Juntas en Barcelona Despedidas inesperadas
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Despedidas inesperadas

Lina se levantó muy animada, saber que iba a pasar todo el día con sus amigas le proporcionó una vitalidad fuera de lo habitual.

Inés, por el contrario, no había pasado una buena noche.

Se despertó más cansada de lo que se acostó.

Si es que eso era posible. Todo el tema de Severiano le quitaba el sueño.

Durante la noche no pudo dejar de pensar en los documentos que faltaban, la manera en que los habían sustraído y, sobre todo, dónde estaban.

Llegó a la cocina. Había escuchado a Lina trastear allí desde bien temprano.

—Buenos días —saludó aún con voz de dormida.

Tenía tantas ganas de tomarse un café que se le pasó por alto el despliegue de alimentos que había sobre la mesa.

—¡Buenos días! —respondió Lina mucho más enérgica. Le dio un beso en los labios y sonriendo le señaló la mesa—. Bueno... ¿Qué quieres desayunar? —preguntó orgullosa por todo lo preparado.

Inés estaba abrumada. Zumo de naranja, tostadas, café, huevos revueltos, macedonia...

—Cariño, ¿y todo esto? —preguntó asombrada.

—Pues... No podía dormir. Pensé que después del día que nos espera, lo mejor era empezar con un buen desayuno. —Movió la silla para que se sentase.

—Aquí hay comida para un regimiento —bromeó.

—Bueno, lo que sobre nos lo podemos llevar para almorzar en la oficina. Lina apagó el horno y se sentó a la mesa con ella.

—¿Qué más has preparado? —preguntó agudizando su olfato para adivinarlo. El olor le resultaba familiar.

—He hecho una empanada de Castilla. Pensé que, si avisamos a Espe para que nos prepare unas tortillas, podríamos comer todas juntas en el descanso. —Comprobó que el dorado de la empanada fuese el adecuado. Inés cayó en la cuenta de que también se iba a impartir la formación de los comerciales.

—Buena idea, le diré a Nieves que reserve una mesa para ocho. Los comerciales también deben de comer algo —lo dijo en voz alta para recordárselo a ella misma.

—Mi empanada no la van a probar —bromeó llevándose un trozo de tostada con mermelada a la boca.

—La empanada me la voy a comer yo solita. —Se acercó a ella para recoger un dulce beso.

—Pues... no comas más. La he preparado bien grande, casi no cabe en el horno. —Se rio al recordar los malabares que había hecho para lograrlo.

En el despacho…

Inés y Lina llegaron pronto. Nieves, como siempre, ya estaba allí.

—¡Buenos días! —saludó Nieves desde la sala de descanso.

Estaba preparando café para todas las personas que pasarían por la oficina. Inés sonrió al verla, esa mujer siempre estaba pendiente de todo. Era como tener a Maribel en la oficina. No la escuchabas pero estaba presente de una manera o de otra.

—Buenos días, Nieves. Cuando termine con eso, haga el favor de pasar a mi despacho. Quiero aclarar los puntos del día y cómo van a ser los horarios —dijo Inés de camino a su despacho.

Le hizo un leve gesto a Lina para que la acompañase.

—No guarde nada, ahora vengo y lo preparo todo —Lina le ordenó a Nieves con una sonrisa. Desde la puerta del despacho, Lina alzó la voz—: Dígame, doña Inés.

Inés se rio al verla, no hacía falta disimular.

Solo estaba Nieves y desde la cocina era prácticamente imposible que las pudiese escuchar.

Inés se apoyó sobre su mesa. Estiró sus manos hacia ella.

Lina captó el mensaje y las entrelazaron.

Inés se las llevó a su espalda para poder rodearla con sus brazos.

—Hoy no creo que podamos tener un momento a solas —le advirtió Inés. Juntó su frente con la de ella. Solo de escucharse a sí misma se puso triste. Tenerla por la oficina y no poder verla cuando quisiese era una situación que no le gustaba.

—Lo sé. Habrá mucho ajetreo —añadió con resignación.

Inés asintió con cada palabra. Cuando terminó fue a darle un beso, pero antes se detuvo muy cerca de ella para decirle:

—Esto no lo podremos hacer. —Le dio un beso tierno pero rápido.

Lina puso cara de pensativa. El juego comenzaba.

—Entonces, esto —le dio un beso un poco más largo— tampoco. —Inés sonrió y se mordió el labio inferior.

—Veo que lo vas entendiendo. Pero, por si acaso, cosas como es-tas —subió la mano por su espalda para atraerla hacia un beso más intenso— son inadmisibles hoy.

—Entiendo, entiendo. —Se llevó los dedos a la boca mientras decía esas palabras.

Actuaba como si estuviese comprendiendo la situación. Era plenamente consciente de que ese juego no podía durar mucho más pero, a lo tonto, un calor intenso empezó a nacer en ella.

—Una última duda, doña Inés. —Esperó a que asintiese y se preparase—. Sería impensable que algo como esto… —le agarró del cuello acercando los labios de Inés a los suyos, introdujo su lengua y jugó con ella. Cortó el beso cuando empezaba a activarse— sucediese en algún momento, ¿o me equivoco?

Inés, aún con los ojos cerrados, hizo grandes esfuerzos por controlar su cuerpo. Tras ese beso, le habría hecho el amor allí mismo. Pero como bien habían aclarado, hoy no podía ser. Lina, con una sonrisa pícara, esperaba su respuesta.

—No se equivoca. Si no hay más preguntas, señorita Escudero...

Lina no necesitó hablar para comunicarse con ella, su mirada lo decía todo: ¿Quieres seguir jugando? Inés cogió aire mientras volvía a cerrar los ojos. Si no tenía delante su mirada penetrante y retadora, sería mucho más sencillo no sucumbir a sus encantos.

—Puede marcharse. Gracias —consiguió decir sin estar del todo segura de su decisión.

—Gracias a usted, señora —hizo énfasis sensual en la última palabra.

Inés suspiró al escucharlo. Se concentró en controlar la respiración. Si no hubiese sido así, la habría detenido antes de que saliese por la puerta y le habría explicado de nuevo un par de cosas.

Nada más cerrar la puerta, Lina necesitó unos segundos para recomponerse. El juego con Inés le encantó, pero ahora debía bajar la excitación que recorría su cuerpo. El timbre de la puerta le sobresaltó. Fue directa a la puerta principal.

—¡Buenos días! —saludó Candela con su acento característico.

—Buenos días, Lina —dijo Clara mientras abrazaba a su amiga.

—Buenos días, chicas. ¿Qué tal habéis dormido? —preguntó mientras las ayudaba a coger las cosas que traían.

—Muy bien, la cama era comodísima —respondió Candela.

—Y enorme, era tan grande que no encontraba el lateral. Lina, me tenías que haber visto, parecía una estrella de mar en mitad de la cama. Ocupándolo todo —le explicó Clara abriendo los brazos.

Lina se rio, echaba de menos la espontaneidad de Clara.

Acto se-guido se ofreció a enseñarles la oficina.

Aunque era un lugar sencillo, le hacía ilusión hacer de anfitriona.

Primero pasaron por la secretaría, estaba vacía hasta que llegó Mireya.

El reencuentro fue muy afectivo. Los abrazos se regalaban.

Tras ponerse al día brevemente, continuaron hacia la sala de descanso, donde conocieron a Nieves, la secretaria veterana de la oficina, quien les ofreció café antes de volver a sus tareas.

Durante el recorrido, Lina les puso en contexto de algunas cosas que habían sucedido, como el caso de Severiano, quien había perdido su despacho grande en favor de Inés. Entre confidencias y sonrisas, las tres amigas compartieron un momento de complicidad antes de continuar la visita.

Al final del pasillo estaba el despacho de Inés. Lina golpeó suave-mente la puerta.

—Adelante —se pudo escuchar desde el otro lado.

La invitación terminó con ella abriendo la puerta de par en par. Inés, al ver a sus tres chicas favoritas juntas, radiaba felicidad.

—Muy buenos días. —No podía borrar su sonrisa—. ¿Qué tal habéis pasado la noche?

—Estupendamente —Clara fue la primera en contestar. Las risas de complicidad surgieron entre las tres.

—Les estaba enseñando las oficinas. —Lina puso su mano en la espalda de Inés. Normalmente no se atrevería a hacer ese tipo de gestos en público, pero estaban en confianza.

A ninguna de las presentes le incomodó. Inés se sintió tan cómoda con esa muestra discreta de cariño que le devolvió el gesto agarrándola de la cintura.

—Me parece muy bien. No hay mucho que enseñar. La verdad es que esta oficina es bastante discreta —alegó Inés.

—Tengo una duda... —interrumpió Lina sin imaginarla reacción que provocaría esa frase en su jefa.

A Inés se le dibujó una leve sonrisa al recordar cómo momentos antes, una frase con un inicio muy parecido terminaba en un beso fogoso. Lina le leyó la mente porque detuvo su frase para controlar el impulso de poner su voz sensual y volver a iniciar el juego.

—¿Dónde haremos la formación? Imagino que los comerciales, al ser más, utilizarán la sala de reuniones. Nosotras... —se despistó controlando las ganas de besarla.

Inés acudió al rescate.

—No te preocupes. Como siempre, Nieves lo tiene todo controla-do.

En este edificio hay más oficinas. Hemos hablado con el portero.

Al parecer, en la planta baja hay una sala muy grande de la que se puede disponer en cualquier momento.

Los comerciales impartirán su formación allí y vosotras os quedaréis aquí —lo explicó todo con una cercanía que le hizo olvidar que era su jefa.

La habría besado, pero se contentó con acariciarle la espalda.

—Perfecto —añadió Candela—. ¿Sobre qué hora quiere que empecemos?

Inés miró el reloj de su muñeca. Era un poco pronto, aunque conociendo a las dos personas que faltaban, no tardarían en llegar.

—Vamos a tomarnos un café y luego lo preparáis todo —las invitó a salir del despacho.

Todas fueron directas a la sala de descanso. El olor a café lo inundaba todo. Lina fue preparando las tazas, mientras Inés iba directa al armario de las infusiones. Sabía que las pastas de Nieves estarían a buen recaudo. Puso la caja delante de Clara. Ella tenía que comer por dos.

—Muchas gracias, doña Inés —dijo Clara con ojos golosos. Inés se limitó a sonreír. Ayudó a Lina a llenar las tazas y se sentaron a desayunar.