Juntas en Barcelona Heridas abiertas
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Heridas abiertas

La jornada laboral se había terminado. La tarde en la obra se le había hecho interminable.

Los ruidos, el polvo y la lucha constante con los obreros para que molestasen lo menos posible habían provocado a José un dolor de cabeza monumental.

Sentado en el taxi de camino al hotel, se permitió el lujo de relajarse.

Su mente viajó directamente a la comida con Mireya.

No pudo evitar sonreír. La había engañado un poco para salirse con la suya, pero había merecido la pena. Yesa noche, un poco más.

Llegó pronto a su habitación. Podía echarse un sueño reparador de treinta minutos.

No terminaba de encontrar la corbata adecuada. Quería estar elegante, pero no demasiado. Tampoco quería que pareciese que venía del trabajo.

—Sin corbata —se dijo a sí mismo cuando no le convencía ninguna—. A lo moderno.

Ya estaba listo. Llamó a un taxi en la puerta del hotel y fue a casa de Mireya.

Al verla salir del portal, José se dio prisa en bajar del coche para abrirle la puerta.

Ese gesto tan caballeroso le gustó tanto que no pudo evitar regalarle un beso en la mejilla.

José hizo lo posible por mantenerse impasible, pero cuando cerró la puerta, una sonrisa de niño pequeño se dibujó en su rostro.

El taxista ya tenía la dirección. En el trayecto hablaron de cómo les había ido el día.

Al llegar, Mireya pudo comprobar que era un restaurante muy elegante. Una vez dentro, echó un vistazo mientras esperaban a ser atendidos. Las mujeres de esa sala llevaban vestidos de gala, con joyas grandes y brillantes. Mireya se sintió un poco acomplejada. Ese sitio era de mucho postín.

José se acercó al jefe de sala. El bigote le hacía parecer mayor de lo que era.

—Buenas noches, teníamos mesa reservada.

—¿A nombre de quién? —preguntó sin levantar la vista del cuaderno que tenía delante.

—Martínez, José Martínez. —Intentó controlarse para que no se notasen sus nervios. El joven levantó la vista de su atril. Al ver a José, puso cara de fastidio.

—Caballero, es obligatorio llevar corbata. —Hizo un gesto con la cabeza para que mirase al salón y pudiese comprobar que eran normas de la casa.

—No lo sabía. ¿No puede hacer una excepción? —hablaba bajo para que su acompañante no descubriese su metedura de pata.

El recepcionista, sin cambiar la cara, miró a su acompañante; se pudo intuir un leve atisbo de aprobación en ella.

—Lo lamento, caballero, son las normas —le respondió con aires de victoria.

Esa actitud, esa manera de infravalorarle le llevó al extremo de su nerviosismo. Por un momento, le recordó a la impotencia que solía sentir cuando estaba delante de Julián. Todo su cuerpo empezó a tensarse, apretó la mandíbula, estaba haciendo grandes esfuerzos por controlarse.

Mireya estuvo rápida. Le detuvo antes de que pudiese montar una escena.

—José, ¿podemos irnos de aquí? No me siento cómoda—le susurró. Escucharla le hizo cambiar completamente la energía de su cuerpo y por consiguiente, la expresión de su rostro.

—¡No se preocupe! —dijo José con el semblante muy serio—. Ya no tenemos hambre. —Le dedicó una sonrisa al recepcionista que lo dejó desconcertado.

Cogió a Mireya de la mano y se marcharon del restaurante. Una vez fuera, comenzaron a reírse. Mireya intentaba mantener las formas, pero le resultaba imposible. La cara del recepcionista al verlos, la de ellos mismos al entrar al restaurante… Estaba claro que eran incompatibles.

—Menudo sitio has elegido. —Mireya seguía riéndose al recordar la cara de loco que había puesto.

—Solo buscaba un sitio elegante donde llevarte. No imaginé que fuese así de....

—¿De estirados? —preguntó riendo más alto.

Por escucharla reír, había merecido la pena la vergüenza que acababa de pasar.

Sin tener claro qué rumbo tomar, empezaron a caminar calle abajo. La conversación fluyó. Cuando se dieron cuenta, podían escuchar las olas del mar.

—José, hemos llegado a la playa —dijo Mireya, sorprendida, acelerando el paso hasta el paseo marítimo.

Encontraron un pequeño bar abierto. No era tan elegante como donde tenían planeado cenar, pero al menos sabrían qué cubierto utilizar.

—Creo que vamos muy elegantes para este sitio —bromeó José.

—Suerte que no te has traído la corbata —le siguió la broma.

Se sentaron en una mesita apartada desde donde se podía ver toda la playa. La luz de una vela en medio de la mesa convertía ese espacio en un lugar muy romántico.

La cena fue muy agradable para los dos. José estaba siendo encantador. Mireya estaba disfrutando muchísimo. En el pasado, su amor por él había nacido en las oficinas de la fábrica. Nunca habían quedado fuera de la Colonia. Eso era lo que estaban haciendo: tener su primera cita.

Después de los postres, decidieron dar un paseo por la playa. La brisa del mar refrescaba la noche. José le prestó su chaqueta. Los dos caminaron por la orilla, dejando que las olas más atrevidas les mojasen los pies descalzos.

Llegaron a un punto donde las rocas no dejaban avanzar más allá.

En lugar de darse la vuelta, Mireya se sentó en la arena.

José se sentó su lado. Se miraron a los ojos y las palabras dejaron de tener sentido.

Ese amor del pasado fue avivado esa noche.

Ambos se fundieron en un beso cuyos testigos solo fueron las olas del mar.

Al día siguiente…

La mañana en la oficina transcurrió tranquila.

—¿Tenéis todo listo para mañana? —preguntó Inés con una preocupación comedida.

—Sí, doña Inés. Los pedidos están hechos, les he dado instrucciones a todo el mundo. Confío plenamente en todas y cada una de ellas. No notarán nuestra ausencia —prometió Candela.

—Me dejas más tranquila, la verdad. Nos vemos mañana por la tarde en el hotel. Lamento no poder recogeros yo misma, pero... —Inés escuchó unos golpes en la puerta— tengo mucho trabajo. Si surge algún contratiempo, no dudes en llamarme. Que tengas un buen día, Candela.

Nieves esperó paciente al otro lado de la puerta, antes de llamar por segunda vez.

—Adelante, Nieves —alzó la voz para que se la escuchase desde el otro lado sin tener que levantarse.

—Doña Inés, ¿tiene cinco minutos? Quería contarle una cosa... —señaló su carpeta.

—Cierre la puerta y cuénteme —ordenó dejando a un lado lo que tenía delante.

—Ya he terminado de revisar todos los informes, balances y contratos de esa época en concreto —comenzó, a la vez que le entregaba una carpeta con información.

Inés la abrió sin dejar de prestar atención a las palabras de su secretaria.

—Faltan documentos. Hay contratos que recuerdo haber redactado, pero ya no están. Al igual que hay ciertas fechas en las que no hay ningún albarán. Cosa que me extraña muchísimo, porque no solemos tener periodos tan largos sin ventas —aclaró.

—¿Cree que alguien ha podido robarlos? —preguntó echando un leve vistazo a la carpeta. Tenía tanta confianza en ella que no era necesario revisarla.

—Robarlos o sustraerlos para cubrirse las espaldas —insinuó.

—¿No hay una copia o algún registro donde podamos verificarlo?

Nieves levantó los hombros a modo de respuesta. Se hizo el silencio entre las dos.

—Lo único que se me ocurre es una cosa, pero no sé si será útil —se aventuró a decir.

—Ahora mismo, cualquier idea es bienvenida. Estamos en un punto muerto. No quiero alertar a los abogados por sospechas sin pruebas.

—Se me ocurre que contacte usted con el registro en Francia. Tenemos la lista de tiendas a las que se les ha vendido productos. Lo mismo ellos sí tienen una copia de los contratos y los albaranes —propuso.

—Creo que es una gran idea. ¿Sabe dónde podemos llamar o a quién hay que escribir para hacernos con esas copias? —Abrió su agenda , dispuesta a apuntar los nombres.

—La verdad, de ese tema no tengo mucha idea. Si quiere, puedo llamar a nuestro contacto en Francia. Quizás me pueda decir cómo proceder.

Inés se sintió aliviada ante la aportación de su secretaria. Desde luego, era una caja de sorpresas, de las gratas. No estaba acostumbrada a eso y se alegró enormemente.

—Adelante. Probemos—accedió—. Llame y cuénteme.

Nieves sonrió satisfecha, se levantó y, cuando fue a abrir la puerta para marcharse, escuchó:

—Nieves, usted se merece un monumento.

El comentario le hizo mucha gracia. Cada día estaba más contenta con el cambio que había dado su trabajo de la noche a la mañana. Hasta su marido le decía que estaba más alegre, más jovial.

Con la sensación de bienestar, llegó hasta la secretaría. Mireya también parecía estar pletórica aquella mañana. Vestía una sonrisa muy grande, pero por otros motivos.

—Mireya, nos tomamos un café y me cuentas el por qué —le propuso Nieves mientras apuntaba algo en su cuaderno de cosas por hacer.

—¿El por qué… de qué? —preguntó, incapaz de saber a qué se refería su compañera.

—Anda, vamos a la cocina. —Salió de allí sin darle explicaciones.

Mireya se adelantó a preparar las tazas, el azúcar y sacar las galletas del lugar secreto.

—Bueno… me lo cuentas—le apremió Nieves.

—¿Qué quieres que te cuente? —Solo había pasado una cosa que mereciese ser contada. Pero no esperaba que ella lo supiese. Por eso intentó disimular, pero por la cara de Nieves, no lo estaba logrando.

—A ver… ya son muchos años y no me chupo el dedo. El de Ciudad Real te tiene loquita. ¿Ya te invitó a una cita?

—Anoche cené con José. Fue muy divertido. Me quiso llevar a un restaurante muy elegante, de postín. Pero no pudimos ni sentarnos. —Se rio solo de recordarlo—. Terminamos en un restaurante del paseo marítimo. Muy romántico —suspiró—. Paseamos por la playa y nos be…

El sonido de carpetas contra el suelo cortó la narración de la historia.

Asustada, se dio la vuelta y encontró a Antonio delante de un montón de papeles en el suelo. Su cara estaba algo desencajada. Sus ojos mostraban decepción, ira y tristeza. Sin emitir sonido, se marchó de la oficina.