Juntas en Barcelona Máscaras #2
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Máscaras #2

Rompió a llorar. Lloró como hacía mucho tiempo que no lloraba.

Lina la abrazó aún más fuerte. Inés le devolvió el abrazo, hundiendo su cabeza en el hueco que se crea entre el hombro y el cuello.

Las lágrimas en los ojos de Lina brotaron.

Saber que ella era la causante de su dolor la mataba por dentro.

Transcurridos unos minutos…

—¿Mejor? —preguntó Lina sabiendo la respuesta.

Inés asintió con la cabeza.

—¿Te apetece que sigamos hablando de ello o prefieres dejarlo para otro momento? —Lina había dejado muchas cosas por decir.

Ya que las dos estaban llorando, mejor era atajar el tema. Inés la soltó. Se recostó sobre la silla y, quitándose las lágrimas de la cara, asintió. Lina no quería tanta distancia entre ellas. Se levantó llevándola de la mano hasta la cama. Se tumbaron una frente a la otra.

—¿Qué dudas tienes? —le preguntó Lina sin paños calientes.

Inés hizo un par de intentos de hablar, pero el acongoje no se lo permitió.

Mientras, Lina esperó paciente.

—¿Sientes algo por ella? —preguntó bastante recompuesta.

—Sentí —contestó de manera rotunda—. He de reconocer que algo en ella me atrajo en un principio, era solo físico.

Inés abrió la boca. Lina no supo si era por la sorpresa, porque le habían dolido sus palabras. Antes de que dijese nada, la calmaría.

—Pero ya está. No hay más. Tú eres la única mujer que hay dentro de mi corazón. La única con la que quiero estar en un balneario, en un bar… en cualquier parte.

Inés la miró más tranquila. La sonrisa asomaba en sus labios pero no terminaba de salir.

—Lo quiero todo contigo. Estoy dispuesta a hacer lo que sea para estar juntas. Nada, ni nadie. Sobre todo nadie, se va a interponer entre nosotras. ¿Te queda claro? —Al terminar la pregunta se acercó mucho a ella, estaba deseando besarla.

Finalmente, la sonrisa recelosa de mostrarse salió. Inés recorrió esos pocos centímetros que faltaban para que sus labios se uniesen.

—Sé cuál es mi lugar, sé perfectamente cuándo eres mi jefa, pero… he de admitir que a veces me cuesta mantener esa línea —se confesó— sobre todo cuando creo que algo es injusto.

—Lina, no he sido injusta en ningún momento —se defendió con dulzura.

—Lo sé. Solo que en el primer momento… me sale así. No lo puedo controlar. Lo intento pero… —dijo siendo consciente de que debía trabajarse mucho en ese aspecto.

—Lo intentas —sentenció antes de besarla.

Un beso llevó a otro. Esos besos a caricias. Las dos estaban muy relajadas, tranquilas. La tormenta estaba amainando.

—Tengo mucho miedo a perderte, Lina —confesó casi en un susurro.

—No me vas a perder, siempre voy a estar a tu lado. —Acercó su cuerpo al de ella.

—¿Siempre, siempre? —preguntó más animada.

—Siempre que tú quieras —respondió golpeando suavemente su nariz con la de ella.

—Pues vas a tener que mojarte. —Quería desconcertarla con ese comentario.

—¿Mojarme? —preguntó muy extrañada. Inés se mordió el labio antes de contestar. No quería reírse y romper el momento.

—Me voy a la ducha… y tú vienes conmigo. Tenemos que prepararnos para la cena —ordenó antes de besarla.

La ducha duró más de lo que solía durar. Bastante más.

Lina se fue a su habitación para prepararse.

—¡Inés! ¿Por qué me has traído tantos vestidos? —Los puso encima de la cama.

Inés acudió a la llamada con el albornoz puesto. Se estaba secando el pelo con la toalla mientras cruzaba el baño.

—Ahora en la cena te vas a poner el negro, luego subimos un momento y en la fiesta te pones el rojo con esto. —Le dejó un cinturón negro y la máscara encima de la cama.

—Veo que lo tienes todo pensado, pero no hace falta cambiarnos de ropa, ¿no? —dijo poniéndose el vestido rojo por encima.

Inés sonrió.

—A la cena vas con un vestido. Todo el mundo te ve con él. —Señaló el de color negro—. Después, a la fiesta de máscaras te pones este. —Cogió el vestido de sus manos y lo dejó encima de la cama—. De esa manera nadie sabrá quién eres.

Lina abrió los ojos dándose cuenta del plan tan cuidadosamente elaborado.

—Si nadie sabe quién eres… —Inés dejó la frase a medias para que ella la terminase. Cogió sus manos y la atrajo hacia sí.

—… ​ podemos bailarjuntas toda la noche.

Todo estaba listo para la cena. Lina salió de su habitación. Miró que no hubiese nadie por el pasillo. Comprobó la hora. Golpeó divertida la puerta de la habitación contigua.

—Va —escuchó decir desde el otro lado.

Esperaba con cierto nerviosismo. Inés abrió la puerta y se sorprendió de verla. Lina, con una gran sonrisa, la miró de arriba abajo.

—¿Está usted lista para la velada? —preguntó con voz sensual acercándose lentamente.

Inés levantó la ceja derecha, se irguió un poco más y con ese tono cortante, que tanto le gustaba a Lina, respondió:

—Siempre.

Bajaron a recepción. Para su sorpresa estaba bastante concurrida.

El balneario había conseguido reunir a un buen número de empresarios.

Un hombre con un traje negro y rayas blancas muy finas iba de un invitado a otro presentándose.

Inés tuvo claro que era el dueño. Después, hizo un rápido barrido por la sala.

Su experiencia en fiestas de este tipo le permitía ser capaz de identificar a los empresarios importantes de los que querían serlo.

Lina estaba nerviosa. Al contrario que su acompañante, nunca había ido a una fiesta elegante.

Se sentía bastante incómoda entre tanta gente pudiente.

Sus manos se aferraban al pequeño bolso como si la vida le fuese en ello.

Miraba a todas partes sin mirar a nadie.

Todo su cuerpo decía a gritos que ese no era su sitio. Inés, evidentemente, los escuchó.

—¿Una copa? —preguntó acercándose a su oído.

Lina asintió. Tenía la boca seca de los nervios y no era capaz de articular palabra.

Inés le dio un pequeño toque en el hombro y le señaló la barra.

Había muchos hombres trajeados a su alrededor.

Tuvieron que esquivarlos. Por el camino escuchó sus conversaciones, hablaban de las ventas, de propiedades o del último coche adquirido.

Lina buscaba a las mujeres por la sala, no se podía creer que todos esos hombres hubiesen venido solos.

Inés se detuvo en seco, provocando que Lina casi se chocase con ella. Se volteó y la miró de reojo.

—Las mujeres suelen estar a un lado para no molestarles cuando hacen negocios —le explicó señalando con su mirada un lateral de la sala donde había sillas y sofás.

A Lina le asombraba su capacidad de leerle la mente de esa manera. En ese momento se sintió muy afortunada por tenerla cerca, necesitaba que la guiasen en ese tipo de actos sociales.

Lograron hacerse un hueco en la barra. Inés aprovechó el despiste de un empresario para crear el espacio suficiente donde entrasen las dos. Estaban bastante juntas. Inés no pudo controlar su mirada que se fue directa al escote de Lina.

—¡Inés! —llamó la atención de su acompañante en voz baja.

—¿Qué? No puedo evitarlo. Vas preciosa —dijo con una sonrisa antes de girarse para hacer contacto visual con el camarero.

Lina sonrió encantada. Pero no pudo evitar vigilar a un lado y a otro por si alguien había visto algo.

—¿Vino? —preguntó el camarero que tenían delante.

—Blanco —respondió. Inés le guiñó el ojo y le hizo la comanda al camarero.

—Bebe un poco y relájate. Aquí nadie se va a fijaren nosotras. Los hombres están muy ocupados hablando de sus cosas, mostrando la grandeza de sus imperios y presumiendo de su patrimonio.

Ambas bebieron. Según bajaba el vino bien frío por la garganta, se fue llevando parte de la vergüenza que sentía. Inés cogió su mano y le llevó a un lateral de la sala. Había una mesa alta sin sillas, donde pudo apoyar su copa.

—Desde aquí podemos verlo todo y no nos molestarán —señaló Inés divertida.

Lina se entretuvo mirando a las personas de la sala. Le pareció curioso que si les cambiaba la ropa elegante que llevaban, por otra sencilla de trabajadores, esa fiesta sería como otra cualquiera. Ese pensamiento la tranquilizó bastante.

Un rostro le resultó familiar. Una mujer, de mediana edad, iba acompañada de un hombre con kilos de más y un bigote bastante tupido.

Lina intentó hacer memoria, en un primer momento pensó que la reconocía por ser clienta.

Pero no le terminaba de convencer. De pronto cayó en la cuenta.

Era la señora del bar María Concepción. La que engañaba a su marido con la niñera. Tuvo el impulso de contárselo a Inés.

Impulso que rápidamente reprimió porque aún no le había contado su escapada con Espe. Después de cómo se había puesto, era mejor dejarlo estar. Inés posó su hombro en el de Lina. Cruzó sus brazos apoyándose en la mesa. Inés se acercó a ella antes de decir:

—¿Qué piensas de ese hombre? —señaló con el mentón a un hombre muy alto, que llevaba un traje de cuadros.

—¿El alto? —preguntó para confirmar.

Inés cerró los ojos lentamente a modo de afirmación.

—No sé… es raro. El traje no es de su talla y esos zapatos están muy sucios —dijo en voz baja.

—Creo que es un empleado, no el dueño. Cogió la invitación de la correspondencia del jefe y ha venido con el traje de los domingos para cenar gratis —se inventó.

Inés la miró con complicidad. Lina entendió el juego.

—Puede ser… puede ser. Yo creo que es el cuñado del jefe.

Su mujer le ha obligado a meterle en la empresa y para vengarse le ha enviado a este evento.

Así le demuestra lo perdido que está —se inventó Lina al ver cómo ese pobre hombre no dejaba de mirar de un lado a otro estirándose las mangas de la chaqueta.

Inés se llevó la mano a la boca para que no se escuchase la risa que le salió sin querer.

—Venga, elige tú —le propuso Inés mirando directamente a sus ojos.

Lina buscó por la sala. Al ver a la mujer del bar, encontró la oportunidad perfecta para contarle la historia sin contársela.

—Mmm… aquella mujer, la del bolso de flores —la señaló antes de echarse el pelo para atrás.