Juntas en Barcelona Reencuentros #2
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Reencuentros #2

—A mí también. —Le dio otro beso—. Tendré que cambiar mi futuro profesional para estar más cerca de ti. Tal vez... secretaria —un beso—, administrativa—otro beso—, directora... —Fue a darle otro beso, pero Inés se apartó.

—Aquí la única directora soy yo. —Sonrió al ver la cara de Lina al dejarla sin beso y darle esa contestación que, desde luego, no esperaba.

—Bueno... bueno... eso habrá que verlo —dijo provocándola con los labios muy cerca de los suyos.

Inés volvió a dedicarle una sonrisa antes de besarla. Pero esta vez fue Lina quien se apartó en el último momento. La miró con satisfacción por haber quedado en tablas.

—Creo que deberíamos dejar este juego. Nos estamos entrete-niendo demasiado —advirtió Inés.

—Sí, sí —su voz sonaba muy sensual, paseándose de nuevo muy cerca de sus labios.

—Claro, claro. —Rozó sus labios sin llegar a besarla—. Dejo el juego ahora mismo. —Se detuvo muy cerca de ella, con la cabeza ladeada, esperando que tomase las riendas.

Esos juegos volvían loca a Inés. Sin más rodeos, puso la mano en el cuello de Lina y la sujetó para que no volviera a dejarla con las ganas.

Su lengua se abrió paso en su boca. La rodeó con su otro brazo para atraerla más aún.

Su mano bajó por su espalda, pasando la zona más baja, hasta terminar en esa curva tan perfecta.

—Volvamos al trabajo, esta tarde tendremos tiempo para más. —Inés le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa para provocarla.

Lina tenía suficiente por el momento. Sonrió divertida y se volteó para irse. Tras cerrarse la puerta, Inés no pudo evitar soltar una risa. Esa chica la volvía loca.

Inés llamó a Nieves para que la acompañase al despacho.

—He hablado con el contacto que me facilitó en Francia. —Nieves se ilusionó, pero al ver su cara, cortó sus esperanzas.

—No son buenas noticias. No quieren invertir tiempo de un empleado en ese trabajo. Según ellos, si hemos perdido la documentación, es nuestro problema —explicó controlando su malestar.

—¿Se le ocurre alguna otra solución? —Inés lanzó la pregunta al aire.

—Se me ocurren dos opciones. Una difícil y la otra no le va a gustar. —Nieves no encontraba muchas más opciones.

—No me pinta un futuro muy prometedor —advirtió.

—Puede preguntarle directamente a Ana Belén. Suponemos que ella tiene algo que ver en todo esto. Tal vez, si la deja sin salida, confiese...

Inés la miró con una expresión muy clara en su rostro: «Ni hablar».

—La otra opción es que sea usted quien vaya a buscar esos documentos. Solo nosotras dos conocemos el secreto. No podemos delegar en nadie más. Además, tal vez allí haya más documentación que le sea de interés.

Esta última opción le parecía la más interesante y la más factible. A pesar de la logística que suponía trasladarse a Francia solo para buscar esos papeles.

—Usted... —Inés preparaba la pregunta.

Nieves empezó a negar con la cabeza. No estaba dispuesta. Inés captó el mensaje.

—No hay manera de convencerla, ¿verdad? —utilizó su voz de negociadora.

—Dígaselo a Mireya. Ella le será más útil que yo. Tiene conocimientos, es discreta y seguro que tiene disponibilidad para ir.

Inés la miró con cierta reticencia; no quería incluir a más personas en su pequeña investigación.

—Hágame un favor: llame para saber cuándo nos atenderían.

Quiero que nuestro enlace nos acompañe. En cuanto él esté disponible, yo misma iré a buscar esos documentos.

No quiero incluir a nadie más. Cuanta más gente lo sepa, menos probabilidades de éxito tendremos.

—No esperó una respuesta. Tenía muchas cosas en las que pensar ahora con este problema nuevo.

Mientras esta conversación secreta sucedía en el despacho, un hombre estaba recopilando el valor para hacer frente a una situación que le daba realmente pavor.

—¡Buenos días! ¿Interrumpo algo importante? —preguntó Antonio desde la puerta de la secretaría.

A Mireya se le iluminó la cara al verle. Una sonrisa invadió su rostro.

—No. Son cosas sin importancia. ¿Qué necesitas? —Se levantó para atenderle.

Antonio no la miraba a la cara. No podía olvidar la conversación que escuchó allí.

Desde el primer momento, Mireya había sido muy sincera con él. Le contó su romance con José, pero escuchar que había vuelto a reto-marlo le dolía enormemente.

—¿Recuerdas que hablamos de la presentación de mañana...? —su tono era muy tranquilo—. Me gustaría que le echases un vistazo para hacer los cambios que me comentaste. —Se acercó a su mesa para darle la carpeta.

Mireya guardó silencio. Quería que la mirase a los ojos. Lo necesitaba. Sabía que no había actuado de la mejor manera por eso, si había elegido a Antonio, tendría que hacer todo lo posible por recuperarle. Con paciencia y tiempo, pues el orgullo de un hombre suele tardar en sanarse.

—Lo recuerdo. Me ofrecí yo misma. —Se agachó ligeramente buscando su mirada, pero no había manera de encontrarla. Él estaba mirando a todas partes menos a ella.

Antonio asintió. Se le escapó un atisbo de sonrisa por la comisura derecha de la boca. En el fondo, le hacía ilusión que no se le hubiese olvidado.

—Si tienes tiempo... podemos ir ahora mismo a la sala de reuniones y lo miramos juntos. —Pudo ver cierto recelo en sus gestos—. Tardaremos menos y todo quedará más claro que si nos vamos pasando las transcripciones —aclaró esperando convencerle.

—Bueno. Tengo un poco de tiempo —dijo mirando su reloj.

Dio un paso a un lado para invitarla a salir de la secretaría.

En la sala de reuniones, Mireya miró los papeles que había dejado en la carpeta.

Leyó por encima. Todo parecía estar bien.

Su redacción era buena, entendible y bien estructurada.

Apenas necesitaban modificaciones: un par de comas para facilitar la lectura de algunas frases, algún acento. Poco más.

Fingió leer; necesitaba tiempo para inventarse algo que le sirviera como excusa para estar un rato más con él.

—¿Tan mal está? —preguntó Antonio al ver que tardaba tanto en decir algo.

—No. Está muy bien. Solo que faltan datos —se inventó.

—¿Datos? ¿Qué datos? —preguntó arrancándole la carpeta sin levantarla de la mesa.

—Datos, cifras, porcentajes... —insistió.

Antonio revisó las hojas una a una, intentando entenderla. Mireya, al verle un poco desesperado, desarrolló la idea que se le estaba ocurriendo.

—Claro, todos tienen más experiencia que tú en este sector.

Si simplemente les hablas de tus estrategias, no te van a creer.

Necesitan datos, cifras que les abrumen, estadísticas que no les permitan criticar tu trabajo —según hablaba, ella misma se daba cuenta de la gran idea que se le había ocurrido.

Entonces la defendió con más pasión—. Tenemos que crear gráficas de ventas, tablas de porcentajes y previsiones de lo mucho que se aumentarían las ventas si todos utilizasen tus estrategias —dijo trazando en su cabeza la manera de hacer realidad todo eso.

—Pero... yo no puedo adivinar el futuro—se quejó.

—Bueno, no hay que ser vidente para extrapolar tu aumento de ventas a las de ellos. Después hacemos una previsión de ventas poco conservadora —explicó totalmente convencida. Sabía que todo ese trabajo les llevaría un buen rato. Pero era tiempo juntos.

Antonio se rascó la coronilla. No estaba seguro de haberlo entendido todo, pero... si ella estaba tan convencida, sería porque se podía hacer.

—Si tú crees que funcionará, yo no tengo problema. Inés me ha dado la tarde libre para preparar la presentación. —La miró por primera vez a los ojos.

Con tanto esfuerzo por seguir el ritmo de Mireya, se había olvidado por un momento de los motivos por los que estaba enfadado.

Si le quedaba alguna razón para seguir molesto, se le borró de un plumazo al ver la sonrisa que surgió cuando coincidieron sus miradas.

No podía castigarla más con indiferencia.

Estaba deseando estar con ella, ver su sonrisa, provocarle una risa…

La contradicción le invadió, deseaba luchar por su amor. Asu vez, estaba dolido porque el tiempo juntos no hubiese sido suficiente para desbancar a José de su corazón.

—Ahora vuelvo. —Le hizo un gesto para que la esperase.

Salió para coger aire. En ese momento, tomó una decisión: no se lo iba a poner fácil. No pensaba allanarle el camino echándose a un lado para que él tuviese vía libre. Todo lo contrario: si quería a Mireya, tendría que trabajárselo.

A su vuelta, Mireya reconoció al Antonio de antes: era el mismo que le robó un beso en la calle, el que le hacía reír cada día de vuelta a casa…

Se pusieron manos a la obra: Mireya empezó a sacar documentos: contratos, balances, índices de ventas.

.. Todo era desconocido para Antonio, pero ella, con mucha paciencia, se lo fue explicando.

En un par de horas, se había convertido en un auténtico experto.

Entre los dos lograron crear una presentación muy convincente.

Las horas pasaron muy rápido. Todo el mundo estaba ocupado: Nieves con llamadas a Francia, Inés cerrando temas de la logística del nuevo almacén, Mireya y Antonio con la presentación, las tres dependientas en la sala de descanso preparando las cestas regalo.

Ana Belén se excusó para ir al aseo. De camino, pasó por el despacho de Severiano. Su intención era verle. Llevaba toda la semana sin tener noticias suyas y eso le preocupaba.

Una vez dentro, pudo ver lo amontonado que estaba todo. Era la primera vez que entraba al despacho pequeño.

Ana Belén caminó despacio, recordando los momentos de los premios recibidos, mirando las fotografías, los recortes de periódico.

.. Esa recopilación de momentos la llevó, sin darse cuenta, hasta la silla detrás de la mesa.

Cerró los ojos y pudo percibir su aroma impregnado en ella.

Por un momento, le pareció que él estuviese ahí.

El vello de los brazos se le erizó solo de recordarle. Sonrió, añorándole.