Juntas en Barcelona Despedidas inesperadas #3
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Despedidas inesperadas #3

Inés y Lina fueron al despacho. Un mal presentimiento la abordó cuando la jefa no sonrió en todo el trayecto. Nada más cerrar la puerta las primeras palabras lo confirmaron.

—Tengo que contarte una cosa y no sé si te va a gustar —empezó advirtiéndola.

No fue una buena idea; escuchar esas palabras provocó que todo su cuerpo se tensase.

—¿Recuerdas lo que te conté de los documentos que habían desaparecido? —le puso en contexto.

Lina asintió. Su cuerpo se relajó un poco al conocer los motivos. Por un momento, la idea de otro accidente de su padre se le había pasado por la cabeza.

—Nuestro contacto en Francia solo estará en las oficinas este fin de semana. El domingo se irá al norte para atender otras gestiones. —Quería dejarlo todo muy claro para solo tener que explicarlo una vez—. El problema es que, si quiero esos documentos, debo ir hoy a buscarlos.

La noticia cayó como un jarro de agua fría. Lina había planeado el fin de semana con sus amigas. Inés estaba en todos y cada uno de los planes que tenía en mente. Si ella no estaba, no sería lo mismo. Además, no se podía ir; había mucho trabajo por hacer.

Lina retrocedió un par de pasos. Necesitaba espacio para gestionar todo lo que suponía su marcha.

Inés no sabía qué hacer. Sospechaba que se enfadaría, que sacaría su carácter, pero ese silencio no era propio de ella. Esperó paciente hasta que abrió la boca, pero sin emitir sonido.

—Dime —le rogó.

—No sé qué decirte. —Se puso muy seria—.

Entiendo los motivos por los que tienes que marcharte.

De verdad, lo entiendo. Pero no me parece bien que sea justo este finde semana.

Tenemos mucho trabajo en la tienda, hay muchas cosas por hacer y.

.. —Pasó de la seriedad a la rabia—. Encima están aquí Candela y Clara.

Tenía pensado hacer muchas cosas con ellas, y tú estabas en todos esos planes.

Porque que-ría que estuvieses... —Intentó controlar, sin mucho éxito, las lágrimas de impotencia que salían de sus ojos.

Inés acortó distancias, pero con cautela. La conocía, y estaba en ese punto en que podía explotar su temperamento o apaciguarse.

—Precisamente porque están ellas me quedo más tranquila. Confío plenamente en ti, en ellas, en el equipo que formáis. —Le colocó un pico del cuello de la camisa como excusa para acercarse más.

—Inés, yo necesito que estés. Ya no solo por el trabajo, sino por hacer cosas contigo, con mis amigas.

Me haría sentir como una pareja… normal.

Cuando estoy con ellas no tengo que fingir, puedo ser realmente yo.

—Cogió aire—. Como esta mañana: puedo tocarte sin miedo al qué dirán.

¿Tú también has estado cómoda con ellas?

—preguntó tan rápido que se le trastabillaron las palabras.

—Sí —respondió con calma—. Me ha gustado mucho esa sensación.

—A mí también. Eso es lo que quiero para este fin de semana — confesó— . Pero está claro que tu trabajo es más importante.

—Lina... no me digas eso. Sabes que mi trabajo no es más importante que tú. Es solo que no sé cuándo voy a poder tener otra oportunidad para ir a buscar los dichosos documentos.

Inés se arriesgó y la abrazó. Ese contacto pareció calmarla.

—Sabes de sobra que me gustaría mucho más irme contigo a buscarlo. De hecho, era la idea que tenía: pasar contigo unos días de viaje. —Inés se acercó tanto que rozó con su nariz la de ella—. Haremos ese viaje. Lo prometo.

Lina se quitó las lágrimas de la cara. Necesitaba un poco de tiempo para gestionar el cambio. No quería enfadarse, pero tampoco estaba conforme con la decisión que había tomado sin consultárselo.

—Inés... comprendo que debas marcharte. Así que te pido que entiendas tú mi malestar con esa decisión. Ahora me voy a comer con mis amigas. Antes de que te marches volveremos a hablar —sentenció.

—Ese es el problema, cielo. Me tengo que ir ya mismo a preparar la maleta. El vuelo sale en unas horas —lo dijo muy temerosa de su reacción.

Lina tensó la mandíbula, cogió aire y, antes de que pudiese decir una sola palabra, Inés la atrajo hacia ella y la besó en los labios.

Inés decidió comunicarse de la mejor manera: con sus labios. La besó con ternura, con calma, paciencia y seguridad. Sintió cómo se iba relajando a medida que sus labios hablaban por ella.

Sus brazos la envolvieron despacio, con la suavidad de quien conoce cada herida y cada miedo.

Fue un abrazo cálido, profundo, que desarmó el enfado como si derritiera hielo con las manos.

No hubo reproches ni palabras, solo ese contacto firme y sereno que le transmitía amor.

Poco a poco, la respiración se acompasó, y en ese instante supo que todo estaría bien.

Las dos se quedaron respirando tranquilas. No era necesario hablar más del tema.

—Bueno. Debo irme. Estas no me van a dejar nada y tengo un hambre... —dijo Lina antes de abrir la puerta—. ¿Vienes?

—Nada me gustaría más —respondió acercándose mucho a ella.

Cuando Inés entró en la sala de reuniones, Ana Belén y Sofía se quedaron calladas. No contemplaban la posibilidad de comer con su jefa. Pero la amabilidad de Candela fue contagiosa.

—Doña Inés nos honra con su presencia. Venga, siéntese a mi lado. La empanada de Lina es legendaria —empezó a contarles la historia de las ocasiones especiales en las que su madre la preparaba.

A partir de ahí, todo fue sencillo. Conversaron, comieron, se rieron... No había distinciones entre empleadas y jefa.

Lina tenía claro que con Clara las risas estaban aseguradas. No defraudó a nadie. De vez en cuando miraba a Inés. Se sentía totalmente a gusto compartiendo momentos tan distendidos con ella y más personas.

La hora para comer se alargó un poco más de lo previsto. Inés debía marcharse.

—Señorita Escudero, ¿puede ayudarme con una caja de documentos que tengo en mi despacho? —quería despedirse.

—Cómo no, doña Inés. —La siguió hasta su despacho.

Nada más cerrar la puerta, Inés corrió a sus brazos. Necesitaba abrazarla, sentirla cerca.

Desde que sus labios se unieron por primera vez, nunca antes se había separado. Al menos no sin la posibilidad de verse. Vivían en casas diferentes, pero tenían la certeza de que al día siguiente se verían. Solo iban a ser dos noches. Pero le parecía una eternidad, y aún no se había marchado.

—Lina, no quiero irme sabiendo que estás enfadada—le confesó, apoyando la frente sobre la de ella.

Lina cerró los ojos con fuerza. No le podía hacer esto. No la podía dejarla sola en ese momento y con apenas unas horas para asimilarlo.

—No pasa nada. No estoy enfadada —mintió a medias.

En ese momento, la necesidad de Inés estaba por encima de la suya. Solo precisaba un poco más de tiempo para gestionar la frustración e impotencia que sentía por la noticia.

—¿Seguro? —preguntó con cierta urgencia.

Lina le levantó el rostro, apoyando un dedo bajo su barbilla. Buscaba esos preciosos ojos azules y los encontró.

—Inés, no quiero que te vayas preocupada por mí.

No me perdonaría que, a todos los quebraderos de cabeza que tienes sobre este tema, le sumases uno más por mi culpa.

Quiero que encuentres lo que estás buscando y vuelvas a mis brazos.

Quizás podamos retrasar la playa al domingo —dijo con grandes esperanzas.

—¿Me perdonas? —preguntó en tono de súplica.

—Me enamoré de ti siendo una de la Corte. Pues… hay cosas que debo aceptar, y esta es una de ellas. —Le cogió la mano. Todo contacto, en ese momento, era poco.

Le besó los labios de manera dulce y tranquila. No quería que pasase más enfados.

—Debo irme. Si no me doy prisa, no llego. —La besó de nuevo al terminar la frase—. No me acompañes a la puerta, por favor. No quiero que puedan imaginarse algo al vernos.

—Descuida —se resignó.

Inés se dio media vuelta, pero Lina no quería soltarle la mano. Se giró y la miró. No fue necesario decir lo que estaba pensando: «no te vayas».

—No me lo pongas más difícil—susurro Inés.

Le soltó la mano y, antes de que abriese la puerta:

—Te quiero —se despidió Lina.

Inés volvió sobre sus pasos. La besó de nuevo.

—Te quiero, mi amor.

Salió por la puerta y Lina necesitó unos minutos para recomponerse. Ahora que Inés se había ido, podía llorar a gusto. En medio de sus lágrimas, la puerta se abrió con cuidado.

—¿Lina? —preguntó Clara desde el umbral de la puerta.

Al ver a su amiga llorando, entró corriendo con los brazos abiertos. No hizo preguntas, solo la consoló. Al poco, apareció Candela.

—Chicas, vamosa empe... —cortó la frase para unirse al abrazo.

Candela y Clara se miraron con complicidad, buscando la respuesta a la única pregunta que se hacían. Candela se atrevió a verbalizarla.

—¿Qué ha pasado?

—Inés se ha marchado —respondió Lina, recomponiéndose.

—¿A dónde? —preguntó Clara, que no entendía por qué su amiga estaba tan triste.

—A Francia. Tiene que hacer unos trámites allí.

—Bueno, pero volverá, ¿no? —Candela deshizo el abrazo con sus amigas.

—Sí. Solo van a ser unos días.

—Bueno, Lina, cariño, no pasa nada. Ya verás cómo se te pasa volando. —Clara quiso restarle importancia.

—Ya lo sé. No es solo por eso. Se va ahora, que estáis aquí, con todas las obras, la reapertura, sin apenas avisar... No me lo esperaba, y me ha molestado.

—Ya... —Clara entendió un poco más por qué estaba así.

—Y tú estás así porque estás pensando que para Inés es más importante la empresa que tú. ¿O me equivoco? —Candela la conocía demasiado bien.

Lina se quitó las lágrimas de la cara a modo de respuesta.

—No me digas nada. Si te conozco perfectamente. Me da que esto viene de lejos. Se han acumulado más cosas, ¿verdad?

Lina asintió con resignación. Era un libro abierto para Candela, y ella había decidido leerlo de cabo a rabo.