Máscaras #5
Lina se quedó petrificada. En teoría, el cambio de vestido, de peinado y la máscara era para que nadie las reconociese. Si esa mujer lo había hecho, su plan tenía muchas fisuras. Un camarero trajo dos cervezas inmediatamente.
—No hace falta que responda, muchacha, sé que sí.
—¿Cómo…? —Lina dudó si preguntar.
—¿Cómo he sabido que eras tú? —la mujer terminó la pregunta. Lina asintió antes de dar un trago a la cerveza—. Esos ojos negros son inconfundibles. Reconocería esa mirada en cualquier parte, por mucho maquillaje o máscara que se ponga.
Lina sintió cómo el calor le subía hasta sus mejillas. Afortunada-mente la máscara le escondía el rostro.
—¿Mis ojos? —preguntó con inocencia.
La mujer soltó una carcajada digna de una villana de cualquier historia. Con su máscara le señaló los zapatos.
—Mi marido es zapatero. Me fijo mucho en los zapatos de la gente, dicen mucho de las personas.
—Se puso la máscara de nuevo en el rostro y continuó—: Los tuyos en el bar me dijeron que eras una trabajadora.
Son cómodos y duraderos. Los que llevabas con el vestido negro eran iguales, un poco más elegantes, pero cómodos, al fin y al cabo.
Estos rojos me dicen lo mismo. Solo una persona entre tanta gente adinerada llevaría unos zapatos de esas características —concluyó satisfecha por su deducción.
Lina miró sus pies. Nunca había pensado en eso.
—La mujer que te acompaña no es de tu clase. Los suyos son ele-gantes, incómodos y, aunque camine como los ángeles, sin tocar apenas el suelo, deben de hacerle daño al terminar el día. —Le dio un sorbo a su cerveza.
Lina sonrió al recordar a Inés masajeándose los pies más de una noche. Le dio un trago largo a la cerveza que le animó a preguntar:
—Hoy… ¿no viene su acompañante? —preguntó guiñándole un ojo.
La mujer sonrió. Nunca había hablado tan alegremente de ese tema. Siempre había sido una conversación tabú.
—Muy a mi pesar, no. Intenté convencer a mi marido de que debía pasar tiempo a solas con los niños, pero no hubo manera. En esta fiesta se pueden hacer muchos negocios —al terminar soltó un pequeño suspiro de resignación. A Lina no le hizo falta preguntar, sabía que la echaba de menos.
—Bueno. Es nuestra cruz. No podemos hacer lo que queremos con quien queremos siempre. —Alzó la cerveza para que brindasen juntas.
—Tienes razón, pero las cosas están cambiando—le aseguró.
—¿Usted cree? —preguntó Lina, que no las tenía todas consigo.
—Claro. Vosotras estáis aquí, ¿no? —Esperó su respuesta.
Al no llegar, continuó hablando—: Vosotras sois muy valientes por atreveros a venir aquí y vivir vuestro amor.
En mis años mozos no me habría atrevido.
Bueno, ni en mi juventud ni ahora. Por eso, digo que las cosas están cambiando.
Gracias a mujeres como vosotras se evoluciona.
Lina la miró extrañada, ella no notaba ningún cambio.
—Paso a paso, joven. Aunque no lo creas, esto es un paso muy im-portante para personas como nosotras.
Si eres capaz de enfrentarte a esta gente, aunque sea en secreto, cuando puedas lo harás a pecho descubierto.
—Lina la iba comprendiendo. Su fascinación aumentaba con cada palabra que escuchaba—.
Vosotras sois las armas secretas que tenemos para llegar a una sociedad que nos acepte, que les dé igual lo que hagamos o a quién amemos en nuestra alcoba.
Es como tu amiga Esperanza. Con su bar está haciendo mucho bien. Es una chica estupenda.
—¿Con su bar? —preguntó sin saber a qué se refería.
—Sí, su bar —repitió como si Lina estuviese al corriente—.
Esperanza ha acogido a más de una persona en su bar.
Ahora está Tomás, después de lo de su padre…
menuda paliza. —Se horrorizó solo de recordarlo.
Guardó silencio unos segundos y se despidió—: Nos vemos otro día…
en el bar o donde sea. Me ha gustado hablar contigo.
Lina se quedó sin habla. ¿Tomás? ¿Una paliza? ¿Su padre le dio una paliza porque le gustaban los hombres? Si le gustaban los hombres, ¿qué hacía con Sofía?
Lina, absorta en sus pensamientos, no se dio cuenta de que una mujer preciosa, vestida con un traje de chaqueta y pantalón negro, se acercaba a ella.
—Esta noche decido yo —le susurro Inés—. Creo que… que te voy a tumbar en la cama y voy a recorrer cada centímetro de tu cuerpo con mis labios. Tras darte cien besos y mil caricias voy a hacer que sientas placer hasta que me pidas por favor que pare.
Lina solo de escucharla ya se estaba excitando. Se giró para poder ver esos ojos azules que la volvían loca.
Su respiración se cortó al verla. Lina no sabría explicar con palabras lo espectacular que estaba. Antes de aquella noche, habría jurado que era imposible ser más guapa. Tras verla, se retractó en sus pensamientos.
El traje negro le sentaba muy bien, nunca la había visto con pantalones, los cuales resaltaban sus curvas, acentuándolas.
La camisa morada de hombre, con los primeros botones desabrochados te invitaba a mirar lo que había más abajo.
Llevaba el pelo recogido en una coleta baja, había utilizado productos de hombre para echar toda su melena hacia atrás.
Su olor era muy sensual, su perfume era una mezcla entre aroma a hombre y a Inés.
Era desconcertante y a la vez enigmático.
Se había pintado el contorno de los ojos en negro, para resaltar más aún su azul.
El resto de la cara iba sin nada de maquillaje, lo que le hacía más atractiva todavía.
Sus labios al descubierto eran tan apetecibles, tan perfectos… que le costó mucho trabajo contenerse.
Lina no sabía si la música llevaba un rato sonando o acababa de empezar. Se percató de ella cuando Inés le hizo un gesto muy caballeresco y le preguntó:
—¿Me concedes este baile?
Lina puso su mano sobre la de ella y se dirigieron juntas a la pista de baile.
Las dos estaban nerviosas, pero emocionadas. Iban a bailar por primera vez como pareja, no como amigas.
Una vez allí, en mitad de la pista. Rodeadas de tanta gente moviéndose a la vez, parejas que llevaban una vida juntas y parejas que se habían conocido hace poco. Lina notó a Inés especialmente nerviosa.
Decidió tomar ella las riendas. Llevó la mano de Inés a su cintura.
Su otra mano la levantó, esperando que Inés la imitase.
Cuando lo hizo, la miró directamente a los ojos, cogió aire lentamente y lo soltó esperando que hiciese lo mismo.
Le dio un pequeño apretón en la mano y comenzaron a moverse al compás.
Los ojos de Lina clavados en los suyos provocaron que se olvidase de todo, no había nadie más en la sala. Solo ellas dos.
Lina tenía ese efecto. Era capaz de atraparte con su mirada, te trasportaba a un mundo donde solo existía ambas.
Su mirada te reconforta, te abraza, te hace sentir especial solo por el mero hecho de que te la está dedicando solo a ti.
Es imposible no sentirse afortunada. Hace que tu coraza, tus defensas desaparezcan, te presentes libre y verdadera ante ella.
Es aterrador a la vez que liberador. Y adictivo, muy adictivo.
Bailaron toda la noche, sin descanso. No importaba la música, daba igual cuántas personas siguiesen en el salón. Era su momento, estaban viviendo un sueño y nadie se lo iba a arrebatar.
Por una vez se sentían como una pareja más en ese salón. Quizás el antifaz les dio superpoderes o simplemente dejó al descubierto la valentía que llevaban en sus corazones. Porque esa manera de amar podía con todo lo que se les pusiese por delante.
En un momento de la noche, sin que nada hiciese ese instante especial, decidieron que ya era suficiente.
Cogidas de la mano se fueron del salón. Poco importaba el número de personas que quedasen en él.
Total, las habían visto bailar juntas toda la noche.
Porque se fuesen cogidas de la mano nadie se iba a escandalizar.