Reencuentros #4
—El chófer era peculiar, pero bueno. El hotel es estupendo. No hacía falta que nos hospedases en uno tan lujoso. Nosotras nos conformamos con un hostal. —Candela estaba un poco abrumada por donde les habían alojado.
—Candela, sois mis empleadas de confianza. Debo cuidaros. Además... —Inés cambió el tono a uno más cercano y familiar— no me-recéis menos.
Lina apareció por el pasillo. Se había rizado el pelo. Los bucles y tirabuzones le quedaban realmente bien, le hacían destacar más las facciones tan bonitas de su rostro.
Inés se quedó con la boca abierta. Escuchó a Candela hablar al otro lado del teléfono, pero no fue capaz de prestarle atención. Todos sus sentidos estaban puestos en la mujer tan despampanante que tenía delante.
—Inés, ¿qué te parece? —preguntó dando una vuelta sobre sí.
—Lina, estás... —Pasaron tantos adjetivos por su cabeza que solo pudo decir el último— espectacular.
—¿Con quién hablas? —preguntó mirando el teléfono.
—Eh... con el hotel. Para confirmarla reserva—balbuceó.
No podía apartar la mirada de ella. Estaba hechizada.
—¡Diles algo! —le apremió al ver que no reaccionaba.
—Muchas gracias. —Colgó.
Lina no pudo evitar reírse. Ella se había visto guapa pero no esperaba una reacción tan contundente por parte de su pareja.
Se acercó a ella, extendió el brazo haciendo un leve gesto con la mano para que Inés se la estrechase.
—¿Nos vamos? —preguntó Lina con voz dulce y una sonrisa en los labios.
Inés no respondió. Se limitó a poner su mano sobre la de ella, y levantarse. Una vez en vertical, con los pies en el suelo, pudo volver a la realidad.
—Lina, estás preciosa —quería decir algo más sofisticado, pero no fue capaz.
Lina sonrió abrumada. Le regaló un beso.
—Si quieres... nos podemos quedar aquí. Después de la ducha que nos hemos dado... podemos seguir en la habitación —propuso Lina sin apartar los ojos de sus labios.
—Muy tentador —confesó—. Pero estoy deseando tener una cita contigo. Después… ya veremos. —Apoyó su frente en la suya.
Tras disfrutar unos segundos de la mera presencia de la otra, se pusieron en marcha. La cita acababa de empezar.
Inés entrelazó su brazo con el de ella. Así le indicaba mejor por dónde debían caminar para llegar al hotel. Durante el trayecto, Lina le fue poniendo al día sobre los avances en la relación entre Sofía y Tomás.
El paseo fue muy agradable, tanto, que se les hizo corto. A Inés le habría gustado poder pasear un poco más. Era muy divertido conversar sobre cotilleos. Lina era tan graciosa y contaba las historias de una manera que siempre le divertía.
Una vez en la puerta, Inés estaba ansiosa por ver su reacción cuan-do viese a sus amigas.
—Voy un momento al aseo. ¿Te importa ir pidiendo la mesa? —Inés se acercó a su oído—. He pedido un reservado de empresa. Así tendremos más intimidad.
Lina asintió y fue directa al atril de la entrada del restaurante.
—¡Buenas noches! —saludó al maître que le regaló una sonrisa.
—Buenas noches. ¿Tenía reserva? —preguntó destapando la cabeza de la pluma.
—Sí. A nombre de Inés de la Corte —dijo algo nerviosa. No solía hacer esas cosas.
El maître revisó su lista. Levantó la ceja al encontrar el nombre.
—Era para más comensales, ¿verdad? —preguntó separándose de su puesto.
—Sí, ahora viene —afirmó con seguridad.
—Acompáñeme —dijo haciendo una leve reverencia.
Caminaron por el salón restaurante. Todo estaba decorado con colores rojos.
En las paredes había tapices preciosos de bodegones y escenas de caza, dos lámparas de araña reinaban en el techo.
Todo el mundo iba muy elegante. Se alegró enormemente de la elección que había tomado respecto a su vestuario.
El maître se detuvo cerca de unos biombos.
—Es aquí. —Con un leve gesto de sus manos la invitó a entrar.
—Muchas gracias.
Una vez sentada, Lina cayó en la cuenta de que había cuatro servicios en la mesa. No le dio mayor importancia. Al ser un reservado para empresas sería lo normal.
A los pocos segundos vio al maître aparecer de nuevo.
Cuál fue su sorpresa al ver que Candela y Clara eran sus acompañantes.
Lina se llevó las manos a la boca. Quería gritar, saltar.
.. se contuvo lo que pudo hasta que las ganas de abrazarlas fueron más grandes que ella misma.
Se levantó rápidamente abriendo sus brazos para que se diesen un abrazo conjunto.
No era capaz de emitir una sola palabra. Solo podía sonreír. Tuvo que abrazarlas en dos ocasiones para creerse realmente que estaban allí.
—¡Chicas! —consiguió decir finalmente—. ¿Qué hacéis aquí? — preguntó sin soltar las manos de sus amigas.
—No creerías que se iba a abrir la tienda más grande de Hilos de la Corte y nos lo íbamos a perder —respondió Candela bromeando.
—Pues que te echábamos mucho de menos, Lina. —Clara no podía dejar de sonreír ni un segundo.
Lina la abrazó de nuevo.
—¿Cómo estás? ¿Cómo está? —preguntó poniendo la mano en la tripa de Clara.
—Muy bien. Todo va muy bien. Ya noto algunos movimientos—explicó Clara poniendo su mano sobre la de su amiga.
—No te preocupes Lina, que la cuidamos mucho —le tranquilizó Candela.
Lina no pudo seguir hablando. Unas lágrimas de felicidad asomaron en sus ojos. Estaba tan contenta de tenerlas allí que no pudo contenerlas. Les había echado mucho de menos. Estar lejos había sido muy duro.
—Lina, cariño, no llores. —Candela le secó las lágrimas.
—Es que os he echado mucho de menos —se justificó.
—Lina, si lloras tú, lloro yo —dijo Clara con una lágrima recorriendo su mejilla.
—Menuda panza a llorar nos vamos a meter. —Candela se quitó las lágrimas que se acumulaban en sus ojos.
—¡Ya está! —ordenó Lina—. Estamos juntas. Eso es lo importante, así que vamos a disfrutarlo. Nada de llantos.
El maître apareció de nuevo. Su cara de asombro al ver a las tres clientas de pie llorando no tenía precio.
Inés, al verlas, solo pudo fijarse en Lina; quería comprobar que estaba bien. Le dedicó una mirada muy dulce.
—Muchas gracias—Inés se despidió del maître—. Que no nos molesten, por favor.
Todas se sentaron a la mesa. Inés cedió su asiento al lado de Lina para que pudiese estar con sus amigas. Lina vio el detalle y le guiñó un ojo como señal de complicidad.
La conversación fluyó desde el primer momento. Los temas iban y venían. En ocasiones, a Inés le costaba seguir el ritmo.
Candela y Clara le contaron todos los cotilleos de la Colonia desde que se había ido: la nueva dependienta, la novia de Juan, los rumores sobre un romance entre uno de los diseñadores de telas y una chica del almacén...
Lina les puso al día de sus avances con la encargada, les habló de Sofía y les mencionó por encima alguna historia sobre Esperanza y su bar. También empezó a contarle sus sospechas que tenían sobre la encargada y Severiano, pero Inés le hizo un gesto para que obviase ese tema.
Candela se percató, pero al ver la cara de Inés, lo dejaría para otro momento.
Entre tema y tema, los platos llegaron llenos y se marcharon va-cíos. El vino llenaba las copas una y otra vez, excepto la de Clara.
—Clara, ya se te empieza a notar. ¿Qué dicen las clientas? —preguntó Lina, llevando la mano a su tripa. No podía evitarlo, deseaba sentir algún movimiento.
Candela y Clara se rieron.
—Normalmente me pongo detrás del mostrador, si me tengo que mover por la tienda llevo una prenda de vestir o algo para taparla. —Clara no podía evitar reírse al recordarlo—. Me pongo las manos así, como si fuese mi pose natural. —Entrelazó los dedos de sus manos a la altura del ombligo.
El tiempo pasó volando. De ese reservado solo salían risas y buenos recuerdos. Ninguna quería marcharse, pero la cena llegó a su fin. El cansancio y el vino estaban haciendo mella en ellas.
—Me ha encantado cenar con vosotras. ¿Mañana nos vemos? —preguntó llevando su mirada de una a otra.
Habían hablado tanto del pasado que nadie les había dicho los motivos por los que estaban allí.
Candela asintió enérgicamente.
—Mañana van a venir a nuestra oficina—explicó Inés—. Candela y Clara nos han preparado un curso de formación. —Puso sus manos en los hombros de sus dos amigas.
Lina abrió mucho los ojos por la sorpresa. Ya no porque le fuesen a dar un curso, sino porque eso significaba que estarían juntas todo el día.
—Lina, nos vamos a quedar como pronto hasta la reapertura. —Clara miró a Inés para verificar su afirmación.
Esta le dio un sí parpadeando lentamente. Lo hizo de una manera tan elegante que Lina, al verlo, solo deseó besarla.
—No te desharás de nosotras fácilmente —añadió Candela rodeándola por la cintura.
—Si os quedáis tantos días, podemos hacer muchas cosas —empezó a planificar Lina muy emocionada—.
Podemos ir a la playa, hay que ver el centro de Barcelona.
Es precioso. ¿A que sí, Inés? —Lina no dio tiempo a responder, continuó hablando—: Las podemos llevar a la pizzería esa, también a un sitio de dulces que os va a encantar.
—Lina, habrá tiempo para todo, pero recuerda que han venido a trabajar. Haremos lo posible por daros tiempo libre, pero tendremos que ir improvisando sobre la marcha. Todo dependerá de las obras. —Inés, muy a su pesar, bajó de las nubes a su pareja.
—Tienes razón. No vamos a planear antes de tiempo. —Su entusiasmo disminuyó.
—Pero la playa la tocamos seguro —afirmó Clara al ver que le habían cortado la emoción a su amiga.
Todas rieron con el comentario.
—Vamos, yo no me voy de aquí sin ver el mar. Le he prometido a Pablo que le voy a llevar un poco de arena.
Las chicas la miraron extrañadas. Clara, al ver sus caras, aclaró:
—Yo no sé cuándo volveré a pisar la playa, por si acaso me llevo un trozo —explicó con una sonrisa en el rostro.
Inés y Lina las acompañaron hasta la recepción del hotel. Las amigas volvieron a abrazarse. No importaban cuántas muestras de cariño se dedicasen; eran pocas. Se habían añorado tanto que ahora que estaban juntas no podían contenerse.
Lina estaba alegre, feliz, emocionada. No quería irse a casa.
—Me apetece bailar. Seguro que por aquí cerca hay un sitio donde pongan música —lo propuso esperando que alguna se uniese a su plan.
—Lina, yo estoy muy cansada. Somos dos en un mismo cuerpo. No siento los pies —se justificó Clara.
Lina miró a Candela. Ella seguro que le seguiría. Pero la cara de resignación de esta no auguraba una respuesta afirmativa.
—Cariño, estamos muy cansadas. Ha sido un viaje muy largo, muy cómodo —añadió mirando a Inés—, pero muy largo. Llevamos varias noches acostándonos tarde para poder dejarlo todo listo y preparar la formación que vamos a dar mañana. —Candela sabía que su amiga lo comprendería.
—Tenéis razón. Ha sido un día muy largo. Mejor vamos a dormir. —Hizo lo posible por fingir su desilusión.
Abrazó a sus amigas de nuevo.
—Mañana a las nueve y media nos vemos en la oficina. El coche vendrá a buscaros media hora antes —les recordó Inés.
—Descuide, Inés. No se nos olvida —respondió Candela amablemente.
Las chicas subieron a sus habitaciones. Inés y Lina emprendieron el camino a casa.
Cuando llegaron, Inés fue directa al gramófono. Puso una canción lenta.
—¿Bailas? —le preguntó extendiendo la mano.
Lina le dedicó una tímida sonrisa mientras aceptaba su mano. Inés, con firmeza, pero de una manera muy suave, la atrajo hasta que sus cuerpos se tocaron. Bailaron juntas disfrutando la una de la otra.
—¿Te he dicho que hoy estás realmente guapa? —susurró Inés en su oído.
—Mmm... Sí, pero no hacía falta. Tu cara al verme lo ha dejado muy claro —bromeó.
Inés bajó la vista, algo avergonzada. La verdad es que la había pillado totalmente desprevenida. Lina levantó su mentón para darle un beso tierno.
—Las he echado mucho de menos. No me había dado cuenta de cuánto hasta esta noche —confesó apartando la mirada de Inés, las lágrimas volvían a sus ojos y no quería que la viese llorar por algo sin importancia.
—Lina —la llamó para que alzase la vista—.
Mírame —su voz no sonó a orden, sino a una caricia—.
Son tus amigas y siempre van a estar ahí.
Pase una semana, un mes o un año. La amistad que tenéis es muy sólida.
No pierdas el tiempo en estar triste. Alégrate por estar juntas.
—Vio que sus palabras no daban el resultado deseado.
—También echo de menos a mi padre. Echo de menos mi vida allí —se sinceró.
Inés sintió que Lina estaba sacando sentimientos que llevaban bastante tiempo reprimidos. Le dejó tiempo para que se expresase.
—Me encanta la vida que tengo aquí contigo.
Pero echo de me-nos a mis amigas, no solo a Candela y Clara, que también.
Añoro las bromas en la cantina, hablar con Gloria y sus consejos, las bromas con Maribel en la cocina, las chicas de los dormitorios contiguos.
.. Ha sido un cambio muy brusco. —La tristeza la visitó—.
Sé que lo elegí. No pienses que me arrepiento, porque no es así.
Adoro tener nuestra vida juntas. Pero cuando los recuerdos vienen y más, como han venido esta noche.
.. —suspiró para ahogar el llanto— se hace duro. Te cae como un jarro de agua fría.
Inés cesó el baile. La rodeó entre sus brazos. Nada pudo explicar mejor lo que le quería transmitir que ese abrazo. Le dijo que estaría ahí para todos esos momentos difíciles, tristes. Que podía contar con ella.
Tras unos segundos maravillosos, le cogió la mano.
—Te prometo que cuando todo este proyecto termine nos iremos a Ciudad Real. Ya va siendo hora de ver a todo el mundo. —Era una promesa que selló con un beso.
Lina la miró con un brillo de esperanza en sus ojos. Estaba más contenta después de escuchar eso. Puso las manos en sus mejillas y la atrajo para besarla suavemente.
Juntas se fueron a dormir. Tranquilas, en paz.
Con esa promesa guardada entre ellas como un hilo invisible que las unía, respiraron al unísono, sintiendo cómo la oscuridad de su interior se volvía menos pesada.
La tristeza, que las había visitado hacía tan solo un momento, comenzó a disiparse en un suave calor que les devolvía la calma.