Heridas abiertas #2
Mireya se quedó petrificada. La mirada de Antonio se le quedó grabada durante unos segundos en la mente. Entonces, comprendió el daño que le había hecho. Nieves fue a recoger las carpetas del suelo.
—Déjalo, ya lo hago yo. Tómate el café —dijo levantándose más rápido. Su voz tembló a cada palabra.
Nieves comprendió la situación. En ese momento se apenó por su compañera. No era plato de buen gusto estar en una situación como esa. Su primer impulso fue ir a consolarla. En el fondo sabía que era mejor dejarla sola unos minutos.
Casi en el mismo edificio.
—Este fin de semana tendremos a la cuadrilla trabajando. El jefazo me ha dicho que el lunes debemos estar en otra obra. Algo de unos hoteles —explicó el capataz.
—Así me gusta. Buenas noticias por la mañana. —José le estrechó la mano con gratitud.
—No lo olvide. Alguien debe venir el fin de semana, hay que abrirles la puerta. Yo no puedo —le recordó.
—No se preocupe por eso. Alguien habrá. —Le dio una palmadita en el hombro.
Vio que habían instalado un teléfono donde estaría la parte de administración.
—¿Tiene línea? —preguntó al aire. Nadie le escuchó.
Levantó el auricular y lo comprobó por él mismo. Marcó un teléfono y esperó.
—¡Buenos días! Soy José, ¿me podría poner en contacto con Alejandra? —dijo muy tajante.
—Un momento, por favor —le dijo la nueva secretaria.
—Alejandra al teléfono. ¿Quién es?
—Buenos días, soy José.
—Qué bueno escucharte. ¿Qué tal van las cosas por allí?
—Muy bien. La obra, sorprendentemente, va a terminar antes de lo esperado. Posiblemente empiecen con la tienda esta misma tarde. En el almacén está todo hecho, solo queda secar la pintura de alguna zona y poco más —explicó muy contento.
—Me alegra escuchar esas noticias. Os felicito.
—Te llamaba por si querías enviar una partida de género para que lleguen el lunes. Me puedo quedar un par de días más hasta que esté todo organizado —se ofreció.
Su mente se fue directamente a Mireya. Después de lo que pasó anoche, estar unos días más con ella era un sueño.
—Por mi parte no hay problema. Francisco me está ayudando mucho, estoy muy contenta con su trabajo. Creo que él se puede hacer cargo de todo esto unos días más. Háblalo con Inés; si ella está conforme, por mí no hay problema.
José sintió el impulso de dar saltos de alegría. Pero contuvo las formas, el almacén estaba lleno de obreros.
—Muy bien, hablaré con Inés esta tarde. Muchas gracias, Alejandra.
—Nada. Gracias a ti. Tener que viajar a Barcelona lejos de tu mujer no debe ser plato de buen gusto para nadie. Te dejo, que han venido a buscarme del taller —se despidió sin dar tiempo a más.
Toda la alegría que había sentido cuando le concedió más días en Barcelona se cayó de golpe al recordar a su mujer. Sin pensarlo, empezó a dar vueltas a la alianza.
«Paloma, no sé si esto me está ayudando o distrayéndome más. En teoría tenía que cerrar las cosas y las estoy abriendo. Estoy dando alas a aquello que me costó tanto guardar» pensó José.
Tomó la decisión de dejar esos pensamientos para más tarde. Ahora no era el momento.
Unos muros más allá.
—He hablado con doña Inés. La tienda va a permanecer cerrada hasta el lunes.
Tenemos algunas tareas que hacer hasta entonces.
—Ana Belén sacó una hoja de su carpeta—.
Hay que llamar a las clientas invitadas a la preapertura.
—Le entregó la hoja a Lina—. He cambiado algunos nombres.
A los que están marcados ya les he llamado yo personalmente.
Son clientas que llevan muchos años viniendo a comprar y se merecen ese respeto —explicó con cierto aire de superioridad—.
Sofía, tú vendrás conmigo. Tengo una lista de cosas que debemos comprar.
Ya he llamado a algunas de las tiendas para que tengan el pedido preparado y podamos ir más rápido.
Si no nos da tiempo a todo, tendrás que ir tú sola a recogerlo.
¿Alguna pregunta? —En verdad, pretendía cerrar la conversación.
—Yo tengo una. ¿Puedo hacer las llamadas desde la oficina?—preguntó Lina.
Ana Belén la miró como si acabase de hacer la pregunta más estúpida del mundo. ¿Para qué necesitaba ir a la oficina si tenían un despacho aquí mismo?
Lina pudo anticipar sus comentarios.
—No me gustaría molestar a las clientas con gritos, ruidos y que tengan que repetir las cosas —aclaró.
Según iba hablando, pudo ver cómo Ana Belén cambiaba el gesto. No se había parado a pensar en eso.
—Se lo iba a proponer ahora mismo, señorita Escudero —improvisó—. Seguro que en la oficina le pueden hacer un hueco. —Así dio por zanjado el tema.
Cerraron la tienda y cada una emprendió su camino. Lina estaba muy contenta, podía trabajar cerca de Inés.
Mientras tanto, en la oficina, una de las secretarias ya estaba menos alterada.
—¿Quieres hablar? —Nieves le había preparado una tila en vez del café.
Mireya se fue a la sala de reuniones. Le parecía un lugar más discreto para hablar.
—Te tengo que contar las cosas desde el principio para que las entiendas.
En Ciudad Real, José y yo nos enamoramos.
Tuvimos un breve romance, pero él es un hombre casado.
No pudo ser. Yo lo he pasado muy mal tratando de olvidarle.
—Secó sus lágrimas—. Antonio es un chico estupendo.
Nos estamos conociendo. Hace unos días… nos besamos.
—Una pequeña sonrisa apareció en su rostro al recordar el momento.
—Bueno… eso está bien, ¿no? Es una prueba de que le estás olvidando —se temía que su aportación no fuese de gran ayuda. Es que Antonio le gustaba mucho para ella.
—Sí, debería estar bien, pero anoche… —se sonó la nariz antes de continuar— fue de ensueño. Cenamos junto al mar, paseamos, hablamos, nos besamos… —Las lágrimas volvierona brotar.
Nieves la consoló con un abrazo, le frotaba la espalda como se le hace a un niño que no puede controlar su llanto.
—Aunque no lo creas, entiendo lo que estás pasando. Decidir entre dos amores no es algo que solo os pase a los jóvenes. Eso lleva siendo así desde que Dios nos creó. —Deshizo el abrazo al ver que su compañera estaba mejor.
Mireya le dedicó una sonrisa. Por un momento, se imaginó a Nieves rompiendo corazones, con varios pretendientes detrás suya por el pueblo y dejando que los hombres bebiesen los vientos por ella.
—Estás en un momento muy difícil. Haces daño a las personas que te importan, a pesar de intentar lo contrario.
Además, te sientes culpable por ello. Si aceptas un consejo —buscó los ojos de Mireya—, no lo hagas.
Tienes derecho a aclarar tu corazón de la forma que te sea necesaria, le pese a quien le pese.
Eso sí, la verdad siempre por delante. —Levantó un dedo a modo de advertencia—.
No olvides que aquí la importante eres tú.
Si tomas decisiones pensando en lo que ellos quieren, te vas a arrepentir en un futuro.
A veces… en esta vida hay que ser un poco egoísta.
Mireya la escuchó atenta. Sus palabras la reconfortaron, pero no le ayudaron a decidirse. Con tanta confesión, no se dieron cuenta de que Lina estaba en la oficina. Al no ver a nadie en la secretaría, decidió ir directamente al despacho de Inés.
—Señora de la Corte, ¿se puede? —preguntó Lina, intentando imitar la voz de Nieves desde el otro lado de la puerta.
Inés, extrañada al no reconocer la voz, se levantó para abrir ella misma la puerta. Cuando vio a Lina al otro lado, no pudo contener la alegría.
—Pasa, pasa. —Cerró rápidamente la puerta a su paso.
Lina puso la mano en la puerta para asegurarse de que estaba bien cerrada, y besó a Inés. Hacía poco más de una hora que se habían despedido en la calle, pero ya la añoraba. Disfrutaron el beso. Fue tierno, suave.
—¿Ana Belén te ha enviado aquí para que hagas llamadas? —preguntó Inés mientras le ofrecía asiento.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó algo descolocada.
—Le encomendé dos tareas. Conociendo toda vuestra historia, te-nía claro que no iba a recorrer medio Barcelona de recados contigo —le dedicó una sonrisa de satisfacción.
—Qué lista eres, ¿no? Pues casi. Ella me ordenaba hacer llamadas en la tienda, pero la idea de venir aquí fue mía. Pensé que, al estar más cerca, en cualquier descanso me podía escapar para verte. Más cerca, más fácil—explicó antes de recoger otro beso.
—Tú sí que eres lista —dijo después de besarla.
—¿Quieres un café o algo? Me he tomado uno en casa, pero me tomaría otro solo por estar cinco minutos contigo. —Inés puso la mano en el pomo para salir.
—Bueno, un té sí me apetece —dijo mientras la seguía.
De camino a la cocina escucharon a las secretarias hablar en la sala de reuniones.
Inés no le dio importancia. Más tarde les comentaría qué hacía Lina en la oficina.
En la cocina, Inés se alegró al ver la cafetera con suficiente café para ella.
Le encantaba que Nieves siempre estuviese pendiente de esas cosas.
Preparó el té de Lina y rebuscó entre los armarios.
—¿Qué buscas? —preguntó al verla abrir todos los armarios.
—Sé que Nieves esconde las pastas buenas en alguna parte —dijo antes de que se le iluminase la cara al encontrarlas.
Antes de poner la caja sobre la mesa, se llevó una a la boca, de manera que quedase la mitad dentro y la mitad fuera.
«Te comería esa galleta de un bocado» pensó Lina.
Inés debió de escuchar sus pensamientos, porque señaló la galleta de su boca y, con dificultades para vocalizar:
—¿Quieres?
Lina no pudo evitar sonreír de oreja a oreja. Inés a veces tenía unas ocurrencias que le encantaban. Se sentaron una enfrente de la otra.
—Ahora ya, hablando en serio. Esta tarde no sé a qué hora voy a terminar. José y yo tenemos que seleccionar a todo el personal para el almacén. Ya tenemos la preselección hecha, pero nos queda hacer muchas entrevistas —le explicó, agobiada al verbalizar todo el trabajo que tenían por delante.
Lina se lo pudo imaginar y se cansó solo de pensarlo.
—¿Te puedo ayudaren algo? —se ofreció.