Juntas en Barcelona Heridas abiertas #3
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Heridas abiertas #3

—No. Gracias, amor. Hay que hacer entrevistas, poco más. Nieves y Mireya comprobarán las referencias y preparar los contratos. —Inés se terminó su pasta.

Por su gesto, debía de estar muy buena. Lina no pudo resistirse y cogió otra. Le habría gustado más la idea que había tenido antes, pero… no podía ser.

—Te lo comento porque saldré tarde. Mañana debo terminar lo que me quede pendiente. Por la tarde tengo una cita ineludible —dijo cambiando el tono y esperando la reacción de Lina.

—¿Has quedado con un cliente? —preguntó sin saber cuáles eran sus planes.

—Más bien… con una persona importante—dijo, divertida al ver que no le seguía el juego—. Iremos a cenar y… —Acarició la pierna de Lina con el lateral de su pie. Se había quitado el zapato sin que ella se percatase.

Ese roce fue la pista necesaria para que Lina empezase a comprender sus intenciones.

—Tal vez terminemos en un hotel —Inés bajó la voz hasta un susurro muy sensual.

Lina solo pudo mirar cómo esos labios acariciaban las palabras. Por ella, se habría levantado en ese momento y la habría besado. La mirada de Lina encendió a Inés. Debía controlarse, no era el momento ni el lugar para pensar en esas cosas.

—Solo si puedo terminar todo el trabajo que tengo. Por lo que... —se levantó, cogiendo la taza de café— debo volver al trabajo. —Salió la jefa de nuevo.

Se asomó al pasillo y vio a Mireya con cara apenada de camino al servicio, y Nieves venía directa a la cocina con una taza en la mano.

—Nieves, Lina se va a quedar hoy en la oficina haciendo unas llamadas. Ayúdela a instalarse en la sala de reuniones, por favor —ordenó Inés amablemente.

Nieves asintió y sonrió. Esperó a que la directora volviese a su oficina.

—¿Qué tal, cariño? ¿Por qué te han enviado aquí? —preguntó mientras fregaba las tazas.

—Es imposible estar en la tienda, hay demasiado ruido. Hemos tenido que cerrar hasta que esté todo listo.

—Anda, vamos a buscarte un teléfono desde donde puedas llamar —dijo saliendo de la cocina.

Lina se instaló en la sala de reuniones. Nieves conectó el teléfono que estaba en el despacho de Severiano; total, hoy no venía. Dejó un par de papeles y un lapicero.

—¿Necesitas algo más? —preguntó desde la puerta.

—No, muchas gracias. Tengo de todo —respondió con una sonrisa.

—Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde estoy —señaló la sala de al lado.

Lo que quedaba de la mañana transcurrió sin mucho ajetreo.

Cada uno estaba inmerso en sus tareas. El teléfono de Inés no paraba de sonar, Mireya y Nieves estaban constantemente tecleando con las máquinas de escribir; debían adelantar muchos contratos.

Lina terminó con la garganta seca de tanto hablar.

Cuando todos estaban recogiendo para poder irse a comer, José entró en la oficina.

—¿Está Inés? —preguntó a Nieves cuando se cruzó con ella en el pasillo.

—Sí, está en su despacho —respondió antes de salir por la puerta.

José echó un vistazo a la secretaría. Estaba deseando tener un momento con Mireya. Vio cómo Lina y ella mantenían una conversación.

Prefirió dejarlo para otro momento.

—¿Se puede? —preguntó José, dando un par de golpecitos en la puerta.

Inés tapó el auricular del teléfono.

—¡Pasa! —alzó un poco la voz.

Según entró José, ella levantó un dedo para que le diese un minuto. Él esperó paciente.

—Lo sé, soy consciente. Necesito esos documentos.

Se han extraviado y me gustaría poder hacer una copia.

—No tenía cara de estar contenta con la llamada—.

Correcto. Del periodo de tiempo que le he mencionado anteriormente.

—Guardó silencio—. ¿No? ¿Cómo que no puede ayudarme?

—Su cara pasó a ser de indignación—. Esto no quedará aquí.

Ya hablaré con quien tenga que hablar. Buenos días. —Colgó con ímpetu.

José estuvo muy tentado de irse del despacho y esperar a que estuviese más tranquila.

—Perdona. No entiendo por qué la gente no hace su trabajo —se quejó.

—¿De qué se trata? ¿Te puedo ayudar? —preguntó, sentándose enfrente de ella.

—Nada, déjalo. Es un fuego que apagaré más adelante —respiró hondo, cerró su agenda y se centró en él—. Llevas aquí dos días y apenas hemos hablado. ¿Qué tal todo? ¿El hotel es cómodo?

—No te preocupes, todo está muy bien —respondió con una sonrisa.

—¿La obra? ¿Ha sucedido algo? —se alarmó un poco al imaginar los motivos por los que había venido a visitarla.

—No, tranquila. En la obra todo va estupendamente, ya sabes que vamos adelantados. Esos hombres trabajan a destajo. Han tirado el muro que da a la tienda en una mañana —le explicó muy sorprendido.

Inés sonrió satisfecha. Buenas noticias.

—Entonces… ¿necesitas algo? —preguntó, no se le ocurrían más posibilidades.

—He hablado con Alejandra esta mañana. Le he comentado que la redistribución nueva del almacén proporciona más espacio, podemos traer más productos, hemos decidido aumentar el pedido...

Inés iba asintiendo a cada cosa que le decía, pero no sabía adónde quería llegar.

—Al grano, José —le apremió—. Es hora de comer y me gustaría tener algo de tiempo para ello. —Se dio cuenta de lo cortante que había sido y le dedicó una sonrisa para suavizarlo.

—Sí, perdona. Creo… creemos que sería bueno que me quedase un par de días más, hasta que el almacén entre en dinámica. —Esperó con cierto temor por si le daba una negativa.

Inés sopesó los pros y los contras de ese cambio.

—Si no son demasiados días, no tengo problema. El encargado de almacén que he preseleccionado tiene mucha experiencia, viene muy bien recomendado. Creo que no hará falta que te quedes más de un día o dos.

Inés no tenía nada en contra de él. Desde siempre habían tenido muy buena sintonía.

—Sé que ese hombre está muy cualificado, pero entiende que me quedaré más tranquilo. —Sabía que estaba prácticamente convencida.

—En ese caso, me parece bien —aceptó.

—Perfecto. —Se levantó y se dirigió a la puerta cuando Inés lo interrumpió.

—La primera entrevista es a las cinco. Las he separado en dos grupos. —Inés le enseñó una de las carpetas—. Tú quédate con los encargados y los segundos encargados. Yo me ocupo del resto de trabajadores.

—Así lo haré. —Se golpeó la mano con la carpeta, la levantó a modo de despedida.

A Inés le extrañó la rapidez con la que se fue. Sonó el teléfono de nuevo. José, al salir, se cruzó con Lina, que volvía a la sala de reuniones.

—Mireya… ¿qué tal? —preguntó José, nervioso.

Mireya llevaba toda la mañana dándole vueltas. Desde que Antonio había escuchado su conversación con Nieves, no estaba tranquila. Los consejos eran buenos, pero necesitaba espacio para aclararse.

—Bueno, mucho trabajo —respondió desde el otro lado de la mesa. Cuanta más distancia, mejor.

—Creo que ha sido una mañana muy ajetreada para todos… —Se colocó la chaqueta antes de lanzar la pregunta que llevaba deseando hacerle desde que había llegado a la oficina—. ¿Te apetece que comamos juntos?

Mireya dudó. Le apetecía mucho, pero algo dentro le pedía un poco de tranquilidad.

—Tengo que terminar estos contratos. —Lina pasó por detrás de José—. Además, voy a comer con Lina —dijo, muy nerviosa por inventarse esa excusa sobre la marcha.

La sonrisa de José se borró.

—Bueno, pues… yo voy al bar del otro día. Si os queréis pasar… estaré allí.

En cuanto José se marchó, Mireya se sentó, algo más tranquila en la silla. Esta situación no le gustaba nada. Tenía un nudo en el estómago que no desaparecía.

—¿Vamos a comer juntas? —preguntó Lina desde la puerta de la secretaría.

—Bueno… —No sabía qué decir, pero su cara lo decía todo.

—Mireya… ¿necesitas hablar? —Se acercó para que nadie las escuchase.

Las lágrimas volvieron a asomarse en los ojos de Mireya. Menuda mañana.

—A veces… si compartes las penas, se convierten en medias penas. Sabes que yo no voy a contar nada. — Lina intentó tranquilizarla.

Mireya sopesó si decírselo o no. Era algo muy personal, que no solo la implicaba a ella. Lina, al ver cómo dudaba, se aventuró:

—¿Estás así por… José o Antonio? —No estaba segura de haber hecho bien entrometiéndose de esa manera, pero su amiga necesitaba desahogarse y mostrándole que lo sabía era la mejor forma de que se abriese.

Mireya la miró sorprendida. Parecía que sus amores eran conocidos por todos. Luego cayó en la cuenta de que se trataba de Lina. En la cantina habían coincidido muchas veces, es más, algún día las chicas de la tienda la habían invitado a bailar. Si se lo había contado a Nieves, por qué no a ella.

Le contó todo: desde los primeros acercamientos en Ciudad Real hasta la noche anterior.

También le habló de Antonio y de lo bonito que había sido todo desde el primer momento.

Lina escuchó con atención. En ningún momento se atrevió a juzgar.

Estar entre dos personas no era nada fácil; ella tenía un poco de experiencia en eso.

—Vale, pues no le has mentido. Tú y yo vamos a comer juntas —dijo con una gran sonrisa—. Me voy un momento al bar, pido algo para comer y tú, mientras, terminas esos contratos. ¿Te parece?

Lina pudo notar cómo su amiga estaba más animada.

—Vale. Los contratos ya están terminados. Prepararé la cocina para que comamos allí. —Mireya estaba mucho más aliviada.

Lina, antes de salir de la oficina, se pasó por el despacho de Inés.

Golpeó la puerta. Inés supuso quién era.

Se levantó, abrió la puerta y, al comprobar que sus sospechas eran ciertas, la agarró del brazo y la metió en el despacho.

Comprobó que nadie hubiese visto ese arrebato y cerró la puerta.

No dijo nada. Apoyó a Lina de nuevo contra la puerta y la besó con pasión.

—Es muy difícil trabajar sabiendo que estás tan cerca y no puedo ir a verte —se quejó apoyando su frente en la de ella.

Esas palabras hicieron que las mariposas de su estómago alzaran el vuelo. Solo pudo responder con otro beso igual de intenso.

—Lo siento, pero no voy a poder comer contigo. Esta mañana solo he atendido el teléfono, me queda repasar todas las entrevistas de esta tarde —dijo agobiada.