¿Amigas?
Seis semanas más tarde
—Sí, madre, las obras ya están a punto de terminar. Ha sido muy rápido. Estoy encantada con la empresa Ibáñez. Como dijo Carlos, serían rápidos y eficientes. —Inés guardó una carpeta en su bolso para revisarla en casa.
—Me alegro mucho, hija. ¿Ya has hablado con José para organizar su partida? Sería muy interesante que él estuviese allí para dejarlo todo listo. —Faustina le hizo un gesto a Maribel, la sirvienta, para que dejase el café en la mesa.
—Mañana mismo estará aquí. Le he dicho que coja el tren lo antes posible.
Inés y José eran amigos de siempre. Se llevaban muy bien y trabajar juntos era muy sencillo.
—Bueno, hija, veo que lo tienes todo muy bien atado. —Le dio un sorbo a su café.
—Todo no. No he tenido noticias de Julián. Sinceramente, me preocupa. Cuando no hace ruido, suele ser porque algo trama. —Llevó su mano al puente de la nariz; todo lo referente a Julián siempre la estresaba.
—Ya te dije que no te preocupases por él. Lo tengo vigilado.—Hizo una pausa para valorar si le daba la información actual o no. Finalmente decidió hacerlo—. Entre tú y yo... con su nueva amiga, no pasa mucho por la oficina.
—¿Nueva amiga? —preguntó extrañada.
—Hay muchas cosas que te has perdido, hija. No hace mucho, en una de sus reuniones por Madrid, conoció a una chica de buena familia, hija de un empresario. Sinceramente, esa nueva relación le ha cambiado. Está muy tranquilo y, por consiguiente, todos lo estamos —comentó su madre entre risas.
—No es por dudar, pero... ¿empresario de qué? —preguntó temiéndose lo peor.
Conociendo a su hermano, podía que él hubiese buscado a esa pobre chica para engatusarla con la única intención de acercarse a su padre. Seguro que es un pez gordo, una pieza muy valiosa en su partida maquiavélica de ajedrez, en la que solo gana si vuelve a la dirección de la empresa.
Faustina rio enérgicamente, sabía perfectamente por dónde iban los miedos de su hija.
—No te preocupes. Tienen una empresa de vinos y jamones. Tu hermano, que siempre le ha gustado el buen vino, ahora se está volviendo un auténtico experto. Deberías escucharle hablar de matices, notas, aromas... No le reconocerías —bromeó con orgullo.
Inés no daba crédito a lo que escuchaba. Su hermano se había reformado. Todo parecía apuntar a que, mientras ese romance durase, habría paz y tranquilidad.
—En ese caso, me alegro enormemente. Esperemos que el noviazgo sea lo más duradero posible y que ese estado de tranquilidad se alargue al máximo —suspiro aliviada.
—Todos lo deseamos, hija.
—Hágale pasar, Maribel. —Inés escuchó cómo su madre se dirigía a la sirvienta.
—Veo que tiene una cita, madre, hablamos en otro momento — No quiso molestar a pesar de que tenía muchas preguntas sobre la familia.
—Mantenme informada de todo.
—Descuide, lo haré. Por el momento, tengo todo bajo control. Pase buen día —se despidió mientras leía unos documentos.
—Muchas gracias, hija. Tú también —se despidió cuando le hizo un gesto a su amiga para que entrase en el despacho.
Inés colgó el teléfono con una sonrisa bastante incrédula. La noticia le había quitado un peso de los hombros. Llevaba un par de semanas esperando un ataque de Julián por cualquier frente. Al fin podía dejar de estar alerta en cada momento.
Inés volvió a coger el teléfono. Menudo día de llamadas llevaba. Miró la hora antes de marcar. Sonrió al pensar que esa llamada no era del todo de trabajo.
—Hilos de la Corte, ¿en qué puedo ayudarle?—saludó de manera automática Lina.
—Puedes ayudarme con una cosa muy especial —dijo mirando de reojo la puerta y cambiando su tono de voz a uno muy sensual.
—Dígame, soy toda oídos —ella también bajó la voz.
La encargada estaba en su despacho y Sofía en el almacén. No quería que nadie fuese consciente de su conversación.
—¿Puedes decirme... —se llevó de manera inconsciente su mano al cabello y jugó con un mechón de pelo de la parte trasera— cómo será el primer beso de la tarde?
Lina jugueteaba con el cable del teléfono. Se mordió el labio solo de imaginar ese momento. Cubrió el micrófono del teléfono para poder hablar más bajo todavía. Esa confidencia debía ser escuchada solo por la persona que estaba al otro lado.
—Pues... me acercaré mirando directamente a esos ojos que me vuelven loca.
Llevaré mi mano a tu cuello y te acercaré a mi boca.
Pero no te voy a besar de primeras, esperaré muy cerca de ti un par de segundos, para que tu deseo aumente.
—Se lamió los labios solo de pensarlo—. Cuando vea que tu boca, que todo tu cuerpo, me necesita.
.. te daré el beso más tierno y suave que te he dado en mucho tiempo —terminó diciendo.
Sin querer se balanceaba de un lado a otro, aferrándose al teléfono.
Inés soltó un suspiro al crear la imagen en su cabeza. Le estaban entrando ganas de bajar a la tienda con cualquier pretexto, llevársela al despacho de la encargada y hacer esa fantasía realidad.
El silencio se hizo entre las dos. Lina lo rompió diciendo:
—Sí, señora Inés, doña Ana Belén está aquí mismo. Quiere hablar con usted —intentó disimular de la mejor manera posible.
Ana Belén se puso un poco nerviosa. Después de la conversación que tuvo con Inés hace unas semanas, su relación, aunque solo fuese laboral, se había vuelto tensa.
—Muchas gracias, Lina. Páseme con ella —dijo Inés, volviendo a la realidad mientras se acomodaba en su sillón y recuperaba la compostura.
Lina le dedicó una sonrisa a su encargada y le entregó el teléfono.
—Buenas tardes, doña Inés. ¿En qué puedo ayudarla?—preguntó disimulando su nerviosismo.
—Buenas tardes, Ana Belén —dijo para ganar tiempo.
No esperaba hablar con ella—. Quería ponerle al corriente de cómo va la obra.
Este fin de semana no abriremos la tienda.
Tienen que hacer la ampliación. Me gustaría que se pasase por la tienda esos días para hablar con los operarios.
Quiero que las estanterías y los muebles estén todos en su sitio.
Mireya le facilitó los planos, ¿verdad? —preguntó mientras acercaba su agenda para comprobar las fechas del calendario de obra.
—Sí, doña Inés, me los explicó y está todo muy claro. No se preo-cupe. Puede contar conmigo para esa tarea —lo dijo con la mejor de las intenciones.
—Muchas gracias. Ya le comenté que no iba a permitir más ausencias —dijo muy seria.
—Descuide. Será un placer venir el fin de semana. Cuanto antes esté la tienda preparada, antes podremos abrir —afirmó la encargada.
—Eso es. La semana que viene tendremos una reunión aquí en la oficina. Aún no puedo concretarle el día. Dependerá de cuándo terminen las obras. Déjese las tardes libres. Le avisaré lo antes que pueda —apuntó en la agenda la posible fecha de reunión
—Por supuesto, doña Inés.
—Muchas gracias, le dejo que siga con su trabajo —se despidió muy seria. Ana Belén fue a contestar, pero ya había colgado.
La reunión de hacía unas semanas no había sido muy agradable.
Inés les llamó la atención por faltar al trabajo sin justificación.
Severiano se excusó diciendo que su mujer había empeorado.
Pero Ana Belén se quedó sin causa justificable, solo pudo decir que tenía recados que atender.
Razón insuficiente para la exigencia de la directora.
Desde entonces, tanto Severiano como la encargada debían notificar cada ausencia, cada salida y cada movimiento que hicieran con antelación.
Ana Belén era consciente de que Inés sabía algo relacionado con el dinero y eso le inquietaba bastante. Severiano, por el contrario, estaba muy tranquilo.
Al colgar, Inés sintió un escalofrío. Le daba mucho coraje no poder despedirlos a los dos.
Después de la ausencia durante el horario laboral, los documentos que estaban apareciendo sobre su desfalco y que ninguno de los dos le inspiraba confianza.
.. Pero, aún le faltaban pruebas y lo más importante: debía averiguar dónde estaba el dinero.
Como diría Julián: «Ten a tus amigos cerca, pero a tus enemigos aún más».
Inés tuvo el instinto de llevarse la mano a la chaqueta para recolocársela, como él siempre hacía. Detuvo su intención al darse cuenta de lo absurdo del acto.
Inés debía mantener las apariencias. Fingir que desconocía ese agujero en las cuentas, quería saber cómo lo habían logrado, para que no volviese a pasar.
Unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos.
—Adelante —Inés alzó la voz, abriendo la carpeta de balances.
—Buenas tardes, ¿tiene un momento? —preguntó Mireya desde la puerta entreabierta.
—Pase, Mireya, justo ahora me ha pillado entre tareas. Dígame, ¿qué necesita? —preguntó mientras le ofrecía asiento.
—Quería ponerle al corriente de unos cuantos avances —dijo mientras se sentaba.
Inés asintió a la vez que cogía su agenda para poder ir tachando cosas pendientes.
La secretaria se aclaró la garganta antes de empezar.
—Todos los comerciales ya están usando el protocolo para justificar los gastos. Todos menos Severiano y los otros dos veteranos. —Puso cara de circunstancia, por más que lo intentó, no había conseguido que se reuniesen con ella.
—Por ellos no se preocupe, concierte una cita para mañana a primera hora. Ya les explicaré personalmente los cambios. —Apuntó la cita en su agenda.
Mireya volvió a mirar su cuaderno.
—Ha llamado el capataz de la obra, quieren terminar lo antes posible, porque deben empezar otra de mayor magnitud.
Necesitan que la persona encargada de la distribución del almacén esté lo antes posible para poder seguir avanzando —explicó mientras leía sus notas.
Después se preparó para apuntar las indicaciones que le diese.
—No se preocupe por eso. Ya he hablado con José. Cogerá un tren esta misma tarde para encargarse de todo —dijo revisando las citas en su agenda.