¿Amigas? #3
—Hazme caso —dijo abrazándola—. Me voy ya que, como salga la jefa y me vea aquí, me manda trabajar con los obreros. Te voy a traer un café para que te animes un poco. —Acarició la mejilla de su amiga.
De camino al bar, Lina se puso a pensar en la última conversación que tuvo con Espe.
Fue en su casa. Los segundos que pasaron antes de que Tomás gritase por las escaleras pidiéndole a Espe que volviese al bar se hicieron eternos.
Lina se sintió paralizada. No pensaba hacer nada.
Su respiración se detuvo y el retumbar de sus pulsaciones disminuyó sus sentidos.
Solo podía esperar. Esperar a ver qué pasaba.
Cuando Tomás gritó, Espe pudo ver en sus ojos su frustración.
Después, se hizo a un lado invitándola a salir.
Bajaron las escaleras sin hablar más. Desde entonces, la relación era distinta, había distancia, pero a la vez una atracción inusual.
Se sentían cómodas pero nerviosas. Lina tenía claro que si iban a ser amigas debía esforzarse por conseguirlo.
Con esa intención cruzó la puerta del bar.
Espe estaba en su sitio, detrás de la barra.
Conversaba con una chica morena de pelo corto.
Ambas se reían. Lina sintió una punzada en el pecho.
—Hola, Lina. ¿No deberías estar trabajando? —preguntó Espe antes de poner su mano encima de la chica de pelo corto—. Nos vemos el viernes. Me encantará que vengas —se despidió de ella y la chica se fue.
Lina estuvo muy tentada de preguntar. Algo dentro de ella se moría de curiosidad. Pero como amiga, no se podía entrometer, o sí, pero debía ser discreta.
—Lo sé. La encargada me ha pedido una tila —dijo acercando un taburete para sentarse.
—Una tila —repitió mientras se giraba para preparar el vaso.
—También ponme un café para llevar y otro para mí, me lo tomo aquí. —Dejó el bolso encima de la barra.
—Eso está hecho. —Preparó la cafetera y se puso al lado de ella apoyando sus brazos cruzados sobre la barra. Lina, sentada en el taburete, y Espe, apoyada en la barra, hacían que sus miradas estuviesen casi a la misma altura.
—Parece que hoy está todo muy tranquilo —Lina inició la con-versación.
—Sí, a estas horas es lo normal. En un rato empezará a llenarse, cuando la gente salga del trabajo. No todos tienen una encargada que les deja escaparse para tomar un café —bromeó. Quería provocar una reacción y lo l ogró.
—¡Eh, eh! Yo no me he escapado... yo he aprovechado su nervio-sismo para tomarme un café —dijo de manera triunfal.
Espe soltó un par de carcajadas. Le gustaba lo divertida que era.
—Pues nada, ya que estás aprovechando, aprovecha esto... —Espe sacó un trozo de bizcocho de debajo de la barra. A Lina le cambió la cara; la verdad es que algo dulce siempre combinaba bien con el café.
—Pero qué pinta, ¿de qué es? ¿De vainilla?—Tuvo la tentación de morderlo antes de preguntar.
—Correcto. El bizcocho de vainilla es mi favorito. Mi hermana me enseñó la receta —explicó con un aire nostálgico.
Lina recordó las fotos que estaban en su piso. La chica que salía con ella en varias de ellas debía ser su hermana. Lo raro es que nunca la había mencionado. Esta era la primera vez que hacía referencia a ella o a su familia.
—No puedo aceptarlo, si es tu favorito deberías comértelo tú. —Miró el bizcocho, le apetecía mucho, pero no era lo correcto.
—La verdad es que lo tenía guardado para mí, lo he hecho esta mañana y me ha quedado realmente bueno.
Este es el último trozo —confesó acercándose a ella disimuladamente.
Espe la miró directamente a los ojos. Se mantuvieron la mirada solo un momento.
Era como un duelo para ver quién aguantaba más sin apartarla—.
Lo quiero compartir contigo, amiga. —Le acercó el plato mientras buscaba ese contacto visual de nuevo.
Su mirada era tan retadora, estaba expectante a cada reacción.
Esa actitud en Espe, le ponía nerviosa, pero a la vez le agradaba.
Era un juego divertido. Por el momento estaba controlado.
Lina decidió compartir el bizcocho. Miró a su alrededor buscando un cubierto.
Espe estaba tan a gusto tan cerca de ella, que no le apetecía alejarse.
Miró el bizcocho y con sus dedos le dio un pellizco a la punta.
Le dedicó una sonrisa pícara y se lo llevó a la boca.
—Hay confianza, ¿no? —Le guiñó el ojo y sonrió después.
Lina dudó un segundo. Llevó sus dedos al bizcocho y cogió un buen trozo.
—Déjame un poco —dijo Espe apartándole rápidamente el plato. Después lo devolvió.
A Lina le salió una risa desde lo más profundo de su ser. La verdad es que estaba realmente bueno. A Espe se le daba muy bien la repostería.
—Me tienes que dar la receta. Mi sueño es montar una pastelería —confesó Lina.
—Tu sueño me parece muy atrevido por tu parte. Pero no veo a Inés manchándose las manos y levantándose a las seis de la mañana — lo dijo con un tono muy serio, aunque después le dedicó una sonrisa algo forzada.
—Inés hace unos bollos riquísimos—la defendió.
Espe tensó la mandíbula, ella había metido a Inés en la conversación, pero ahora se arrepentía. Respiró profundamente y el gesto de su cara cambió. Pasó de ser distante a super cercana. Lina casi pudo ver la cara de la niña pequeña que vio en la foto del piso.
—¿Más ricos que mi bizcocho? —preguntó apoyándose de nuevo en la barra para estar a un par de palmos de ella.
Lina no quería responder. Los bollos de Inés tenían un valor emocional que los de Espe no podrían superar jamás.
Pero debía reconocer que el bizcocho estaba muy bueno. Necesitaba cambiar de tema.
—Eso me lo guardo para mí. Oye, ¿qué pasa el viernes? —preguntó en tono de broma. Espe la miró, sus ojos lo dijeron todo: celosa.
—Pues... el viernes hago una pequeña reunión de amigas aquí en el bar. —Se acercó a ella al decir la palabra amigas.
—¿Amigas? —preguntó dándole un tono de segundas intenciones.
—Sí, sí. Amigas—el sarcasmo se presentó en la conversación para darle un doble sentido a todo. Después se llevó un trozo de bizcocho a la boca y esperó a que preguntase. Porque estaba segura de que terminaría preguntando.
—¿Qué tipo de amigas? —preguntó divertida, apartando la mano de Espe con un pequeño golpe.
Era su turno de coger bizcocho. Espe se tomó su tiempo, le puso el café delante y le fue preparando el resto de la comanda mientras ella esperaba.
Al terminar volvió a ponerse cerca de ella.
Ahora que le dejaba hacerlo iba aprovecharlo.
—Unas amigas... de gustos parecidos... que te podrías encontrar tranquilamente en un bar. —Se acercó más, miró a ambos lados de la sala y continuó con un tono más bajo—: Que tú y yo conocemos. —Le dedicó una gran sonrisa.
—¿Todas? —preguntó asombrada.
—Prácticamente. Las que tienen otros gustos conocen el secreto de la fiesta. Solo hay una norma. —Se rascó el mentón como si pensase—. Bueno, dos —añadió finalmente. Lina se estaba imaginando la fiesta. Sería estupendo conocer a más gente parecida a ella.
—¿Cuáles son esas normas? —preguntó chupándose el dedo manchado de azúcar.
—La primera: no se puede juzgar. No hay reproches. —Levantó un dedo a modo de advertencia. A Lina le pareció una gran norma. Ojalá en todas partes se tuviese esa regla. Ella podría estar con Inés sin que nadie las señalase.
—¿Y la segunda? —Apartó el plato de Espe para dificultarle que cogiese en su turno.
Espe apoyó sus brazos en la barra, acercó su rostro al de ella. Le encantaba jugar con el límite del espacio personal. Apuraba para ver hasta dónde Lina se sentía incómoda.
Miró fijamente sus ojos.
—Lo que pasa en la fiesta, se queda en la fiesta.
Sonrió, miró sus labios, y vio cómo los ojos de Lina hacían lo mismo.
Después se echó hacia atrás, como si no hubiese pasado nada.
Cuando Lina la tuvo tan cerca se le cortó la respiración.
No esperaba que se acercase tanto en público.
El bar estaba prácticamente vacío, pero aun así.
Era correr riesgos. Lina sonrió. Le dio un sorbo al café sin apartar sus ojos de los de ella.
Esa forma de comportarse tan atrevida, tan segura, tan.
.. sincera, le llamó la atención. Por un lado, le alarmaba el hecho de que pudiesen delatarlas, pero por otro.
.. le encantaría poder comportarse de esa manera tan auténtica.
—Cóbrate. Me estoy demorando más de la cuenta y mi jefa no me va a mandar más recados. —Se terminó el café, sacó un billete para pagar.
Espe le cobró rápidamente y con una gran sonrisa dijo:
—Ve rápido. Me encanta que los recados te lleven aquí. —Se señaló a sí misma. Lina cogió las tazas y se fue del bar con una sonrisa que le duró hasta la tienda.
Mientras tanto, en Ciudad Real.
—Sí, Paloma, tengo que ir. Es mi trabajo —dijo José mientras metía unas camisetas interiores en la maleta.
—Pero... ¿por qué tan rápido? ¿A qué tanta prisa? —preguntó, ya que no entendía el cambio de planes.
—La obra va más adelantada. Inés quiere que coja el tren esta tarde para estar allí a primera hora de la mañana y empezar a preparar el almacén.
Paloma se sentó sobre la cama. Sus manos le cubrieron el rostro.
—¿Qué pasa? —José cerró la maleta.
—Ya lo sabes. No quiero que la veas —su voz expresaba súplica y orden.
José se pasó la mano por el pelo. Debía reconocer que una parte de él estaba deseando verla de nuevo.
Se le aceleraba el corazón solo de saber que la tendría delante nada más llegar a la estación.
Por otro lado, le había costado mucho arreglar las cosas con su mujer.
Todavía no estaban tan bien como antes, pero ya tenían mucho camino recorrido. José se sentó a su lado.