En una nube #2
Miró los desayunos. Olían que daba gusto.
Había dos tipos. El dulce, con churros, tostadas con mermelada, chocolate y una especie de empanadilla rellena de crema.
Se parecía a un postre que probó en Venecia una vez, pero la masa era totalmente diferente.
El otro era salado: tostadas con aceite y sal, un bote de tomate triturado, jamón serrano, y una tortilla francesa.
Ambos desayunos venían acompañados de café, té y fruta.
Inés movió la mesa de manera que pudiesen desayunar disfrutando de las vistas a las montañas. Le recordó a cuando Lina hizo lo mismo para que cenasen viendo el mar.
Cuando todo estaba listo, fue a despertarla; a mitad de camino tuvo una ocurrencia. Volvió a la mesa y dudó si coger un churro o un poco de jamón serrano. Finalmente se decantó por el churro.
Su cara angelical durmiendo le hizo replantearse la broma. Finalmente, con una sonrisa divertida propia de una niña que va a hacer una travesura, le pasó el churro cerca de la nariz. Tuvo mucho cuidado para no tocarla. No reaccionó. Hizo un segundo intento pasando más cerca y más lento.
Lina tuvo una pequeña reacción al estímulo olfativo. Arrugó la nariz. Inés tuvo que taparse la boca porque las carcajadas iban a salir sin control y la despertaría de malas maneras.
Cada vez que Lina movía la nariz o hacía un ruido al respirar, Inés se alejaba de la cama para no alertarla con su risa.
Al tercer intento, empezó a despertarse. Movió su brazo buscando a Inés en la cama; como no la encontró, abrió lentamente los ojos. Era evidente que la luz le molestaba.
—Qué rico huele —dijo medio dormida.
Inés volvió a acercar el churro a Lina, haciendo lo posible por con-tener su risa. Escuchó cómo inhalaba profundamente.
—Huele a churros. —Abrió los ojos.
Inés no pudo contenerse más, una carcajada sincera y profunda salió de ella.
Cuando Lina logró enfocar su mirada, la encontró sentada en el suelo, muerta de la risa con el churro en la mano. Tardó un par de segundos en comprender lo que sucedía.
—¡Eh! Has amanecido con ganas de fiesta —se quejó mientras le cogía el churro de la mano y se lo llevaba a la boca.
Inés intentó responderle, pero el ataque de risa no se lo permitió.
—Mírala, qué bien te lo pasas, ¿no? —Le dio otro bocado—. Pues está bueno.
Inés, al verla sentada en la cama, desnuda comiéndose el churro, no pudo más. La risa la llevó a apoyar su espalda contra el armario.
Lina, al verla reír de esa manera, no pudo evitar unirse. Su risa era contagiosa. Cuando la intensidad de la diversión bajó, Lina señaló a Inés con el churro y le preguntó:
—¿Quieres? Está tan rico como huele.
Inés volvió a reír.
Lina terminó el churro al no tener respuesta, se puso la bata y caminó hacia ella.
Se agachó para tener sus rostros a la misma altura.
—Me encanta cuando te ríes de esta manera. Creo que nunca antes te había visto reír tanto y tan fuerte —su voz estaba cargada de ternura.
—No recuerdo la última vez que reí así. —Consiguió controlarse un poco para poder hablar—. Quizás sea porque tú me haces muy feliz.
Lina la besó con azúcar en sus labios.
—Pues sí que está bueno —sentenció Inés relamiéndose.
Lina la ayudó a levantarse y se fueron juntas a la otra habitación. Al ver cómo lo había preparado todo, le dio un abrazo.
—Me encanta, gracias —susurró a su oído.
—¿Qué prefieres, dulce o salado? —preguntó ofreciéndole las dos sillas.
Lina miraba un lado de la mesa y después el otro. Intentaba decidirse, le gustaban unas cosas de un lado, pero otras del otro.
—¿Y si los compartimos? —preguntó al fin.
—Algo me decía que esa iba a ser tu respuesta. —Le acercó un tenedor.
El desayuno fue tranquilo. Hablaron de lo bonito del paisaje, de lo rico que estaba la comida.
Sorprendentemente, ninguna comentó la noche anterior. Tenían miedo de que todo hubiese sido un sueño y, al contarlo, se diesen cuenta de que no sucedió en realidad.
—¿Te apetece que bajemos a las piscinas después del masaje? —preguntó Inés mirando por la ventana—. Parece que no hay demasiada gente en el balneario.
—Sí, claro. Nunca he ido a unas piscinas naturales.
Una de las piscinas naturales estaba algo apartada. Inés y Lina se instalaron en dos tumbonas que estaban cerca de un gran olmo. Les ofrecía la mezcla justa entre sol y sombra.
Lina fue la más atrevida, se deshizo rápidamente de su vestido y fue al agua directamente.
Inés se apoyó en una roca para disfrutar del sol. Cerró los ojos con la intención de centrarse más en sus sentidos. Podía sentir el color del sol, la suave brisa y el agua mojando su piel.
Estaba tan absorta en todas esas sensaciones que no se percató de que Lina se iba acercando poco a poco.
Sin previo aviso, cogió a Inés de los hombros y la hundió bajo el agua.
El susto la inmovilizó, los cálidos labios de Lina sobre los suyos fueron una sorpresa muy grata que no supo procesar hasta que salió del agua.
Lina la miró con ojos cómplices y divertidos. Inés entendió lo que quería y se zambulló en el agua, esta vez, por voluntad propia. Con sus manos buscó a tientas el rostro de su amada. Se encontraron y ambas se fusionaron en un beso.
Se convirtió en un juego. Metidas en el agua vigilaban que nadie las pudiese ver para darse alguna que otra muestra de amor furtiva.
El ruido de unas voces las alertó. Se alejaron con mucha naturalidad, dejando una distancia socialmente aceptada.
Un hombre alto con una copa en la mano se acercaba a la piscina mientras hablaba con una mujer que era conocida solo para Lina.
—Señorita de la Corte y señorita Escudero —saludó Carlos como si se quitase el sombrero—. Qué buena mañana para tomar un baño, ¿no creen?
—Por supuesto, hace un día estupendo —le contestó Inés.
—Anoche no las vi en el baile. —Carlos inició conversación.
—Ya, me encontraba algo indispuesta y Lina se quedó para cuidarme —respondió Inés con una templanza absoluta.
Lina miró de reojo a la mujer que acompañaba a Carlos. Pudo ver cómo una sonrisa se dibujaba en su rostro, gesto que la tranquilizó enormemente, pues estaba segura de que su secreto estaba a salvo con ella.
—Voy a pasarme por el bar, ¿quieren que las invite a una copa? — preguntó acomodando su toalla justo al lado de la de Inés.
—¿No le parece un poco pronto para beber? —puntualizó Lina.
—¿Pronto? Para mí es tarde, aún no me he acostado —explicó antes de marcharse.
Inés y Lina se miraron extrañadas.
—Perdone, no nos han presentado —Inés se dirigió a la mujer que acompañaba a Carlos—. Soy Inés de la Corte, ¿usted es?
—Mi nombre es Pilar de la Rosa, es un placer conocerla. —Acto seguido estiró su toalla justo al lado de la de Lina.
Lina no sabía dónde meterse, ambas se conocían, pero todo este tiempo había decidido omitir los detalles del lugar donde lo hicieron.
Inés salió del agua y se cubrió con su toalla, el día era soleado pero el aire podía ser muy traicionero.
—Disculpe joven, ¿cuál es su nombre? —preguntó Pilar con una sonrisa.
—Soy Lina, Lina Escudero —respondió al salir del agua.
—Un placer conocerla, su cara me resulta muy familiar. ¿Nos hemos visto antes? —preguntó divertida. Decidiendo hasta dónde llevaría ese juego.
Lina no supo qué contestar, los nervios empezaban a ser latentes en su comportamiento. Por suerte, solo era una broma y Pilar salió en su rescate.
—¡Ah! Ya sé, me recuerdas mucho a mi sobrina. Con esa melena morena y los ojos a juego. —Le guiñó un ojo.
—¡Anda, qué casualidad! —se tranquilizó al ver que Inés no se percató de nada.
Pilar se dirigió al agua.
—Lina, ¿le importa ayudarme?—preguntó desde el borde de la pis-cina—. Esto tiene pinta de ser muy escurridizo y no me gustaría caerme.
—Descuide, yo le ayudo.
Inés se acomodó en la tumbona envuelta en su toalla.
Pilar y Lina entraron al agua por la zona donde estaban las escaleras de piedra, justo al lado opuesto de donde Inés descansaba.
—Imagino que ella no sabe dónde nos vimos por primera vez —bajó el tono para que no la escuchase.
—Imagina usted bien —le confirmó con una sonrisa.
—Puedes estar tranquila, muchacha, no voy a decir nada. En mi juventud también disfruté de la vida, pero claro, eran otros tiempos. Lo máximo que podíamos hacer era darnos la mano en algún lugar escondido de un parque —narró con cierta nostalgia.
Lina se rio solo de imaginar a Pilar mucho más joven, entrelazando sus dedos justo después de comprobar que nadie pudiese verlas.
Echó un vistazo a Inés. Estaba tumbada con los ojos cerrados. Lina no sabía si estaba dormida o disfrutando de la soledad. En cualquier caso, sería mejor dejarle su espacio.
Pilar se sentó en una roca y le hizo una señal a Lina para que se sentase junto a ella.
—Es muy guapa —dijo mirando a Inés.
—La verdad es que sí, es realmente bella. Por dentro y por fuera —dijo sin apartar la vista de su amada.
—Eso es bueno.
Lina recordó el encuentro que tuvieron anoche. Le pareció muy divertido que Pilar sí se percatase de quién era cada una y, en cambio, Carlos no supiese que estuvieron allí.
—¿Le puedo hacer una pregunta? —Lina no quería dejar la conversación ahí.
—Más o menos ya lo has hecho, pero adelante —le concedió.
—¿De qué conoce usted a Esperanza? —intentó disimular su interés, pero parecía que a Pilar no se le escapaba una, porque la miró de reojo a la vez que levantaba la ceja más cercana a ella.
—Tal vez no debería contarte esto, pero… —La miró directamente a los ojos, valoraba si continuar o dejarlo pasar. Lina vio que algo le impedía tomar la decisión a favor suyo y decidió intervenir.
—No me conoce de nada y entiendo que no confíe en mí. Seguramente yo no lo haría. —Hizo una pausa para pensar sus siguientes palabras—. Si le soy sincera, hace poco que la conozco y me resulta un misterio complicado de resolver.
Pilar escuchaba con atención evaluando todo lo que decía y cómo lo decía.
—Hay momentos en que es muy accesible y abierta, pero en otros es como un libro cerrado… puede llegar a ser más cabezota que yo… que ya es decir.