Juntas en Barcelona Máscaras #3
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Máscaras #3

Inés la reconoció rápidamente. Le dio un sorbo a su copa para ganar tiempo e inventarse una buena historia.

—Difícil… no la veo cómoda. Creo que no suele ir a muchas fiestas.

Al marido ni le mira. Imagino que le guarda mucho rencor…

Ya sé. Su marido tuvo más de un desliz en su juventud.

Ella le perdonó porque, al ser de buena familia, es lo que debe hacer.

Va todos los domingos a misa. Parece joven.

Con tanto desliz no habrán tenido hijos y en su casa habrá muchos perros.

No. Gatos. Tiene tres gatos y les ha puesto nombres de duques o condes —casi no pudo terminar la frase de la risa que le estaba provocando su disparatada historia.

—No está mal. Nada mal —la animó con sarcasmo.

—¿Tú puedes hacerlo mejor? —Tocó su brazo con la mano que tenía escondida.

Lina cogió aire y se replanteó si era buena idea contarlo. Tenía tantas ganas de hacerlo que no le vio ninguna objeción.

—Yo creo que sí tiene hijos. Dos, no tres hijos. Pequeños, sí, tiran-do a pequeños. ¿Sabes qué es lo más interesante? —preguntó para crear expectación.

Inés levantó las cejas a modo de pregunta y con un movimiento rápido, elevando la barbilla, le apremió a que siguiese hablando.

—Creo que la que tiene un amante es ella. Pero no es un hombre, es una mujer —bajó el tono en esta última palabra.

El cambio de voz en Lina provocó que Inés se acercase un poco más a ella. Despertó su interés. Lina continuó:

—Su marido trabaja mucho, tanto, que no se ha dado cuenta de eso.

Ella ha metido a su amante en casa. Una mujer más joven.

La niñera de sus tres hijos. Y por las noches…

se escabulle para pasar la noche juntas.

Porque le ha convencido de que ronca muy fuerte y no puede dormir a su lado.

Tiene su habitación al lado de la de ella.

Solo tiene que andar un par de pasos por el pasillo para estar con su amor verdadero.

Por la mañana vuelve a su cama antes de que su marido despierte.

Inés no supo qué decir, la historia le pareció muy bonita.

—Por suerte para mí… —Inés hizo una pausa para llamar su atención— sé que no ronco. Esa excusa no te valdría conmigo. —Se rio de su propia broma.

—No necesito excusas porque adoro dormir contigo. —La miró de reojo—. Adoro hasta ese ruidito que haces, a veces, cuando sueñas.

—¿Qué ruido? —preguntó bastante incrédula, dándole un golpecito en el hombro. El sonido de un cubierto contra una copa de champán se escuchó en toda la sala.

—Muchísimas gracias a todos por venir —el anfitrión elevó mucho la voz—.

Estoy encantado de ver a tantas personas respetables en mi balneario, espero que en un futuro se repita.

—Hizo una pausa para las risas que llegaron de manera bastante comedida—.

Ahora pasaremos al salón comedor, espero que hayan entablado conversación con otros empresarios porque los asientos no están asignados.

Costumbre italiana, ya ven —volvió a bromear sin mucho éxito.

El discurso continuó, pero Lina no prestó atención.

Su mente se fue a lo que vendría después.

Ese baile con Inés. Llevaba deseándolo desde hacía tanto tiempo, que ya ni lo recordaba.

De pronto sintió una caricia en la espalda.

Inés le estaba pasando sus dedos por esa zona que hay justo antes de terminar la espalda. Lina cogió aire.

«Haz como si nada» se dijo a sí misma. Sonrió.

Inés la miró de reojo y al ver esa sonrisa hizo un gran esfuerzo por controlar sus labios y no besarla.

Utilizó su herramienta más efectiva: morderse el labio inferior y cerrar los ojos durante un segundo.

Lina la vio controlarse y le despertó una excitación igual a la de la noche anterior.

Una sonrisa juguetona se dibujó en su rostro y, acercando su boca al oído de Inés, le susurró:

—Más tarde seré toda tuya.

Inés realizó una respiración profunda. La miró con deseo.

Esta, le devolvió la mirada y sin controlar su cuerpo se acercó unos centímetros.

En ese momento desapareció el salón entero, los invitados y el anfitrión.

Solo existían Inés y sus labios perfectos entreabiertos esperando un beso.

La tentación fue mayor que su fuerza de voluntad.

Fue directa a besarla. La sala rompió en aplausos.

Lina al escucharlos se asustó y detuvo inmediatamente su intención.

Miró asustada de un lado para otro. Nadie había parecido enterarse.

Nadie, excepto una mujer sentada en una silla con un bolso de flores.

La mujer le dedicó una leve sonrisa y alzó de manera muy tímida su copa.

El rubor apareció en las mejillas de Lina.

—Ha estado cerca —escuchó decir a Inés. Mientras esta dejaba su copa y seguía a la multitud que entraba en el salón comedor.

—No te imaginas cuánto —dijo en un susurro tan suave que solo ella pudo escucharlo.

El salón comedor tenía dos mesas muy largas unidas por una más corta.

Las mesas estaban decoradas a la perfección, toda la sala tenía tonos azules.

La vajilla, las copas, los cubiertos estaban grabados con el emblema del balneario.

El dueño no había escatimado en gastos. Por las paredes había cuadros preciosos de cascadas, fondos marinos y riachuelos que desembocaban en lagunas.

El anfitrión invitó a un hombre de edad avanzada a su mesa.

Este trajo a su mujer y a su hijo, pero no había sitio para todos.

Debían tener los asientos restantes reservados.

Los cuatro se quedaron allí un rato mientras el resto de invitados escogía sus lugares.

Inés y Lina eligieron un par de sillas cercanas al final de la mesa.

De ese modo no tendrían que interactuar con mucha gente.

Lina realizó un rápido vistazo a las mesas, buscando a la mujer del bolso de flores. La primera vez no la encontró, en la segunda búsqueda, esta más exhaustiva, vio que estaba unos seis o siete asientos a su derecha.

Un hombre de unos sesenta años se sentó a su lado con su esposa. Había algo en él que le resultaba tremendamente familiar. No tenía pelo, llevaba una barba y un bigote de varios días sin afeitar. Le miró de reojo y supo perfectamente a quién le recordaba.

—Inés, mira quién tengo al lado —dijo dándole un par de golpes con su codo.

Inés, extrañada, miró con disimulo al hombre que le indicó con la cabeza.

—¿Quién es? —preguntó totalmente desubicada.

—Es tu hermano Julián, cuando sea mayor. —Hundió su rostro en el hombro de Inés porque no podía contener la risa.

Inés se tapó la boca con la servilleta para que no se la escuchase.

Acto que no tuvo ningún éxito, pues el Julián viejo y su mujer las miraron con desaprobación.

La carcajada fue mayor cuando vieron que la mujer que tenía al lado de pelo liso y castaño, de complexión delgada, se parecía mucho a Faustina.

«Madre e hijo unidos para siempre» pensó Lina.

El ruido de un camarero poniendo una silla al lado de Inés les cortó la carcajada por completo. Ambas se miraron desconcertadas.

Un camarero trajo lo necesario para sentar a un invitado más a la mesa. El joven se acercó y tras mover la silla para sentarse les dijo:

—Espero que no les importe. Creo que alguien no sabe contar los asientos. —Les dedicó una bonita sonrisa.

Inés y Lina intentaron contener la risa, pero seguían pensando en la pareja que tenían al lado. Lina rompió a reír la primera, Inés la siguió.

—¡Vaya! Mi abuela siempre ha dicho que soy gracioso, pero no pen-saba que tuviese tanta razón. Soy Carlos Ibáñez —el joven se presentó.

Inés fue la primera en responder a su saludo. Controló su risa antes de decir:

—Soy Inés de la Corte. Es un placer conocerle. —Alzó su mano para estrechársela.

—Encantado —dijo antes de mirar a Lina esperando su nombre.

—Soy Carolina Escudero. Pero puede llamarme Lina. —Le dedicó una sonrisa, pero no le extendió la mano. No se sentía cómoda con ese tipo de cosas tan protocolarias.

Carlos, al ver la decisión de Lina, le hizo una leve reverencia. Después, apuntando con su mano a la silla, les preguntó:

—¿Os importa que me siente aquí?

—Adelante —le invitó Inés acercando su silla a Lina para crearle más espacio.

—No se moleste, Inés, tengo espacio de sobra —aclaró el joven al sentarse—. La puedo llamar Inés, ¿verdad? —preguntó con cierto temor.

Inés miró a Lina de reojo para tener complicidad con ella.

—Solo si nos cuenta por qué se ha quedado fuera de la mesa presidencial —propuso muy seria.

El joven guardó silencio. Las miró y decidió complacerlas.

—A mujeres que se ríen de mis chistes malos, les cuento lo que haga falta. —Elevó la vista en busca de un camarero. Cuando lo encontró le hizo un gesto para que se acercase.

Inés y Lina se miraron. No hizo falta hablar, las dos sabían perfectamente lo que pensaba la otra. El chico había aprobado, podía quedarse y darles conversación. El camarero se situó entre Inés y Carlos.

—Yo quiero un whisky doble y un vaso de agua.

Después miró a Inés y Lina para que pidieran lo que quisiesen.

—Dos copas de vino blanco —dijo Inés, hablando por las dos.

Lina se limitó a asentir y sonreír. La verdad es que, en ese momento, le apetecía más una cerveza, pero no vio a nadie pedir una.

Pensó que en cenas de esa clase, nadie bebía algo tan vulgar.

Inés invitó con un gesto a Carlos para que comenzase su historia.

Comprobó si el camarero venía, pero al no encontrarle decidió empezar sin su copa.

—Soy el progenitor de Desiderio Ibáñez. —Hizo una pausa esperando la reacción de sus dos nuevas acompañantes. Al no haberla aclaró—: Desiderio Ibáñez, el empresario, el de la inmobiliaria. —Esperó al ver que Inés hacía un intentó por recordar.