Una larga noche
Las chicas salieron a la calle dispuestas a comerse el mundo.
Llevaban tanto tiempo sin disfrutar de una noche para ellas que el cansancio del día había desaparecido por completo.
Estaban juntas, preciosas y con ganas de pasarlo bien.
Clara había tenido un día muy tranquilo con el bebé.
Nunca antes se había relacionado con más mujeres, aparte de Inés y Lina, que le gustasen otras mujeres.
Estaba deseando saber si todas las historias de amor eran tan bonitas como la de su amiga.
Ya sin conocerlas, le parecían que eran personas muy valientes por amar de una manera tan auténtica.
Candela estaba más tranquila. Ella no hacía distinciones, iba a una fiesta a pasárselo muy bien y a conocer a gente.
Lina había dejado a un lado el cabreo; quería evasión y poder divertirse.
Desde que Inés y ella estaban juntas, sus planes siempre eran más tranquilos.
Preciosos, porque el teatro, la ópera, los conciertos…
son cosas que le encantaban. Pero, a veces, echaba de menos una juerga de bajo presupuesto.
Además, con las chicas sabía que habría risas aseguradas.
Últimamente, estar con Espe le hacía sentirse bien, normal.
Estaban llegando a ese equilibrio de atracción y amistad. Por lo que no había de qué preocuparse.
—¡Oye, chicas! Yo tengo un poco de hambre—dijo Clara en cuanto sus pies pisaron la calle—. Quizás sería buena idea que comiésemos algo antes de ir, ¿no?
—Donde Espe hay cocina —apuntó Lina. Candela miró su reloj.
—Es verdad que vamos un poco pronto. A lo mejor es buena idea picar algo antes, así hacemos tiempo —propuso.
Ninguna fue capaz de llevar la voz cantante en este tema. Hasta que a Lina se le ocurrió una idea.
—Mira, pasamos por delante de la puerta. Si vemos que ya hay gente, entramos y le preguntamos si podemos pedir algo de cenar. Si está prácticamente vacío, nos vamos rumbo a la playa. Hay un bar al que quiero ir… pero no hemos podido.
—Por mí, vamos al de la playa directamente —habló el estómago rugiendo de Clara.
—Creo que lo que propone Lina es muy sensato. Nunca he ido a una fiestade esas. No sé si llegamos pronto o tarde —medió Candela.
—Yo tampoco. Es la primera vez —añadió Lina.
—Maravilloso, tres pardillas en una fiesta. Anda, vamos. Cuanto antes lleguemos, antes comemos —sentenció Clara.
Caminaron el trayecto hasta el bar. Cuando llegaron, el cierre es-taba medio bajado. No parecía que hubiese nadie dentro. Se veía luz, pero no parecían las de la sala.
—Pues nos vamos a la playa —sentenció Clara. El niño hablaba por ella.
—Espera un momento, me parece muy raro que el cierre esté a medias —dijo Lina, agachándose para intentar entrar.
En ese momento recordó la última vez que había entrado al bar con el cierre de esa manera. El corazón se le aceleró porque mezcló lo que vio con el sueño que tuvo. Golpeó el metal con sus nudillos, pero no hubo respuesta.
—Nada, está cerrada. Habremos llegado muy pronto —dedujo Lina.
Las tres se dieron la vuelta. Estaban dispuestas a ir a la playa. Clara lideraba al grupo.
— ¡Lina! ¡Espera! —gritó alguien a sus espaldas.
Extrañadas, se giraron las tres como si fuesen una sola persona.
Espe había salido por la puerta de la cocina, la que daba al callejón.
Venía corriendo para avisarlas. Lina no pudo evitar fijarse en su atuendo, nunca la había visto tan…
espectacular. No podía dejar de mirarla.
Llevaba una camisa de hombre azul que resaltaba el moreno de su piel, las mangas dobladas hasta la mitad del brazo.
Los primeros botones desabrochados invitaban a investigar lo que ocultaban los demás.
En la parte inferior, un pantalón de traje negro ceñido, como si lo hubiesen hecho a medida para ella.
Un par de tirantes caídos le da-ban un toque desenfadado, informal.
Llevaba el pelo suelto, arreglado, con la raya a un lado, lo que provocaba que su melena larga cayese con unas ondulaciones sobre el lado derecho, parecía una cascada preciosa.
Unos mechones rebeldes se iban de manera recurrente a su ceja, dándole más misterio a esos ojos color miel.
—Perdonadme —dijo Espe, llevándose una mano al pecho; miró a las tres al disculparse—. Se me olvidó deciros que entraseis por la cocina. Siempre echamos el cierre, no queremos que entre alguien que no esté invitado.
Su respiración era ajetreada, pero al ver lo guapa que estaba Lina con su traje rojo se detuvo.
No pudo evitar detenerse unos segundos en ella.
La miró de arriba abajo como la primera vez que se vieron.
Lina le devolvió el cumplido haciendo exactamente lo mismo.
Espe se dio cuenta y le hizo un movimiento con la cabeza, como si le diese un toque de atención.
Ambas sonrieron con cierta complicidad por recordar el pasado.
—¿Me acompañáis? —preguntó, señalando con el pulgar hacia su bar.
—Íbamos a cenar algo —respondió Clara.
—Pues vais en sentido contrario. Vente. He preparado mis famosas croquetas y una amiga ha traído una cosa típica de su tierra…
¿Picaguiso? —preguntó Espe al no estar segura de pronunciarlo bien.
—¡Picaqueso! —le corrigió rápidamente Clara—. Mi abuela lo hace riquísimo. ¿A que es de Murcia?
Espe asintió con sorpresa. Después, con una sonrisa dedicada solamente a ella, le tendió el brazo para que enhebrase.
—Pues venga, no vaya a ser que se lo acaben.
Clara aceptó su brazo sin miramientos. Lina se sorprendió al ver las confianzas que se había tomado con su amiga. Las aceptó de buen grado. Les siguió un par de pasos; al ver que Candela no caminaba, se detuvo.
—¡Candela! ¿Vamos? —preguntó, haciendo gestos con la mano para que anduviera.
Candela había visto el juego de miradas que se dedicaron las dos residentes en Barcelona. Por un momento, una idea le vino a la cabeza, pero enseguida desapareció. Se quieren demasiado. No puede ser. Tras olvidarlo, aceleró el paso para coger a sus amigas.
—¿Les has puesto en preaviso? —preguntó Espe a Lina bajando la voz.
Lina negó, muy seria, con la cabeza. Espe la miró sin creer lo que acababa de pasar.
Si Lina no les había contado nada, podrían poner el grito en el cielo al entrar ahí dentro.
No quería que sus amigas tuviesen una mala experiencia porque ella no tuviese cuidado.
Lina, al ver la preocupación en sus ojos, se apuró en retractarse.
—Era broma. Sí, sí, están avisadas. No te preocupes. No tendrás problema —dijo algo apurada. La broma no le había salido muy bien.
Espe respiró aliviada. Por un momento, temió que el corazón le saliese por la boca.
—Tú sí que sabes acelerarme el corazón —le susurró Espe, antes de abrir la puerta.
Las tres la siguieron por la cocina hasta llegar a la sala.
Era la primera vez que estaban en una fiesta solo para mujeres.
Allí, la palabra «desviada» no significaba nada, porque todas iban en el mismo sentido.
Habría unas diez o doce mujeres en la sala.
Lina pudo reconocer a dos que estaban en el bar MARIa CONcepcion.
También estaba la chica que Espe invitó delante de ella y por la que empezó todo este lío.
Las demás eran completas desconocidas. Un par de chicas estaban sentadas en una mesa; por la manera de interactuar debían ser pareja.
En el centro del comedor había un grupo de cinco chicas: hablaban y bebían.
Se habían hecho con la bandeja de croquetas.
Al final de la barra había una mujer que vestía como un hombre, llevaba traje y tenía el sombrero a su lado.
Debía de ser muy conocida, porque prácticamente todas la saludaban.
Pasaban por su lado, hablaban un par de minutos y volvían con sus acompañantes.
Ella, en cambio, se quedaba en el mismo sitio.
Mirando la sala y esperando a la siguiente que quisiese compartir unas palabras con ella.
—No hace falta que os quedéis en la puerta. Venid, que os presento a unas amigas. —Espe cogió de la mano a Candela y las guio hasta el corrillo de chicas.
A Clara se le iluminó la cara cuando vio la fuente de croquetas tan cerca.
—¡Hola a todas! Estas son las amigas que os comenté: Candela, Clara y Lina —Espe fue señalando a cada una según iba diciendo su nombre.
Cuando escucharon el nombre de Lina, el rostro de alguna cambió por completo. Estaba claro que les habían hablado de ella más que del resto.
—¿Qué vais a tomar? —preguntó como buena anfitriona.
—Una cerveza —respondió rápidamente Lina.
—Pues para mí otra —se sumó Candela.
—Yo quiero un refresco de limón —pidió Clara.
—Ahora mismo os lo traigo. —Se dirigió a una mujer en concreto del grupo—. Lourdes, ve presentándolas a todas. Ahora vuelvo. Sed buenas… —les advirtió levantando el dedo índice y poniéndose seria. Después les dedicó una sonrisa burlona.
—Así que tú eres la famosa Lina… —empezó Lourdes.
Las tres amigas se miraron sorprendidas; esa parte de «famosa» les había pillado totalmente desprevenidas.
Viendo la reacción, decidió aclararlo:
—Famosa porque sembraste mucha curiosidad cuando te vieron en el bar. —Lourdes miró a las dos chicas que Lina había reconocido anteriormente.
Todas, casi por acto reflejo, hicieron exactamente lo mismo. Por suerte, en ese momento estaban pidiendo algo de beber en la barra y no se percataron de la cantidad de ojos que las observaban.
—No sabían si eras nueva, si estabas con Espe o si te había llevado para hacerte una broma.
Más tarde Espe lo explicó todo. —Lourdes le dio un trago a su cerveza; al ver que nadie decía nada, añadió—: Puedes estar tranquila, en el fondo son simpáticas.
Con ellas, la primera impresión siempre es engañosa.
Las demás se rieron con la broma. Las tres de Ciudad Real no la entendieron tampoco, quería que se lo explicasen. Preferían empezar con buen pie la noche. Espe llegó con la bandeja llena de bebidas.