Despedidas inesperadas #2
Al poco tiempo, Ana Belén irrumpió en la cocina. Su cara de sor-presa al verlas allí a todas, provocó un silencio ensordecedor. Inés se mantuvo impasible. Dio los buenos días y continuó con su café.
—Volveré más tarde —se despidió Ana Belén antes de salir con vergüenza. Se escucharon risas contenidas nada más irse.
Ana Belén no las escuchó, tenía una idea en la cabeza. Quería saber dónde estaba Severiano. Llamó a su casa, sabiendo que no era una buena idea. No logró localizarle, quizás estuviese de camino.
Nieves volvía del despacho de Inés cuando se encontró con ella.
—Doña Inés, justo venía de su despacho. ¿Requería mis servicios?
—Sí, quiero aclarar unas cosas con usted.
Acompáñeme. —Abrió la puerta de su despacho para que pasase.
Cada una se sentó en su lugar—. Lo primero, y antes de todo, muchísimas gracias.
Es un placer trabajar con usted. Va por delante de mis necesidades.
Lo del café ha sido una muestra de ello.
—Nieves sonrió agradecida—. Para continuar, tenemos varios temas que tratar para hoy —sacó su voz de ordenanza y mando—: Quiero que llame al bar de al lado y que preparen una mesa para los comerciales.
También, que traigan un par de tortillas de patata para las chicas.
Como ha visto, Lina ha cocinado para todas. No quiero que se queden con hambre.
Cogió su agenda para ir repasando la lista de tareas pendientes.
—Otra cosa, ¿está todo listo para la formación de los comerciales?
—La sala está preparada. Antonio lleva desde bien temprano hablando solo —bromeó.
Inés lo imaginó y no pudo evitar reír hacia dentro.
La duda de si había sido buena idea elegir al comercial que más vendía sin tener en cuenta su historia en la empresa le apareció de repente.
Nieves debió notárselo en la cara.
—Lo hará bien, no se preocupe. Mireya le estuvo ayudando—dijo en un tono muy tranquilizador.
Inés se alegró al escucharlo.
—Debemos hablar de un tema importante —se puso tan seria que Nieves anticipó el tema a tratar—. ¿Tenemos noticias?
—Sí, pero no le van a gustar. Nuestro contacto solo estará en las oficinas este fin de semana, bueno, concretamente hoy y mañana. El domingo se va a la parte norte de Francia. Van a hacer promoción de los productos de la Corte y requieren su presencia.
Inés se tensó. Si quería ir y buscar esos documentos, debería ser ya mismo.
Aquí le quedaba mucho trabajo por hacer, por no hablar de que ella pensaba marcharse con Lina.
Pero con todo el trabajo pendiente en la tienda, no era una opción.
Tenía que tomar una decisión. Cogió aire antes de dirigirse a Nieves. ..
—Prepare el viaje para hoy mismo. Resérvemelos billetes de avión y el hotel.
Asegúrese de que él estará y de que tiene acceso a la oficina en fin de semana.
Si todo está en orden, también debe contratar a un chófer para que me recoja del aeropuerto.
Cuando tenga todo listo, me avisa —ordenó realmente seria.
Nieves apuntó las indicaciones en su libreta mental.
—¿Necesita algo más? —preguntó en un tono muy servicial.
—Eso es todo por el momento. Le agradecería que no me interrumpan si no es necesario. Si debo viajar hoy mismo, hay muchas cosas que requieren mi atención antes de irme —respondió sin levantar la vista de su agenda.
Mientras tanto...
Sofía llegó muy contenta. Anoche cenó con Tomás. Hoy también irían a hacer algo porque volvía a tener la noche libre. Al parecer, Espe cerraba el bar, tenía un evento o una fiesta. No se había enterado muy bien. Una cosa sí tenía clara, no podía borrar la sonrisa de su rostro.
—¡Buenos días, Lina! —saludó muy alegre nada más verla.
Tenía tantas ganas de contarle todos los nuevos acontecimientos, que no se percató de las demás personas que había en la sala de reuniones.
—Buenos días, Sofía. Quiero presentarte a unas amigas. —Se hizo a un lado para crear un círculo donde poder hacer las presentaciones—. Ellas son Candela y Clara.
Sofía miró a Lina con complicidad. Le hubiese encantado saltar mientras gritaba: «¡Por fin os pongo cara! Lina me ha hablado muchísimo de vosotras. No os conozco, pero ya pienso que sois maravillosas».
En lugar de eso se limitó a decir:
—Es un placer conoceros a las dos. Lina me ha hablado mucho de vosotras.
Ana Belén entró justo para las presentaciones. Se hizo el silencio hasta que Candela tomó el mando y se presentó ella misma.
Formalismos cumplidos, fueron cogiendo asiento alrededor de la mesa.
Candela miró a Clara para sentir un poco de apoyo. Después, a Lina, que le devolvió la mirada cargada de energía.
—Ya conocen nuestros nombres, pero quiero presentarme bien. Soy Candela, la encargada de la tienda que está en la fábrica de Ciudad Real. Llevo muchos años trabajando para la Familia de la Corte.
Candela comenzó la formación con cierto nerviosismo, pero la respuesta positiva de buena parte del público fue dándole confianza hasta que logró soltarse por completo.
A partir de ese momento, todo fluyó con naturalidad.
Clara tomó el relevo para hablar de las telas y, con su conocimiento técnico y cercanía, explicó los materiales, los procesos de confección y teñido, e incluso compartió anécdotas que despertaron el interés de todas.
Luego pasaron a la parte práctica con una dinámica sobre estrategias de venta.
Repartieron papeles con perfiles de clientas —indecisas, entusiastas, desconfiadas ante las novedades— para simular situaciones reales en la tienda.
Aunque al principio Ana Belén se mostró distante y poco dispuesta a participar, terminó dejándose llevar por el buen ambiente.
Poco a poco olvidó los prejuicios heredados de su madre hacia Candela y acabó disfrutan-do de la jornada como una más.
En la sala de la planta baja, las cosas no iban tan bien. Antonio no se hacía con el resto de comerciales. Él hablaba, pero nadie le escuchaba. Tuvo que empezar varias veces debido a las interrupciones constantes de los más veteranos.
Mireya bajo a ver cómo iban las cosas en la reunión de los comerciales. Al escuchar el bullicio desde el pasillo sabía que debía ayudar a Antonio.
Nada más entrar reinó el silencio.
—Perdón por interrumpir. Buenos días a todos —saludó con la mejor de sus sonrisas.
Antonio respiró aliviado al verla, pero a la vez se puso más nervio-so. Iba a ser testigo del desastre de formación que estaba impartiendo.
—Les he traído la información que me pidió don Antonio —fue repartiendo las carpetas que había preparado durante toda la mañana.
Le dedicó una mirada a Antonio que le trasmitió calma.
—Espero que no le importe que tome la palabra un segundo —se disculpó y le guiñó un ojo de manera que nadie más lo viese—. Solo quiero explicarles lo que tienen delante.
—Adelante, Mireya —accedió Antonio con total autoridad.
—Gracias. —Le sonrió antes de empezar su discurso—.
Delante de ustedes tienen los números de ventas de todos los comerciales.
Si a alguno le disgusta que se hagan públicos sus datos, que hable con doña Inés, fue idea suya.
Cree que deben ser conscientes de las cifras propias y de las de sus compañeros.
Rivalidad sana, lo llamó. Las cifras no solo hablan de ustedes.
He realizado una comparación con otras comunidades.
—Ya había despertado su interés. Esperó a que abriesen sus carpetas—.
Como pueden ver, ahora mismo Antonio es uno de los cinco primeros comerciales que más contratos consigue en toda España.
—Hizo una pausa de unos segundos para que pudiesen comprobarlo por ellos mismos—.
La directora ha decidido crear esta formación para que los comerciales de Barcelona sean los más destacados en este aspecto.
—Tenía la atención de todos—. Hoy compartirá con ustedes sus estrategias, metodologías y los recovecos más exquisitos para que no haya contrato que se les resista. Muchas gracias.
Mireya respiró tranquila al terminar el discurso. Le temblaban las piernas, pero no iba a permitir que nadie de esa sala lo notase.
Antonio se quedó petrificado. No esperaba que fuese tan valiente.
Por fuera parecía una mujer dulce y sensible, pero cuando se ponía guerrera no había persona en el mundo que se interpusiera en su camino.
Se sintió muy afortunado de tenerla de su parte y debía reconocer.
.. que se había enamorado un poco más, si es que eso era posible.
La acompañó a la puerta.
—Muchísimas gracias, Mireya, de verdad. —Su mirada dejaba clara su gratitud.
Mireya le respondió con una sonrisa auténtica, de esas que nacen desde lo más profundo.
Satisfecha, subió a la oficina. Debía ayudar a Nieves.
Antonio respiró hondo antes de cerrar la puerta. Un silencio sepulcral inundó la sala. Las palabras de Mireya habían hecho mella en sus mentes competitivas.
A partir de ese momento, la presentación fue otra. Pudo exponer sus ideas, las estrategias, resolver dudas. Incluso llegaron a crear un pequeño debate, muy educado, sobre cómo abordar a algunos clientes difíciles.
Con ese buen ambiente, llegó la hora de la comida. Todos fueron al bar de Esperanza. Su mesa les esperaba.
En otra formación de Hilos de la Corte estaban disfrutando tanto con Candela y Clara que se les pasó la hora para la comida.
—¿No os habéis ido a comer? —interrumpió Inés al ver que todas sus empleadas seguían en la sala de reuniones.
Candela miró el reloj que tenía a su espalda.
—La verdad, doña Inés. Se nos ha ido el santo al cielo —se disculpó.
—A mí me aprieta el hambre desde hace rato, pero me he callado para no parecer una glotona —confesó Clara.
El comentario les hizo reír a todas.
—Dejen esto para más tarde. —Inés señaló la mesa llena de carpetas—. Vayan a la cocina, Lina lo ha preparado para ustedes.
Lina se levantó como un rayo para ir a la cocina, pero In és la detuvo.
—Venga a mi despacho, por favor. Solo será un momento —le pidió de manera muy formal.