Máscaras #4
Lina no tenía ni idea de quién hablaba, pero al ver qu e Inés ponía cara de interés, ella decidió mirar a otro lado. Su vista se fue a la mujer del bolso de flores. Sonrió al ver que ella sí estaba bebiendo cerveza. La voz de Inés la atrajo de nuevo a la conversación.
—Tu padre es el dueño de la constructora e inmobiliaria Ibáñez —afirmó finalmente.
El joven sonrió satisfecho. Inés no supo si la sonrisa era por reconocer a su padre o porque el camarero llegaba con las bebidas. En cuanto le puso a cada comensal la suya, Carlos cogió la que le correspondía y le dio un largo trago.
—Sí, ese es mi padre. Es dueño de medio Barcelona. Al menos la parte que va desde la costa hasta el centro —dijo antes de darle otro trago a su bebida—. Señoritas, ustedes… ¿qué hacen aquí? —preguntó directamente.
Inés se escandalizó por la pregunta tan directa. Por suerte, Lina salió al rescate.
—Lo mismo que usted, disfrutar de comida y bebida gratis. —Levantó la copa para que brindasen los tres.
Carlos no desaprovechó la oportunidad.
—Entonces no venimos a lo mismo. Mi padre pensó que sería buena idea traerme a este evento, el cual me aburre soberanamente. Hasta que os he conocido a vosotras, debo añadir. Para que empiece a tener contactos, incluso algún negocio —explicó mirando a su alrededor.
—Este tipo de eventos suelen ser una buena ocasión para conocer a otros empresarios —dijo Inés para continuar con la conversación.
—Tiene toda la razón, Inés, es un lugar perfecto para hacerlos, si quiere, claro. Me encanta saber de las personas, interesarme por sus vidas, su historia, conocer lugares… —se quedó soñando un par de segundos— los negocios no son lo mío, no puedo hacer todo eso desde un despacho.
—Deduzco que usted… —Inés le iba a hacer una pregunta cuan-do le interrumpió.
—Tutéame, tuteadme las dos, porque yo pienso hacer lo mismo. Vamos a cenar juntos. Ya somos amigos. —Se terminó la copa.
Lina susurró a Inés:
—A este cuéntale lo que quieras. Con lo borracho que va, mañana olvidará todo.
Inés sonrió por la ocurrencia, se aclaró la garganta y comenzó de nuevo la frase.
—Deduzco que tú no has estudiado empresariales, ¿verdad? —dijo esforzándose por tutear a alguien que apenas conocía.
—Deduces muy bien, Inés. He estudiado periodismo, muy a pesar de mi padre. Quiero s er reportero internacional, ir a diferentes partes del mundo solo para cubrir noticias y contar la verdad —relató sintiendo cada palabra.
—Eso está muy bien —dijo Lina para animarle.
Carlos buscó de nuevo al camarero. Al no encontrarle, siguió ha-blando:
—Mi padre me ha propuesto un trato. Si lo logro, me deja irme un mes a Francia para que encuentre trabajo.
—¿En qué se basa el trato? —preguntó Inés muy interesada. Al ser su padre el dueño de medio Barcelona, quizás pudiese ayudarla a encontrar un local nuevo.
—Tengo que cerrar un trato de venta y reforma. Así de sencillo. O eso dijo él. Yo no lo veo sencillo. No sé de comisiones de venta, ni me interesa —se justificó.
—Precisamente Inés está buscando un local para ampliar su negocio —Lina intervino en la conversación.
—Pues trato hecho, Inés. —Carlos extendió la mano para estrechársela.
Inés, totalmente incrédula, le estrechó la mano sin saber qué clase de trato estaba haciendo.
—¡Hecho! —sentenció Carlos muy satisfecho. Se levantó de su silla y fue directo a la mesa central.
Inés y Lina pudieron ver cómo tenía unas palabras con su padre y miraba a Inés desde el otro lado del salón.
El padre asentía mirando la mesa. Algo le debió de decir Carlos que llamó su atención porque miró directamente a Inés.
Lina estaba viendo todo desde fuera y no estaba muy contenta con lo que estaba resultando.
—Inés, ¿tú entiendes algo? —preguntó tapándose la boca con la copa.
—No. Pero si consigo que un empresario como Ibáñez me tome en serio, estoy más que satisfecha.
Carlos terminó de hablar con su padre y se marchó por una de las puertas laterales.
Justo en ese momento los camareros empezaron a sacar los primeros platos.
La velada continuó sin más visitas de Carlos.
Conversaron animados con el matrimonio de ancianos que tenían justo delante.
La tapadera de ser primas había vuelto a funcionar.
La comida no era gran cosa. Un menú sencillo, con una gran presentación.
Los invitados empezaron a desaparecer poco a poco.
Todo el mundo se iba a sus habitaciones para prepararse para la fiesta.
—Inés, ¿nos vamos? —preguntó al ver que no había nada más que hacer allí.
Inés se levantó de la mesa y le hizo un gesto con la cabeza. Salieron por la misma puerta que habían entrado. De camino al ascensor escucharon una voz conocida.
—¡Inés y Lina! ¡Amigas! —Carlos se acercó desde la barra.
—Ve subiendo. Me deshago de él y nos vemos arriba —Inés ordenó con cariño.
Lina se subió al ascensor, pero antes de cerrar las puertas se rascó el corazón con dos dedos. Inés se llevó dos dedos a los labios y sonrió. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, cogió aire y forzó la sonrisa.
—Hola, Carlos, veo que vas bien —dejó la fraseen el aire.
—Voy bien cargado, Inés, bien cargado. Pero no me olvido de ti. —Se abrochó uno de los botones de la chaqueta—. ¿Qué tipo de local estás buscando? ¿Para qué? —La miró atentamente esperando una respuesta.
Inés supo que darle largas no serviría de nada. Los hombres con un par de copas de más podían ser muy insistentes.
—Tengo una empresa textil.
—Lo sé —la interrumpió.
Inés, sorprendida, decidió continuar:
—Quiero ampliar mi negocio. Necesito un local lo suficientemente grande para poder almacenar productos y abastecer a Francia en un futuro y a todas las tiendas del Levante.
—Veía cómo Carlos asentía y tomaba nota mental de todo, pero no sabía si era de verdad o solo fingía.
Divertida, decidió continuar y darle más datos para abrumarle con tanta información—.
También quiero ampliar mi tienda. Los dos locales o uno mucho más grande deben estar cerca entre ellos y de nuestras oficinas.
Me interesaría una reforma siempre que se ciña a un presupuesto preestablecido.
Y, sobre todo, lo más importante, lo quiero para ya mismo —terminó muy satisfecha.
Carlos la miró directamente a los ojos mientras cogía mucho aire. Inés estaba segura de que no se había quedado ni con la mitad de la información.
—Tengo el lugar perfecto para todo eso. Mi padre lleva tiempo queriendo deshacerse de él. El lunes llamaré a Hilos de la Corte y concertamos una cita. ¿Te parece? —preguntó antes de irse. En verdad no esperaba respuesta.
Inés cayó en la cuenta de que en ningún momento le había dicho dónde tenía su tienda ni el nombre de la empresa. Sí que era buen periodista.
Dejó de pensar en él enseguida, había algo más interesante esperándola en la habitación.
Llamó al ascensor y se subió imaginando la cara de Lina al ver la última sorpresa que le esperaba.
Inés entró en la habitación. Ella estaba a medio vestir.
Al verla, no pudo contenerse por más tiempo.
La llevó a la cama y la besó apasionadamente.
—Inés, si sigues por ahí… no vamos a bajar a la fiesta—le regañó en broma.
—Tienes razón. Quiero ir a la fiesta, pero me es imposible verte así y no desearte. —La besó de nuevo.
Inés se levantó de la cama, fue a su cuarto y trajo su máscara.
—Vamos a hacer una cosa. —Sonrió divertida—. Nos vamos a vestir pero bajaremos por separado —propuso.
—Como dos amantes que se encuentran en una fiesta —bromeó.
—Exacto. Mi máscara es esta. —Le enseñó su máscara blanca y morada—. Nos vemos en el salón en unos… ¿treinta minutos?—preguntó acercándose a sus labios sin llegar a tocarlos.
—Vale. Pero… —dejó la frasea medias.
—Pero… ¿qué? —preguntó besándole el cuello.
—Pero la primera que encuentre a la otra entre la multitud decide… —Los besos no la dejaron continuar.
—Decide… —Hizo una pausa. Lina cogió a Inés de la mano y le regaló un beso con bastante carga sexual.
—Decide quién empieza a dar placer esta noche. —Le desabrochó los primeros botones del vestido.
El rostro de Inés mostraba una mezcla de deseo, malicia y excitación que provocaron en Lina un arrepentimiento por haber dicho «esta noche» en vez de «ahora mismo».
Inés le dio un pequeño empujón, que la dejó tumbada en la cama.
Soltó un gemido para contener sus ganas y, tras mirarla de arriba abajo, fue a prepararse para una velada.
Pasados los treinta minutos, Lina ya estaba lista.
Llevaba el vestido rojo con el cinturón de Inés.
Se había hecho un recogido con una trenza de raíz.
Se pintó un poco más los ojos para que destacasen con la máscara y se cambió el color del lápiz de labios.
El rojo pasión era su nuevo color. Se puso la máscara y se miró en el espejo de la entrada.
Rio divertida al no reconocerse ni ella misma.
Con esa sonrisa salió de la habitación rumbo al gran salón.
Cuando llegó allí pudo ver cómo la gran mayoría de los hombres iban vestidos igual que en la cena.
Se habían puesto un antifaz negro o una máscara muy sencilla.
«Parece un salón lleno de bandidos a punto de robar un banco» pensó. La mayoría de las mujeres sí se habían cambiado de vestido. Sus máscaras no se sujetaban a la cabeza, llevaban plumas y grandes tocados a juego con sus vestidos.
Lina se apartó a un lateral de la sala. Desde allí podía verlo todo. Estaba deseando encontrar a Inés primero.
—Bonita máscara—dijo una voz detrás de ella.
—Muchas gracias —respondió a la mujer que se ponía delante suya.
El sonido de su voz, su complexión y el bolso de flores dejaban muy claro que aquella mujer no era Inés.
—¿Le apetece una cerveza? —preguntó la mujer.