Juntas en Barcelona Máscaras
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Máscaras

El sol de la tarde que entraba por la ventana despertó a Inés.

Su vestido estaba tirado en el suelo y el bañador de Lina perdido entre las sábanas.

A tientas abrió la puerta del armario para ponerse una bata de seda.

Inés miró el paisaje y entendió perfectamente por qué mucha gente quería desayunar delante de esas vistas.

Las montañas eran preciosas, los distintos tonos grises y marrones combinaban a la perfección.

Tras un suspiro, decidió ver algo mucho más bonito.

Se dio media vuelta para observarla. Dormía tan plácidamente que solo pudo sonreír.

Inés miró el reloj. Era pronto para prepararse para la cena.

Esperaría un rato a ver si Lina se despertaba sola.

Mientras, haría lo que llevaba tiempo deseando hacer.

Cogió su diario y se sentó en la mesa que había cerca de la ventana.

He pensado muchas veces en comenzar esta página.

Más que pensar, en necesitar… Es curioso.

Las ganas que he tenido de recurrir a esto para calmar mis pensamientos y ahora que puedo no sé por dónde empezar.

Ha sido una semana muy complicada. He sentido a Lina distante, ausente…

fría. Era como si un muro de cristal se hubiese interpuesto entre nosotras.

Aparentemente no había nada. Pero… la sentía lejos de mí.

Desde la discusión del inventario algo cambió.

No sabría decir qué, pero las cosas ya no eran iguales. Hasta ayer.

Cuando la vi en la tienda, era como si todo volviese a la normalidad, como si estuviésemos de nuevo en el almacén de la tienda de Ciudad Real.

La energía era la misma, podía sentir su amor en cada gesto, en cada mirada, en cada sonrisa.

Algo me dice que el motivo del distanciamiento, aunque fuese momentáneo, no ha desaparecido.

Puede que el estar alejada de su padre, sus amigas, le estén pasando factura.

En cuanto habló con Isidoro, las cosas mejoraron.

O quizás… sea otra cosa. Quiero vivir el presente y quiero centrarme en el ahora.

Estoy muy feliz de estar aquí con ella. Nunca pensé que me atrevería a venir a una inauguración con ella como invitada.

No sé cómo me sentiré cuando nos bañemos juntas, ni durante la cena.

Tener que fingir delante de todo el mundo que es mi…

prima, secretaria, ayudante… todavía no he pensado qué clase de tapadera vamos a utilizar.

Solo sé que estoy deseando vivir esa fiesta de máscaras con ella.

Poder bailar, bromear y por qué no, algún roce cuando nadie nos vea.

Cambiando de tema. Hay otra cosa que me ronda la cabeza.

Hoy he tenido que hacer un gran esfuerzo para que no me arruine el viaje.

Me siento mal por lo que he hecho esta mañana.

Ir al bar a restregarle mi escapada, no ha sido muy cortés por mi parte.

Pero esa mujer… saca lo peor de mí. Saca el Julián que llevo dentro. Cosa que me aterra.

Lina es un ser de luz extraordinario y no se merece estar con una persona que no esté a su altura, con una persona que pudiese apagar, aunque fuese de forma efímera, esa luz.

Los comentarios de Esperanza me han dejado en un mar de du-das. Soy incapaz de encontrar una respuesta, una certeza. Sé que debería hablar de este tema con ella. Pero… no quiero discusiones.

Quizás en la tranquilidad de este lugar, pueda encontrar el mo-mento para ello. Siempre nos hemos comunicado sin problema y con este tema… parece que no sabemos hacerlo.

—Estás preciosa cuando piensas —dijo Lina desde la cama.

Llevaba un rato observando las expresiones faciales inconscientes que hacía al escribir. Inés la miró con una gran sonrisa.

—Tú sí que estás preciosa cuando despiertas —le devolvió el halago.

Lina cogió la sábana que le cubría, la enrolló a su cuerpo y se acercó a ella.

Le dio un tierno beso en sus labios y miró de reojo el diario.

Sabía que no debía hacerlo pero se le escapó.

No le dio tiempo a leer gran cosa, solo vio la palabra Esperanza.

¿Se refería a la persona o al sentimiento?

¿Inés se había enterado de aquella noche?

Era plenamente consciente de que debía hablar sobre ese tema. Acercó una silla.

—Inés, hay una cosa que no te he contado —comenzó Lina con una voz muy seria.

—Uy, qué seria, ¿me debo preocupar?—preguntó en broma, pero con cierto miedo por si de verdad debía preocuparse.

Lina se tomó unos segundos para contestar. Para Inés ese silencio fue peor que una respuesta afirmativa.

—Inés, el día del inventario… —No hacía más que darle vueltas a la mejor manera de decirlo.

Intentaba quitarle importancia porque realmente para ella ya no la tenía.

Inés vio el miedo en los ojos de Lina—. Después de la discusión que tuvimos por teléfono —continuó—, yo estaba muy enfadada —cambió radicalmente el tono de voz para quitarle importancia.

Inés guardaba silencio, paciente. Intentaba controlarse. Solo deseaba que la mujer del moño no apareciese en su historia. Espe vino a la tienda. Guardó silencio solo dos segundos, intentaba ver una pista en sus ojos que le ayudase a saber qué estaba pensando.

Se temía lo peor. El corazón se aceleró, la respiración se volvió corta y entrecortada.

La mente se nubló. Aquello que más le aterraba estaba a punto de hacerse realidad.

Inseguridades, miedos y dudas la invadieron al oír esas palabras: ¿había hecho lo suficiente?

, ¿le había dado todo para retenerla? Los reproches no cesaban: debí ir a la tienda, solo tenía que empujar la puerta, afrontarlo entonces, defenderla…

—Me ayudó a terminar el inventario y el pedido —terminó de decir. No iba a continuar hablando hasta saber su opinión.

Inés apartó la mirada, necesitaba aislarse del mundo un instante para poner sus emociones a raya.

No estaba segura de querer seguir escuchando.

Pero a la vez, necesitaba saberlo. No podía con el dolor que le provocaba la duda.

Cogió aire. Su expresión corporal dio un cambio radical, se estiró y el gesto de su cara cambió por completo. Ahora era imposible fingir.

—Entiendo que estuvieses enfadada. No era mi intención provocarlo, pero debiste entender mi posición —dijo Inés muy seria—. No podía hacer nada para salvarte de esa tarea. Debes entender en qué momentos soy tu superior y en cuáles tu amante.

Lina frunció el entrecejo, esa última frase no le gustó nada.

—No es la primera vez que no sabes diferenciar esas dos facetas. En ambas ocasiones provocaron un distanciamiento entre nosotras. —Seguía sin mirarla a los ojos—. En esta última, además de lo distante que estuviste durante una semana, me has ocultado la presencia de esa mujer.

—Pero… —intentó interrumpir.

Inés, sin elevar el tono ni un solo decibelio, continuó hablando:

—Ya te dije que no me daba buena espina.

En lugar de fiarte de mí, compartes momentos con ella.

—Hizo una pausa y miró rápidamente los ojos de Lina para saber si estaba en un error; al ver que no, siguió hablando—: Estoy segura de que compartiste confidencias con ella y no quiero pensar qué más pudo pasar.

Lina puso una rodilla en el suelo para que sus ojos se encontrasen con los de Inés. Cuando sus miradas conectaron, Lina puso una mano en su mejilla para que no pudiese apartarla.

—Inés, sé lo que estás pensando y no. No pasó nada entre ella y yo. Hablamos, sí, me ayudó con el inventario y… —no tuvo fuerzas para contarle lo demás— pasamos un rato juntas, pero nada más.

Inés, al escuchar esa frase tan vulgar, se deshizo de su mano con un movimiento brusco. Lina se acercó un poco más y volvió a la carga. No iba a permitir que esta conversación terminase mal por ninguna de las dos partes.

—Inés, mírame —se lo pidió muy seria. Inés negó levemente con la cabeza—. Mírame, por favor. —Las dos últimas palabras sonaron tan suplicantes que no pudo evitar obedecer. Una lágrima estaba a punto de caer por su mejilla.

Lina con una leve caricia la secó.

—No debes preocuparte por ella. —Hizo una pausa y al ver que seguía sin convencerla añadió—: Te amo, Inés. Con todo mi corazón, toda mi alma te pertenece solo a ti.

Inés tragó saliva con la esperanza de que ese nudo en la garganta bajase. Pero no fue así.

—Nunca te he dado motivos para que desconfíes de mi palabra, ¿a qué vienen esas dudas? —preguntó Lina muy tranquila.

Inés no podía contestar. Demasiados pensamientos a la vez en su cabeza.

Nunca le había dado motivos, pero guardó el secreto una semana.

¿Para qué guardarlo si no es importante?

Pero en el pasado, Lina siempre luchó por las dos, había defendido su relación a capa y espada.

Con todo lo de Diego, soportó cosas que ella no habría podido.

—No lo sé —logró articular. Ciertamente eran las palabras más sinceras que podía decir.

En ese momento no estaba segura de nada.

Su mente se imaginaba cosas que su corazón negaba fervientemente.

Lina era plenamente consciente de que ella era la causante de esta situación por no contarlo en su momento.

Pero precisamente, quería evitar esto. Esta situación.

Ya tenía las cosas muy claras. No hacía falta dañarla de esta manera.

Lina la abrazó. Apoyó la cabeza en su hombro y esperó.

Esperó a que esas dudas se disipasen, a que soltase todo lo que llevaba dentro. A que se permitiese llorar.

Inés, con los brazos aún encima de los pasamanos de la silla, cogió aire. Se estaba regulando, no quería llorar. Prefería hacerlo sola. Pero la presión de Lina, su olor, la calidez de ese abrazo, sentir su corazón tan cerca… no pudo resistirlo.