Estaba tan metida en la conversación que todos sus sentidos estaban puestos en ella. No se había dado cuenta de que su espacio personal había sido invadido. Sus rostros estaban a menos de dos palmos de distancia.

—Entonces… ¿por qué te frenas? ¿Por qué te reprimes? ¿Por qué no das rienda suelta a eso que te nace desde lo más profundo? ¿Por qué no me…? —Espe no terminó la pregunta.

Avanzó la escasa distancia que las separaba y besó los labios que tanto deseaba desde el primer día.

El beso de Espe fue decidido y urgente, un acto de confianza y entrega total.

Al principio fue brusco, casi violento, como si con ese gesto quisiera conquistar a Lina para siempre, transmitirle todo lo que sentía: que se había vuelto a enamorar, que confiaba en ella y que estaba lista para cuidarla, amarla.

Al sentir el calor y la suavidad de sus labios, su corazón se derritió, dejando paso a una ternura profunda que inundó todo su ser.