Juntas en Barcelona Una larga noche #4
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Una larga noche #4

—Lina, cálmate. Esto estaba claro. Los últimos días con Inés han sido perfectos.

No has pensado en ella ni una sola vez. ¿A qué viene esta rabia?

Es adulta y está soltera. Puede estar con quien quiera.

Y tú, Carolina Escudero, amas a Inés de la Corte —murmurando en voz baja mientras recorría el callejón de arriba abajo.

—¿Todo bien? —escuchó una voz muy familiar detrás de ella.

—Perfectamente —respondió antes de girarse.

—Como has salido así de rápido, pensé que te encontrabas mal. —Espe se acercó y extendió el brazo para tocar la espalda de Lina y comprobar con sus propios ojos que verdaderamente estaba bien.

Lina se apartó ligeramente. De manera sutil, pero no lo suficiente.

—¿He hecho algo que te ha molestado? —preguntó Espe, buscando sus ojos de nuevo.

Necesitaba conectar con ella de alguna manera. Entender los motivos de ese cambio tan repentino. Primero lo del almacén y ahora esto… no entendía nada.

—No sé. ¡Piensa! ¿Qué has podido hacer? —dijo Lina a la defensiva.

Espe levantó las manos en muestra de paz y retrocedió dos pasos. No le apetecía provocar, ni recibir la ira de su carácter. Esa noche, no.

Lina, al ver su reacción, fue muy consciente de que no se estaba portando bien con ella.

Espe desconocía lo que pasaba por su cabeza.

Ser amigas le estaba resultando más difícil de lo que creía.

En ese instante, recordó el momento en su casa.

Concretamente cuando acordaron serlo, pero sus actos no eran coherentes con su acuerdo.

—Perdona. He tenido un día complicado—se excusó Lina—. Lo estoy pagando contigo y no debería. Lo siento. —La miró arrepentida.

—¿Inés? —preguntó apoyándose en la pared.

Lina asintió. Cogió aire y se sentó en unas cajas de madera que contenían botellas vacías. Suspiró antes de empezar a hablar.

—Hoy se ha ido a Francia sin avisar, sin contar con mi opinión. Tenemos todo el lío de la obra, la reapertura, mis amigas… y se va tan lejos, solo a por unos papeles. Me ha dejado sola —soltó toda esa información sin filtro ninguno.

—Bueno, sola no estás… Están tus amigas de Ciudad Real, encantadoras, por cierto.

Sofía y… yo también. —Esperó unos segundos, al ver que no obtenía respuesta, continuó hablando—: Déjame que te diga que Candela no te ha quitado ojo en toda la noche.

Sabía dónde estabas y qué hacías en cada momento.

Eso solo lo hacen las amigas de verdad, las que se preocupan por ti.

—Una sonrisa de envidia sana apareció en su rostro—.

De Clara no puedo decir lo mismo, creo que Lola ha hecho de las suyas embaucándola un poquito.

Pero con eso no quiero decir que no le importes, solo que la han distraído. —Se aguantó la risa.

Conocía a Lola demasiado bien. Vio la cara que puso cuando Clara entró por la puerta. Desde entonces, tenía claro que iba a tantear su curiosidad.

Lina no sabía a qué se refería, pero no le apetecía hablar de ello en ese momento.

—Sí, en eso tienes razón, pero… —Lina no quiso terminarla frase. Le dolía solo de pensarlo.

—Ella se ha ido y tú… no es que estés sola, sino que te sientes sola. ¿Me equivoco? —Arrastró una caja cercana para poder sentarse a su lado.

Estaban a diferentes alturas: Lina sentada sobre dos cajas y Espe sobre una. A pesar de esa desigualdad se sintió muy cerca de ella. No tanto por la distancia física, sino porque entendía perfectamente lo que se le pasaba por la cabeza en ese momento.

Espe se puso muy seria. Su expresión corporal cambió radicalmente. Fue como si algo en ella desapareciese, como si se quitase una coraza y su cuerpo pudiese descansar.

—Yo… nunca… —Espe iba a contarle algo, pero se arrepintió a mitad de camino.

—¿Nunca… qué? —preguntó con interés. Su voz mostraba ternura y amabilidad.

Espe cerró los ojos y respiró profundamente.

—Nunca te he hablado de Gabriela… —dijo finalmente.

Su tono era diferente. No sonaba como siempre. Había un matiz de tristeza, casi de añoranza… de dolor.

Lina esperó. Era evidente que necesitaba tiempo para afrontar esa historia. Le apartó el pelo que le caía sobre la cara. Al mirarla a los ojos, le regaló una sonrisa que le dio la fuerza suficiente para seguir hablando.

—Gabriela fue mi primer amor… Pasó hace años, ya casi ni recuerdo cuántos.

Nos conocimos de manera casual. Fui al banco a pedir un crédito para montar mi negocio.

Ella era quien se encargaba de aprobar o no esas transacciones a las pequeñas empresas.

Su padre era el dueño del banco. Siempre le asignaban los negocios regentados por mujeres, como si el riesgo no fuese con ella. —Sonrió por la ironía de sus palabras.

Lina prefirió no decir nada. Percibió su necesidad de contar la historia. Puede que nunca antes lo hubiese hecho.

—Cuando la vi aparecer por la puerta del despacho, se me aceleró el corazón.

Sentí algo en el pecho como nunca antes había sentido.

Fue como si un rayo me atravesara y me conectase inmediatamente con ella.

Gabriela debió sentir algo muy parecido, porque en cuanto nuestros ojos se encontraron, su rostro, su cuerpo…

su energía cambió radicalmente. Era como si un tigre implacable y feroz se hubiese convertido en gatito doméstico.

En el momento en que nos pusimos a hablar todo fue sencillo.

La confianza surgió de una manera tan natural que, cuando nos dimos cuenta, estábamos cerrando el trato con una copa de vino.

—Sonrió al recordar esos tiempos tan felices.

La historia despertaba una ternura en Lina que no habría imaginado. Para ella, Espe era una persona dura, luchadora, que nada ni nadie podía herirla. Para su sorpresa, estaba descubriendo lo equivocada que estaba.

—Desde siempre supe que las mujeres me gustaban.

En el colegio de monjas me di más de un beso con alguna compañera.

Por suerte, todas lo achacaban a tonterías de la edad…

Lo de Gabriela era diferente. No era un juego.

La atracción por ella era imposible de frenar.

Esa copa de vino llevó a otra. A noches de hotel lejos de Barcelona, obras de teatro, óperas, conciertos en palcos privados…

Esa atracción se convirtió en amor. O al menos, eso pensaba yo.

—Un atisbo de rabia apareció en su rostro.

Lina tuvo el impulso de ponerle la mano sobre la espalda. Quería consolarla. Que se sintiese acompañada. Pero se arrepintió y volvió a dejarla sobre sus rodillas.

—La relación con su padre era tensa. Me atrevería a decir que tenía cierta necesidad por complacerlo.

Ella siempre estaba haciendo esfuerzos titánicos para destacar, para que su padre la tuviese en cuenta.

Si había que viajar para captar a un cliente, ella era la primera.

Si había que quedarse hasta altas horas para hacer balances o previsiones, no se iba de la oficina hasta terminar.

Su trabajo siempre era lo primero —la última frase sonó a reproche.

Lina no pudo evitar encontrar ciertas similitudes entre Inés y Gabriela.

—Un día su padre nos descubrió. Apareció donde habíamos quedado.

Todavía hoy, no sé cómo lo logró. El caso es que supo lo que sentíamos y la relación que manteníamos.

Al principio le plantó cara. No sucumbió a las amenazas que le hizo.

Le juró que la sacaría del banco, que la desheredaría si seguía con esa relación del demonio.

Ella me eligió a mí, y no te puedes imaginar lo inmensamente feliz que me hizo sentir.

—Miró a Lina con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa orgullosa.

Era evidente que recordar todo aquello le producía mucho dolor, pero, a pesar de ello, continuó con la historia.

—Fingió nuestra ruptura y buscó la forma de seguir viéndonos.

Me dijo que siempre estaríamos juntas, que nada ni nadie nos podría separar…

yo me lo creí. En parte, porque realmente lo sentía de esa manera.

Hasta que un día cualquiera… —cogió aire para poder seguir hablando— me pareció escuchar su risa por la calle.

Cuando fui a comprobar si era ella… la vi del brazo de un hombre muy apuesto.

La manera en la que ese hombre la agasajaba no era normal en un pretendiente al que estaban dando calabazas.

Esa misma noche fui a su casa. Necesitaba explicaciones.

Saber si era una estrategia para encubrir nuestra relación o…

¿qué? —Guardó silencio, reuniendo fuerzas para continuar.

—¿Qué te dijo? —no pudo evitar preguntar. Estaba demasiado involucrada en la historia.

—Que se iba a casar —le tembló la voz—. Decía que había sido muy divertido, pero debíamos dejarlo ahí.

Ya éramos mujeres adultas y teníamos que mirar al futuro.

No pensaba perder la fortuna, ni el prestigio de su familia por alguien como yo, alguien de otra clase y encima mujer.

Sería un escándalo para su círculo que se enterasen que era una desviada.

No estaba dispuesta a tirar por la borda todo por lo que había luchado, solo por un amor condenado —un suspiro profundo salió de ella.

Se llevó las manos a la cara para quitarse las lágrimas, se apartó el pelo y continuó hablando.

—Me planteó la posibilidad de mantener la relación a espaldas de su marido. Ser la querida —dijo con cierta inquina.

—Bueno, sería una manera de cubriros las espaldas… —Intentó ver el lado bueno de todo aquello.

—Sería una tortura. Eso es lo que sería. Saber que cada noche duerme en sus brazos y no en los míos. Ser consciente de que esos labios, ese cuerpo, es tocado por otra persona que no fuese yo… sería muy doloroso. —Espe no fue capaz de mirarla a la cara.