Juntas en Barcelona En una nube
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En una nube

El camino hasta la habitación fue silencioso, no era necesario decir nada. Una sonrisa de satisfacción se instaló en sus rostros.

En el ascensor, aún cogidas de la mano.

—Inés, ha sido increíble —rompió el silencio deshaciéndose de la máscara.

Inés la detuvo.

—Lo hemos hecho bien. Espera que lleguemos a la habitación por si acaso —le sugirió deteniendo su mano delicadamente—. Además, me encanta cómo resalta tus ojos.

Lina sonrió y obedeció. Dentro de muy poco debía cumplir su parte del trato y dejar que ella decidiese todo lo que iba a ocurrir en la habitación.

Llegaron. Inés cerró la puerta tras de sí.

—Lina —dijo en un tono muy serio.

La mujer del vestido rojo se giró mirando directamente a sus ojos azules, se acercó a ella quedándose a tan solo unos centímetros de su rostro. Inés deshizo el nudo de la máscara y se la quitó con todo el cuidado del mundo. Después, se deshizo de la suya.

Allí estaban las dos, una delante de la otra, expectantes. Sin saber cómo empezar. Habían hecho el amor muchas veces desde que Inés dio rienda suelta por primera vez a sus deseos, pero aun así, seguían poniéndose nerviosas en el momento previo.

Inés se regaló unos segundos para observarla de arriba abajo.

Quería deleitarse con su belleza. Ese vestido le quedaba estupendamente y el maquillaje alrededor de sus ojos provocaba que su mirada se intensificase, haciéndola más seductora.

Además, el color rojo de sus labios los hacía muy, pero que muy apetecibles.

El deseo fue creciendo en ella con cada detalle que veía en su pareja de baile.

Sin decir palabra recorrió el espacio que quedaba entre las dos para besarla. Un beso intenso, fuerte, cargado de deseo. Lina se lo devolvió con la misma intensidad. Era como si llevasen días sin besarse cuando en verdad solo habían pasado unas horas.

El beso terminó, Lina se llevó sus dedos a los labios. Había sido tan intenso que le dejó un cosquilleo en ellos. Su respiración era profunda. Se había excitado con un simple beso.

Inés recordó el trato que tenían. Una sonrisa maliciosa apareció en su rostro de manera inconsciente. Se quitó la chaqueta. La miró a los ojos y después observó los botones de su camisa.

Lina entendió la orden a la perfección. Empezó a desabrocharle los botones uno a uno. Cuando llegó al último, abrió la camisa por completo y un suspiro se escapó al ver ese cuerpo que parecía haber sido esculpido en mármol por los dioses de la antigua Grecia.

Sus miradas volvieron a conectar, era como si pidiese permiso para quitarle el cinturón. Inés asintió parpadeando lentamente, de manera suave y muy sensual.

Al quitárselo, los pantalones cayeron al suelo.

—Date la vuelta—ordenó Inés.

Lina se giró sobre sí misma. Inés se acercó tanto a ella, que ambas se tocaban. Cuando sintió el calor de su cuerpo semidesnudo se le cortó la respiración. Sabía sus intenciones, pero desconocía cuál sería el siguiente paso y eso la excitaba.

Inés la rodeó con sus brazos y le quitó el cinturón.

Pudo notar, perfectamente, cómo su abdomen se tensaba con el contacto.

Lo que le dio una idea. Puso sus manos en el vientre y fue acariciándole hasta llegar a sus pechos.

Lina soltó un gemido y relajó su cuerpo.

Por un momento, pensó que perdería toda la fuerza en sus piernas.

Poco a poco le fue bajando la cremallera del vestido.

Al caer al suelo Inés observó la suavidad de su piel.

No pudo resistirse, necesitaba sentir ese tacto en sus labios.

Besó su hombro, el cuello. Cambió de lado y repitió el proceso en el otro.

Entre beso y beso desabrochó el sujetador.

Cuando la espalda estuvo liberada de cualquier tejido que pudiese molestarla, dibujó una línea con sus labios.

Una línea con muchas curvas y espirales.

Cada vez que pasaba por la columna vertebral podía notar cómo su cuerpo reaccionaba de manera involuntaria.

Inés leyó su cuerpo, le pedía a gritos que se girase para besarla, necesitaba abrazarla, sentirla más. Tener un contacto sin obstáculos, sin tejidos de por medio, solo piel. Finalmente decidió sucumbir a sus deseos. En parte. La besó de nuevo en el cuello.

Lina no pudo más, necesitaba los labios de Inés, la sensación del último beso ya se había esfumado y ansiaba volver a tenerlos cerca.

Se giró y la besó introduciendo la lengua en su boca.

Su lengua fue la culpable de entretener a Inés lo suficiente para que no se diese cuenta de que le estaba desabrochando el sujetador.

Este terminó en el suelo, junto al suyo.

Un gemido muy placentero y totalmente deseado provocado por el contacto de sus cuerpos suaves y desnudos detuvo el beso.

Inés aprovechó que estaban frente a frente para darle otra orden.

—Túmbate en la cama —la petición se produjo sin apartar sus ojos de los de ella. Su cara estaba muy seria, pero en un instante, le sonrió con los ojos.

Lina retrocedió un par de pasos hasta llegar a la cama, desde allí la miró de arriba abajo, y le dedicó una sonrisa triunfal que significaba: «Yo obedezco pero estas vistas… merecen la pena».

Lina se sentó en el borde la cama. Inés se acercó a ella. Con un movimiento de cabeza le indicó que se fuese más al centro. Obedeció despacio. Expectante, era como un animal que sabe perfectamente cómo el depredador espera un descuido para abalanzarse.

Inés, con una delicadeza extrema, acarició con sus dedos índices el abdomen de Lina, trazando dos líneas opuestas que partían desde el ombligo, cuando llegó a las caderas bajó lentamente sus bragas de encaje.

Cuando Lina llevaba ese tipo de lencería le costaba quitársela porque le daba un aspecto realmente sensual.

Inés se quitó lo que le quedaba de ropa para estar en igualdad de condiciones. La miró directamente a los ojos, no hubo titubeos, no existieron dudas ni más disfrute previo.

Inés tenía claro lo que deseaba y no pensaba tardar más en conseguirlo.

Quería sentirla de la forma más especial que conocía, quería poseerla de la manera más íntima posible.

Entrelazó sus piernas con las de ella, de manera que sus cuerpos estuviesen cerca, muy cerca, tan cerca, que sus pechos se rozaban los unos con los otros.

Se besaron, un beso con ansia, Lina le tenía tantas ganas que le mordió el labio inferior.

Inés reaccionó acercando más su cuerpo al de ella, de manera que los dos puntos de más humedad se rozaron.

Fue una sensación nueva, diferente y sobre todo caliente, muy caliente.

Parecía que estaban hechas para encajar la una con la otra.

Estaban tan cerca que respiraban sus alientos.

A cada movimiento esas respiraciones aumentaban.

A partir de entonces, olvidaron las caricias, no hubo besos, solo placer y excitación provocando gemidos que llenaron la habitación.

En esa búsqueda de placer se movían juntas, al compás. Acercaban y alejaban sus cuerpos. Su punto de unión estaba caliente y húmedo, muy húmedo. Cada roce, cada movimiento, les producía un placer como nunca antes.

La conexión era tan intensa que el placer de una pasaba a la otra. Multiplicando la excitación.

Inés no podía más. Esa postura era totalmente placentera pero necesitaba más. Quería llegar al orgasmo y de esa manera, por mucho que le gustase, no iba a lograrlo.

—Tócame, Lina —imploró en un susurro.

Lina obedeció. La besó mientras se ponía encima de ella. No quería perder la cercanía, no quería perder el roce de sus pieles desnudas. Con sus dedos tocó el punto de más calor en Inés. Sentirla de esa manera, tan implorante, tan entregada, la excitó hasta el extremo.

Sus dedos firmes y decididos ejercieron la presión justa en ella haciéndola enloquecer. De un lado a otro, rápido, constante, casi rítmico… Las caderas de Inés empezaron a temblar, prueba inequívoca de que estaba haciendo exactamente lo que ella necesitaba.

Los gemidos marcaron el ritmo. La respiración acompañaba a los gemidos. Todo se intensificó. Hasta el punto en que reinó el silencio… Inés soltó un último gemido profundo, sincero, mientras tensaba todo su cuerpo.

Lina estaba tan excitada que no podía más, necesitaba correrse. Se puso al lado de Inés y decidió tocarse ella misma. Le faltaba tan poco que no podía esperar.

Inés, al verlo, le quitó su mano de inmediato y sin decir ni una sola palabra, la reemplazó por la suya.

Lina soltó un grito ahogado. Inés se acercó a ella. Quería respirar su orgasmo y tras la primera bocanada de aire, Inés la besó.

Lina, aún con la respiración acelerada, la abrazó. Inés se acomodó a su lado, apoyando la cabeza en el hueco que ya consideraba suyo, el que se forma entre el hombro y el cuello. Y sin más, el sueño se apoderó de ellas.

Unos golpes despertaron a Inés. Provenían de la otra habitación. Se puso su bata de seda y caminó rápidamente para llegar a la puerta. Al otro lado estaba el mismo joven del servicio que les había subido las maletas el día anterior.

—¡Buenos días! Traigo el desayuno—dijo con una gran sonrisa.

Introdujo el carrito hasta dentro de la habitación. Cuando vio que la cama no estaba deshecha, puso cara de contradicción.

Inés se percató de ello. Cogió el bolso de Lina y buscó en su interior unas monedas para dárselas de propina.

—No puedo estar tranquila si la cama está sin hacer —explicó mientras le entregaba la propina.

—A mi madre le pasa igual —comentó alegremente mientras dejaba los platos sobre la mesa—. Si necesitan algo más, no duden en llamar a recepción. Soy el encargado de esta planta —terminó diciendo con orgullo.

—Por el momento no necesitamos nada. Muchas gracias. —Le dedicó una gran sonrisa y lo acompañó hasta la puerta.

Después de cerrarla, respiró aliviada.

—Ese chico no se entera ni de las monedas que le he dado —pensó.