Juntas en Barcelona El sitio perfecto #2
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El sitio perfecto #2

—No sé, quizás… a ver locales para doña Inés.

—No. No creo, In… Doña Inés va a ver un local más tarde y no va con ella. Si tuviese que hacer recados los habría retrasado por hacer el pedido. —Se quedó pensando, pero no quiso añadir nada más.

La idea de que le esperaba Severiano cada vez cogía más peso. Por la noche le preguntaría a Inés si él había llegado tarde a trabajar.

—No le des más vueltas. Hoy van a estar así. Tienes en el mostrador una caja con perchas para colgar los vestidos de liquidación. Yo voy dentro para hacer el pedido.

Sofía no dijo nada, obedeció y empezó a trabajar.

A Lina le pareció tremendamente extraño que su compañera no dijese nada, ni tuviese ganas de especular sobre la encargada.

Entró en el pequeño despacho de Ana Belén.

Estaba muy ordenado, no tenía nada que ver con la última vez que vio la puerta abierta.

Se sentó en la silla, llamó al almacén para hacer el pedido.

Cuando terminó, tuvo la tentación de llamar a la tienda.

Quería hablar con Candela y Clara. Se levantó un momento para echar un vistazo fuera del despacho, al ver cómo Sofía estaba entretenida con una clienta.

Divertida, volvió rápido y en silencio. Marcó el número y esperó.

—Hilos de la Corte, ¿en qué puedo ayudarle?—dijo Clara al otro lado del teléfono.

—¡Hola, Clara! —saludó Lina muy contenta.

—¡Lina! ¿Qué tal todo? ¿Cómo estás? —preguntó con alegría.

—Pues muy bien, la verdad. Os echo mucho de menos, pero estoy llevándolo bien —confesó.

—Me alegro mucho. Nosotras también te echamos de menos —dijo con una sonrisa.

Lina escuchó una voz desconocida al otro lado del teléfono.

—Clara, si estás con una clienta puedo llamar más tarde —comentó algo alarmada.

—No te preocupes, Lina, es la nueva dependienta.

—¿Blanca? —preguntó esperando una respuesta positiva.

—No. Candela le hizo la entrevista. Pero esta chica le gustó más. Dice que se le da muy bien la venta, y es verdad. Además, tiene unas ideas muybuenas —dijo cargada de positividad.

—Ya, pero Blanca lleva mucho tiempo queriendo ascender. Candela tiene que ver eso —su voz sonaba un poco a la defensiva.

—Lo ha visto. Le ha dicho que practique un poco más y que la siguiente será ella —explicó para tranquilizarla.

—Bueno… —aceptó con resignación.

En ese momento recordó las risas compartidas en el almacén con Blanca. Eran compañeras de costura. Les gustaba quedar en la cantina después de un duro día de trabajo. En verano se escapaban a un lago cercano de vez en cuando, para darse un baño de agua fría en sus piernas cansadas.

Un sentimiento de añoranza apareció en el corazón de Lina. Para ella, Blanca era como esa hermana pequeña, divertida y alocada a la que debes proteger sin saber muy bien por qué. Quería que ella estuviese bien, pero ahora, al estar tan lejos… era complicado de cumplir.

La voz de Clara le hizo dejar a un lado todos los recuerdos a un lado.

—¿Qué tal por la tienda? —preguntó para cambiar de tema.

—Pues bien, tranquila. Hay momentos de mucho trabajo y otros más relajados. Pero bueno, ya sabes cómo va.

—Eso está muy bien —se alegró.

—¡Oye! ¿Cómo vas con el embarazo? —Llevaba tiempo sin preguntarle.

—Pues muy bien. La doctora Bordell dice que todo va como se espera. El otro día escuché sus latidos. Lina, son muy fuertes —dijo muy contenta y con ternura en sus palabras.

—Me alegro muchísimo. Ya verás cómo todo sale muy bien.

—Clara, ¿puedes ayudara Alba a emperchar? —escuchó a Candela al otro lado del teléfono.

—Bueno, Lina, te paso con Candela—se despidió—. Hablamos pronto. Un beso.

—Bueno… bueno… ¿cómo está mi amiga de Barcelona? —preguntó Candela con ese acento que la caracterizaba.

—Muy bien, Candela. Muy bien —respondió alegre por escuchar a su amiga.

—¿Ya están las cosas más tranquilasen la tienda? —preguntó con cierta preocupación disimulada.

—Sí. Hoy, sin ir más lejos, he tenido una conversación con la en-cargada sin malas palabras ni nada parecido. —Seguía sin creérselo. Tal vez si lo contaba muchas veces se convenciese.

—Me alegro mucho, Lina. Ya te dije que era cuestión de tiempo que viese lo que vales.

—No sé… no quiero cantar victoria. Solo ha sido una vez. Puede que la siguiente volvamos a lo de antes o a algo peor —dijo en broma temiendo que fuese verdad.

—Esperemos que no. —Miró por encima de su hombro para ver si alguien más la escuchaba—. ¿Qué tal las cosas con Inés?

—Muy, muy bien. —Miró a la puerta por si alguien entraba—.

Hemos pasado el fin de semana en el balneario.

—¿No me digas? ¿Las dos juntas?

—No, separadas. Cada una en una punta… —bromeó—. Qué cosas tienes, Candela. Pues claro que juntas.

—Pero… —no sabía cómo decirle que podrían descubrirlas.

—Pero nada. Era la inauguración. Nadie se percató de que estábamos ahí. ¿Sabes qué es lo mejor? —preguntó muy contenta.

—Cuéntame. —Estaba expectante.

—¡Que pudimos bailar toda la noche! —Se llevó la mano a la boca para controlar un grito de alegría.

—Lina, tuvisteis cuidado de que nadie os viese, ¿no? —se preocupó.

—No. Todo lo contrario… —Sonrió divertida al imaginar su cara al hacer ese comentario—. Era una fiesta de máscaras. Nadie supo que éramos nosotras las que bailábamos.

—¿Seguro, Lina? Mira que la gente parece que no se entera, pero luego… —No las tenía todas consigo.

—Tranquila. Inés llevaba un traje de hombre. La gente iba tan bebida que se pensaban que bailaba con un caballero muy delgado —aclaró transmitiendo su alegría.

Candela no pudo evitar reírse. Le encantaba escucharla tan feliz. Pero le preocupaba que alguien pudiese averiguar que su relación no era solo de amistad.

—Bueno, me alegro de que lo pasaseis muybien. Pero tened cuidado —lo dijo como una madre se lo dice a su hija antes de salir de casa.

—Descuida —le restó importancia.

Unos golpecitos sonaron en la puerta del despacho.

—Oye, Candela, tengo que volver a la tienda.

—Yo también. Hay mucho que hacer por aquí. —Miró su carpeta.

—Dales un abrazo a todos de mi parte —se despidió.

—Se los daré —prometió.

Lina colgó el teléfono y salió a la tienda. Había varias clientas. So-fía no daba abasto. Cogió aire y comenzó la jornada laboral.

En las oficinas, Inés hizo llamar a Nieves y Mireya.

—Siéntense, por favor —señaló las sillas con su mano.

Ambas secretarias obedecieron. Inés sacó unos papeles de la carpeta que tenía encima de la mesa.

—Eso es lo que acordamos la vez pasada. —Les entregó un par de hojas a cada una—.

Espero que el proyecto de logística empiece muy pronto a funcionar.

Por eso, quiero estar preparada. Aquí tienen una lista de las tareas que ocasionará ese proyecto.

—Les dejó un par de segundos para que lo mirasen—.

Como ven, Mireya, usted tendrá más carga de trabajo en ese sentido.

Nieves, creo que con lo que hace tiene más que suficiente, no es necesario designarle más —explicó.

—Se lo agradezco, doña Inés —dijo Nieves con una sonrisa.

—Mireya, ¿usted recuerda el protocolo que usamos en Ciudad Real para todo el tema de los gastos de los comerciales, verdad?

—Sí, lo recuerdo perfectamente—respondió irguiéndose y se preparó para la tarea.

—Pues quiero implantarlo aquí —sentenció.

Nieves puso cara de disgusto al escuchar esa frase. Su gesto no pasó desapercibido.

—Lo sé —dijo Inés, dirigiéndose directamente a Nieves. Después miró a Mireya de nuevo—. Por eso quiero que empiece por los comerciales más jóvenes. Ellos aprenderán rápido y después, poco a poco, y… con mucha paciencia, irán los veteranos. ¿Alguna duda? —preguntó esperando que no las hubiese.

—Ninguna —respondió Mireya.

—No, señora —respondió Nieves.

—Muy bien, pues es todo por ahora. —Al ver que las dos secretarias se levantaban, se apresuró a decir—: Nieves, ¿puede quedarse unos minutos?

Nieves obedeció, volvió a sentarse en la silla y esperó pacientemente a que Mireya saliese de la sala.

—Usted dirá —inició Nieves la conversación.

—¿Sabe dónde está Severiano? No le he visto esta mañana.

—No. No me ha dicho nada —contestó sin tapujos. Estaba cansada de cubrirlo siempre.

A Inés le sorprendió este cambio. Fue una grata sorpresa.

—En cuanto llegue, quiero que le envíe a mi despacho —ordenó.

—Así lo haré. Por cierto… —dudó un segundo antes de seguir hablando— he encontrado una cosa que le va a interesar.

—Dígame —le apremió Inés.

—El viernes, haciendo sitio para la mesa de Mireya, encontré unos albaranes antiguos, de cuando empezamos a exportar a Francia. Pensé que le serían de utilidad. —Le entregó una carpeta con documentos.

—¿Utilidad para qué? —preguntó, algo confundida.

—Según he observado, a partir de esos albaranes me resultó mucho más difícil cuadrar las cuentas.

Inés abrió levemente la boca y asintió.

—Muchísimas gracias. Les echaré un vistazo con calma. Si encuentra algún documento más de esta índole, no dude en facilitármelo. —Tenía mucho que hacer, ya se preocuparía de eso más tarde.

—Descuide, doña Inés. ¿Me puedo marchar ya? —preguntó conociendo la respuesta perfectamente.

—Por supuesto. Pero recuerde: delegue en Mireya, no quiero cargarla demasiado —su voz sonó más como una suave súplica que como una orden.

Nieves sonrió con gratitud antes de salir por la puerta.

Inés no había parado en toda la mañana. Miró el reloj, faltaban cinco minutos para su cita con Carlos. Se recostó en el sillón y lo giró para ver la foto con sus dependientas de Ciudad Real. Concretamente se centró en Lina.

Momentos del fin de semana le fueron apareciendo en la mente: Lina en bañador, el baile lento con el que se despidieron del salón, los labios de ella sobre los suyos, el roce de su piel…

Su mirada estaba perdida, una sonrisa se instaló en su rostro.

En ese momento recordó la conversación que no llegó a discusión con Lina.

A pesar de lo que le dijo, seguía sin confiar.

Había algo que no le terminaba de cuadrar.

Una frase retumbaba en su mente: «En un principio me atrajo».