En una nube #4
—No sé qué me pasa con Espe. Me siento atraída por ella, pienso en ella.
.. hasta he soñado con ella —dijo sorprendiéndose a sí misma de contar algo tan íntimo—.
Sé que no es amor. Porque amor es lo que siento por Inés.
Pero… me atrae como una mosca a la miel.
Lo intento evitar y no puedo. Me sale de dentro, es como si mi cuerpo tomase el control y se olvidase de lo demás.
Pilar se limitó a asentir sin interrumpir.
—Estoy con Inés porque quiero estar con ella, no hay nadie más especial en mi vida.
Con ella soy feliz, me hace sentir única, las mariposas en el estómago son constantes, me siento afortunada, segura, tranquila…
ella… —se giró para mirarla mientras hablaba— ella es capaz de calmarme, de darme paz en los momentos más duros.
Tiene la habilidad de hacerme sentir cosas que no siento con nadie, ni por nadie más.
Con ella soy mejor persona —confesó. Pilar escuchó atenta cada palabra, una sonrisa de nostalgia se iba dibujando en su rostro con cada frase que decía.
—Te entiendo—se limitó a decir.
No hicieron falta más palabras. No era una frase cualquiera. Era la frase adecuada en ese momento. Esa frase tan sencilla reconfortó a Lina más que cualquier abrazo.
Tras unos segundos de silencio donde la comprensión se adueñó del momento...
—Cuando era joven, viví una situación parecida.
En mi caso no sentía un gran amor como el que sientes por Inés, pero, en ese momento, era muy importante para mí.
Apareció una chica de la nada que despertaba en mí los instintos más primarios.
Todo con ella era incontrolable, cada roce, cada mirada.
.. provocaban una reacción en mi cuerpo superior a mis fuerzas.
Quería besarla, sentirla a toda costa. La curiosidad era inmensa.
Yo tenía una relación. Sabía que no debía jugar con fuego pero…
—dejó la frase a medias y se metió al agua.
—¿Pero? —preguntó deseando saber más.
—Pero lo tendrás que averiguar por ti misma. Mi historia no es igual que la tuya, nunca hay dos historias iguales —aclaró—. Si quieres mi consejo, permítete sentir. —Se hundió en el agua, dejándola con la palabra en la boca.
Lina no sabía si seguirla por el agua o dejarlo estar. Vio cómo se alejaba sin mirar atrás. Entendió que la conversación había terminado.
Durante esa conversación… Inés estaba relajándose en la tumbona.
Sin previo aviso, un aluvión de tareas pendientes de la oficina vino a su mente.
Cerró los ojos y se centró en rememorar la noche anterior.
Seguramente nunca se volvería a presentar una oportunidad donde poder hacer lo que hicieron.
Quería atesorar cada recuerdo para no olvidarlo y poder recurrir a ellos cuando fuese necesario.
El cansancio se apoderó de su cuerpo. Anoche llegaron tarde a la habitación y después no es que durmiesen demasiado.
—Señora de la Corte, le he traído una limonada. No me gusta beber solo. —Carlos la sacó de su descanso.
Inés abrió los ojos con dificultad, no estaban preparados para tanta luz. Lo primero que vio fue el vaso de limonada frente a ella. Mientras daba un sorbo, pudo ver a Lina en el otro lado de la orilla hablando con Pilar.
—Creo que la limonada la has pedido para ti, porque está un poco fuerte —dijo intentando no toser al notar el alcohol bajando por su garganta.
—Lo siento, no concibo una bebida sin algo de chispa. —Levantó su vaso para brindar.
Se hizo un pequeño silencio entre los dos. Estar sin hablar no era algo que incomodase a Inés. Pero, evidentemente, para Carlos no era así.
—Ya he hablado con mi padre del local que tengo en mente para ti. Estoy seguro de que te encantará —afirmó totalmente convencido de sus palabras.
Inés todavía no entendía cómo había llegado a cerrar un trato sin tener apenas información sobre el lugar, el precio, la localización...
—Antes de cerrar el trato tengo que ver el local y el precio debe ser razonable, tanto del establecimiento como de la mano de obra — mostró sus reticencias.
—No te preocupes, Inés, confía en mí. Lo tengo claro.
Un local espacioso donde poder guardar muchos productos, cerca de sus oficinas, con acceso para las furgonetas y que dé a la calle para poder ampliar la tienda que tienen —relató como si no le costase esfuerzo recordar todo lo que hablaron la noche anterior.
Inés estaba sorprendida por la cantidad de datos correctos que le aportó.
—Tu padre… ¿estará de acuerdo con el trato? —preguntó para atar todos los cabos.
—Mi padre está encantado por hacer negocios con los de la Corte.
—Hizo una reverencia sentado—. Piensa que si en Barcelona se enteran de que una empresa como la suya hace negocios con nosotros, subirá el estatus y tendremos más clientes de postín.
—Le dio un trago a su limonada aderezada haciendo un sonoro ruido.
—Deduzco, por lo contento que estás, que el trato con tu padre sigue adelante. —Fue a dar un trago a su limonada, pero el olor la detuvo.
—Así es. En cuanto firmemos el contrato y prepare todos los documentos para la obra ya puedo empezar a preparar mi partida —dijo muy contento.
—Me alegro, entonces.
—El lunes me pasaré por tu oficina, ¿te parece? —preguntó con voz muy seria.
Inés recordó su agenda para el lunes. Quitando la incorporación de Mireya y un par de llamadas a unas galerías, no tenía mucho más que hacer. Pensaba dedicar la mañana a buscar más locales. Pero dado que eso parecía estar resuelto, tenía tiempo de sobra.
—A las once y media de la mañana sería una hora estupenda.
—Pues nos vemos mañana. —Tras dar unos pasos en dirección al edificio principal se volvió para levantar su copa y brindar en la distancia.
Inés levantó su copa para acompañar el brindis pero no bebió. En lugar de eso decidió mirar a una persona mucho más interesante. Lina se acercaba.
—¿Te he dicho ya que me encanta ese bañador? —preguntó Inés conociendo perfectamente la respuesta.
—¿De verdad te gusta mi bañador o te gusta más cuando no lo llevo? —preguntó bajando la voz y quitándole la limonada de las manos.
Lina le dio un buen trago esperando un sabor dulce y fresco. En lugar de eso se encontró con un sabor amargo que le quemó la garganta.
Inés se rio divertida. Se llevó la mano a la boca para no montar un escándalo, pero era demasiado tarde. Habían llamado la atención de Pilar que, divertida, fue a enterarse de lo que estaba sucediendo.
—Inés, esto… ¿qué es? —preguntó oliendo la limonada.
—Es… el desayuno de Carlos. Dice que le gustan las bebidas con chispa —al decir la última palabra le añadió un gesto como si llenase un vaso con una petaca.
Pilar se sentó junto a ellas.
—Contadme, ¿qué es eso tan divertido? —preguntó antes de taparse con la toalla.
—Nada, seguro que usted ya se ha dado cuenta, pero Carlos… — Lina no supo cómo terminar la frase.
—Bebe como un cosaco.
—Efectivamente —añadió Inés en tono divertido.
—Ese chico… no sé dónde mete tanto alcohol. Yo nunca le he visto borracho —informó.
—Tal vez, nunca le haya visto sobrio —puntualizó Inés.
La cara de Pilar lo dijo todo. No había caído en esa posibilidad.
—Ustedes… ¿hasta cuándo se quedan aquí? —preguntó para cambiar de tema.
Lina miró a Inés. Ella era la que conduciría el coche y, por lo tanto, la que decidiría.
—Nos iremos pronto. Comeremos por el camino. Mañana hay que trabajar y, según parece, tengo un trato que cerrar con Carlos —dijo incrédula de sus palabras.
—Y usted, Pilar, ¿sabe cuándo se marcha? —preguntó Lina con un interés real.
—Mi marido intentó seguir el ritmo de Carlos anoche. Evidentemente, no aguantó ni la mitad que él. Dependiendo de cuándo y cómo se despierte, nos iremos. Yo estoy deseando volver a casa. —Miró con complicidad a Lina.
Inés se percató de esta complicidad. Miró a Lina y frunció levemente el entrecejo.
—Pilar tiene tres hijos —le explicó, al leer su mente—, imagino que les echará de menos.
—La verdad es que sí. Hay días que me encantaría coger la puerta y marcharme. Pero cuando me marcho de verdad los añoro —dijo con ternura.
Se hizo el silencio entre ellas. Lina no sabía si sacar otro tema de conversación o no.
—Inés, tengo que hacer la maleta y me gustaría ducharme antes de irnos. Quiero subir a la habitación para prepararlo todo —dijo Lina mientras recogía su toalla y el vestido.
—Yo también debería hacer mi maleta. —Inés se levantó y se puso delante de Pilar—. Ha sido un placer conocerla. Espero que nos vea-mos en un futuro.
—Seguro que sí —se despidió con una gran sonrisa.
—Hasta otro día, Pilar. Ha sido un verdadero placer hablar con usted. Ya nos veremos… —estuvo a punto de decir «ya nos veremos en el bar». Supo reaccionar a tiempo y terminó la frase diciendo— en otro lugar.
Pilar sonrió como si guardase un secreto.
Inés y Lina recogieron sus cosas y dejaron libre la habitación.
Mientras Lina metía las maletas en el coche, Inés se ocupaba de pagar la cuenta del balneario.
El trayecto de vuelta fue sencillo. No había muchos coches en la carretera.
Quitando el primer tramo en que el estado de la carretera dejaba mucho que desear.
Lo demás era casi conducir en línea recta.
En un momento del viaje que no tenía nada de especial, miró a Lina, la vio con los ojos cerrados.
No sabía si estaba dormida o disfrutando de los rayos del sol que le daban en el rostro.
No pudo evitar sonreír al pensar que no tendría ningún problema en viajar a cualquier parte con ella.
Inés tuvo una necesidad. Posó la mano con delicadeza en su pierna.
No tenía intención de despertarla. Solo quería sentirla un poco más cerca.
Ella, sin abrir los ojos, puso la mano encima de la suya.