Juntas en Barcelona ¿Amigas? #4
50%

¿Amigas? #4

Paloma miró los ojos de su marido. Este era un momento crucial en su relación.

Mireya había sido un obstáculo que a día de hoy no estaban superando.

Además de todo eso, tenía una noticia que darle.

Llevaba días deseando decírselo, pero prefirió guardar el secreto hasta después de su viaje a Barcelona.

Si José la elegía de nuevo, tenía que ser porque la amaba, no porque estuviese en estado de buena esperanza.

Paloma se quitó las lágrimas del rostro antes de hablar.

—Quiero que seas totalmente sincero. No sé hasta qué punto te enamoraste de ella. Desconozco las dudas que te aparecerán cuando la veas. Pero cuando vuelvas quiero que me lo cuentes todo. Me duela o no —dijo con un nudo en la garganta.

—Te lo prometo.

—Con esto no te estoy dando permiso, que te quede claro. —Le-vantó un dedo a modo de advertencia—. Solo quiero que este tema termine. No quiero sufrir más por esa mujer. —Le miró con el semblante más serio que José había visto jamás.

Asintió como un niño arrepentido. Una lágrima cayó directa al edredón.

—Te juro, mi amor, que volveré sin ningún ápice de duda —se le cortó la voz al intentar controlar el llanto—, gracias por entenderlo.

Se dieron un abrazo.

No muy lejos de allí, en la Colonia.

—Hilos de la Corte. Dígame—Candela contestó mirando su reloj, ya era hora de cerrar.

—Menos mal que te pillo, Candela. —Inés sonrió de alegría—.

Ya está todo organizado. Viajaréis el jueves por la mañana.

Está previsto que lleguéis por la tarde.

Un chófer os recogerá y os llevará al hotel más cercano.

Al día siguiente él mismo os traerá a la oficina—Inés iba repasando el itinerario según lo contaba.

—Perfecto, doña Inés.

—El viernes quiero que des una formación sencilla a las dependientas. Sobre todo quiero que te centres en las funciones de una encargada, en las normas del almacén y en todo lo referente al trato a las clientas —le pidió.

—Perdone que le contradiga, doña Inés. Lina sabe perfectamente todo eso —el desconcierto se mostró en su voz. Era mucho trabajo para tan poco tiempo.

—Lo sé, pero Lina no es la única empleada de la tienda.

En un futuro puede que ascienda. Además, tanto la encargada como la dependienta están un poco verdes.

Lina les ha instruido mucho, pero no quiero añadirle esa responsabilidad.

.. —Hizo una pausa, no sabía hasta dónde le habría contado Lina sobre el ambiente en el trabajo.

—Ya... Lina me ha contado que las cosas allí no son como aquí — dijo con sutileza, dando a entender que sabía bastante del tema.

—Precisamente, por eso quiero que las instruyas. Tanto Clara como tú, le enseñéis lo necesario de qué es tener un buen ambiente de trabajo y todo lo que ya te he comentado.

—Cuente conmigo, doña Inés. La verdad es que tengo ganas de conocer a su encargada. —Se podía notar su clara intención de cantarle las cuarenta.

—Candela, no ayudarías a Lina. Esa mujer es vengativa. Pretendo que le enseñes que hay otras maneras de trabajar y, sobre todo, de sacar más partido de tus dependientas. Creo que si se lo dices tú, hará más efecto que si se lo digo yo o Lina —su tono fue cambiando a uno más amable.

—Entiendo. No se preocupe. Lo haré lo mejor que pueda —prometió.

—Muchas gracias, sabía que lo entenderías —le dedicó una voz muy dulce antes de cambiar radicalmente el registro—.

Bueno, por lo demás, venid preparadas para trabajar.

El sábado y el domingo habrá que organizar toda la tienda.

Con suerte, el lunes haremos una preapertura para las clientas más selectas y el martes abriremos para todo el público.

Ya sabes cómo va. —La confianza en ella era plena.

—Sí, sí. No hace falta que me diga más.

—Puedes poner al día a Clara —le pidió—. ¡Ah! Por poco se me olvida. Traed el bañador. Si el tiempo lo permite, el sábado o el domingo por la mañana, en función de las obras, tendréis tiempo para ir a la playa. —Sonrió solo de imaginarse a las tres corriendo por la arena.

—Claro que sí, In... doña Inés —se corrigió, el lapsus venía por la alegría de saber que el sueño de Clara se cumpliría.

—¿Te puedo pedir un favor más? —preguntó con mucha amabilidad.

—Por supuesto, lo que necesite.

—No le comentes nada a Lina. Le diré que vendréis el viernes por la mañana para ayudar en la apertura.

De esa manera, el jueves la llevaré al hotel donde os hospedáis para darle una sorpresa.

—Inés estaba algo nerviosa. No le gustaba hacer partícipe de su relación a personas ajenas.

Pero la ocasión lo requería. Candela esbozó una gran sonrisa. Le gustaba muchísimo la idea.

—Mis labios estarán sellados. Por nosotras no se preocupe. —Aun-que Inés no pudiese verlo, Candela hizo el gesto de cerrar una cremallera imaginaria sus labios.

—Muchas gracias, Candela, sabía que podía contar con vosotras —le agradeció más tranquila.

—Gracias a usted, doña Inés, por organizarlo todo y darnos esta oportunidad.

—Que pases buena noche —le deseó y colgó el teléfono.

A Candela le faltó tiempo para ir corriendo al almacén y contarle todo a Clara. Las dos montaron un espectáculo dando pequeños saltos de alegría y abrazándose.

—Candela, voy a ver el mar —dijo Clara, que aún no se lo creía.

—Lo sé. Es maravilloso. Vamos a cerrar la tienda y te voy contando todo lo que me ha dicho doña Inés que tenemos que hacer —dijo muy emocionada.

—Sí, Candela, a mí me lo explicas todo muy clarito, que yo solo he cogido el tren cuando era niña. Lo mismo me pierdes por el camino. —Se rio solo de imaginarse a Candela detrás de ella por los andenes del tren.

—¡Anda, tonta! No voy a permitir que a ti o a ese niño le pase algo. —Se quedó pensando un momento—. Lo que no sé, es cómo se lo vamos a contar a nuestros maridos. —Se llevó una mano a la cabeza.

—Pues, Candela, los llevamos a la cantina. Un par de vinos y se lo contamos juntas. Pablo tranquilizará a Francisco. —Ella lo veía fácil, tenía el plan perfecto.

—Ya, pero me lo conozco. Con lo cromañón que es, me la va a montar. —Se imaginó la escena en su cabeza—. Pero vamos, que este no se sale con la suya. Yo me voy a Barcelona a ver a mi amiga como que me llamo Candela Ramos —sentenció antes de cerrar la puerta que daba al exterior.

—Eso. Yo te apoyo en todo —dijo para hacerla sentir más tranquila.

En otra tienda, la de Barcelona, Sofía estaba fregando el suelo y Lina terminando un pedido que recogerían mañana. La campana de la tienda sonó por última vez esa tarde. Doña Inés entró con un rostro muy serio.

—Buenas tardes, Ana Belén. —Le dedicó una mirada fulminante. Después miró el reloj de su mano—. La tienda debería estar cerrada —dijo con su voz de jefa autoritaria.

Inés era plenamente consciente de que solo se habían retrasado un par de minutos.

—Tiene razón, doña Inés. Ya mismo cambio el cartel y cierro la puerta. —Guardó el dinero de la caja en la bolsa y fue directa a la puerta.

—Lina... ¿se ha marchado ya? —Conocía totalmente la respuesta.

—No. Está en el almacén terminando un encargo. Vienen a por él a primera hora de la mañana —explicó cambiando el cartel de la puerta—. Sofía, deja lo que estás haciendo y entra a ayudar a Lina. Ya es hora de marcharse —le ordenó satisfecha porque Sofía acudiese sin rechistar.

—No se preocupe. Su jornada laboral ha terminado. Ya pueden irse las dos. Yo me quedaré y esperaré a Lina, tengo que comentarle un par de cosas. —No dio opciones a debatir sus palabras. Tanto Sofía, como Ana Belén cogieron sus cosas y se marcharon.

—Buenas tardes —se despidió Ana Belén.

—Pase buena tarde, doña Inés —le deseó Sofía.

Inés le dedicó una sonrisa antes de cerrar la puerta con llave.

Sin hacer ruido se dirigió al almacén. Desde la puerta pudo ver cómo Lina colocaba las prendas en una cesta.

No pudo evitar fijarse en sus manos. Tan delicadas, tan expertas y que tanto placer podían provocarle.

Inés se situó detrás de su amada y con una voz firme pero con notas sensuales dijo:

—Señorita Escudero.

Lina dejó en seco lo que estaba haciendo. Inspiró su aroma y sonrió sin darse la vuelta. Estaba deseando saber por dónde iría este juego.

—Cuando hablé con usted por teléfono —acercó su cuerpo al de ella—, quedamos en algo muy concreto, ¿o me equivoco? —preguntó deseosa de que la morena se girase.

Lina cogió aire. Le iba a resultar muy difícil cumplir con lo que le había propuesto, sobre todo cuando Inés le hablaba con esa voz… la excitaba muchísimo. Se giró y, mirándola directamente a los ojos, respondió:

—No se equivoca, doña Inés, tengo muy claro lo que acordamos.

Sus ojos bajaron a sus labios; esta, al ver lo que deseaba, abrió ligeramente la boca.

Lina puso la mano en su cuello y la atrajo hacia ella con un movimiento suave pero directo. Cuando sus bocas estaban a punto de tocarse, se retiró ligeramente. Inés hizo un micro gesto de rabia justo antes de sonreír. Por un momento, pensó que no sería capaz de cumplir lo pactado.

Lina la miró, su mirada era profunda, sincera, cargada de tensión sexual. Después observó sus labios. Abrió ligeramente la boca. Ya ha-bía logrado lo que pretendía. No hizo falta más. Se fundieron en un beso ardiente.

Inés puso su mano en su cintura para atraerla. Quería sentirla más cerca. Habría dado lo que fuese por estar las dos desnudas.

Lina cortó el beso de golpe. Miro a Inés y todo quedó dicho. Estaban solas en el almacén y se tenían demasiadas ganas como para esperar a llegar a casa. Darían rienda suelta a su pasión, a su deseo.

Inés tiró su bolso al suelo para poder subirle la falda. No tenía intención ninguna de dejar de besarla. Llevaba toda la tarde pensando en sus labios, en sus besos. Tenía decidido que iba a disfrutarla todo lo posible.

Lina apartó las cosas de la mesa y se sentó sobre ella. A esa altura, los pechos de Inés estaban muy accesibles. Comenzó a desabrocharle la chaqueta.