El sitio perfecto #4
—¿Aquí mismo? ¿En la calle de al lado? —preguntó totalmente perdida.
—No, Lina, es el local contiguo a este. Cuando tenga las llaves te lo enseño. Esta noche te lo cuento todo mejor. —Le dio un beso rápido en los labios.
Lina miró hacia la puerta y le devolvió el beso. Esta vez fue tierno e inocente.
Inés sonrió divertida. Cuando fue a abrir la puerta que daba a la tienda, se giró y dijo sin emitir sonido: «Te quiero».
Lina, al ver que la puerta ya estaba abierta, se llevó dos dedos al corazón.
—Todo solucionado. Si quieres, nos vamos ya. —Inés se detuvo al ver a Carlos en el mostrador.
—Un momento, que me dé la vuelta esta amable señorita y nos vamos —dijo, guardándose en la chaqueta la corbata que acababa de comprar.
Inés esperó a que finalizase la compra. Después se fueron a por esa copa.
Lina miró el reloj. Faltaban pocos minutos para que fuese la hora del cierre. Miró a Sofía de arriba abajo.
—¿Nos vamos a comer? Yde paso me cuentas —propuso, mirando la campanita que estaba en el mostrador.
—¿El qué? —preguntó algo distante.
—Pues lo que te ha pasado este finde semana —dijo como si fuese una obviedad.
—No me ha pasado nada —respondió enfadada.
Lina se apoyó en el mostrador. No emitió sonido, solo estaba esperando a que cambiase de opinión. Sabía que no iba a tener que esperar demasiado.
—No quiero ir al bar —comenzó a decir muy apenada.
Lina se acercó a ella en silencio y esperó.
—Tomás… —intentó continuar la frase, pero las lágrimas no la dejaron.
Lina recordó la conversación con Pilar sobre Tomás. Quizás se había dado cuenta de sus gustos reales.
—No ha querido verme en todo el fin de semana. Dice que es porque le ha tocado ocuparse del bar a él solo. Pero no me lo creo, Espe nunca deja de trabajar.
—Bueno, quizás no te haya mentido. Fui a cenar ayer y Espe no estaba. El pobre Tomás se tuvo que ocupar de todos los clientes.
—¿En serio?... pero no solo es eso.
Lina sacó un pañuelo de debajo del mostrador para que se limpiase la nariz.
—No le entiendo. Hay días que estamos estupendamente, parece que quiere que seamos novios. Pero otros días… ni me mira, está esquivo, enfadado, y yo no he hecho nada.
Lina no podía darle su opinión porque implicaría contarle cosas muy privadas de otra persona. A ella no le gustaría que las personas de su confianza fuesen hablando a todo el mundo sobre sus gustos.
—Quizás… —no sabía por dónde empezar, pero estaba claro que su amiga necesitaba unas palabras de ánimo— lo ha pasado muy mal en antiguas relaciones y ahora tenga miedo de empezar algo nuevo. El miedo es un sentimiento muy fuerte, puede provocar dolor a muchas personas sin que lo puedas controlar.
—No sé, Lina, tal vez sea eso. Es verdad que nunca me ha hablado de sus relaciones pasadas. —Se secó las lágrimas—. Puede que tengas razón.
Lina la abrazó mirando en dirección a la puerta, por si alguien entraba.
—No quiero verle. No tengo fuerzas hoy —confesó.
—Entendido, pero tendrás que comer, ¿no? —preguntó intentando animarla.
—La verdad es que con el disgusto no he desayunado y estoy muerta de hambre. —Ella sola se rio por lo absurdo del problema.
—Voy en un momento al bar, pido un par de bocadillos y nos los comemos en el almacén. ¿Te parece?
Sofía asintió más animada.
—Toma, tú intenta colocar la campanita. Si viene Ana Belén y no la ve, seguro que piensa que he sido yo —lo dijo en una broma que escondía algo de verdad.
Cuando fue a salir por la puerta, Sofía le gritó:
—El mío de jamón serrano, con queso y tomate restregado.
—¡Ya lo sabía! —respondió antes de marcharse, soltando una risa.
Lina tenía una misión: hablar con Espe, costase lo que costase.
Debía zanjar ese tema. Abrió la puerta con decisión.
El bar estaba hasta los topes. Tomás corría de un lado a otro llevando y recogiendo platos.
Espe estaba entrando y saliendo de la cocina constantemente.
Lina se quedó junto a la barra. Espe la miró un par de veces con cara muy seria.
Lina le sonreía para limar asperezas en la distancia, pero no le terminaba de salir bien.
Por fin se acercó.
—¡Hola! ¿Vienes a comer? —preguntó Espe mientras preparaba unas cuantas cervezas.
—No, solo quería dos bocadillos para llevar —dijo intentando acercarse; con todo el ruido del bar no la escuchaba muy bien.
—¿De qué los quieres? —preguntó mientras llenaba otro vaso.
—Uno de jamón serrano, queso y tomate restregado. El otro, el contundente.
Espe frunció el entrecejo. La había entendido perfectamente, pero no quería tener complicidad con ella después de lo ocurrido.
Lina rodeó a un par de hombres y se acercó más al grifo de cerveza.
—Para mí, un bocadillo contundente de los tuyos. —La miró directamente a los ojos.
Espe no pudo evitarlo y se quedó absorta en su mirada. Tanto, que se desbordó la cerveza.
—Vale, espera ahí. Cuando pueda, te los hago —dijo antes de coger la bandeja con todas las bebidas.
Lina se apoyó en la barra para esperar. Tomás se paró un momento justo a su lado para tomar un vaso de agua. Le dedicó una rápida sonrisa.
—¿Todo bien? —preguntó antes de beber agua.
Lina sabía que no era el momento, pero no pudo evitarlo.
—La verdad es que no. —Al ver la sorpresa en su rostro, se envalentonó—: Tengo a mi amiga hecha polvo porque tú no te aclaras con ella y...
Tomás interrumpió la retahíla que comenzaba:
—Lo que pasa entre Sofía y yo, se queda entre ella y yo. No tienes derecho a meterte. Además, no lo entenderías. —Volvió a su vaso de agua.
Esa última frase la encendió. Precisamente ella podía entenderlo mejor que nadie, mejor que Sofía, incluso. Dispuesta a debatirle, casi se subió a la barra.
—Yo lo entiendo perfectamente. Lo que no entiendo es que seas capaz de jugar con las ilusiones de una chica que está loquita por ti. Debes aclarar tu cabeza, tu corazón o lo que sea que te impide estar con ella. Os he visto juntos, y se ve a distancia que te gusta.
—Lina, es más complicado que todo eso. Hay cosas del pasado que no sabes y, de verdad, me afectan en el presente.
—¿Del pasado? Las heridas del pasado son como un brazo roto. Duelen. Duelen y mucho. Si uno quiere y se esfuerza, el brazo se cura y vuelve a funcionar como antes.
Tomás la miró fijamente a los ojos. No estaba seguro si ese ejemplo había sido elegido o era mera casualidad.
Lina se acercó más a él. La punta de los dedos de los pies era lo único que le conectaba con el suelo.
—No sé qué problema tienes. Pero si te gusta una persona, si te hace sentir bien y solo piensas en ella, ¿qué te impide estar con ella?
Tomás tensó la mandíbula, todo su cuerpo se contrajo. Echó una rápida mirada a Espe, como si la estuviese culpando de que supiese tanto.
—No, ella no ha sido.
Tomás no quería seguir con la conversación. Dejó el vaso en la pila de mala manera y se fue con la bandeja a recoger más platos. No sin antes acercarse para lanzar su ataque final.
—Eso te pregunto yo, ¿qué te impide estar con ella? —Su mirada directa la acobardó.
Después miró a Espe, para que supiese a quién se estaba refiriendo.
La pregunta de Tomás fue como un mazazo en el pecho. La dejó sin respiración unos segundos. Si todo el mundo lo veía desde fuera… quizás no lo tenía tan controlado como pensaba.
Ella no había venido para eso. Tenía dos objetivos: Los bocadillos estaban pedidos, solo le quedaba hablar con Espe.
Levantó la vista buscándola por el bar, la vio entrar en la cocina. Ahí no la podía seguir.
Tras unos minutos, salió con los dos bocadillos preparados.
—Toma. Como ves, estábamos muy liados. Me los pagas mañana —dijo mientras preparaba una tapa de callos con tomate.
—¿Podemos hablar un momento? —preguntó con la voz más apacible que le salió después del enfrentamiento con Tomás.
Espe la miró, respiró profundamente y echó un vistazo al bar. La mesa con más comensales se levantaba para marcharse.
—Mejor otro día —respondió, llevándosela bandeja.
Lina corrió hacia el hueco de la barra por donde salía para atender a las mesas. No pudo frenar a tiempo. Golpeó lo suficiente la bandeja de Espe para que se le cayesen todas las cervezas encima. El ruido de la bandeja al caer y las jarras rotas provocó un silencio en la sala.
Se agachó para recoger el estropicio. Tomás llegó con la fregona y la escoba.
—Ve a cambiarte, yo me ocupo —le ordenó.
Espe entró en la cocina. Lina la siguió. No quería retrasar esto ni un minuto más.
—Lina, aquí no puedes estar —le ordenó al ver que la seguía.
Lina nunca había estado ahí. La cocina estaba muy limpia, todo ordenado y con etiquetas. En un lateral había una puerta entreabierta. Se podía ver una cama, una mesilla de noche y parte de un armario.
«Ahí es donde duermen los que acoge» pensó.
Casi pierde la pista de Espe cuando subió unas escaleras.
Al llegar arriba se dio cuenta de que estaba en su piso.
Era muy pequeño, pero acogedor. Un salón que compartía espacio con la cocina y un baño en la habitación.
Tenía una gran ventana con vistas a la calle principal que iluminaba toda la estancia.
La verdad es que, a pesar de ser pequeño, parecía mucho más grande.
—Lina, ¿qué quieres? —preguntó con fastidio.
—Quiero hablar contigo, solo cinco minutos —respondió antes de percatarse de la cantidad de cerveza que tenía su amiga sobre el cuerpo.
—Ahora no puedo atenderte. Debo cambiarme y volver al bar —explicó casi como una súplica.
Lina dio un par de pasos en dirección a la puerta. Espe se fue a la habitación. Se detuvo en seco. No lo iba a demorar más.
—Espe, necesito hablar contigo. Me siento muy mal por todo lo que pasó en aquel bar. Llevamos días retrasándolo y no creo que sea lo mejor. Solo dame unos minutos. Lo que tardas en cambiarte.
No era el momento. Espe lo sabía. La discusión que había visto con Tomás le alertaba de que Lina estaba en modo peleona. Pero también era consciente de que no se iba a rendir. Y, en parte, tenía razón. Debían hablarlo ya. Ella lo estaba pasando mal.
Espe salió con una toalla enrollada a su cuerpo desnudo.
—Me cambio rápido y hablamos. Dos minutos nada más. —Lina asintió—. Abre aquella ventana porque la casa apesta a cerveza —dijo antes de cerrar la puerta.
Lina obedeció. Abrió la ventana que daba a la calle y la pequeña que estaba en la cocina.
Mientras esperaba, no pudo evitarlo. Se distrajo observando las cosas que había por la casa.
En la pared de la ventana había dos fotos: una de dos niñas en la playa y otra de dos jóvenes, debían de tener unos quince años. Pare-cían felices.
Encima de la mesa había un marco bocabajo. La curiosidad le pudo. Era una foto de ella, mucho mayor que en las demás, debía tener veinti pocos años. A su lado, una mujer distinguida, morena, con el pelo muy largo. Espe la e staba mirando, mientras ella miraba a la cámara.
A Lina le dio la sensación de que su relación con esa mujer no era de amistad, eran algo más. La expresión de sus ojos… parecía adoración, amor.
El viento de la ventana abrió la puerta de la habitación. Lina se sobresaltó. Casi se le cayó la foto de las manos. La dejó tal y como la encontró. Después fue a cerrar la puerta.
Encontró a Espe secándose el pelo con una toalla.
Llevaba puesta la ropa interior. Cogió unos pantalones que estaban encima de la cama y se los puso mirándose al espejo.
Lina quería dejar de mirarla, pero le era imposible.
Estaba hipnotizada por su cuerpo. Estaba mus-culada, bronceada, y sus curvas volverían loca a cualquiera.
Tras el pantalón, se puso una camisa blanca. Cuando le faltaban un par de botones para terminar de abrocharla, salió de la habitación.
Lina, dos botones antes, había logrado romper su hechizo y sentarse en una silla. De espaldas a la puerta para no caer de nuevo en la tentación.
—Tú dirás —dijo Espe mientras sacaba unos zapatos de un mueble.
—Pues… yo… —No sabía por dónde empezar.
Espe acercó una silla para estar enfrente de ella.
—Querías hablar conmigo, ¿no? Adelante —la incentivó.
Lina cerró los ojos y borró de su mente la última imagen del cuerpo de Espe. Los abrió de nuevo y se la encontró con el pelo suelto, mojado, cayéndole por sus hombros. Nunca antes le había visto con el pelo suelto. Estaba muy guapa. Eso no ayudaba.
—Lamento mucho lo que pasó en aquel bar.
—¿Qué pasó?
—Pues eso… —acompañó la frase llevándose dos dedos a los labios. Al ver que no la entendía, se rindió—. Pues que casi nos besamos.
—Yo no lo recuerdo así —dijo mientras se ataba uno de los cordones del zapato.
—¿No? —preguntó extrañada.
—¿Qué recuerdas tú?
—Recuerdo que tú —miró fijamente sus ojos— me ibas a besar. Pero te echaste atrás.
—Nos íbamos a besar las dos —le rectificó.
—¿Quieres hablar sobre quién iba a besar a quién? —preguntó incrédula.
—No. Me estás liando. Yo tenía las cosas muy claras —dijo más para convencerse a sí misma que a Espe.
—Te estás liando tú sola. Tú me has perseguido hasta mi casa para hablar conmigo y ahora no tienes claro lo que quieres decir… El tiempo pasa y debo bajar —la apremió, antes de ponerse el otro zapato.
Lina cerró los ojos. Si no la miraba, resultaba más sencillo.
—No quiero que pienses cosas que no son. Yo tengo una relación con otra persona.
—Inés —la interrumpió.
—Eso es, Inés. La quiero muchísimo y no puede pasar nada entre nosotras. Eso es lo que quería dejarte claro.
Espe sonrió divertida. Vio un camino por dónde conseguirla.
—Lina, yo solo quiero ser tu amiga. No eres la primera persona que me da calabazas y, muy a mi pesar, no serás la última. Me encantas, me pareces una persona extraordinaria. Tu alegría es contagiosa y, sinceramente, quiero eso en mi vida. —Se puso en pie.
Lina la imitó. Las sillas estaban tan cerca, que al levantarse se quedaron muy cerca la una de la otra.
Sus miradas conectaron. Una corriente eléctrica recorrió su cuerpo. Debía decir algo pero no le salían las palabras. Sin darse cuenta sus ojos bajaron momentáneamente a sus labios. Después volvieron a subir.
Espe lo vio. Sonrió segura. Si Lina no podía controlar su mirada era porque tenía una oportunidad. Se mantuvo impasible, fingió que no lo había visto. Dejo que ese silencio se alargase un poco más.
— ¿Amigas?—susurró Espe.
Lina miró sus labios de nuevo. Le atraían como un imán; sin darse cuenta se mordió el labio. Le costaba respirar. Estaba tan cerca… volvió a sus ojos, debía responder.
—Amigas, me parece bien —no sonó muy convincente.
—Perfecto —volvió a decir en el mismo tono sin apartar su mirada de ella.
Los segundos pasaron y ninguna de las dos se movió.