Una larga noche #3
A los pocos minutos la sala se llenó de música, provocando que la gran mayoría de las conversaciones cesaran dando paso a bailes y risas. Clara y Lola se fueron a un rincón; la charla entre las dos estaba muy interesante.
Todo había comenzado con un tema muy atrayente; la evolución de los niños en el vientre de la madre.
Después fue derivando a otros totalmente desconocidos para Clara: los efectos que el embarazo tiene en el cuerpo de la gestante…
Pero a esas alturas de la noche, la conversación había evolucionado hasta llegar a temas como sus gustos, historias personales, momentos divertidos…
Podrían haber rellenado un cuestionario sobre la otra sin problema.
Clara se sentía extremadamente cómoda con Lola. No sabía cuáles eran los motivos, solo sabía que le gustaba hablar con ella, le agradaba su compañía y, sobre todo, su atención. Cuando Lola la miraba directamente a los ojos, era como si mirase más allá, como si mirase a través de ella.
—Lola, ¿te puedo ser sincera? —preguntó Clara.
—¿No lo llevas siendo toda la noche? —respondió bromeando.
—No sé qué tienes, pero me siento muy a gusto contigo. Es como si nos conociésemos de siempre, de otra vida. No sé explicarlo… es un sentimiento que tengo aquí. —Clara se llevó la mano al pecho.
Lola la miró directamente a los ojos. Era como si quisiera descifrar algún mensaje oculto en ellos. Tras conseguir su objetivo, apartó los ojos de ella y una sonrisa victoriosa se dibujó en su rostro. Recolocó su postura en el taburete de tal manera que se acercó a ella sin llamar la atención.
—Ahora… ¿te puedo confesar algo yo a ti? —preguntó Lola, acercándose un poco más.
Clara asintió sin poder emitir sonido. Lola tenía una mirada tan intensa que no pudo evitar sentirse atraída por sus ojos azules. Eran hipnóticos, magnéticos, embaucadores.
—Cuando… te vi por primera vez, sentí un cosquilleo en los dedos.
—Cogió la mano de Clara y con la punta de sus dedos rozó los de ella, suavemente, de manera continua, con la presión junta para provocar precisamente eso…
cosquillas—. Cuando tus ojos me miraron directamente, sentí una presión en el pecho que me impedía respirar —continuó.
Puso su otra mano en el centro del pecho de Clara.
Clara estaba absorta en sus palabras. Todo, absolutamente todo lo que esa mujer decía, llegaba a lo más profundo de su ser. Era como si sus palabras retumbasen dentro de ella. Por un momento, el ruido desapareció y se olvidó de dónde estaba.
—Cuando me tocaste, mi pulso se aceleró. —Llevó la mano que aún le acariciaba los dedos junto con los de ella a su propio cuello, para que pudiera sentir sus pulsaciones a toda velocidad.
Casi como un acto reflejo, Clara puso su otra mano en el cuello para sentir sus propias pulsaciones. Quería compararlas. Para su sorpresa, estaban tan aceleradas como las de Lola. Casi parecía que latían a la vez.
—Y, sobre todo, cuando me hablaste por primera vez, solo pude pensar en una cosa. —Se acercó lentamente al rostro de Clara mientras pronunciaba esas palabras. Hizo una pausa de un par de segundos y continuó—: Besar esos labios tan perfectos.
Unió sus labios con los de ella.
Clara no se apartó, se quedó allí recibiendo las caricias de esos labios de buen grado.
Algo dentro de ella despertó. No sabría decir si era bueno o malo.
Era diferente. Tenía que admitir que fue placentero.
Por eso, le devolvió el beso. Llegó a producirle calor en muchas partes de su cuerpo, más de las que admitiría jamás.
Pero no era lo mismo que cuando besaba a Pablo, el amor de su vida.
Lola finalizó el beso al sentir que no era recíproco del todo. No hizo falta decir nada; las sensaciones durante ese beso hablaron por sí solas. Ambassabían que lo que acababa de ocurrir no sería más que una anécdota o un secreto que guardar como un tesoro.
Clara le hizo un gesto con la cabeza señalando a sus amigas. Era su manera de despedirse. Lola sonrió. Antes de que se pudiese marchar, le cogió la mano y volvió a besarle los nudillos. De esa manera cerraba el círculo y se despedía.
Lola la vio tranquila con sus amigas, cogió su sombrero y se mar-chó sin ser vista.
Lina y Candela estaban bailando en el centro del comedor.
Las risas de Lina se podían escuchar por encima de la música.
Clara se unió a ellas. Hacía mucho que no se divertían de esa manera.
Candela le cogió la mano a Lina, y como parte del baile le hizo dar vueltas y vueltas.
En una de ellas le pareció ver a Espe en la puerta de la cocina, muy cerca de otra mujer.
La chica que acaparaba su atención era la misma que Lina había visto en ese mismo bar, cuando descubrió la existencia de esa fiesta. Su pelo corto y moreno era inconfundible.
El interés por saber de qué hablaban nació desde lo más profundo de su ser. Una parte de ella lo necesitaba. Intentó disimular lanzando miradas fugaces mientras bailaba con sus amigas. Pero no era suficiente.
Por el momento, lo que veía no le gustaba nada. La chica morena estaba demasiado cerca, le acariciaba el cuello de la camisa con la punta de su dedo. Eso le permitía regalarle alguna que otra caricia en esa zona tan sensible. Sus movimientos eran muy delatadores. Estaba coqueteando.
Un tornado de ira fue creciendo en su interior. No entendía por qué estaba ahí, pero no podía frenarlo. Sin pensárselo dos veces se acercó, quería interrumpir esa conversación fuese como fuese.
Sus pies caminaron solos. Cuando estaba lo suficientemente cerca se dio cuenta de que no tenía excusa para estar allí.
Quizás debía haberlo pensado antes. Espe no la miró; dirigió su vista al suelo.
No tenía fuerzas para afrontar su mirada.
Entonces supo que la morena de pelo corto había cumplido su objetivo.
—¿Me dejáis pasar? Necesito salir a tomar aire —dijo Lina con su mirada puesta en un punto fijo de la pared.
La morena aprovechó el momento. Juntó su cuerpo al de Espe para que pasase por detrás. Si alguien hubiese visto la cara de Lina sabría perfectamente lo que sentía.
Candela vio cómo su amiga salía del bar. Tuvo la tentación de ir a buscarla. Pero al ver a Espe hablando con otra mujer en la puerta de la cocina, se quedó más tranquila.
«Mañana o en un rato que estemos a solas, le pregunto sobre la tal Esperanza. Hay miraditas que no termino de entender» pensó Candela.
Lourdes le puso la mano en la cintura.
—Seguro que una chica del sur como tú me concede este baile. —Lourdes la guio hasta el centro de un corrillo que se estaba formando.
En ese momento comenzó a sonar unas sevillanas. Candela imaginó que lo tenía todo planeado. Con ella, sus intentos de conquista iban a caer en saco roto. Ahora, un baile se marcaría. Su sangre andaluza no le permitió escuchar esas palmas y no seguir el compás con las suyas.
Tras ponerse en posición para la primera, le hizo un gesto a Lourdes para hacerle saber que estaba preparada para empezar. Clara aprovechó para coger un taburete. Ver a Candela bailando era un auténtico espectáculo. Todas esas chicas deberían pagar por ver a una auténtica bailaora.
Lourdes se sabía los pasos, fue acompañando a Candela en cada uno de ellos. No lo hacía con la misma soltura y desparpajo, pero se defendió bastante bien. Candela, mientras bailaba, iba canturreando la canción. En algunos trozos más que cantar, sentía la letra.
Lourdes, al escuchar su preciosa voz, decidió preguntar en los pasos donde se acercaban:
—¿Esa voz tan bonita es la tuya? —le preguntó muy cerca del oído para que nadie las pudiera escuchar.
Candela asintió como si fuese parte del baile. Una sonrisa juguetona se dibujó en el rostro de Lourdes.
—Me encantaría escucharte a capela. —Volvió a aprovecharse del baile para preguntar.
Candela la miró de arriba abajo. En demasiadas plazas había toreado en sus tiempos mozos para que la engatusasen de esa manera tan evidente.
—Cantaré si cantas conmigo —le propuso en una de las vueltas, agarradas de la cintura.
Lourdes le guiñó un ojo aceptando el reto.
La canción terminó y las dos protagonistas recibieron la ovación del público. Clara no dejaba de gritar:
—¡Guapa! ¡Qué arte tienes!
Candela le dio un abrazo. Hacía tanto tiempo que no bailaba unas sevillanas bien bailadas que se le había acelerado el corazón.
—Uff... cómo lo echaba de menos —le confesó Candela a Clara.
—Normal. Si Francisco debe tener menos arte para bailar estas cosas… —bromeó Clara.
—Estas o cualquiera. Le sacas del pasodoble y está perdido. Aun así, algún pisotón te llevas —recordó con dulzura.
Lourdes pasó detrás de la barra, sirvió un par de cervezas y las dejó delante de Candela y Clara.
—No, gracias. Yo estoy muy bien con mi tónica —le agradeció Clara.
—Entonces me la quedo yo. —Lourdes le dio un buen trago a la cerveza.
Cogió el vaso de Candela y se lo ofreció. Esta lo aceptó de buen grado; el baile le había dado mucha sed.
Al cogerlo, sus dedos se rozaron. Lourdes la miró fijamente a los ojos. Esperaba que Candela sintiese una conexión, una chispa, y poder detectarlo en su mirada. Pero la sorprendió con una mueca: sacó la lengua y se puso bizca.
Lourdes entendió perfectamente que no tenía ninguna posibilidad con ella. Candela, experta en leer los pensamientos de las personas a través de sus caras, negó con la cabeza, como diciendo: no tienes nada que hacer.
Lourdes se acercó a ella y, con una sonrisa más que amigable, empezó a cantar unas bulerías. Candela se sorprendió: la reconoció al instante y se unió a cantarla con ella.
La música cesó. Todas preferían escuchar la capela en directo que cualquier reproducción grabada. Las palmas fueron la música que acompañaron a sus voces.
Mientras tanto, en el callejón fuera del bar…