Juntas en Barcelona Reencuentros
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Reencuentros

Inés llegó agotada a casa. Lina la esperaba con una cena digna de una reina como ella y con la promesa cumplida: mucho vino. Le preparó una copa mientras terminaba de hacer la lubina. Inés pululaba por la cocina, esperando un despiste de la cocinera para picar de donde pudiera.

—¡Espérate! —le llamó la atención al verla coger zanahoria de la ensalada.

—Es que todo tiene tan buena pinta que me lo quiero comer ya —se defendió, mientras la rodeaba con sus brazos. Al terminar, le dio un pequeño mordisco en el cuello.

—Pues como sigas así... —se giró para darle un beso— vasa comer más tarde o a comer otra cosa —le habló de una manera muy sensual.

—Si la otra cosa eres tú… empiezo ya mismo. —La besó de nuevo. El olor delicioso que salía del horno interrumpió los besos.

—Anda, coge tu copa. La cena ya está lista. —Le dio una palmadita en el trasero al salir de la cocina.

La mesa ya estaba preparada, y una música de fondo convertía la estancia en un lugar mucho más íntimo. No tenía nada que envidiar a cualquier restaurante lujoso de Barcelona. Eso sí... el dormitorio estaba más cerca.

Inés estaba callada. Había hablado mucho durante la tarde. Mantener la misma conversación una y otra vez había sido agotador. Por suerte, Lina tenía muchas cosas que contarle. Llevaban días sin ponerse al día. Todo esto del proyecto de logística les había dejado poco tiempo para las dos.

—Mañana... ¿Podrás acudir a tu cita importante? —preguntó Lina, que se moría de curiosidad.

—Lo más probable es que sí. Si mal no recuerdo, solo tengo que cambiar impresiones con José, pasar la lista con los seleccionados a Nieves y… urgente nada más.

—Me gusta oír eso. ¿A dónde vamos a ir? —preguntó ilusionada.

Inés la miró de reojo, levantando su ceja izquierda. Estaba evaluando si contárselo o no.

Al ver cómo Inés se preparaba para darle una negativa, Lina se adelantó:

—Es para saber qué tipo de ropa llevar. —La miró con ojos de súplica. Inés apartó el plato vacío que tenía enfrente y se acercó a ella.

—Estarás preciosa te pongas lo que te pongas —cerró la afirmación con un tierno beso.

Ese beso fue el detonante de una noche de pasión comedida, debido al cansancio.

A la mañana siguiente, en un hotel cercano…

José salía de la ducha. La noche anterior, después de la visita de Mireya, se había tomado más de una copa.

Con el torso mojado y la toalla cubriendo la parte inferior de su cuerpo, decidió llamar a la oficina para justificar su retraso.

Había quedado a primera hora con Inés y, desde luego, no lo iba a cumplir.

—¡Buenos días! Despacho de dirección de Hilos de la Corte, ¿en qué puedo ayudarle? —saludó Mireya de manera automática.

José se quedó helado al escuchar su voz. Esto iba a ser más difícil de lo que pensaba.

—Eh... Mireya, soy José —dijo algo abrumado—. ¿Inés ha llegado ya? —Deseaba que su amiga se hubiese retrasado por una vez.

—Sí. Te estaba buscando. Pensaba que habías ido a la obra —le aclaró.

—Haz el favor de decirle que me he levantado un poco indispuesto —se excusó. En el fondo, era una verdad a medias.

—Pero... ¿estás bien? —se preocupó por él.

—Sí, sí. No te alarmes. Es solo que la cena no me sentó bien y he pasado mala noche. Pero ya estoy mejor. En breve salgo para allá.

Se moría de ganas por preguntarle qué tal estaba, cómo había pasado la noche, y si se podían ver de nuevo. Pero entonces, las palabras de ayer irrumpieron en su cabeza como un jarro de agua fría. Con tanto alcohol casi las había borrado de su mente… hasta ese momento.

—Ahora la aviso —prometió.

—Muchas gracias. En nada estoy ahí —aseguró.

En el fondo esperaba una respuesta de Mireya, una reacción, algo. Lo que fuese. Deseaba un hilo del qué tirar y poder acercarse de nuevo. Porque si la decisión de ayer era definitiva, los días en Barcelona iban a ser muy complicados.

—Discúlpame, Inés. Ya estoy aquí —dijo José, irrumpiendo en el despacho.

—Tranquilo, ¿qué tal estás? Ya me ha contado Mireya.

—Estoy mejor. He pasado mala noche. Nada más —respondió deseando que no le hiciese más preguntas.

De reojo, miró la botella, de la que tan buena cuenta había dado anoche. Parecía que Inés no se había percatado de la falta de contenido.

—Ya estoy aquí. Vamos a empezar. —Sacó su carpeta y se la facilitó a Inés—. Los nombres marcados son los que más me gustan para ocupar el puesto. Parecen trabajadores serios, con experiencia y profesionales.

Inés miró la lista con atención. Después, pasó a revisar por encima sus cartas de recomendación.

—Esta es la lista de los que he seleccionado yo.

José fingió que la leía. En ese momento estaba más preocupado de otra persona.

—Pues si lo tienes tan claro, le pasaré la lista a Nieves para que empiece con las llamadas —dijo José, levantándose para marcharse.

—Dáselas mejor a Mireya—le recomendó.

Al escucharla, José se quedó petrificado. Inés pudo ver cómo todo su cuerpo se tensaba.

—Mejor, dámelas a mí, que tengo que hablar con ella de un asunto —le ayudó sin que este lo supiese.

—Como quieras, a mí no me cuesta nada —dijo con una sonrisa forzada.

—Acércate al almacén para ver si la obra en la tienda va como esperábamos. No puedo tener a las dependientas tanto tiempo sin trabajar—le ordenó.

Inés lo acompañó hasta la salida de la oficina. Después se pasó por la sala de reuniones.

—¡Buenos días a todas! —Inés saludó a las chicas de la tienda. Como si fuese ensayado, las tres le fueron respondiendo en orden.

—Quiero hablar con vosotras porque necesito vuestra ayuda —empezó Inés su discurso. Se sentó en el asiento central, dándoles pie para que ellas también se sentaran—. Necesito ideas para la reapertura. Entiendo que ayer terminasteis todos los recados. —Miró a la encargada.

—Sí, está todo listo. Lo he dejado en la tienda. Les dije a los obreros que tuviesen cuidado con ello —explicó Ana Belén, muy orgullosa de su trabajo.

—Perfecto. Lina, ¿has llamado a todas las clientas?

—Ya están todas. La gran mayoría me ha confirmado su asistencia.

—Todas estáis haciendo un gran trabajo. —Inés las miró una a una—.

Necesito un poco más de vosotras. Quiero que penséis algo diferente para la reapertura de la tienda.

No quiero hacer lo de siempre: champán y aperitivos.

Esta vez no tenemos nada nuevo que mostrarles, por lo que debemos buscar la manera de que la reapertura sea novedosa.

Queremos que no olviden la tienda más grande de Hilos de la Corte. —Les sonrió esperando sus aportaciones.

—Podemos... —dijo Sofía tímidamente— hacer una fiesta del té. Traer pastas, té de diferentes clases... —según lo iba diciendo, ella misma iba perdiendo el interés.

Inés intentó mantener las apariencias. La idea no era del todo acertada.

—Es una idea —dijo para no desmotivarla—. Cuantas más, mejor. Sé que tenemos poco tiempo, pero hay que hacer algo diferente.

—Doña Inés —interrumpió Ana Belén—, podríamos hacer unas cestas de regalo para las clientas. Podemos poner complementos clásicos y uno de la nueva línea. De esa manera, damos salida a los productos más antiguos y nos aseguramos de captar su interés —le aterraba confundirse.

—No está mal. Como detalle con nuestras clientas, me parece bien. Pero necesitamos una temática, una historia que contar, ese algo que nos haga diferente. —Quería transmitirles emoción, pasión.

Tenía que ser algo grande, algo que nunca antes se hubiese hecho.

Las empleadas no sabían qué más ideas aportar. Inés las miró esperando más sugerencias.

—Podemos... —Lina empezó a hablar a medida que le daba forma en su cabeza— dar consejos.

Es decir, qué tipos de corte les quedan mejor en función de la forma de su cuerpo.

Consejos de belleza. Cómo maquillarse acorde con la ropa que llevan.

—Estaba siendo muy expresiva con los gestos para ayudar a su explicación.

—También, podemos enseñarle las normas básicas de los complementos —Sofía se unió a la presentación.

—Me gusta. El tema será vestimenta sublime —Inés resumió las ideas para enfocarlas en una sola temática.

Lo anotó en su agenda. Después pasó al siguiente punto.

—Mañana os quiero aquí a primera hora. No es necesario que traigáis el uniforme. Eso sí, venir con ganas y receptivas para lo que os espera. —No quiso dar más detalles.

—¿Qué vamos a hacer? —No tener el control le incomodaba bastante.

—Ya lo verán. Es una sorpresa que quiero tener con ustedes. Es una iniciativa nueva y espero que sea bienvenida. —Su mirada se detuvo un poco más en Lina.

Por un momento, Inés pudo imaginar la alegría con la que sería recibida esa misma tarde cuando las viera aparecer en el hotel.

—¿Alguna pregunta más? —Inés cerró la agenda al no haber respuestas—. Muy bien. Vayan a la tienda y cojan lo necesario para hacer las cestas. Con unas treinta será suficiente. Si necesitáis ayuda, José está en la obra; llamadle para que envíe a alguien que os ayude a cargarlas.

Las tres subordinadas fueron a salir por la puerta.

—Señorita Escudero. —Lina se paró en seco al escuchar a la jefa llamarla así—. ¿Puede quedarse unos minutos? Quiero comentarle algo rápidamente. —Miró al resto de empleadas y con un movimiento de cabeza les dio las gracias.

Lina cerró la puerta. Hacía lo posible porque no se notase en su cara las ganas que tenía de ese momento furtivo en la oficina.

Inés le pasó el dorso de la mano por la espalda; quería disfrutar de ese ratito con ella.

Ambas sabían perfectamente que ese instante podría ser el único momento del día hasta que terminase la jornada.

Lina se giró como si supiese dónde estaban los ojos de Inés. Con su mirada fija en ellos, recorrió el breve espacio que había entre las dos para fundirse en un beso tierno.

—Me estoy malacostumbrando.—Inés la atrajo a sus brazos—. Me encanta que estés en la oficina —Sonrió.