Despedidas inesperadas #4
—Bueno, Lina, pero mejor que Inés se haya ido ahora, que estamos nosotras.
Así no estás sola. Te ayudaremos en todo lo que podamos.
Ya verás cómo todo sale a pedir de boca.
Hacemos muy buen equipo, juntas, como en los viejos tiempos —las palabras de Clara la animaron un poco, pero había algo dentro de ella que le pesaba.
—Mira, esto es lo que vamos a hacer. Clara, vas a coger los platos de las tortillas y te vas a ir con Lina al bar. Os da un poco el aire, que se tome allí una tila, se despeje y luego volvéis a la formación. —Candela lo planeó todo.
—Pero Candela, no te voy a dejar sola dando la formación —se quejó Clara.
—Si lo que vamos a explicar ahora es lo de encargada, esa parte me la sé toda. No os preocupéis por mí. Lo importante ahora es Lina. De paso, tú te tomas la infusión que te sienta tan bien después de comer, para no tener ardores.
Clara asintió. Tenía razón. Lo mejor era tomarse un respiro… y ella, su infusión.
—Vale, Candela. Así lo haremos —aceptó Clara. Lina fue a decir algo, pero Candela la interrumpió.
—Ni una palabra. Si doña Inés no está aquí, soy yo la que manda.
Me vas a hacer caso. Cuando acabemos la formación, que nos queda na y menos, me vas a contar todo lo que le pasa a esa cabecita y a ese corazón.
Porque no hay motivos para ponerse así —sacó su voz y el dedo de mando—. Ahora, desfilandoa la calle.
Clara se llevó la mano a la frente como si hiciese un saludo militar.
Lina la imitó.
—Rompan filas—ordenó Candela con una sonrisa.
Algo más contentas, salieron a la calle. Les vino muy bien poder descargar un poco toda esa tensión que llevaban en el cuerpo. Sobre todo a Lina.
—¡Buenas tardes! A mi clienta favorita y compañía. —Espe miró a Clara de arriba abajo.
—Buenas tardes, Espe. Traemos los platos —Lina la saludó sin mucho ánimo.
—Estaban muy ricas, por cierto. —Clara puso los platos sobre la barra.
—Muchísimas gracias. Me alegro de que os gustasen.
Lina seguía con cara de pocos amigos. Espe miró a su compañera.
—Parece que los buenos modales no se han pasado hoy por el bar. Mi nombre es Esperanza, pero si eres amiga de Lina, puedes llamarme Espe. —Extendió la mano.
—Mucho gusto, Espe. Yo soy Clara. —Le dio un pequeño apretón de manos—. Es que mi amiga no está teniendo una buena tarde —se disculpó.
—Eso lo soluciono yo en un momento. No os mováis de aquí. —Fue a la cocina.
A los pocos segundos, llegó con dos trozos de bizcocho de vainilla. Lina seguía con cara larga, mirando un punto fijo. Espe decidió interrumpir su cruce de miradas con la madera barnizada poniendo el bizcocho de por medio.
Su plan surtió efecto.
—¡Ay! Espe, perdona. Estoy distraída. No recuerdo habértelo pedido, pero gracias.
Espe le guiñó un ojo a Clara.
—Verás cómo esto le alegra un poco. ¿Queréis algo más? —preguntó mientras quitaba un par de vasos de la barra.
—Yo quiero una infusión de menta, si tienes —dijo, al ver que Espe asentía—. Y una tila para mi amiga.
—¿Una tila? ¿Con lo baja que está no es mejor un café? —preguntó, extrañada.
—No, café no —les interrumpió Lina con la boca llena de bizco-cho.
—¡Solucionado! ¡Ha vuelto! —La señaló con la cabeza para bromear con Clara.
Les preparó el pedido. Poco a poco, pudo comprobar cómo el bizcocho hacía su efecto. La cara de Lina iba cambiando con cada bocado.
—Bueno... ¿Qué haces tú por aquí? —le preguntó directamente a Clara.
—Venimos a ayudar en la tienda nueva. La de ropa.
—¿Venimos? —Espe sospechaba que faltaba la otra amiga.
—Candela y yo. Somos dependientas en la tienda de Ciudad Real. —Al ver a Espe asentir con entusiasmo se alegró de que supiera de su existencia.
—Lina me ha hablado de vosotras. Tranquila, todo bueno —añadió—. Me ha contado lo buenas amigas que sois y lo mucho que os ha echado de menos. Me alegra que estéis aquí. Aunque, viéndola... diría que le habéis hecho algo malo.
—No, Espe. No me han hecho nada —Lina intervino en la conversación muy cortante.
Espe se alejó, dando un paso en sentido contrario. Ya conocía su temperamento.
Lina, al verla alejarse, fue consciente de lo brusca que había sido.
—He recibido malas noticias y no me apetece hablar de ello —se justificó.
—Lo entiendo y lo respeto. Pero ¿te puedo pedir un favor?
—Casi como un acto reflejo, Espe apoyó los codos en la barra para acercarse a su rostro.
Pero justo antes de quedarse a un par de palmos de ella, recordó que Clara estaba allí.
Se detuvo en seco guardando las distancias.
Lina fue totalmente consciente de todo lo que le había pasado por la cabeza y agradeció la discreción con una leve sonrisa.
—No te comas mi bizcocho favorito estando enfadada. Es una ofensa para mí y para todo lo que el bizcocho representa —dijo muy seria.
Al verla masticar más despacio, la seriedad desapareció de un plumazo, dejando paso a la risa. Esta fue contagiosa; Lina y Clara rieron con ella.
Espe se puso a recoger platos y vasos de las mesas. Prefirió dejarles un poco de espacio.
A los pocos minutos, Lina parecía la de siempre.
—Ya vas teniendo mejor cara —dijo Espe, quitando el plato vacío que tenía delante.
—Muchas gracias por el bizcocho. Sabes que este de vainilla me encanta —acompañó la frase con una sonrisa.
—La verdad, si me permites decirlo... Todo lo que he probado que has hecho tú está delicioso. ¿Cuál es tu plato estrella? —preguntó Clara, desconocedora por completo de la apuesta que tenían ellas dos.
Espe miró con complicidad a Lina. Estaba decidiendo si se lo contaba o no.
Al imaginar sus intenciones, Lina la miró con odio fingido. Espe levantó una ceja aceptando el reto.
—Lo que hago más rico, con diferencia, es la empanada de Castilla. —Sonrió orgullosa.
—Uff... tienes que probar la de Lina, está espectacular, increíble.
Espe cambió su posición, se puso a un lado de Clara. De esa manera, las miradas que lanzase Lina no podían ser vistas por Clara y ella tenía total acceso de disfrutarlas.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo. Tengo que probar esa famosa empanada de Lina —empezó la frase mirando a Clara y la ter-minó clavando sus ojos en los de Lina.
—Qué casualidad, hoy nos ha preparado una para que comamos las de la tienda —añadió sorprendida por la coincidencia.
Espe miró a Lina con una sonrisa divertida. Ese tipo de juegos le resultaban muy entretenidos. Después se aproximó a Clara.
—¿No os habrá sobrado un trozo para mí? —Puso cara de niña buena.
Clara recordó haber visto cómo Lina se guardaba un trozo en su bolso. En ese momento lo recordó y se le iluminó la cara. Espe, al verlo, sonrió de oreja a oreja.
—Eso es un sí —miró primero a Clara y después a Lina para corroborarlo—, ¿verdad?
Lina se rindió. Clara había estropeado la sorpresa. Sacó el trozo de empanada.
—No he podido traerte más. He tenido que alimentar a unas mujeres hambrientas —se justificó por el trozo tan pequeño que le ofrecía.
—Es más que suficiente —dijo triunfal por tenerla en sus manos.
Espe realizó un ritual para comérselo. La puso en un plato, la situó delante de ella, inspiró su aroma. Comenzó a recitar ingredientes: chorizo, panceta, cebolla… Clara estaba anonadada con toda la parafernalia que estaba montando por un trozo de empanada. Era como tomar infusión con espectáculo.
Partió un trozo con sumo cuidado, lo observó con atención, se lo fue a llevar a la boca. Justo se detuvo y salió corriendo hacia la cocina. Lina y Clara se miraron extrañadas. ¿Qué acababa de pasar?
Espe volvió con un plato en una mano y un tenedor en la otra. En el plato había un trozo de su propia empanada de Castilla.
—Hagámoslo juntas. —Le dio el tenedor a Clara y le puso el plato delante—. La que esté más rica gana.
Clara aceptó, divertida.
—Unos... dos... tres... —Se llevaron el tenedora la boca.
Masticaron con calma, saboreando cada bocado, degustando todos los matices que ese manjar les ofrecía. Espe tenía un veredicto, pero prefirió esperar al de Clara.
—Lina, ¿has probado esto? Está casi tan rica como la de tu madre.
Lina, al escuchar la palabra «casi», sonrió victoriosa.
—La verdad es que está realmente buena. Te felicito. No sé cómo era la de tu madre, pero esta es una delicia.
Esas palabras le subieron el ánimo.
—Oye, Clara. ¿Te puedo hacer una pregunta? —Estaba maquinando un plan, y ella iba a ser quien le ayudase a llevarlo a cabo sin saberlo.
—Yo no sé hacer empanadas tan ricas. Si la pregunta va por ahí... —se anticipó llevándose otro trozo a la boca.
Espe sonrió, divertida. Había elegido a la persona perfecta.
—¿En Ciudad Real la gente es tan aburrida como dicen? —Por ahí no la vería venir.
—Las de Ciudad Real no sé, pero las de Asturias somos la alegría de la huerta —respondió, mientras partía otro trozo.
—No sé si creerte. —Deseaba su reacción.
—Hombre, claro que lo somos. Cuando quieras te lo demuestro —dijo antes de darle un trago a su infusión.
Miró de reojo a Lina. Pudo ver el momento exacto en que descubrió sus intenciones. Por eso fue rápida en la siguiente afirmación.
—Esta noche —sentenció Espe— voy a dar una pequeña fiesta aquí en el bar, para amigas de confianza, nada más. Pondremos un poco de música, buena comida, bebida y, sobre todo, mucha alegría y conversación. —Lo vendía muy bien.
—¿Esta noche? —preguntó Clara, emocionada—. Me apetece. Se lo diremos a Candela.
—Claro, así la conozco, que tengo muchas ganas. Pasaros cuando queráis —dijo con una gran sonrisa de satisfacción.
Lina no estaba muy segura de lo que acababa de pasar. Solo que a ella le costó mucho zafarse de asistir, y ahora, su amiga las había incluido en la fiesta. Espe, por el contrario, estaba muy contenta por salirse con la suya.
Clara salió del bar alabando las aptitudes de Espe en la cocina y lo simpática que había sido.
Lina no tuvo más remedio que unirse a la energía tan positiva que llevaba su amiga.
Ya era hora de dejar de estar triste y enfadada.
Inés ya se había marchado; no podía hacer nada para cambiar eso.
En el fondo, sabía que solo serían dos noches.