Juntas en Barcelona El​ pasado presente #4
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El​ pasado presente #4

Inés abrió la boca para replicar. No podía utilizar ese tono porque provocaba una reacción en ella imposible de controlar.

No dijo nada, se limitó a impedir que abriese la puerta.

La apoyó contra ella y echó el pestillo.

Se situó justo delante; estaban a escasos centímetros la una de la otra. La miró a los ojos.

—Como sigas llamándome así, vamos a tener un problema —le advirtió Inés con el tono más sensual que pudo emitir, rozando su nariz con la de ella.

Lina estaba disfrutando con toda esa situación. Le encantaba que tomase el control de vez en cuando.

—¿Cuál, jefa? —lo volvió a hacer.

Inés la besó con intensidad, sin preámbulos, sin avisos. Introdujo su lengua en la boca de Lina, acarició su cuello y bajó hasta sus pechos. Sintió cómo la respiración de ella se aceleraba.

Detuvo el beso en seco. Miró los ojos confusos y excitados de Lina.

—¿Entiendes ahora el problema? —A Inés se le escapó una sonrisa pícara. La tenía totalmente entregada, pero no era el momento—. Lo que siente tu cuerpo ahora. Es lo mismo que me provocas cada vez que dices «jefa» de esa manera.

Inés abrió el pestillo y se hizo a un lado para que Linas saliese. Estaba satisfecha.

Lina sufrió de su propia medicina. Tenía que reconocerlo: había ganado este asalto.

Contuvo su deseo y se limitó a caminar hasta la sala de reuniones, como si no le importase. Aunque en verdad le habría gustado llevarla a la mesa del despacho y hacerla suya allí mismo.

Cuando entraron en la sala de reuniones, escucharon cómo la puerta principal se cerraba. Lina sonrió y se preguntó qué había pasado en la secretaría durante tanto tiempo. Aceptar o declinar una invitación no era una conversación muy larga.

Una vez en el bar…

José echó un rápido vistazo a la sala. Buscó una mesa que estuviese un poco apartada. En uno de los laterales había dos mesas unidas. Era demasiado espacio para los dos, pero así justificaba poder estar tan apartados.

—Vamos a aquella. Podremos poner los papeles a un lado y comer en el otro —propuso invitándola a avanzar.

Mireya no dijo nada. Estaba nerviosa. Anoche se había quedado hasta tarde dando vueltas en la cama. No esperaba que José reaccionase de esa manera y, por supuesto, ella se había equivocado al pensar que lo tenía superado. Su mera presencia le aceleraba el pulso.

Antes de dormir, decidió que se dejaría llevar por la situación. Para aclarar sus sentimientos debía ser sincera y no quedarse con nada dentro.

José, como todo un caballero, le movió la silla para que se sentase. Él, en lugar de tomar el asiento que había justo enfrente de ella, se sentó a su lado. A Mireya le sorprendió, pero debía reconocer que tener tantas atenciones por su parte le agradaba.

Durante la comida conversaron: José le contó cosas del proyecto nuevo, de los cambios que habían hecho, lo contento que estaba de que le hubiesen dado esta oportunidad.

Mireya, en cambio, le habló sobre su compañera Nieves, lo mucho que estaba aprendiendo, lo difíciles que eran los comerciales de esta zona…

Estaban tan entretenidos que perdieron la noción del tiempo. Los clientes que estaban para comer fueron cambiándose por los que iban a por su café de media tarde.

Espe llegó con la cuenta en la mano.

—Siento interrumpirles, pero debo cerrar la caja de las comidas. ¿Les importa si les voy cobrando? —Les dejó la cuenta sobre la mesa.

Mireya miró su reloj. Hacía más de treinta minutos que debía estar en la oficina. No le gustaba llegar tarde, y mucho menos hoy, que doña Inés tenía tanto trabajo.

—Debemos irnos —le apremió Mireya.

—Se nos ha hecho muy tarde, la verdad —añadió él mientras dejaba el dinero sobre la barra para que se fuesen cobrando.

Mireya ya estaba en la puerta esperándole. Nada más salir, empezó a caminar muy deprisa.

—¿Dónde vas, mujer? —le preguntó al ver que era imposible seguir su paso.

Mireya le miró, señalándole el reloj.

—Ya vamos tarde. Cinco minutos más o cinco minutos menos no van a cambiar ese hecho. Además, no te preocupes. Le diré a Inés que estabas conmigo en la obra. —Le puso la mano en el hombro al acompañar esa última frase.

Había pasado una comida muy agradable y no le apetecía terminar con malas sensaciones.

José caminó muy cerca de Mireya. Cada pocos pasos soltaba alguna broma, para escuchar su risa, aprovechaba y chocaba levemente su hombro con el de ella. Era un contacto efímero, pero necesario.

En la calle del edificio de la oficina, José fue a despedirse.

—Bueno, aunque suba contigo, mejor nos despedimos aquí, ¿no? —Se sentía nervioso y solo quería alargar el momento de estar juntos.

—Sí, mejor. No quiero que nadie de la oficina piense cosas que no son. —Ella tampoco podía moverse del sitio, porque también estaba disfrutando del momento.

—¿Te apetece que cenemos esta noche? Me lo he pasado tan bien en la comida… —Después de la negativa de anoche, imaginaba que recibiría otro rechazo—. Además, no me has terminado de contar lo de tu tío, el músico. Me interesa mucho.

Mireya sonrió. La excusa era muy mala, pero valoraba la intención.

—Vale. Me apetece cenar esta noche. Pero quedamos pronto por-que no quiero llegar muy tarde a casa. Mañana habrá mucho jaleo en la oficina —aceptó porque algo dentro de ella se moría por besarle.

José estaba tan contento que no podía borrar la sonrisa de la cara. Miró fijamente sus ojos. Le habría encantado rodearla con sus brazos y besarla allí mismo.

Sin poder contenerse, se acercó a ella un poco más. Vio cómo Mireya estaba tranquila, se podría decir que deseaba lo mismo que él o eso le pareció. Se acercó un poco más. Estaba atento a cualquier señal que le diese permiso para lanzarse. Pero no llegó, en lugar de eso:

—¿Vamos? —preguntó Mireya mientras abría la puerta de forja. Al salir del ascensor se encontraron a Inés.

—José, iba ahora mismo a buscarte al local. Quiero comprobar una cosa en la tienda, ven conmigo —le ordenó Inés.

Cuando fue a entrar al ascensor se percató de que Mireya estaba allí.

—Usted… ¿llega tarde? —le preguntó con un tono autoritario.

Mireya no supo qué contestar. Por suerte, como él había prometido, salió en su defensa.

—No. No llega tarde, le he pedido que viniese a la obra. Teníamos que calcular cuántos productos más puede entrar con la nueva disposición que vamos a implantar —explicó dejando sitio para que Mireya saliese del ascensor.

A Inés le pareció una excusa muy pobre. En ese momento recordó la conversación con Lina sobre ellos. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar su sonrisa y seguir manteniendo su cara seria. Más tarde hablaría con ella para darle la razón.

—En ese caso, no se demore más. Quiero la lista de candidatos para el almacén antes de que termine el día. Sé que Nieves estaba con eso, pero pregúntele si necesita ayuda. Hay que llamarlos y citarlos para mañana.

Inés y José entraron en la tienda. Saludaron a las dependientas y antes de poder mantener una conversación con ellas, Inés se dio cuenta de lo incómodo que era la estancia en la tienda. Los ruidos eran estridentes y no ayudaban a ninguna venta.

—José, ¿puedes ir y decirles a los obreros que hagan menos ruido? Así no se puede trabajar.

—Voy ahora mismo.

Inés se apoyó en el mostrador.

—¿Llevan mucho rato así? —preguntó a Ana Belén.

—Cuando llegamos para abrir la tienda a mediodía ya estaban los ruidos. Esta mañana han sido más esporádicos y no se escuchaban tanto. Pero ahora…—un ruido muy fuerte hizo callar a la encargada porque no se le iba a escuchar— es constante.

—Ya veo. —Fue directa al almacén para escuchar cómo serían los ruidos desde allí.

A su vuelta tenía tomada una decisión.

—A no ser que José nos asegure que los ruidos cesarán, me veo obligada a cerrar la tienda al público. Sé que trabajar en estas condiciones no es plato de buen gusto para nadie. Pero vamos a adelantar todo el trabajo posible.

Sofía y Lina estaban haciendo esfuerzos por escuchar a Inés.

—Salgamos fuera—ordenó la jefa.

Una vez en la calle, la situación era mucho más tranquila.

—Quiero que cierren la tienda. Si alguna clienta pregunta, le decís que es por las obras. Mientras, quiero que empaquetéis todo lo que hay en el almacén. Sé que puede ocasionaros algo de dolor de cabeza, pero en cuanto terminéis os podréis ir a casa.

—¿También las prendas de la tienda? —preguntó Ana Belén.

—No. Eso se puede hacer mañana. Si la situación continúa así, me parece que hasta la semana que viene no vamos a poder abrir. —A Inés no le gustaba nada la decisión que estaba tomando, pero las clientas no se merecían un trato tan nefasto.

—Muy bien, doña Inés —dijo Lina abriendo la puerta para volver al trabajo.

—Un momento, Lina, quédese. Quiero comentarle un asunto. —Contuvo la sonrisa que luchaba por salir.

La dependienta y la encargada entraron a la tienda dejándolas solas.

—Dime —le dijo Lina, que no pudo evitar mirarle los labios.

A Inés le encantaba cuando se le escapaban los ojos delatando lo que deseaba.

—¿Recuerdas lo que hemos hablado sobre José y…? —preguntó divertida.

—Mireya. Sí —contestó emocionada al saber que había noticias nuevas.

—Creo que tienes razón. Han llegado los dos tarde de comer y José… me ha puesto una excusa muy mala. —Se llevó el dedo a los labios como si le mandase callar.

Lina se rio tranquilamente. Inés no pudo evitar contagiarse de esa risa tan alegre.

—Me voy a ver a José. Haced lo que os he dicho y rápido. No quiero que estéis demasiado tiempo con todos esos ruidos.

—Vale, no te preocupes. Inés, ¿quieres que pongamos un cartel a mano con el motivo por el que cerramos? —preguntó antes de abrir la puerta.

—Sí, por favor. Pero con buena letra. Hazlo con la tuya. —Inés le guiñó un ojo.

Lina no respondió, solo se llevó los dedos a la boca. Inés le devolvió el gesto.

Por un momento cesaron los ruidos. Lina supuso que sería justo el momento en que José hablaba con el capataz de la obra. Debían aprovechar cualquier descanso para avanzar lo máximo posible. De lo contrario, terminarían con la cabeza a punto de explotar.

—Nos van a faltar cajas —apuntó Ana Belén—. Voy un momento a la zapatería de la otra calle para ver si nos dan algunas.

—Doña Ana Belén. —Lina la detuvo antes de que saliese del almacén—. ¿Le importa poner esto en la puerta para que los clientes sepan el motivo por el que estamos cerrados? —Le acercó el papel que acababa de escribir.

Ana Belén lo leyó; la caligrafía era excelente. No respondió, se limitó a asentir.

—Bueno, ahora que se ha ido. Tú me tienes que contar muchas cosas, ¿no? —dijo Lina mientras traía la escalera para bajar las cajas de los estantes superiores.

—Lina… quiere que seamos novios —anunció Sofía muy contenta.

—¿Ves cómo no debías preocuparte? Si ese chico está coladito por ti. Cuéntame, ¿cómo ha sido? Quiero saberlo todo.

—Me ha llevado a comer a un restaurante del paseo.

Era muy elegante. Ha pedido una botella de vino y cuando hemos ido a brindar, él ha dicho: «Por nosotros, juntos».

Yo he brindado, pero no lo había entendido.

Entonces él se ha empezado a reír y cuando le he pregun-tado, me ha dicho: «Me parece encantador que no te enteres, que si quieres ser mi novia» —imitó la voz de Tomás cada vez que contaba su parte.

Lina escuchaba atenta. Le habría encantado estar allí para ver la cara de pánfila que se le quedó al darse cuenta.

—¿Le dijiste que sí? —preguntó muy contenta.

—No —respondió muy cortante.

—¿Cómo que no? Esta mañana estabas muy preocupada por si él te decía que lo dejabais... lo que sea que tuvieseis. ¿Ahora eres tú quien no quiere estar con él?

Sofía se quedó callada aguantando el chaparrón.

Lina sabía que ese silencio no era una buena señal.

—¿Qué pasa? —preguntó con un tono mucho más amable.

—No podemos ser novios si no sé los motivos que le han llevado a todas estas idas y venidas.

No quiero que estemos juntos unas semanas y luego volver a pasarlo mal —le tembló la voz pero supo controlar-se—.

Las relaciones se basan en la confianza y la sinceridad.

No puedo empezar nada con él si esa parte de su pasado es un secreto —explicó con una madurez impropia en ella.

—Tienes toda la razón, perdona por haberme puesto así —se disculpó—. No esperaba esa reacción por tu parte y, más, viendo lo preocupada que estabas esta mañana.

—Sigo preocupada. Pero quiero hacer las cosas bien. —No tenía claro si lo decía para darle una explicación a Lina o para convencerse de que había hecho lo correcto.

Se pusieron a trabajar. Los ruidos volvieron, solo que eran más soportables. En un par de horas ya tenían todo empaquetado. La verdad es que les había cundido mucho la tarde. Cerraron y se despidieron en la puerta.

—¿Te apetece que nos tomemos algo? —le propuso Lina a Sofía, en cuanto la encargada estuvo lo suficientemente lejos como para que no pudiese escucharlas.

—Vale, pero que no sea en el bar. No me apetece ver a Tomás.

—Perfecto. Vamos donde tú quieras.

—Ven, te voy a llevar a una panadería que hacen unos bollos riquísimos. —Estaba entusiasmada con su elección.

Sofía guio a Lina por callejuelas hasta una casa que resultó ser una pequeña panadería familiar escondida, con un patio acogedor lleno de plantas y olor a pan recién hecho.

Allí, mientras disfrutaban de bollería casera y café, el tema principal era las dudas del corazón de Sofía.

Esta confesó su decisión de alejarse de Tomás temporalmente. Mejor coger distancia que sufrir más.

Lina intentó hacerla reflexionar, recordándole que él había elegido estar con ella a pesar de su pasado y que, a veces, el corazón debía guiar las decisiones.

Con esas palabras, Sofía pareció encontrar claridad. Entre confidencias y risas, Lina descubrió que aquel lugar no era una cafetería, sino la casa de la tía de Sofía, abierta solo a personas cercanas para compartir su repostería artesanal.

Ese simple gesto hizo que Lina pudiese comprobar que eran realmente amigas.