El pasado presente #3
Espe no podía contener la risa. Menudas ocurrencias estaba escuchando.
—¿Me das alguna pista? —preguntó poniendo sus manos sobre las de ella.
A Espe se le pasó una idea por la cabeza, pero no era el momento ni el lugar.
No quería montar un escándalo en su bar.
Le habría encantado darle un beso en la mejilla, concretamente cerca de la comisura de los labios.
Se tuvo que contentar con acercarse a su oído y soplarle lentamente. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—Espe —dijo en un suspiro al darse cuenta de lo que ese gesto le había provocado. Excitación.
—Lo sabías desde el principio, ¿no? —preguntó soltándola y apoyándose en la barra.
—Claro, hueles a croquetas —bromeó para olvidar lo que le acababa de ocurrir.
Espe le golpeó con el trapo que llevaba metido en el delantal. Después rodeó la barra.
—¿Vienes a comer? —preguntó mientras se situaba delante de ella con la barra de por medio.
—Vengo a pedirte un favor —dijo apoyándose en la barra mirándola con sus ojos más tiernos.
Espe la miró de arriba abajo. No podía imaginar el favor, pero si se lo pedía así de cerca, le iba a resultar muy difícil negarse.
—Me apetece comer en la playa. ¿Tú podrías prepararme algo que no fuesen bocadillos? —preguntó muy amable y con una gran sonrisa.
En ese momento Espe se dio cuenta de con quién iba a comer en la playa. Retrocedió lentamente, fue inconsciente.
Su reacción provocó una descarga eléctrica en Lina. Quizás no había sido buena idea darle tanta información.
—Sí, claro, te preparo lo que quieras… ¿Croquetas? ¿Empanada de Castilla? ¿Una tortilla? —Espe pudo notar, por el rostro de Lina, que se había dado cuenta de su desilusión.
—¿Tienes empanada de Castilla? —preguntó muy sorprendida—. Era el plato que siempre hacía mi madre cuando salíamos de excursión —explicó alegre y con cierta añoranza.
Espe sonrió. Le encantaba que le contase cosas de su vida. Algo tan pequeño como eso le hizo recuperar la confianza.
—No sé cómo será la de tu madre, pero la mía está deliciosa. —Fue acercándose a ella poco a poco según hablaba—. No lo digo yo, lo dicen los clientes.
—Anda, anda… no será para tanto —bromeó.
Espe la miró sorprendida por su desconfianza.
—¡Don Eduardo! —gritó desde la barra a un hombre que estaba sentado solo en una de las mesas—. ¿Cómo está mi empanada de Castilla?
El hombre, al escuchar su nombre, apartó la vista del periódico. Giró ligeramente la cabeza para escuchar la pregunta; el derecho debía de ser su oído bueno.
—Está buenísima. La mejor que he probado… y mira que viajo mucho. —Sonrió al recordarla—. Esperanza, eso ya lo sabes. ¡Cómo te gustan los halagos! —Se rio para sí mismo y volvió a su lectura.
—¿Ves? —dijo con cierto aire de superioridad divertida.
—Cuando la pruebe podré opinar. Por ahora, todos son palabras —la retó.
Espe apoyó los codos en la barra y se acercó a ella. Lina se estaba acostumbrando a esa maniobra. Al principio le incomodaba, ahora ya… le gustaba.
—Te vas a llevar un buen trozo para las dos.
—Espe hizo hincapié en la última parte de la frase para que viese que no le importaba—.
Si está tan rica como dice Eduardo, el viernes vienes a mi fiesta.
Y… si no está tan buena… —Espe se quedó pensando qué podía ofrecer-le— me enseñas la receta de tu madre y, a partir de ese momento, se llamará: La empanada de Castilla de Adela.
—Hizo un gesto con sus manos acompañando la frase, como si anunciase el nombre de una película en un cartel.
Espe sonrió al escuchar su propuesta. La idea de dejarle entrar en su cocina no le terminaba de gustar, pero que viniese a la fiesta lo compensaba, con creces. Extendió su mano para cerrar el trato.
—Hecho. Espero que seas una mujer de palabra—dijo mientras le acariciaba la mano con el pulgar.
Lina miró la mano de Espe. Ese detalle le encantaba. Era una constante. Por un momento, se sintió como cuando usaba el lenguaje secreto con Inés.
—Siempre cumplo mi palabra —fue una aclaración que escondía una promesa.
Espe sonrió y le dedicó un guiño antes de irse a la cocina a preparar las cosas.
Con su pedido en la mano, Lina fue a salir del bar, pero la voz de Espe la detuvo.
—Ya me contarás, y no olvides nuestro trato —gritó desde la barra.
—Te veo muy segura—bromeó.
—Siempre —respondió Espe antes de sacar el trapo y ponerse a limpiar la barra.
Ese juego tan infantil le hizo salir del bar con una sonrisa.
En el ascensor, el olor de la comida le daba más hambre todavía. Echó un vistazo al interior de la bolsa de tela. Para su sorpresa, vio un recipiente de metal pequeño. Si el trozo de empanada estaba envuelto… ¿qué era lo otro?
Antes de llamar a la puerta de la oficina, la curiosidad le pudo. Lo abrió y vio unas croquetas de cocido. Lina no pudo contener la risa. Cogió una y se la llevó a la boca. Le rugían las tripas. Lina extendió el dedo para tocar el timbre, pero en ese momento la puerta se abrió.
Nieves salía justo para irse a comer.
—¡Buenas tardes, Nieves! ¿Qué tal va todo? —preguntó haciendo esfuerzos para disimular su boca llena.
—¡Buenas tardes! Todo muy bien, ¿y tú? —preguntó mientras sujetaba la puerta para que entrase en la oficina.
—No me puedo quejar. Vengo a traerle la comida a doña Inés. —Levantó la bolsa de tela para corroborarlo.
—Asegúrate de que coma. Lleva toda la mañana trabajando, no ha parado ni para tomarse un café —le ordenó muy amablemente, antes de entrar en el ascensor.
—Lo haré, no te preocupes—dijo antes de que se marchase.
Lina iba de camino al despacho cuando una música llamó su atención. Venía de la secretaría. Era música clásica tocada por un violonchelo. Fue a ver quién era el responsable de que la melodía llenase toda la oficina.
—¡Mireya! ¡Qué alegría verte! —saludó Lina muy contenta, abriendo los brazos.
Mireya se levantó rápidamente para abrazarla.
—Doña Inés no me dijo que estabas aquí. ¿Qué tal? ¿Cómo te va? —preguntó apoyándose en su escritorio para escucharla.
—Pues muy bien. Cambiar de ciudad y todo ha sido un poco duro, pero bueno… venir a trabajar con doña Inés lo ha hecho mucho más fácil. ¿Y tú qué? Cuéntame —preguntó muy interesada.
—¡Buenos días! —la voz de José cortó la conversación—. ¡Perdón! Os he interrumpido. Me espero a que terminéis de hablar —dijo dando un paso atrás para salir de su vista.
—Hombre, José. Ya has llegado. Doña Inés me dijo que vendrías para ayudar en el almacén —comentó Lina, haciéndose a un lado para incluirle en la conversación.
—Eso es, espero ser de gran ayuda. —Intentó mirar solo a Lina cuando habló—. ¿Esa música? —preguntó señalando el gramófono que estaba en la esquina de la habitación.
—Si os molesta, lo quito —dijo Mireya mientras se dirigía al aparato para apagarlo—. A mi tío le encanta Pau Casals y me he traído este disco de casa de mi abuela. Me ayuda a concentrarme —explicó un poco avergonzada por haberles molestado.
—Por mí no te preocupes —le cortó Lina rápidamente—. A mí no me molesta, es más, me parece muy bonito. —Le sonrió José.
El silencio gobernó en la habitación. Mireya se acababa de arrepentir de haber apagado el gramófono.
José lo rompió iniciando la conversación con ella:
—Sé que ya es tarde, pero me gustaría hablar contigo sobre unos cuantos cambios. Con la nueva distribución hay más espacio y eso afecta a la cantidad de producto —le explicó a Mireya.
—Ya es la hora de comer —puntualizó.
—Cierto. —José miró su reloj—. Si conoces algún sitio por aquí cerca, nos vamos a comer y lo vamos comentando. Por supuesto, te invito por las molestias. —Estaba tan absorto en la mirada de Mireya que se olvidó de que Lina seguía allí.
Al ver la situación, Lina prefirió marcharse y dejarlos solos.
—Me voy a lo que venía —dijo Lina antes de salir. Cerró la puerta a sus espaldas.
No se creía lo que acababa de ver. Una risa nerviosa le nació cuando pensó en contárselo a Inés. Divertida, llamó a la puerta.
—¿Se puede? —preguntó con una sonrisa mientras asomaba la cabeza por la puerta.
—Tú, siempre —respondió Inés mientras se levantaba para ir a su encuentro—. ¿La oficina ya está vacía? —preguntó porque se moría por besarla.
—Casi —respondió antes de darle un beso rápido en los labios—. Están José y Mireya en la secretaría. No te lo vas a creer. José la ha invitado a comer.
—¿José? —preguntó Inés, muy extrañada.
Lina asintió. Estaba encantada de tener un cotilleo que contar.
—¿Seguro? Si de siempre es un tacaño. —Con un gesto la invitó a sentarse.
—Sí, sí. Yo creo que tienen algo, porque él apenas me ha mirado desde que ha entrado. Solo le hablaba a ella y… de verdad, Inés, tenía un brillo especial en los ojos —explicó muy contenta.
—Bueno… no empieces con los rumores, que luego las habladurías traen problemas —la sermoneó de una manera muy dulce.
—Vale —aceptó a regañadientes—. Había pensado ir a la playa a comer. He traído una empanada de Castilla y croquetas.
—¿A la playa? —preguntó sorprendida—. No sé si tendré tiempo —dijo, mirando la cantidad de papeles que había sobre su mesa.
Lina se quedó callada. Todo el tema de la obra, el proyecto, la ampliación… le ocasionaba mucho trabajo. Habría preferido desconectar en la playa con ella, pero… mejor comer juntas en el despacho que nada.
Inés vio su cara. Reconoció sus pensamientos.
—Lo siento mucho —se disculpó poniendo su mano sobre la de ella—. Sabes que con todo esto tengo… —Inés no pudo terminarla frase porque Lina la interrumpió:
—Mucho trabajo. Lo entiendo —se resignó.
Le cogió de las manos y se levantó para que ella hiciese lo mismo.
—Coge la bolsa —le ordenó a Inés—. Vamos a comer en la sala de descanso. Si me quedo aquí, estaré mirando los papeles todo el rato y no voy a desconectar.
Lina besó a Inés y la miró directamente a los ojos.
—De acuerdo, jefa —jugó con la manera de decir esa última palabra. Exactamente igual que esa misma mañana.