Juntas en Barcelona El sitio perfecto #3
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El sitio perfecto #3

Inés se convenció de que debía apartar esos pensamientos.

Lina la amaba, y ella era consciente de eso.

Las dudas y los miedos no podían atormentarla de nuevo.

Inés cayó en la cuenta de que nunca antes había estado en esa posición.

Nunca se había sentido tan vulnerable. Lina tenía el poder de destruir su corazón y no había nada que pudie-se hacer para evitarlo. Debía confiar en ella.

—El amor es confianza—se dijo para sí misma.

Unos golpes en la puerta la devolvieron a la realidad. Era Carlos.

—Perdona si te he sobresaltado—se disculpó—. Debí haber esperado a que tu secretaria me anunciase. Quería darte una sorpresa —se justificó avergonzado.

—No pasa nada. Siéntate y hablamos de ese local —le ofreció el asiento que estaba enfrente de ella.

—Preferiría que no. ¿Podemos marcharnos? Tengo muchas ganas de que lo veas.

—Por supuesto —respondió muy extrañada.

Juntos se dirigieron a la calle.

—¿Vamos andando o en coche? —preguntó Inés al ver pasar un taxi.

—Andando. Te dije que estaba muy cerca de tu oficina—le indicó con su cuerpo que debían girar a la derecha.

Pasaron por delante de la tienda. Desde el escaparate, Inés pudo ver cómo Lina atendía a una clienta. Tuvo que apartar la vista para poder disimular la sonrisa que se le escapó.

—Esta es su tienda, ¿verdad? —preguntó Carlos al pasar justo por la puerta.

Inés tenía tantas ganas de ver a Lina, que le propuso entrar.

—Quizás más tarde. Cuando cerremos el trato —respondió con mucha confianza.

—Aún no he visto nada —comentó para bajar su ego.

—Estoy muy seguro de que te gustará.

Caminaron un poco más. Rodearon el edificio. Inés pudo ver cómo las ventanas que daban a ese lado de la calle estaban tapiadas con tablones. Anduvieron un poco más hasta llegar a una puerta verde de garaje.

—Es aquí. —Sacó unas llaves del bolsillo.

Inés no sabía qué esperar. Por fuera, el lugar no tenía muy buen aspecto. Todo estaba tapiado y desmejorado. Carlos abrió la puerta con dificultad. Estaba claro que llevaba mucho tiempo sin usarse.

El eco del golpe retumbó por la estancia.

Una cosa era clara: ese lugar era muy grande.

Inés, al ver la oscuridad del interior, esperó fuera.

No quería encontrarse con nada desagradable y, mucho menos, con unos animales peludos que viven en lugares oscuros.

Carlos fue buscando a tientas el cuadro de luces.

Cuando lo encontró, bajó la palanca. Un chispazo le asustó, pero las luces se fueron encendiendo de una en una.

Carlos le hizo un gesto muy caballeresco invitándola a entrar. El lugar estaba lleno de papeles, hojas y suciedad. Había cajas por todas partes.

—Esto… ¿antes qué era? —preguntó Inés.

—En sus inicios era una fábrica de coches. Después, durante la guerra, pasó a ser un almacén para el ejército, y desde entonces está vacío.

—Si era del ejército… ¿cómo os habéis hecho con él? —preguntó mientras no dejaba de mirarlo intentando imaginar sus vidas pasadas.

—En un momento, mi padre decidió invertir en bonos del ejército, y cuando fue a pedir sus beneficios, le dieron este local.

Inés asintió sin entenderlo muy bien, pero parecía que era todo legal.

—Mi padre pensaba conservarlo como almacén de materiales, pero los camiones no entran por esa puerta y rehacerla afectaría a la infraestructura del edificio. Hemos intentado venderlo muchas veces, pero nadie quiere un espacio tan grande.

—¿Nadie? —preguntó con sarcasmo.

—Nadie, hasta ahora —aclaró.

Inés guardó silencio. Poco a poco y sin perder detalle de las columnas, las ventanas, los muros… fue caminando hasta el final del almacén.

—Has dicho que no se puede modificar la puerta por problemas estructurales —recordó Inés en voz alta.

—Eso es. En este lado del edificio están la mayor parte de los muros de carga. No se pueden tocar. Si se amplía la puerta o las ventanas, podría tener consecuencias nefastas.

Inés se quedó pensando hasta dónde eso podría suponerles un problema. Continuó examinando el lugar. Pudo ver unos periódicos de 1939 que anunciaban el fin de la Guerra Civil.

—Dijiste que querías ampliar la tienda, ¿verdad? —preguntó muy entusiasmado mientras iba directo a una de las paredes del fondo.

—Eso es. Pero si no se pueden tocar los muros, no puedo poner escaparates.

—No es necesario, ya los tienes —respondió, muy contento.

Inés no entendió. Miró a su alrededor y no había ninguna ventana lo suficientemente grande como para considerarse escaparate. Carlos tocó el muro que tenía a su espalda. Lo golpeó con los nudillos.

—Al otro lado está la tienda —aclaró al ver su cara de desconfianza.

Inés se acercó a esa pared.

—¿Aquí está el almacén de la tienda? —preguntó muy sorprendida.

Esa disposición sí era beneficiosa. Sería muy sencillo: el almacén pasaría a ser tienda, y solo había que ampliar esa parte.

—Sé lo que estás pensando. Ven —Carlos le indicó que lo siguiese.

Llegaron a una mesa. En ella había una caja con muchos papeles. Carlos los fue mirando muy animado. Tras varios, encontró lo que estaba buscando. De un solo movimiento, tiró todo lo que había sobre la mesa y extendió un gran plano.

—Este es el edificio—señaló el contorno del plano—. Tus oficinas están aquí —indicó con el dedo la parte derecha superior del plano—. La tienda está justo al lado. Todo este espacio —hizo un gran círculo con la mano— es donde estamos ahora mismo.

Inés no dejaba de mirar el mapa. Todo parecía encajar.

—Este muro de aquí —señaló una raya que dividía dos estancias—es ese de ahí —señaló el muro que tenían justo enfrente—. Solo hay que derribarlo para acceder a la tienda.

Inés puso su mano en el hombro de Carlos y, con una gran sonrisa dijo:

—Al final sí te vas a ir al extranjero.

Carlos no respondió. La forma en la que se le iluminó la cara fue suficiente. Según guardaba el plano para llevárselo, le preguntó a Inés:

—¿Lo celebramos con una copa?

Inés sonrió. La verdad, era la vez que más tiempo había estado con Carlos sin que tuviese alcohol en sus manos.

—Hecho —aceptó muy contenta.

—Así me gusta. Si quieres, podemos ir hablando de la reforma. Mi padre me ha dicho que, con tal de quitarse este lugar de encima, lo hace gratis.

—Dile a tu padre que le tomo la palabra —bromeó a medias.

Inés salió primero del almacén. Carlos apagó las luces. Esta vez no hubo chispazo.

—Pasamos por la tienda, me la enseñas y luego… —dudó si hacer la propuesta— te invito a comer.

Inés aceptó encantada. Lo que más le apetecía ahora mismo era ver a Lina para celebrarlo, aunque solo fuesen unos minutos.

Carlos entró en la tienda con mucha energía, tanta, que al cerrar, la campanita que estaba sobre ella cayó al suelo.

Lina, al escuchar el ruido, salió rápidamente del almacén. Su cara de preocupación cambió radicalmente al ver a Inés.

—Buenos días, doña Inés —saludó Lina.

Sofía se quedó de piedra. No esperaba ver a doña Inés con un hombre tan apuesto.

—¡Buenos días, chicas! Este es Carlos Ibáñez —señaló al hombre que le acompañaba—. Ella es Sofía, una de nuestras dependientas.

Sofía levantó la mano.

—La señorita Lina Escudero.

Carlos le dedicó una sonrisa.

—Es un placer verla de nuevo.

—¿Ana Belén está en el almacén? —preguntó Inés directamente a Sofía.

Tenía tantas ganas de abrazar a Lina por lo contenta que estaba, que si la miraba un segundo más se abalanzaría sobre ella.

—Eehh… sí… bueno…

Lina hizo un leve movimiento con la cabeza, instándola a que contase la verdad. Al ver que Sofía no se atrevía, decidió intervenir:

—Doña Inés, Ana Belén se ha pasado por aquí esta mañana, pero luego se marchó. Dijo que volvería para el turno de la tarde.

Inés se irguió, cambiando radicalmente su postura a una más estricta.

—Lina, vamos al almacén y me lo explicas bien. —Miró a Carlos—. ¿Me disculpas un momento?, quiero aclarar lo que está sucediendo. Puedes echar un vistazo por la tienda. Si algo te gusta, házselo saber a Sofía. Te atenderá con mucho gusto.

Inés no le dio tiempo a decir nada más. Fue directa al almacén acompañada de su empleada. Cerró la puerta. Una vez dentro, fue directa a besarla. Necesitaba descargar su alegría de la mejor manera. El beso fue corto pero cargado de emoción.

Inés se separó con una sonrisa, pero para Lina no había sido suficiente.

Le puso la mano en el cuello y la acercó de una manera menos delicada, quería más de sus labios.

Un beso, otro… Lina rozó con su lengua la de Inés.

Esta, al sentirlo, la apartó de su lado.

Se quedó con los ojos cerrados, todavía sentía los labios de Lina.

—¿Y esto? —preguntó, Inés sorprendida.

—Me apetecía mucho besarte —susurró con culpabilidad.

—Lina, me están esperando fuera. No puedes besarme así por… —el tono pasó de réplica a ternura— porque no podré controlarme.

Lina se rio. Le encantaba verla hacer esfuerzos por contenerse. Pero tenía razón, ese beso estaba un poco fuera de lugar. Pero la echaba de menos.

Juntó su frente con la de Inés y, en un susurro, le dijo:

—Lo siento, no he podido evitarlo.

Inés dio un paso dubitativo hacia atrás. Respiró hondo. Se estiró y adoptó la pose de «Inés la Corte».

—Cuéntame lo de Ana Belén —ordenó con dulzura.

—Esta mañana ha venido a primera hora. Nos ha dicho que íbamos a estar solas en la tienda hasta el turno de tarde. Le he comentado que se debía hacer un pedido al almacén porque nos quedan pocas unidades de algunos productos y…

Inés la instó a que continuase con un leve movimiento de cabeza.

—Me ha dicho que lo hiciera yo. Se ha marchado de todas formas.

Inés sopesó las opciones.

—De acuerdo. Cuando venga Ana Belén esta tarde, le dices que vaya a mi despacho. Dile que me he pasado por aquí, quiero comentarle un par de cosas.

Lina asintió. No quería meter en problemas a su encargada, pero no podía faltar al trabajo sin justificárselo a nadie.

—¡Ah! Ya tenemos local —dijo Inés muy emocionada.

—¿En serio? ¿Dónde? —preguntó contagiada por su emoción.

—Está aquí mismo —señaló la pared que tenían detrás.