¿Amigas? #2
Mireya se quedó pálida. ¿José? Imaginaba que vendría Julián o cualquier otra persona. No estaba preparada para enfrentarse a él. Mucho menos ahora, su amistad con Antonio estaba convirtiéndose en algo más. No tenía fuerzas para amores del pasado.
Inés pudo ver la preocupación en sus ojos.
—¿Sucede algo? —preguntó algo inquieta.
—No, nada. Pensé que sería Julián quien vendría de Ciudad Real para encargarse de todo —intentó justificar su reacción.
—Julián está muy ocupado. Además José siempre ha llevado esos temas.
A Mireya se le aceleró el corazón. Tal vez José se había ofrecido para poder verse.
Inés alzó la vista y preguntó:
—Dice que... ¿el proyecto va más adelantado?—preguntó al recordar sus palabras.
—Sí, señora. —Se recolocó en su asiento para estar más cerca de ella.
—¿Cuánto más? —preguntó pasando las hojas de su agenda.
—Pues, según me dijo el capataz, en un par de días pueden ter-minar con todo lo del almacén y el viernes, si usted está de acuerdo, empezarán con la tienda.
—¿Este viernes? —preguntó. No se esperaba que fuese todo tan rápido.
Mireya asintió. Comprobó sus notas, por si había algún error, pero no era el caso.
—Si es así, debemos coordinarnos con Ciudad Real.
Quiero que vengan las dependientas para dejar la tienda lista.
Hay que decorar las estanterías, limpiarlo todo y dejarlo presentable de cara al público.
Debemos estar cerradas lo menos posible.
Imagino que el viernes habrá que cerrar.
—Seguía mirando las fechas en el calendario.
—Imagina bien, doña Inés. —Ese era el siguiente punto en su lista.
—En ese caso, llamo ahora mismo a Ciudad Real para que Candela se organice. Las necesito a las dos aquí el viernes. Aprovecharemos el cierre para hace r una jorna da de formación. ¿Usted tiene mucha carga de trabajo? —preguntó elevando la vista.
—No, ahora mismo no. Tengo todo listo para cuando empiecen a traer los productos al almacén. Las tiendas de Francia ya están informadas del cambio. La verdad es que solo tengo que cerrar un par de detalles —explicó muy satisfecha.
—Perfecto —sonrió—, pues tengo una tarea para usted. Ya que las dependientas se van a formar, los comerciales también. ¿Quién es el comercial que mayor número de ventas tiene hasta ahora? —preguntó mientras sacaba una carpeta del cajón para encontrar ella misma la respuesta.
Mireya miró sus notas, a pesar de que sabía perfectamente la respuesta. Ella se encargaba de archivar los contratos. Había un nombre que se repetía más que el resto.
—Antonio —dijo Mireya al ver que la directora tardaba en encontrar las cifras.
Mireya estuvo a punto hablar sin pensar.
«El de los ojos más tiernos que has visto jamás» pero fue capaz de contenerse. En lugar de eso, le dio el apellido.
—Antonio Martos.
Inés hizo un gesto de afirmación.
—Quiero que se reúna con él. Prepare una pequeña charla sobre sus métodos.
Si siendo tan joven está logrando estas cifras —dijo mientras veía la diferencia de contratos con el resto de comerciales—, algo estará haciendo bien.
Si todos aprenden, aumentaremos el número de pedidos.
Ahora que hemos invertido en este proyecto hay que empezar a amortizarlo cuanto antes.
—Cerró la carpeta, ya tenía todo lo que necesitaba.
—Descuide, hablaré con él —dijo con una sonrisa comedida.
—¿Algo más? —preguntó dispuesta a cerrar más temas pendientes.
—Solo una cosa más. Nieves me ha dado esto para usted. Iba a traérselo ella misma, pero se ha retrasado con unos recados. —Le facilitó una carpeta.
—Muchas gracias—dijo cogiéndola.
Mireya se dio la vuelta y se marchó.
Inés echó un vistazo a los documentos. Eran unos contratos con empresas francesas. Sus nombres no le eran familiares. Debería comprobarlo.
Abrió su agenda y buscó un número de teléfono. Esa llamada podría cambiar las cosas.
En la tienda también se estaba haciendo una llamada que podría modificar el rumbo de los acontecimientos.
—Madre, doña Inés no está contenta conmigo —dijo con preocupación Ana Belén.
—Ya te lo dije. Ese hombre... no me gustaba nada. Tú firmaste esos papeles, ¿no?
—Claro, confié en él. —Se dejó caer en su silla antes de que las lágrimas asomasen en sus ojos. Pero no podía permitirse llorar delante de su madre.
—Hija, ¿estás segura de que doña Inés lo sabe? —preguntó con preocupación.
—No, segura no. Los documentos más importantes los tiene Severiano. Creo que destruimos todo lo que nos pudiese incriminar. Pero no lo sé, madre —se llevó una mano a la cabeza—, fui descuidada.
—Ani, te instruí muy bien. No entiendo por qué te has metido en esos asuntos. No sé cómo has podido dejarlo todo en manos de un hombre. Después de lo que nos hizo tu padre, ¿no has aprendido la lección? —preguntó elevando la voz.
—Pero Severiano no es como padre. Él es bueno, tiene detalles conmigo, le importo, se preocupa por mí... —le defendió muy segura.
—Severiano está casado y tú eres la otra. Te ha engatusado para que le hagas el trabajo sucio y llevarse un buen pellizco a tu costa. Yo creo que son exactamente iguales —el enfado era latente en su voz.
—No, madre. Me niego a pensar que son iguales. —Inconscientemente decía que no con la cabeza, tal vez para dar fuerza a sus pala-bras o para convencerse a sí misma.
—Tiempo al tiempo, hija. Te estoy advirtiendo—dijo de manera muy seca.
—¿Qué quiere que haga ahora? —Se llevó la mano a la boca, había elevado la voz más de lo que se le levanta a una madre.
—Adelántate. Ve de frente. Cuéntaselo todo a doña Inés. Hazte con esos documentos y que sea él quien pague el pato —dijo con ira en sus palabras.
Ana Belén intentó ahogar un sollozo, pero no fue posible.
—Mira cómo estás. Hundida. ¿Cuánto tiempo lleva diciéndote que va a dejar a su esposa? —Se hizo el silencio—. Todavía nada. Tú verás, hija. Pero las cosas no pintan bien y mucho menos para ti — sentenció.
Ana Belén se quedó pensando en sus palabras. Algo de razón llevaba. Estaba siendo muy paciente y no había avances en la relación. Por no decir que no le agradaba ni lo más mínimo tener a una de la Corte detrás de ella.
—Los documentos están a buen recaudo. Hablaré con Severiano —dijo firmemente.
—Tú verás, hija. Luego no me vengas con lamentos —dijo muy enfadada y la conversación terminó ahí.
Ana Belén estaba muy nerviosa. Debía terminar el inventario y prever la cantidad de producto necesaria para abastecer la tienda nueva.
Desde que Lina había empezado a trabajar, las ventas se habían disparado. Las clientas ya no se llevaban una prenda. Siempre lograba que comprasen algo más.
Habían tenido que cambiar el cuaderno de las clientas, porque la pequeña libreta que dejó su madre se había quedado sin hojas.
El hecho de que Lina estuviese demasiado preparada para ser solo una dependienta le asustaba. En su defensa, debía reconocer que hacía un trabajo excelente y que nunca había pedido realizar funciones de encargada. Quizás no fuese tan mala como imaginaba.
Ana Belén salió a la tienda.
—Carolina... —esperó a que Lina le hiciese caso— ¿puede ir al bar y traerme una tila? Tanto trabajo me tiene alterada. La quiero con dos azucarillos... por favor —dijo la encargada con un tono que, a pesar de ser firme, mostraba cierto nerviosismo.
—Sí, claro, iré ahora mismo —contestó con la mejor de sus sonrisas forzadas.
Lina sabía que algo sucedía. Inés la tenía al corriente de sus sospechas sobre Severiano y ella. Pero hasta que no tuviese pruebas, no podía hacer nada. Ana Belén volvió a su despacho. Lina entró al almacén para coger su bolso.
—Voy al bar. ¿Quieres algo? —preguntó a su compañera.
—No —contestó Sofía apenada.
—¿Todavía estáis así? ¿No habéis hablado las cosas todavía?—preguntó en un tono de reprimenda.
—Sí, Lina, hemos hablado, pero no ha servido de mucho. Unas veces está distante conmigo y otras parece que todo va estupendamente —dijo mientras sacaba unos tirantes de su caja.
—Entonces no está aclarado. ¿Qué te dijo, si se puede saber? —intentó estar tranquila, pero no le gustaba que hiciesen daño a su amiga.
Nunca había tenido hermanas, quitando a Candela y Clara, que las quería como tales.
Sofía le despertaba ese instinto familiar de protección y confianza.
Le encantaría sermonearle sobre lo importante que es hablar las cosas, decirle que si estaba tan mal, debía solucionarlo cuanto antes.
Pero en ese momento, no era lo que más le convenía. Necesitaba consuelo y comprensión.
—Pues... que tiene miedo de lo que siente por mí. Que nunca antes ha tenido esos sentimientos hacia una mujer como yo —explicó como si hubiese repetido esa frase mil veces en su cabeza.
Lina, al escucharla, levantó una ceja. Tenía razón, según su información, era muy probable que nunca se hubiese enamorado de una mujer, ni como ella o ni como ninguna
—... y que no quiere hacerme daño. Que por el mom ento debemos ser amigos. No quiere que me haga ilusiones. —Empezó a ponerle pucheros.
—Pues… el muchacho no ha podido ser más sincero. Mal que te pese, te lo ha dejado todo bien claro. —Cogió sus manos para darle un poco de consuelo.
—Lo sé, pero tenemos una complicidad como nunca antes, me siento tan bien, tan a gusto, me siento tan... —se le cortó la voz.
—Enamorada —Lina terminó la frase. Cogió aire y continuó—: Amiga, hay veces que entran en juego cosas ajenas al amor. Lo hace todo más difícil, pero no podemos hacer nada, solo hay que ir adaptándonos a la situación. —Le quitó una lágrima que recorría su mejilla.
—Ya, pero me da rabia. No lo entiendo. Si me contase el porqué de todo esto... me ayudaría. —Ya no pudo controlar su llanto.
—¿No te ha dicho nadade su pasado? —preguntó con dulzura. Sofía negó con la cabeza—. Paciencia. Si de verdad lo vuestro es amor, tarde o temprano estaréis juntos. El amor todo lo puede. —Le levantó la cara para que la mirase a los ojos.
—Si tú lo dices. —No pudo mantener el contacto visual.