Juntas en Barcelona Reencuentros #3
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Reencuentros #3

Sintió cómo el silencio la envolvía. Acarició con los dedos el borde del escritorio, como si al tocarlo pudiese acercarse un poco más a él. Un suspiro se escapó directamente de su pecho. Algo había cambiado, pero no sabía exactamente qué.

Cuando abrió los ojos, pudo ver algo que la perturbó: había dos fotos, cada una a un lado del escritorio.

Una era la de su mujer, evidentemente. En la otra aparecía una chica joven, con un vestido de flores y el pelo moreno recogido en una larga coleta.

La encargada intentó buscar algún parecido que les uniese por lazos de sangre.

Esperaba fervientemente que fuese una sobrina, una prima o cualquier familiar.

Pero, por más que se fijaba, no encontraba ni un solo ápice de parecido entre ellos.

Cogió la foto y la puso al lado de la otra.

Cabía la posibilidad de que fuese familia de su esposa. Tampoco encontró nada.

Las dudas la embargaron. ¿Tenía otra amante?

Ana Belén estaba segura de ser la única mujer que ocupaba su corazón, pero esa foto decía lo contrario. Por un momento escuchó la voz de su madre: «No es un buen hombre. Te hará lo mismo que tu padre».

La angustia se había instalado en su pecho y no le dejaba pensar con claridad. De pronto, se puso a rebuscar por los cajones. Necesitaba pruebas, pistas, lo que fuese, para confirmar o desmentir sus sospechas. Tras varios minutos revolviéndolo todo, le vino una idea a la cabeza: su agenda.

Severiano tenía todos los nombres apuntados en ella.

Cabía la posibilidad de que algún nombre desconocido fuese el de ella.

Casi de manera automática, fue al segundo cajón derecho de la mesa.

Siempre la guardaba allí. Leyó todos los nombres uno a uno.

La gran mayoría eran de varón. Encontró uno de mujer.

Miró el teléfono. Le sonaba bastante, juraría que era el de su suegra.

Siguió buscando. A medida que avanzaba en la lista, se iba poniendo más nerviosa.

Si no lo encontraba, no sabría por dónde seguir con la búsqueda.

Un nombre de mujer llamó su atención: Margarita.

Miró la secuencia de números y no la reconoció.

Debía ser ella. Estiró el brazo para hacer una llamada.

Pero... el teléfono no estaba. Buscó rápidamente por el despacho: no estaba.

En ese momento se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo allí; sus empleadas empezarían a preguntarse dónde estaría.

Echó un último vistazo al número de teléfono y guardó la agenda en su sitio.

Salió despacio, tranquila, como si nunca hubiese estado allí.

Sus apariencias eran lo opuesto a su estado interior.

Estaba muy nerviosa, el corazón le iba tan rápido que temía que se le saliera por la boca.

Respiró hondo y se convenció de que esa misma tarde haría sus indagaciones.

Hasta entonces, no podía mostrar signos de flaqueza.

En Ciudad Real…

Candela, Clara y sus maridos emprendieron el camino hacia la estación con el ánimo agitado por la mezcla de ilusión y nervios por la despedida importante.

Francisco logró crispar a su esposa insistiendo en que llegaban tarde. Candela trató de mantener la calma. Lo único que necesitaban en ese momento era llegar sin incidentes.

Pablo, siempre conciliador, intervino desde el asiento trasero para rebajar la tensión que había ido creciendo entre ellos.

Recordó que había tiempo de sobra y que nada iba a salir mal.

A su lado, Clara observaba en silencio la escena tan cómica: las dos mujeres parecían llevar las riendas del viaje mientras los hombres solo intentaban asimilarlo.

Cuando la estación apareció finalmente ante ellos, el ambiente cambió.

El momento de la despedida había llegado.

Lo que hasta entonces habían sido pequeñas discusiones nerviosas se convirtió en un escenario cargado de emociones contenidas.

Francisco abrazó a Candela con fuerza, incapaz de disimular lo mucho que le costaba dejarla marchar.

Ella intentó tranquilizarlo con palabras suaves y un par de besos que buscaban disolver la ansiedad del momento.

Muy cerca, Pablo se despedía de Clara con un cariño, confiado en que ella estaría bien acompañada.

Antes de separarse, posó una mano sobre el vientre de su mujer despidiéndose también del bebé que esperaban.

Hubo promesas silenciosas, peticiones de cuidado y abrazos que decían más de lo que cualquiera hubiera podido expresar con palabras.

Con un último intercambio de miradas con sus maridos, las dos amigas tomaron sus maletas y emprendieron el corto trayecto hasta el andén. El viaje comenzaba.

Se sentaron en un banco esperando que fuese la hora.

—Candela, estoy nerviosa—confesó.

—Yo también. Tengo muchas ganas de ver a nuestra Lina —dijo con mucha ternura en sus palabras—. Parece que llevamos sin verla un año, y solo hace un par de meses. —Clara fue consciente en ese momento de lo mucho que había añorado a su amiga.

—No le des más vueltas. Esta noche la vemos. Además, será sorpresa. Lina no sabe que vamos a cenar juntas en el hotel. Por lo que me dijo doña Inés, ella solo espera que lleguemos el viernes por la tarde —dijo Candela entusiasmada.

—Estoy deseando ver su cara. Ella esperándose una cena romántica con doña Inés, y de pronto, aparecemos nosotras. —Clara creó la imagen en su cabeza. Las dos amigas rompieron en carcajadas. Cuando el tren llegó, se subieron a bordo y comenzaron su aventura.

En Barcelona…

La puerta del despacho de Inés se abrió ligeramente.

—Doña Inés, ¿puedo pasar? —preguntó Lina.

—Sí. Adelante—respondió con voz cortante.

Lina entró con una gran sonrisa. Al verla, a Inés se le iluminó la cara. La miró de arriba abajo y recordó la suerte que tenía de que una auténtica belleza (por fuera y por dentro) se hubiese enamorado de ella.

—Siéntate, por favor —le ofreció asiento, mientras ella misma se sentaba a su lado.

Lina miró a la puerta. Al ver que seguía cerrada, dio un paso al frente para besarla.

—Llevaba horas deseando interrumpir en tu despacho para hacer esto —le confesó mientras le cogía la mano.

—¿Y por qué no lo has hecho? —preguntó con un tono de sarcasmo y seriedad. Después acompañó la pregunta con una bonita sonrisa.

—Lo hago ahora. —Se acercó para darle otro beso.

—Bueno... cuéntame, ¿qué tal ha ido?

Todo lo relacionado con la reapertura, el nuevo almacén y el asunto de Severiano la tenía muy estresada. Necesitaba hablar con alguien que le transmitiera paz.

—Pues hemos terminado. La verdad es que ha sido entretenido. Nos pusimos la radio y trabajamos muy a gusto —explicó con alegría en sus palabras.

—¿Incluida Ana Belén? —preguntó sin tenerlas todas consigo.

—Mmm... Sí. Al principio estuvo más encima. Sobre todo, de Sofía: que si el lazo así, que si lo doblase de esta manera. Pero luego... se relajó, no dijo nada más. Por cierto, ya se ha ido —comentó, casi sin pensar.

—Mejor. No me apetece verla —dijo con alivio.

—¿Habéis descubierto algo más? —preguntó bajando la voz.

Inés se irguió y cogió aire.

—Nieves ha encontrado algo. Bueno, más bien no ha encontrado unos documentos que nos ayudarían a esclarecerlo todo.

—Al ver el interés de Lina, continuó—: Faltan albaranes, contratos del periodo en el que sabemos que desapareció el dinero.

Hemos llamado a Francia, pensábamos que ellos nos enviarían una copia. Pero no hay manera.

—¿No los han encontrado? —preguntó mientras le acariciaba la mano.

—No quieren perder el tiempo en eso. Dicen que, si hemos perdido esos documentos, es nuestro problema —comentó con malestar.

—Bueno... alguna solución habrá.

—La única es ir y buscarlos personalmente. —No tenía ganas de hacer un viaje a Francia solo por ese motivo.

—Bueno. Preocúpate de eso más tarde. Ahora mismo no hay mucho que puedas hacer. —Lina se levantó y puso las manos en los hombros de Inés—. Cuando sea conveniente vas allí, encontrarás los documentos y podrás saber qué ha pasado realmente con todo ese dinero. —Empezó a darle un masaje.

Inés estaba realmente tensa. Todo lo de la empresa la estaba llevando al cansancio extremo. Si a eso le sumabas, que le daba mucho coraje que la engañasen de esa manera y no tener pruebas para tomar represalias.

Las manos de Lina le hicieron relajarse. Con ella los problemas desaparecían, se volvían insignificantes comparados con el bienestar que le proporcionaba. Se sentía segura, en calma.

Lina guardó silencio, se concentró en los hombros de Inés y le regaló placer de otra manera. Cuando notó que la tensión en ella disminuía, le dio un beso en el cuello. Inés se acomodó para acoger todos los besos que le quisiese dar. Tras varios, fue ella quien buscó la boca de Lina.

—Doña Inés, será mejor que dejemos esto para más tarde. En la oficina aún hay mucha gente y pueden entrar en cualquier momento —le susurró al oído.

Inés hizo un gesto de desaprobación antes de buscar el último beso.

—¿Te queda mucho por hacer? —preguntó Lina sentándose otra vez.

A Inés no le apetecía trabajar más. Tenía la sensación de que no sería productiva. Además, una ducha con Lina era más apetecible que cuadrar un par de presupuestos.

—Ya he terminado. —Cerró su agenda de un solo movimiento—. Además con este ratito con el que me acabas de obsequiar, no creo que pueda concentrarme. Vámonos a casa. —Le dio la mano y sonrió al ver un brillo especial en sus ojos.

Recogieron sus cosas y se marcharon a casa.

Una vez allí, la idea de Inés de una ducha juntas surgió de manera natural. El ruido del agua caer, junto con algún ruido más, se escuchó durante bastante tiempo.

Inés tardó poco en prepararse. Lina, en cambio, se demoró más de lo esperado. Inés, consciente de este detalle, se lo tomaba con filosofía.

En esta ocasión le vino de perlas. Pues, pudo atender el teléfono cuando Candela llamó para informarles de que ya estaban en el hotel.

—¿Todo ha ido bien? —Inés bajó la voz para que Lina no la escuchase hablar.