Juntas en Barcelona Una larga noche #2
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Una larga noche #2

—Clara, no te cortes, coge todas las croquetas que quieras. Además, te he guardado esto —Le puso, en la mesa más cercana, un plato con dos panes con picaqueso.

La sonrisa inmensa que se dibujó en la cara de Clara fue la mejor muestra de gratitud. Entre croqueta y croqueta, la conversación fue fluyendo. Una de ellas trabajaba en una galería de ropa. Candela casi la convenció para que viese el catálogo de la Corte. Otra de ellas trabajaba en una carnicería…

Una de las chicas estaba contando un problema que había tenido con su jefe.

Lina prestaba mucha atención porque la historia era interesante.

De pronto sintió cómo alguien le acariciaba la espalda.

Se giró disimuladamente y pudo ver a Espe recogiendo los vasos vacíos de una de las mesas.

Sin pensárselo dos veces, fue a ayudarla.

—Tú has montado esta fiesta, deberías disfrutarla, ¿no crees? —preguntó mientras cogía un vaso antes de que ella lo pusiese en la bandeja.

—¿Crees que esta fiesta la hago para mí? —preguntó soltando una risa infantil.

—Hasta que te has reído… sí, lo creía. —Dejó el vaso sobre la barra.

Espe le iba a contestar, pero prefirió ponerse delante de ella desde el otro lado de la barra. Apoyó sus codos, como hacía siempre que buscaba intimidad y respondió:

—Míralas. —Apartó sus ojos de los de ella para mirar a su alrededor—. ¿Crees que estas chicas tienen otro sitio donde estar así de tranquilas? —Al terminar la pregunta, volvió a mirarla. No pretendía nada, solo disfrutaba de tenerla tan cerca.

Lina echó un vistazo lento. Observó a todas las mujeres de la sala. Se las veía muy cómodas, estaban tranquilas, siendo ellas mismas. Algunas estaban coqueteando, otras simplemente hablaban, reían… se las veía felices.

Con esa fiesta había creado un universo paralelo donde ninguna tenía miedo a las consecuencias de su forma de ser, como si estar allí las liberase, les dejase mostrarse de manera auténtica. En ese momento Lina lo entendió todo.

—Les das un lugar seguro para conectar con otras personas afines. Así pueden ser ellas mismas y descansar de fingir siempre. —Fue encajando las piezas en voz alta.

Espe sonrió satisfecha.

—Espe… ​ ¿te puedo pedir un favor? —Clara interrumpió la con-versación.

—Tú me puedes pedir lo que quieras —respondió con una sonrisa. Clara le inspiraba ternura, como si fuese alguien a quien debía cuidar.

—¿Tienes algo dulce por ahí? Parece que mi… —se llevó la mano a la tripa— mi cuerpo me pide dulce.

—Claro, creo que ha quedado un poco de tarta de galleta. ¿Te vale? —preguntó de camino a la cocina.

—Si es que va a salir tan golosón como su tía —dijo Lina, poniendo con cuidado la mano en su abdomen.

—Yo creo que le gusta todo. Tú dime, me acabo de comer chorizo con queso, y ahora me pide dulce… no sé qué será lo siguiente —se quejó Clara.

—Una tónica —dijo la mujer que estaba al final de la barra.

Las dos se sorprendieron de que interviniese en la conversación, no la conocían. Por eso, sus caras debieron de mostrar la sorpresa de la interrupción.

—Perdonad la intromisión —se disculpó al notar su reticencia—. Cuando el cuerpo te pide saltar del salado al dulce y al revés… después vienen las náuseas. Lo mejor es que te tomes una tónica para asentar el estómago —explicó mientras cogía su sombrero y se acercaba a ellas.

—Muchas gracias, es cierto que el refresco de limón no me ha caído muy bien —le confesó Clara.

Espe llegó de la cocina con un trozo de tarta de chocolate con galletas.

—Que te aproveche. Si quieres algo más, pídemelo sin problema —se ofreció.

—Prepárale una tónica, haz el favor. —Posó su sombrero sobre la barra entre las dos.

Viéndola de cerca era mucho más joven de lo que parecía.

Su pelo pelirrojo estaba recogido en una trenza baja perfectamente hecha.

Sus ojos azules, su tez blanca y una sonrisa perfecta le hacían parecer de un país nórdico.

Llevaba un traje de raya diplomática color azul a juego con el sombrero, una camisa blanca y una corbata del mismo color que el traje.

Todo estaba perfectamente combinado. Hasta el más mínimo detalle.

Su pañuelo rojo del bolsillo exterior era el toque de contraste para culminar su atuendo.

—Permitid que me presente. Mi nombre es Dolores Moreno. Soy amiga de Esperanza desde hace muchos años —hablaba con una educación que recordaba a un caballero de clase alta.

—¡Hola! Soy Lina, encantada—saludó moviendo la mano.

—Yo soy Clara, un placer conocerla. —Extendió su mano para estrechársela.

Ella la recibió y le dio un beso sobre los nudillos. Clara se sorprendió muchísimo, nunca antes había recibido un beso en la mano de una mujer. El rubor llegó a sus mejillas sin previo aviso.

—¿Y cómo sabe usted tanto de medicina? ¿Es doctora? —preguntó Clara, estaba fascinada con la galantería de esa mujer.

—Algo así. Soy matrona. Estoy segura de que esa —señaló el abdomen de Clara con las cejas— personita le va a dar problemas esta noche si no me hace caso. —Le dedicó una mirada muy tierna.

—Perdóneme ahora usted, pero trabajar en eso y llamarse Dolores… no es muy alentador que digamos —bromeó.

El comentario les hizo mucha gracia a las tres.

—Por eso me suelen llamar Lola, cuando hay confianza. —Hizo una leve reverencia—. ¿De cuántas semanas estás? —Intentó contener la risa aún por su comentario.

—¡Lina! —las interrumpió Espe—. ¿Me ayudas un momento?

Lina miró a su amiga antes de contestar. Clara asintió. Tenía el presentimiento de que la conversación iba a ser muy interesante.

—Sí, claro, voy—respondió.

Pero antes miró a Candela para ver que todo iba bien. No quería dejar a sus amigas solas. Al verla sentada, hablando tranquilamente con Lourdes, se marchó más tranquila.

—Acompáñame al almacén —le pidió Espe.

Cruzaron el pasillo para llegar.

—¿Ves esas cajas? Yo las levanto y tú sacas la que hay debajo, quiero coger la negra. Cuidado que pesa —le advirtió.

Lina se puso a su lado. Espe se subió al primer peldaño de la es-calera y elevó las cajas. Lina se acercó a ellas, intentó coger la negra, pero pesaba más de lo que pensaba.

—¿Puedes? —preguntó Espe, alzando aún más las cajas.

Al hacerlo, liberó parte del peso que recaía en ella.

—Ahora sí. —Pudo cogerla y la bajó al suelo.

Espe volvió a colocar las cajas en su sitio.

De un salto bajó el pequeño escalón que le separaba del suelo y se agachó para abrir la caja.

Lina hizo lo mismo. Estaba deseando ver qué contenía.

Un sonido de sorpresa se le escapó al ver el contenido.

Un tocadiscos. Nunca antes había visto uno.

Gramófonos sí, es más, en la casa familiar había uno en el salón que siempre admiraba cuando doña Faustina lo ponía en marcha.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó muy ilusionada.

—Me lo trajo Julio para que lo guardara. Era un de ligue suyo, creo. Hoy es una buena noche para probarlo. ¿Tú sabes cómo funciona? —preguntó tocando botones al azar.

—No mucho, pero imagino que habrá que enchufarlo —bromeó.

Espe le dio un ligero toque en el hombro con los dedos, como si espantase un bicho. Mientras hacía muecas imitando su frase.

—¡Au! —Gesticuló Lina con los labios de manera sarcástica.

—Vamos a sacarlo fuera. Alguna de las chicas seguro que sabe hacerlo funcionar.

Al poner la tapa en su lugar, los discos que estaban dentro de un pequeño bolsillo salieron disparados.

Los fueron recogiendo y terminaron las dos cogiendo el mismo.

Lina apartó la mano con rapidez. Sabía que un contacto con ella, estando a solas, desencadenaría un juego que, dado el día que llevaba, no sería capaz de controlar.

La velocidad con la que quitó la mano fue muy evidente para Espe. No entendía la reacción. Pero iba a averiguarlo. Con toda la intención, puso su mano sobre la de ella.

—¿Te doy miedo? —preguntó con mucha calma, fijándose bien en sus ojos.

Lina, al sentir su mano, notó una electricidad que le aceleró el corazón. Llevaba semanas sin sentir algo así con ella. Pensaba que estaba olvidado. Pero se equivocó.

—No. ¿Por qué me vas a dar miedo? Si ya lo vas a coger tú, ¿para qué lo voy a coger yo? —habló muy rápido, como si se defendiese de una acusación muy grave.

Mentir y tenerla tan cerca la estaban alterando por momentos. Solo pensar que ella lo estaba notando, aumentaba considerablemente su nerviosismo. Prefirió crear distancia. Cogió la caja negra con dificultad y se levantó.

—La sacamos, ¿no? —preguntó sin esperar respuesta.

Espe frunció el ceño. No entendía a qué venía ese cambio tan radical. Si estaban bien hace un momento. No quiso darle mayor importancia, la noche era muy larga. Seguro que habría otro momento en que lo pudiese averiguar.

Lina dejó la caja sobre una de las mesas. Buscó la mirada de sus amigas, pero las dos estaban inmersas en sus conversaciones.

El grupo de Candela se había disuelto. Ella hablaba con la chica de la galería. Las demás se habían buscado nuevas compañeras con las que entablar conversación. Clara seguía hablando con Lola. A Lina le dio la sensación de que sus taburetes estaban cada vez más cerca.

Empezó a sacar las cosas de la caja con cuidado. No quería que los discos saliesen volando otra vez. Espe fue directa a por una amiga.

—Lina, ella se encarga, no te preocupes —al decirlo, le puso la mano en la espalda.

—Mi novio tiene uno igual —dijo para convencerlas de que sabía lo que hacía.

Lina la miró extrañada. Dudo si sus oídos la habían engañado.

—Sí, has oído bien. Cambia la cara —le dijo Espe al oído al ver su mirada confusa.

—Espe, necesitamos un enchufe cerca. —Levantó el cable para justificar su petición.

—¿Ves cómo había que enchufarlo? —Lina reprendió a Espe en tono burlón.

Espe sacó los dedos para volver a darle un golpe como el de antes, pero Lina se anticipó dándoselo a sí misma, siguiendo con la burla.