Juntas en Barcelona El​ pasado presente
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El​ pasado presente

Caminaron en silencio hasta la casa de Mireya. Durante el trayecto no habían sido capaces de hablar sobre lo sucedido.

Mireya estaba nerviosa. El beso, aunque deseado, había sido una auténtica sorpresa. Se lo había imaginado de diferente manera. Antonio estaba parado sin saber qué decir. Miraba nervioso de un lado a otro. Se temía lo peor por haber sido tan atrevido.

— ¿Vas a hacer algo esta tarde? —preguntó Antonio con cierto miedo, pero a la vez deseoso de poder pasar más tiempo con ella.

El primer impulso de Mireya fue darle una respuesta negativa, pero justo antes de abrir la boca, recordó que debía ir a la estación para ver a José.

Inés le había asignado la tarea en el último momento.

Quería que él tuviese los planos actualizados, se los estudiase esa mis-ma noche.

Además, por un descuido, nadie le había dicho dónde se iba a hospedar.

— Sí, tengo que… —Mireya dudó si contárselo o no. Su historia con José implicaba dar muchas explicaciones.

Antonio, al ver que no terminaba la frase, levantó sus cejas a modo de pregunta y buscó sus ojos para saber qué sucedía.

—Te voy a ser sincera — frase que sorprendió a su acompañante —. Tengo que ir a la estación a entregarle unos documentos a José, le han mandado de Ciudad Real. Viene esta misma tarde. —Respiró tranquila. Ya estaba dicho.

— ¿Y para decirme eso tienes que ser sincera? — preguntó total-mente descolocado, no entendía dónde radicaba el problema, ni por qué eran necesarias las explicaciones.

Mireya se dio cuenta del malentendido. Antonio era ajeno a todo su pasado con José.

— A ver… es que quizás deberías saber una cosa — su temor era evidente.

— Soy todo oídos. De ti quiero saber cualquier cosa —la animó con una sonrisa.

Mireya tenía un debate interno. No quería que se enfadase, pero tenía derecho a saberlo. Después del beso, estaba claro que tenía un interés romántico por ella.

— José y yo… tuvimos… vamos, que… — No era capaz de terminar una frase.

— ¿Estáis juntos? — preguntó mirando al suelo. La sonrisa se borró de un plumazo.

— No. No estamos juntos — respondió rápidamente.

— Entonces, si te pones así de nerviosa es porque lo habéis estado o queréis estar — dedujo antes de levantar la mirada del suelo para dirigirla directamente a sus ojos. Quería comprobar si estaba en lo cierto.

Mireya, al verlos, se le congeló el alma. Estaba realmente preocupado. Intentaba que no lo notase. Si no hubiese sido porque ya le empezaba a conocer lo suficiente, la habría podido engañar. Suspiró. Se armó de valor y continuó:

— Tuvimos un romance, fue algo pasajero.

Ninguno lo buscó, pero… nos lo encontramos de frente.

—Antonio apartó la mirada de ella, le estaban doliendo sus palabras.

Mireya le puso la mano en la mejilla, exactamente como había hecho unas cuantas calles antes.

Ese simple acto le reconfortó—. Pero se terminó.

Los dos decidimos que no podía ser. —Deseaba que le mirase de nuevo —.

Los dos — repitió con la esperanza de convencerlo.

Sutilmente levantó su rostro sin dejar de acariciarle.

Quería ver sus ojos. Ellos le estaban dando más información que el propio Antonio.

— Entiendo. Pero por el momento no quiero saber más. Solo quiero que tengas en cuenta una cosa muy importante —controló su voz para que pareciese totalmente normal.

— ¿Qué? —preguntó intentando adivinarla, pero no le venía nada a la cabeza.

— Esta. —Le puso su mano en la cintura y la besó de nuevo.

No le salían las palabras. En ese momento no sabía qué decir.

Por eso, lo mejor que podía hacer era demostrar sus sentimientos con hechos, con acciones.

Con un beso. Intentó mostrarle, transmitirle todo lo que pudo en ese beso.

Decirle que le gustaba de verdad, que desde el primer momento algo se movió dentro de él sin vuelta atrás.

El beso terminó, Mireya tardó un par de segundos en abrir los ojos. Había entendido perfectamente el mensaje. Ahora debía volver a la realidad.

— Mañana… ¿nos vemos en la oficina?—preguntó Antonio algo más contento. Una corazonada le decía que había conseguido su propósito.

Mireya le dedicó una leve sonrisa y con su mirada le dio un sí rotundo.

José llegó a su destino. A esas horas la estación estaba prácticamente vacía.

Se dejó guiar por los carteles hasta llegar a la salida.

Cuando vio a Mireya caminando de un lado a otro, se le aceleró el corazón.

Durante todo el trayecto había fantaseado un poco con la idea de cómo sería verla de nuevo, qué sentiría en ese momento, qué le diría…

La conversación que tuvo con Paloma estaba muy presente.

No tenía permiso, pero debía solucionar las cosas pendientes.

Como si de una señal se tratase, Mireya se detuvo y buscó en dirección a la puerta de salida.

Allí estaba él, con la maleta en la mano, su traje arrugado y la corbata deshecha.

No podía negar que algo se movió en su interior.

Pero lo justificó pensando que solo se alegraba por ver a un amigo.

José caminó rápido hacia ella. Cuando estuvieron a menos de dos pasos el uno del otro, se miraron y solo pudieron sonreír.

José dejó la maleta en el suelo y la abrazó.

Las palabras quedaron para más tarde, solo necesitaba comprobar que era de verdad, que volvía a estar en su presencia.

Mireya no lo esperaba. Al principio se sintió incómoda.

No podía olvidar lo mal que lo había pasado este tiempo atrás intentando olvidarle.

Pero cuando percibió su aroma, sintió el calor de su cuerpo rodeándola…

todo el dolor se esfumó, las lágrimas se olvidaron y solo recordaba los buenos momentos.

Sin ser consciente le devolvió el abrazo.

José fue aflojando la presión de sus brazos poco a poco, como si su cuerpo se resistiese a soltarla.

La miró a los ojos. Por un momento el tiempo y el espacio habían desaparecido.

Sus rostros estaban muy cerca. El deseo de volver a probar esos labios se hizo muy poderoso en él.

No estaba convencido de si sería capaz de reprimirlo por más tiempo.

Le miró los labios. Solo necesitaba una pequeña señal para lanzarse.

Mireya conocía esa mirada, sabía perfectamente lo que pasaba por su cabeza.

Era muy tentador reencontrarse con un beso, su cuerpo lo pedía a gritos.

Pero no era lo correcto. Por eso, ladeó levemente la cabeza esperando que se rompiese el momento.

—Perdona, Mireya, no he podido evitarlo —se disculpó nervioso.

—No… no pasa nada.

Se hizo el silencio entre ambos. Ninguno sabía cómo debía comportarse ahora.

Todo lo que estaba pasando iba en contra de la última conversación que mantuvieron.

Las emociones estaban a flor de piel. Los sentimientos contradictorios les hacían cambiar de opinión a cada segundo.

Cada uno con sus motivos, pero una cosa estaba clara: el fuego del pasado… no se había extinguido.

—Te he traído estos documentos. —Mireya rompió el momento. Le entregó la carpeta.

—¿Qué son? —preguntó sin querer apartar la vista de ella.

—Los planos actualizados del almacén. Te he destacado los cambios más significativos. Doña Inés quiere que los mires esta noche para que mañana no te pille nada de imprevisto —explicó.

Retrocedió un paso, necesitaba distancia. Tan cerca aún podía olerle y eso le ponía muy nerviosa.

—Muchísimas gracias. No tenías que haberte molestado.

—No es molestia, doña Inés me pidió que le hiciese el favor.

—Bueno, también lo podrías haber dejado en el hotel. Así no ten-drías que haberte quedado hasta tan tarde esperándome —le propuso.

Pensó que si había ido hasta la estación era porque le apetecía verle.

—Por cierto —Mireya interrumpió sus pensamientos al verle una sonrisa victoriosa—, al final de la carpeta tienes la dirección del hotel y la reserva.

Doña Inés quería dejarte todo preparado por si llegabas muy cansado.

—Vio en él cómo una chispa se apagaba. La esperanza que se había dibujado en su mente un segundo atrás, se desvaneció al darse cuenta de que, nadie le había dicho el nombre del hotel.

La presencia de ella en esa estación era necesaria, no una elección.

—¿Has cenado? Yo me muero de hambre —preguntó para no ter-minar el encuentro.

—Sí, he comido algo antes de venir. Si no necesitas nada más, me voy a ir. El camino en autobús es largo.

—No. No. En autobús no te vas a ir. Es muy tarde. Compartiremos un taxi.

Estaba tan decidido que no dio opciones a réplica.

Fue directo a la parada de taxis. Una vez montados en uno y con el rumb o fijado, José quería hacerle mil preguntas, pero no se atrevía.

Los dos se miraban de reojo cuando el otro no se daba cuenta.

Era casi como un juego infantil de pillar in fraganti, al contrario.

—¿Qué tal por Barcelona? ¿Te has instalado bien? —preguntó intentando mantener la normalidad.

—La verdad es que todo muy bien. La gente aquí es muy agradable. Él estaba muy nervioso. Tener a Mireya cerca le hacía recordar aquellos momentos en las cocheras, las risas, las confidencias… todas las escapadas.

Llegaron a la casa de Mireya. El taxi se detuvo justo en la puerta. José se bajó el primero y rodeó el coche para abrirle la puerta.

—Nos vemos en la oficina mañana, ¿no? —preguntó José nervioso.

—Claro —respondió con una sonrisa.

—Eh… mmm… Mireya… No sé cómo decirte esto, pero… llevo todo el viaje sintiéndome como un adolescente. —Se rascó la cabeza, casi como un tic nervioso—. Había pensado que tal vez mañana… si te parece bien… podamos… —No pudo terminarla frase porque ella le cortó.

—Mañana es otro día. Ha sido un reencuentro un tanto abrumador para los dos. Creo que lo mejor será descansar —lo dijo de una forma tan fría que ella misma se arrepintió al instante.