Heridas abiertas #4
—Precisamente venía para hablarte de eso. Voy a comer con Mireya en la sala de reuniones. ¿Te apetece comer con nosotras? —preguntó antes besarla de nuevo.
—Me apeteces tú —La besó suavemente—. Pero como no puede ser… —otro beso— tráeme un bocadillo de lo que te vayas a pedir. Me lo comeré mientras trabajo.
—Vale, pues bajo ahora mismo. Quizás… si lees rápido, te puedes pasar cinco minutos a verme antes de empezar con las entrevistas —propuso, poniendo la carita más adorable que pudo para convencerla.
Inés sonrió de oreja a oreja. Le encantaba que usase esa estrategia con ella. Se la comería a besos solo por intentarlo.
—Ya veremos… —Se acercó a ella, pero no la besó. En lugar de eso, se apartó y fue a su mesa.
Lina la miró con indignación por no recibir ese último beso. Se dio la vuelta para irse, pero antes de abrir la puerta, fue corriendo hacia Inés. Le dio un beso cálido, con la carga justa de deseo. Su lengua rozó la suya, pero muy poco.
—No pensaba quedarme con las ganas —dijo mirándola de manera retadora.
Lina se marchó sin mirar atrás. Inés se quedó de pie, se llevó dos dedos a la boca y se asombró de la habilidad que tenía para jugar con ella y con las reacciones de su cuerpo. Con un beso rápido había logrado encenderla de la manera más sutil.
El bar estaba hasta la bandera. Espe estuvo la mayor parte del tiempo en la cocina; si salía, era para sacar un plato, dejarlo en su mesa y volver a la cocina.
Lina vio a José sentado en la barra, leyendo el periódico mientras comía.
Se asomó a la cocina buscando a Espe. No tenía buen aspecto; estaba realmente saturada.
No quiso ser una molestia, solo deseaba saludarla.
—¡ESPE! —gritó Lina para superar el ruido de los fogones.
Espe levantó la vista. Tardó un par de segundos en salir de su concentración. Su cara cambió drásticamente al ver quién la había llamado. Una sonrisa sincera, que iluminó toda la cocina, se dibujó en su rostro.
A Lina se le movió algo dentro. Era la misma sensación que había sentido en el despacho. Las mariposas. Solo que estas eran más pequeñas; sus alas no eran tan majestuosas.
La saludó con la mano, con una sonrisa, y volvió a la sala. Tomás le apuntó la comanda. A los pocos minutos tenía su pedido listo.
—Me ha dicho Espe que revises si todo está bien —dijo Tomas al darle el cambio.
A Lina le extrañó con el comentario. Espe no solía confundirse. Lo comprobó por si acaso. Tal vez estaba tan saturada que ni ella misma confiase en lo que le había dado.
Lina revisó el contenido. En uno de los bocadillos de tortilla asomaba un papel marrón:
Gracias por pasarte. Me has dado fuerzas para no desfallecer. Estamos hasta arriba. Me encantaría que te pasases esta tarde y hablamos un rato.
Espe
Lina sonrió y se guardó el papel. No quería que nadie lo viese.
La comida con Mireya fue muy agradable. No volvió a salir el tema de los dos pretendientes. Mireya necesitaba desconectar de eso y despejar la mente. Llevaba dos días con solo dos palabras en la cabeza: Antonio y José.
Inés se pasó por la cocina para tomarse un café con ella. Solo fueron cinco minutos, pero Lina valoró el esfuerzo.
—Lina, cuando termines las llamadas, me gustaría que te pasases por mi despacho entre una entrevista y otra. Quiero comentarte algo sobre cómo va a ser el día de mañana —dijo Inés con su tono y pose al más puro estilo señora de la Corte.
—Por supuesto, doña Inés —contestó de la manera más profesional que pudo.
Cuando Inés se ponía en modo directora, le entraban unos calores por el cuerpo…
La tarde fue un desfile de aspirantes. Todos parecían cortados por el mismo patrón.
Lina, al ver pasar a tanta gente, por un momento se sintió en la Colonia. Eso le dio una idea. Le quedaban pocas llamadas, tenía tiempo para hacer alguna personal.
Terminó su tarea muy contenta. Hablar con su padre y con Gloria siempre le animaba.
Esperó pacientemente a que Inés terminase la entrevista y se coló en el despacho antes de que se cerrase la puerta.
—¡Qué ganas tenía de verte! —dijo Inés al tenerla cerca.
—Imagino. ¿Cuántos han pasado? —preguntó, señalando la sala de espera.
—No lo sé, he perdido la cuenta. Estoy agotada —se quejó al apoyarse en el escritorio.
Lina le acarició la mejilla con el dorso de su mano.
—Normal. Tiene que ser agotador preguntar lo mismo una y otra vez. —Echó hacia atrás un rizo que se apoyaba en su ceja.
—Preguntar y escuchar. Todos me cuentan lo mismo. —La abrazó, lo necesitaba.
Lina se acomodó para que Inés pudiese poner la cabeza en su pecho. Se hizo el silencio. Sobraron las palabras. Solo necesitaba un momento de calma, de paz… de tranquilidad.
Lina le acariciaba suavemente. Inés pudo escuchar los latidos de su corazón.
—Qué fuerte late tu corazón —Inés rompió el silencio.
—Porque late por ti. —Puso sus manos en sus mejillas para darle un beso muy tierno—. Creo que deberías volver al trabajo.
—Tienes razón… —lamentó Inés.
—Mira, para hacerte más llevadera esta tarde, ¿qué te parece si esta noche preparo una cena en condiciones con… —se acercó al rostro de Inés— mucho vino? —preguntó con una sonrisa .
—Encantada —respondió antes de darle un beso.
Lina se despidió de sus amigas y salió de la oficina. Bajando en el ascensor, pensó en la nota de Espe. Tenía tiempo para pasarse por el bar, llegar a casa y hacerle la cena.
—¡Buenas tardes! —saludó Lina con una gran sonrisa—. Te veo con mejor aspecto.
—¿Sí? —preguntó Espe, llevándose la mano al moño para comprobar que todos los pelos estaban en su sitio—. Menuda hora de comidas. No sé qué ha pasado. Han venido muchos hombres solos a comer. —Estaba algo desconcertada.
Al escucharla, cayó en la cuenta del posible motivo.
—Será porque tenían una entrevista de trabajo. —Espe frunció el entrecejo como si esa información no fuese suficiente—. Aver… Van a abrir un almacén de Hilos de la Corte, cerca de la tienda. Hoy han hecho las entrevistas —explicó Lina mientras se sentaba en un taburete cerca la barra.
Espe elevó las cejas. Ahora todo tenía sentido. Por eso muchos tenían prisa y otros, nada de urgencia.
—Ya me podrías haber avisado. Me han dejado sin existencias. No contaba con tanta gente. —Hizo un aspaviento con las manos, como si señalase a todo el bar, ahora vacío—. Por cierto, ¿quieres algo? No me queda mucho, pero… —Miró a su alrededor buscando qué podía ofrecerle.
—No, gracias. No tengo hambre. Por cierto, tu bocadillo de tortilla estaba muy bueno.
—Claro —respondió con soberbia fingida, acompañando con una sonrisa para que comprendiese que estaba bromeando—. Dime algo que haya preparado y no esté bueno.
Lina intentó recordar algo que no le gustase, pero no encontraba ningún plato.
—No puedes. Porque todo me sale delicioso. —Se chupó los dedos para darle un toque cómico.
—Bueno, bueno. Menos humos… —Quiso bajarla del pedestal en el que ella sola se había subido.
Espe la miró de reojo. Era el momento idóneo para sacar el tema que deseaba hablar.
—¿Menos humos…? ¿Cómo estaba mi empanada de Castilla? —preguntó sin apartar sus ojos de los de ella. Mantuvo sus nervios a raya, bajo una capa de confianza fingida.
Lina no supo qué contestar.
En ese momento recordó la apuesta que tenía con ella. Evidentemente, la empanada de su madre siempre ocuparía un lugar especial en su corazón. Aunque debía reconocer que la suya tenía una chispa especial que la hacía única.
Pero… no había decidido si ir a su fiesta. Una parte de ella le apetecía mucho conocer a personas que compartiesen sus gustos, sus vivencias… Salir, divertirse, bailar, reír…
La otra parte, pensaba en Inés. Imaginaba su rechazo, su miedo a exponerse ante cualquier otra persona. No la imaginaba en una fiesta de bar. Casi podía verla con su rectitud, en un rincón, sin saber con quién hablar o de qué. Estaría muy incómoda.
El terror se paseó por sus ojos; solo fueron unos segundos. El tiempo suficiente para que Espe lo viese y saliese al rescate.
—Bueno, sé que es difícil tomar una decisión. La de tu madre siempre te evocará una emoción, unos recuerdos que… seguramente la mía, por muy buena que esté, no. —Le puso la mano encima de la suya—. Entiendo que no puedas decidirte.
—Tienes razón, no puedo decidirme. —Había vuelto a la realidad—. Como tampoco puedo decidirme por lo del viernes —sonaba tan sincera y seria que asustó a Espe.
—Vale. Lo siento. No tienes que darme una respuesta si no quieres. No quería agobiarte. —Se alejó un paso y soltó lentamente su mano.
Lina estiró el brazo y volvió a cogerle la mano.
—No te lo tomes a mal. El viernes estarán aquí unas amigas de Ciudad Real. Hace mucho que no las veo y las echo de menos —se excusó con una verdad.
—No digas más. Lo entiendo. Esas «amigas», no lo son tanto si no conocen tu secreto.
—Estás muy equivocada. Ellas lo aceptan, es más, siempre me han apoyado y ayudado en ese aspecto de mi vida —dijo con una sonrisa orgullosa.
—En ese caso, veniros todas —recuperó el paso que había retrocedido—. ¿O es que… alguien no estaría cómoda?
—Ya veremos. No te puedo decir que no, ni tampoco que sí. —Miró su reloj.
Si quería comprar vino y algunas cosas para la cena, debía marcharse ya.
—Me tengo que ir. —Lina, al levantarse del taburete, se dio cuenta de que aún estaban cogida de la mano.
Miró su mano, miró a los lados, volvió a mirar sus manos y se sintió bien.
Ese tipo de detalles no le pasaban con Inés, porque ella mantenía mucho las formas.
Muestras de afecto o contacto en público eran algo excepcional.
Se podría decir que Espe era muy descuidada o muy valiente.
Una cosa estaba clara, con esos gestos, le hacía sentirse normal en todo a lo que la cercanía se refería.
—Ve tranquila. No hace falta que respondas. Si te veo, me alegraré. Y si no… tú te lo pierdes. —Le dio un pequeño apretón en la mano y después la soltó.
Lina sonrió. Le dijo adiós y salió del bar.
De camino a la tienda no dejaba de pensar en Inés: ¿Cómo se sentiría en una fiesta de esas?
¿Alguna vez se atrevería a darme la mano de esa manera?
¿Se acercaría tanto a mí como hace Espe?
¿Sentiré alguna vez en público que somos una pareja como las demás?
No encontraba respuestas.
Mientras tanto, en las oficinas…
El número de candidatos seguía reduciéndose y las referencias descartadas se acumulaban.
Inés estaba agotada y arrepentida de haber dejado la contratación para el final.
Cuando alguien llamó a la puerta, apareció José, también cansado pero satisfecho porque por fin habían terminado las entrevistas.
Ambos coincidieron en que ya no tenían fuerzas para continuar evaluando.
Inés decidió que lo mejor era irse a casa y descansar para tomar una decisión al día siguiente.
Tras guardar sus cosas y reconocer el esfuerzo compartido, se despidió de José y se marchó.
Él se quedó allí sentado. Miró el minibar de Inés y se sirvió una copa. Cuando estaba tranquilo, unos golpes en la puerta lo sacaron de su paz.
—¿Sí? —preguntó, recolocándose en el asiento.
—¡Uy! José, buscaba a doña Inés —dijo Mireya desde la puerta.
—Se ha marchado hace unos minutos. —Miró el reloj y se dio cuenta de que llevaba ahí sentado casi media hora—. ¿Te puedo ayudar? —preguntó levantándose.
—Quería saber si habían terminado. Me gustaría marcharme a casa. —Lo miró con cara de cansancio. Había sido un día muy largo para todos.
—Sí, hemos terminado. Déjame pedirte un taxi y te acompaño a casa —propuso José, con muchas ganas de que aceptase su oferta.
Mireya dudó. No quería estar con él, sentía que tenían una conversación pendiente. La cual no le apetecía afrontar.
—No te preocupes. Iré andando. Así despejo la cabeza —dijo, antes de darse la vuelta para marcharse del despacho.
—Por favor, no te vayas. —Recorrió la poca distancia que los separaba—. Anoche fue… —buscaba las palabras en su mente paraque no sonasen muy cursis— mágica —se arrepintió según salía de su boca.
—¿Mágica? —repitió Mireya.
—Mágica, preciosa… no sé… me gustó mucho. Me encantaría repetirla —su voz estaba cargada de sinceridad.
Mireya lo entendió todo en ese preciso instante. José se iría a Ciudad Real en breve y ella tendría que volver a la casilla de salida. Volver a sanar las heridas, volver a pasar noches sin dormir pensando en él, volver a echarle de menos…
—No.
Posiblemente era la palabra más difícil de decir en ese momento. Por eso, no pudo añadir nada más. Se marchó del despacho con un dolor en su pecho, pero sabiendo que era lo correcto.
El sonido de la puerta al cerrarse fue como un disparo directo al corazón de José.