El sitio perfecto
Mireya esperó en el portal de la oficina, tenía tantas ganas de empezar que había llegado diez minutos antes. Era la primera y no tenía llaves. Por suerte, Nieves y ella se parecían más de lo que creían.
—Buenos días, Mireya —saludó sacando las llaves del bolso.
—Buenos días, Do… Nieves —se corrigió. Nieves le levantó un dedo como advertencia.
—¿Qué tal has pasado el finde semana? ¿Ya estás instalada? —preguntó de camino al ascensor.
—Sí, he aprovechado para instalarme en casa de mi abuela. Ya tengo mi habitación lista y como a mí me gusta. ¿Qué tal tu fin de semana? —preguntó mientras abría la puerta.
—Como todos, hija, mi rutina se extiende hasta el fin de semana. Paseo el sábado, comida con mi suegra, misa el domingo… pero el domingo fui al mercadillo a por esto. —Nieves levantó una bolsa de tela que llevaba en la mano. Mireya no sabía a qué se refería.
Juntas entraron en la cocina. Se organizaron sin necesidad de decir nada. Nieves preparó el café y Mireya las tazas.
—Me gusta llegar siempre diez minutos antes para desayunar aquí. Disfruto la calma antes de que llegue la tormenta —confesó Nieves.
—Te entiendo. A mí también me gusta llegar pronto a los sitios. —Sin pensar, recolocó las cucharas y las tazas para que todo estuviese a la misma distancia.
Nieves miró su gesto casi involuntario.
—Y por lo que veo, también te gusta el orden —dijo señalando con su mirada a la mesa.
Mireya se avergonzó un poco por el comentario.
Muchas personas con las que había trabajado o convivido habían destacado esa costumbre como algo negativo.
Nieves se percató de la reacción que había provocado en ella.
No quería empezar con mal pie y tampoco le parecía algo malo, solo un aspecto a tener en cuenta.
—No te preocupes, yo también lo soy. —Abrió un par de armarios para que viese la colocación de sus estantes.
Todas las latas, vasos, platos y demás cajas estaban colocadas a la misma distancia unas de otras, daba la impresión de que estaban ordenadas por colores.
—Si las cosas no tienen un orden, me ponen nerviosa —confesó Nieves.
Cuando el café estuvo listo, Mireya lo sirvió en las tazas. Nieves miraba a su compañera con una sonrisa de una niña pequeña que oculta una sorpresa. Mireya estaba algo desconcertada, no la conocía lo suficiente como para saber qué significaba esa cara. Al final se atrevió a preguntar:
—¿Qué pasa?
—Te he traído una cosa. —Nieves sacó una caja metálica de la bolsa de tela.
—Me tienes en ascuas.
Puso la lata en mitad de la mesa. No quería perder detalle del rostro de su compañera. A Mireya se le dibujó una sonrisa al ver el contenido de la caja.
—¡Galletas con trozos de chocolate! —Mireya comenzó a relamerse.
—Veo que te gustan. No te cortes, coge las que quieras. —La alegría se reflejó en su rostro.
—¡Muchísimas gracias! —Se llevo una a la boca—. Están deliciosas.
—A mí me encantan, son un capricho que me doy de vez en cuando —le confesó—. Las que sobran las vamos a guardar bien. Ya sabes cómo son los comerciales. Antonio es el único que conoce mi escondite. Ese chico es estupendo.
Mireya, al escuchar el nombre de Antonio, no pudo evitar sonreír.
Nieves fue muy consciente de ese pequeño detalle. Estaría atenta a los dos tortolitos.
Las dos disfrutaron de su desayuno en la tranquilidad de la oficina.
En la calle, justo en la esquina del edificio…
—No quiero subir a la oficina—confesó Inés.
—Yo tampoco quiero entrar en la tienda. ¿Podemos volver al balneario? —preguntó Lina, con cara de pena. Inés cogió aire. Habían sido dos días fantásticos. Pero la probabilidad de que un fin de semana de esas características se repitiese era altamente escasa.
—Bueno, hay que volver a la realidad ya… —dijo Lina con resignación.
—Ya habrá otra ocasión —Inés terminó su frase como si lo desease al cielo.
—¿Nos vemos para comer? —preguntó Lina.
—No, lo siento. Te recuerdo que tengo la cita con Carlos. Al parecer tiene el sitio ideal que cubre todas mis necesidades —dijo en tono sarcástico.
—No te veo muy convencida.
—La verdad es que no lo estoy, creo que va a ser una pérdida de tiempo. —Frunció el ceño y habló muy seria.
—¿Por?
—Ese chico me desconcierta. Siempre tiene una copa en la mano, pero no parece que vaya bebido.
No le gusta trabajar con su padre, pero me consigue el lugar perfecto…
no sé. Él me sorprende, pero me sorprende más que exista un local por aquí cerca que cumpla todo eso y no lo haya visto con Ana Belén. —Su incredulidad era latente.
—Bueno, no le des más vueltas. Si el sitio te gusta y se ajusta a lo que quieres, perfecto. Si no es así… le das las gracias. —Se rio solo de pensar lo que iba a decir a continuación—: Le invitas a una copa y seguro que se le pasa.
Inés sonrió divertida. A veces tenía unas ocurrencias y un humor tan suyo… era imposible no quererla.
—Tengo muchas cosas que hacer y no quiero perder el tiempo —se quejó Inés.
—No estás perdiendo el tiempo, estás invirtiendo. Además, si vas a trabajar toda la mañana, te vendrá bien salir y que te dé el aire.
—Ya. Pero me gustaría más… comer contigo —dijo bajando la voz y acercándose un poco en las últimas palabras.
Lina miró a su alrededor y, al ver que no había nadie por la calle, levantó el mentón de Inés con sus dedos para poder mirarla directamente a los ojos.
—Te quiero —lo dijo tan bajo que solo ellas pudieron oírlo.
—Yo más.
Lina negó con la cabeza mientras le dedicaba una sonrisa. Se dio la vuelta rumbo a la tienda.
Inés se quedó mirándola unos segundos. Un suspiro se escapó entre sus labios. Emprendió su camino a la oficina resonando en su mente las palabras que acababa de escuchar. Una vez allí encontró a Mireya colocando sus cosas en la mesa.
—Me agrada que se esté instalando. ¿Todo bien? —preguntó des-de el umbral de la puerta.
—Sí, muy bien. Ya tengo todo lo que necesito para empezar. Pero… —se tomó unos segundos para ver cómo enfocar su pregunta—, ¿qué quiere que haga?
—Por el momento, termine de instalarse. En un rato llamaré a las dos para darles vuestra lista de tareas y designar los quehaceres de cada una —explicó antes de marcharse.
Mireya asintió y continuó colocando las cosas de su cajón.
Inés se sentó ante su mesa. Abrió su agenda y empezó a leer todo el trabajo que tenía por delante.
Por un momento se abrumó. Había perdido mucho tiempo preparando todo lo del balneario, dejando muchas cosas pendientes que necesitaban de su atención.
—Pero mereció la pena —se dijo a sí misma en voz alta.
Se tomó unos segundos para recordar diferentes escenas y sensaciones que había vivido durante el finde semana dejando que recargasen sus ganas de empezar. Después de la última imagen: los preciosos ojos de Lina resaltados con su máscara veneciana, estuvo preparada para comenzar a trabajar…
Eran las diez en punto. Lina fue a la puerta principal para cambiar el cartel. Después empezó a hacer una lista de todas las tallas que faltaban. Sofía entró por la puerta acelerada.
—Buenos días, Lina. ¿Está Ana Belén? —preguntó de camino al almacén.
—No. Estoy yo sola —respondió sin moverse del mostrador.
Sofía salió a la tienda y se miró el cuello de su camisa. Lo sentía mal doblado.
—¿Qué te pasa? Vienes como una moto.
—Muchas cosas, Lina, muchas cosas —respondió mientras se miraba en el espejo para colocárselo. No terminaba de quedar bien. Lina se acercó a ella, levantó las manos como muestra de paz. Le recolocó la camisa desde los hombros hasta el cuello.
—Sabes que si me necesitas, voy a escuchar lo que quieras contar —dijo mientras le estiraba las manchas.
—Lo sé —suspiró.
Lina era consciente del agobio que tenía encima su amiga, lo mejor era no hacer más preguntas. Ya le saldría a lo largo de la mañana.
Los picos del cuello quedaban hacia arriba. «No los ha planchado bien» pensó Lina. En ese momento, Ana Belén entró por la puerta.
—¡Buenos días! —saludó la encargada con una gran sonrisa.
—¡Buenos días! —respondieron las dependientas casi al unísono.
—Ahora que están las dos aquí, van a estar toda la mañana solas. Yo vendré en el turno de tarde —explicó muy tajantemente—. ¿Alguna pregunta?
Lina no estaba segura de si comentar la escasez de algunos productos o dejarlo pasar. Pensó en las clientas y la decisión se tomó sola.
—Doña Ana Belén, hay que hacer pedido al almacén. Tengo una lista de las tallas y diseños que nos van a faltar… algunas de ellas son las que más se venden —explicó enseñándole el papel con la lista.
La encargada la leyó con cierta sorpresa. No recordaba tantas ausencias.
—Mañana haré pedido al almacén. Ahora no puedo. No debo demorarme—sentenció.
—Perdone que la contradiga, doña Ana Belén, pero si llama mañana van a tardar dos días en venir y estaremos toda la semana sin ellos. Tal vez, si me permite el consejo, deberíamos pedirlos hoy mismo —esperó una bordería por parte de su superiora.
Ana Belén valoró la situación. Debía marcharse; Severiano la esperaba en la puerta con el coche. Pero no podía dejar sus obligaciones en la tienda sin atender. Cogió aire y, con cierta reticencia, se dispuso a hacer algo que no había hecho nunca antes. Delegar.
—Hágalo usted. Llame a Ciudad Real y pida la lista de productos. Esta tarde realizo el pedido por escrito y lo firmaré para llevarlo a la oficina. Si no hay nada más...
Se dio la vuelta y se marchó. No sin antes mirar la camisa de su empleada con desaprobación.
Sofía volvió a mirarse al espejo. Debía domar ese cuello. Lina no tenía muy claro lo que acababa de pasar. Ana Belén le había dado una responsabilidad sin castigo ni sarcasmo. Tal vez empezaban a tolerarse.
—¿Y bien? —preguntó Sofía señalándose.
—No sé qué le has hecho, pero está torcido —dijo aún inmersa en sus pensamientos.
¿Irá a ver locales para Inés? ¿Habrá quedado con Severiano? ¿Qué recados hay que hacer un lunes si el viernes ya los hizo todos?... se hacía tantas preguntas que una de ellas se le escapó en voz alta.
—¿Dónde habrá ido?