Un respiro #6
—Que tengas un buen día.
—Tú también—se despidió.
Anoche, Espe no había tomado una decisión, pero después de la visitade Inés lo tenía claro.
Esa mujer no se merecía a una persona tan maravillosa como Lina.
No la valoraba lo suficiente. Para ella, Lina era un trofeo que debe exhibir.
Cuando se canse, la dejará tirada hasta que encuentre a otra chica pobre a la que impresionar con su dinero.
Espe ya había vivido la historia. Si no fuese así, ¿qué motivos tendría para venir a su bar a dejarle claro que Lina era de su propiedad? ¿A qué venían esas miradas retadoras…?
Alejaría a Lina de Inés por su bien.
La jugada de Inés no le había salido como esperaba. Ella pretendía marcar territorio con Espe, salir algo reconfortada, poderosa al quedar por encima de la camarera. Pero en lugar de eso, se sentía mezquina.
—¿El error en la frase había sido intencionado? —se preguntó. Lo dejó para otro momento.
Inés debía volver rápido a casa. Abrió la puerta y escuchó el ruido de la ducha. Inés debía reajustar sutilmente el plan.
Preparó café y lo metió en un termo. Miró los bizcochos de mala gana.
No iba a permitir que esa mujer ganase y le arruinase el fin de semana tan maravilloso que tenía planeado.
Lina entró en la cocina con una sonrisa.
—¡Buenos días, amor! —la saludó antes de darle un tierno beso en los labios—. ¿Has hecho café? —preguntó oliéndolo.
Inés asintió. Le extrañó que no le devolviese el saludo.
—¿Todo bien, Inés? —preguntó acariciándole el rostro.
La suavidad y calidez de sus manos borraron todos los malos pensamientos.
—Perfectamente —dijo con una sonrisa algo forzada.
Ese pequeño gesto no pasó desapercibido para Lina. Buscó sus ojos, necesitaba más información.
Inés cogió aire, deseaba apartar ese malestar de su cuerpo. Ya hablaría con ella más adelante. Ahora era el momento de disfrutar de la sorpresa que tanto le había costado preparar.
—Te he mentido —dijo sin mirarla. La alegría iba apoderándose de ella al recordar el bañador verde que había metido en la maleta.
—¿En qué? —preguntó preocupada.
—Hoy no vas a tener el día libre. —Levantó la cabeza para poder mirarla directamente. Lina se apartó un poco de ella, no entendía nada—. Tenemos que ir a un sitio, no te lo he dicho antes porque no sabía si te iba a apetecer.
Inés disfrutaba haciéndola sufrir, pero no podía más.
—Nos vamos a un balneario todo el fin de semana. —Hizo una pausa para ver su alegría. Tardó un par de segundos más de lo esperado, pero llegó. Se puso muy contenta, dio un par de saltitos en el sitio, justo antes de besarla en los labios.
—¡Pero Inés! ¡A un balneario! ¿Por qué no me lo habías dicho?
Voy a preparar la maleta —dijo girándose para ir a la habitación.
Inés le cogió de la mano para impedir que se fuese.
Necesitaba darle un beso tranquilo, sentir que esos labios solo la besaban a ella.
Cerró los ojos y en su interior el amor venció al miedo.
—Ya está todo listo. Tu maleta está en la puerta. Nos vamos ya.
Lina, con su rostro de sorpresa, lo dijo todo. No soltó la mano de Inés mientras se dirigían a la entrada. Al ver la maleta preparada dio otro saltito de alegría y la abrazó.
—¡Menuda sorpresa!
Cogieron sus cosas y caminaron hasta el coche.
Lina estaba asombrada, Inés tenía planeado hasta el último detalle.
El camino era relativamente sencillo. Todo iba bien hasta que la carretera cambió.
El asfalto brillaba por su ausencia, el camino estaba hecho de piedras y muchos baches.
Lina, divertida, se lo tomó como un juego, incluso se atrevió a cantar una canción de su niñez.
Inés la reconoció, era la que siempre cantaba cuando saltaba a la comba.
Hacía años… lustros… que no la escuchaba.
—Se la tienes que enseñar a Julieta cuando venga —le propuso Inés.
—Creo que se la enseñó mi padre hace tiempo —contestó divertida.
Tras muchas curvas, baches y la sorpresa de algún animalillo, llega-ron al balneario.
El camino hasta allí no hacía justicia a lo bonita que era la entrada.
Los jardines principales estaban muy bien cuidados.
La zona de aparcamiento estaba totalmente lisa y uniforme.
Inés se sorprendió al ver pocos coches. Habrían llegado pronto.
Cogieron sus cosas y fueron a la recepción.
Una chica pelirroja estaba sentada en una mesa con un gran libro delante que miraba según hablaba por teléfono.
Inés esperó a que terminase. Lina se quedó al margen mirando la decoración del lugar.
Cuando la recepcionista colgó, Inés dio un paso al frente.
—¡Buenos días! Tenía una reserva—saludó con su voz más fría.
—¡Buenos días! ¿A nombre de quién? —preguntó echando un rápido vistazo al libro.
—Inés de la Corte —dijo antes de mirar a su alrededor por si alguien la reconocía. La mujer repitió el nombre varias veces hasta que la encontró en su cuaderno.
—Inés de la Corte, dos habitaciones familiares.
—Hizo una pausa para leer lo que había escrito con una caligrafía excelente—.
¿A qué hora va a querer el desayuno? —preguntó según le facilitaba un papel con dos menús de desayunos diferentes.
Inés le acercó el papel a Lina. Esta, extrañada, no entendía lo que estaba sucediendo.
Leyó el papel. Todo parecía muy apetecible.
Lina la miró con indecisión al devolverle el papel.
Normalmente las cosas no eran así. Inés esbozó una leve sonrisa destinada a ella.
—Un menú de cada, por favor. ¿A qué hora se abre el acceso a las piscinas?
—A las 10:30 están todas las piscinas operativas—respondió la secretaria mientras apuntaba la elección de la huésped.
—En ese caso, pueden subirnos el desayuno a las 9:30. —Hizo una pausa para comprobar que Lina podría dormir suficiente poniéndolo a esa hora.
—Hay un hueco para una sesión de masaje doble a las 11:00. ¿Quieren aprovecharla? —preguntó sin levantar la vista del gran cuaderno.
—Por supuesto —respondió disimulando lo mucho que le apetecía esa actividad.
—Muy bien. Queda todo anotado y reservado. Sus habitaciones son la 320 y 321. Dejen aquí su equipaje que ahora se lo llevan a la habitación. Muchas gracias. —La mujer puso las dos llaves sobre el mostrador y le dedicó una sonrisa forzada.
—Gracias a usted —se despidió, pero la recepcionista ya había dejado de mirarla. Lina ya había localizado el ascensor. Ambas se dirigieron a él guardando silencio.
—¿Qué le pasaba? —preguntó Lina.
—Cuando me atendió por teléfono era mucho más agradable. —Buscó una explicación—. Todo el mundo está nervioso en las inauguraciones.
—Eso no te lo discuto, Inés. Pero en una inauguración de la tienda yo trato así a las clientas y tú… —pensó cómo terminar la frase.
—Te pongo de patitas en la calle —la terminó por ella, con voz seria pero una sonrisa.
—¿Me echarías? —preguntó mientras se acercaba a sus labios.
—No podría —respondió acortando distancias. Miró sus labios y cuando escuchó el ruido de la puerta, dijo muy seria antes de salir—: Te mandaría al almacén.
Lina abrió mucho la boca, como si le hubiesen dado un golpe bajo con esa frase.
Inés le dio su llave y se quedó con la suya.
—Sí que estamos cerca, ¿no? —preguntó Lina al coger su llave.
—Muy cerca —respondió abriendo su puerta. Lina tardó un poco más en abrir la suya. Parece que la cerradura se atascaba. La llave giraba a la derecha pero no abría. Un pequeño empujón, pero nada.
—¡Inés! Creo que la mujer simpática se ha confundido de lla… —Enmudeció al ver cómo se abría la puerta desde dentro. La cara de sorpresa de Lina no tuvo precio. Su boca balbuceó algo ininteligible según entraba a la habitación. Aun con la boca abierta, cerró la puerta de su cuarto.
—Tenemos habitaciones contiguas —explicó Inés mientras abría la puerta del baño compartido—, así no tendremos que escabullirnos a escondidas por los pasillos.
Lina seguía sin poder emitir sonido alguno. La idea les venía a la perfección.
Inés le estaba explicando lo que eran las habitaciones familiares cuando llamaron a la puerta de Lina. Un chico muy joven, no tendría más de quince años, con un uniforme que le quedaba grande y un gorro torcido a juego, entró en la habitación con las dos maletas.
—¿Se las dejo aquí o llevo cada una a su habitación? —preguntó a Lina dejando las dos maletas en el suelo.
—Déjelas aquí. No se preocupe —respondió al ver que ya se había alejado de ellas.
Se hizo el silencio entre los dos. Inés, divertida, miraba la escena.
Normalmente era ella quien trataba con el servicio.
Lina no estaba acostumbrada a las formalidades que existían en este tipo de casos.
Inés fue a su bolso rápidamente y sacó un par de monedas.
Se puso delante del joven y mirándole a los ojos, le dijo:
—Muchas gracias, has sido muy amable.
El joven miró el dinero, al ver la propina sonrió de oreja a oreja.
—Muchísimas gracias a usted, señora… señoritas—se corrigió haciendo una especie de reverencia con el sombrero. El botones salió de la habitación sin dejar de mirar su mano.
—¿Cuánto le has dado? —preguntó Lina con curiosidad.
—Muchas monedas, pero poco dinero —dijo como si acabara de hacer una broma muy ingeniosa.
Las puertas del baño se quedaron abiertas, cada una colocó las cosas que habían traído.
Lina estaba fascinada con el orden que mantenía su maleta.
Ella nunca lo habría colocado de esa manera.
Colgó el vestido rojo en el armario, la ropa interior en uno de los cajones de la mesilla, el bañador lo dejó encima de la cama y el resto de cosas a los cajones del armario.
Inés hizo lo mismo, colocó todas sus pertenencias en el armario.
Miró su diario. Realmente tenía ganas de escribir, esta mañana no se había portado bien y el destino se lo había devuelto.
Se sentó en la cama, buscó una hoja en blanco, hasta que el movimiento de algo verde la distrajo.
Lina estaba en la puerta con el traje de baño puesto.
—¿Qué tal me queda? —preguntó avanzando hacia la cama de Inés.
—Realmente bien, creo que el verde es tu color. —No se esperaba esas vistas.
—¿Sí? —susurró mientras avanzaba por la cama con los ojos pues-tos en ella.
—Sss… —intentó responder, pero la lengua de Lina no le dejó terminar la frase.