Un respiro #5
Inés percibió de manera muy clara lo excitada que se sentía Lina. Al verla tan entregada, tan dispuesta a recibir lo que ella le quisiese ofrecer, no pudo más que sonreír y mirarla con deseo.
Su mano se movió con decisión pero a la vez con cautela para buscar el punto más caliente en ella.
Un gemido involuntario le confirmó que había encontrado ese lugar tan anhelado.
Lina llevó su mano al rostro de Inés, abrió la boca esperando un beso que llegó casi de inmediato.
Un beso llevó a otro, esta vez la lengua tomó una gran importancia.
Inés se estaba excitando muchísimo de nuevo. Pero era el turno de Lina. Su mano se mantuvo firme en el lugar, haciendo movimientos suaves y rítmicos sobre ella, no importaba lo que se moviese. El placer era constante e intenso.
La respiración de Lina era rápida, muy acelerada. Se cortaba en intervalos cada vez más cortos. Inés sabía que debía seguir ahí, sin cambiar prácticamente nada, ya que Lina estaba disfrutando como ella hacía un momento.
Inés no pensaba parar hasta que el cuerpo de Lina se lo dijese. La respiración se cortaba y se reanudaba gracias a sus gemidos. Todo era rápido, excitante, placentero y lujurioso.
En un momento, se hizo el silencio. Lina se quedó sin habla y sin respiración. Nada se podía escuchar dentro de esa habitación. Si prestabas mucha atención tal vez podrías escuchar dos corazones latiendo con fuerza a gran velocidad.
Inés sintió cómo el cuerpo que tenía al lado se tensaba por completo. Se mantuvo así unos segundos que parecieron eternos y, finalmente, Lina soltó el aire y se relajó.
Pudo comprobar cómo las fuerzas abandonaban su cuerpo. La abrazó. Juntas disfrutaron de ese momento de placer que se habían regalado.
Momento de calma, de paz. Donde el mundo desaparece y solo existe la persona que tienes al lado, la persona a la que te has entregado de la manera más sincera, más íntima, más… vulnerable.
A la mañana siguiente, el aire fresco que entraba por la ventana acarició el cuerpo desnudo de Inés. Su bello erizado la despertó. Lentamente fue deshaciéndose del abrazo de Lina. Tenía muchas cosas que preparar y, por lo que veía en el reloj, poco tiempo.
Mientras tapaba a Lina con una sábana, para que no le pasase lo mismo que a ella, una voz interior le dijo:
«Tranquila, con lo que le gusta dormir, hay tiempo». Sonrió de su propia ocurrencia.
Abrió el armario en busca de ropa cómoda y discreta. No quería llamar la atención por ir demasiado vestida al balneario, pero tampoco por ir poco arreglada.
Con mucho sigilo, bajó un par de maletas de lo alto del armario.
Primero preparó la de Lina. Sabía que rebuscar entre sus cajones no era propio de ella, pero la ocasión lo merecía.
En el cajón de la ropa interior encontró un bañador de color verde muy bonito.
Lo alzó para verlo mejor y no pudo evitar imaginársela con él puesto.
La parte más difícil sería elegir el vestido para la gala.
Inés fue al salón para comprobar una cosa.
No recordaba dónde había dejado la bolsa que recogió del restaurante.
En aquel momento de pasión, lo que menos le preocupaba era dónde dejar las cosas.
Por suerte, su subconsciente sí se ocupó de eso.
Su chaqueta roja estaba junto a la bolsa, encima de una silla.
Inés sacó el contenido. Eran dos máscaras venecianas preciosas. Una de ellas era de color morado y blanco. Cubría la parte superior del rostro, tenía una gran apertura en la zona de los ojos para que estos destacasen más.
La otra máscara era de color rojo con espirales negras, tenía un dibujo de media luna, cubría los dos ojos y la mitad del rostro.
Inés hizo un repaso mental de los vestidos de Lina para saber cuál de ellos podría combinar mejor con cualquiera de las máscaras. El vestido negro que le regaló con la máscara morada no quedaría bien, tal vez con la roja sí… pero el rojo apenas destacaría. No le terminaba de convencer.
Inés abrió mucho los ojos. Lo tenía claro. Cogería el vestido rojo, solo le cambiaría el cinturón por uno negro que tenía ella; de esa manera los colores estaban más compensados y quedaría perfecto.
La maleta de Lina estaba lista. La dejó junto a la puerta. Ahora era el turno de la suya. Esa le resultó mucho más sencilla prepararla.
Todo estaba listo. Se pasó por la habitación para comprobar que seguía dormida.
No pudo evitar desear besarla, pero eso arruinaría sus planes.
La vio preciosa. Miró su reloj y vio que eran las nueve.
Cogió las llaves y salió en busca del coche.
En el ascensor, su mente se transportó a la noche anterior.
Si algún vecino las hubiese visto… habían sido muy descuidadas, pero no pudieron evitarlo.
Las ganas eran superiores a ellas. Recordó los labios de Lina sobre los suyos…
Inés negó con la cabeza para quitarse la idea de la cabeza. Aún le quedaban cosas por hacer. Salió a la calle y pudo ver a su fiel conductor esperando en la esquina. Inés aceleró el paso.
—¡Buenos días! —saludó.
—Señora… —El conductor le ofreció las llaves—. Si me acompaña. —Hizo un gesto con la mano para que caminase por la avenida principal.
A dos calles de donde estaban, había un Seat 600 color blanco aparcado.
—Sé que no es tan lujoso como el mío, pero para los recados que me comentó servirá. Tenga cuidado con la marcha atrás, a veces le cuesta entrar, pero si lo hace con cariño no habrá problema —el conductor explicó lo necesario mientras limpiaba una pequeña mota de polvo del parabrisas.
Inés prestó atención a cada palabra. Ese coche era más pequeño que su escarabajo.
Irían apretadas, pero imaginaba que se conduciría igual.
—Muchas gracias. —Fue a sacar su cartera.
—No es necesario, considérelo un favor. Eso sí, devuélvamelo con el depósito lleno —pidió poniendo una mano en el capó del coche.
—Descuide, así lo haré —prometió.
—¿Le viene bien que lo recoja el lunes? ¿Aquí a la misma hora? —Miró su reloj.
—Perfecto, así será. —Comprobó las llaves que tenía en la mano—. Muchísimas gracias —dijo mientras veía cómo se marchaba caminando.
De vuelta a casa no pudo borrar la sonrisa. Todo estaba saliendo a la perfección.
Una idea surgió en su mente. Miró calle arriba, pensó en el bar de Esperanza. Sin saber de dónde provenía, una maldad se apoderó de ella. Caminó en su dirección.
Abrió la puerta roja con decisión plena. Al ver que estaba vacío y que no había nadie en la barra, su convicción empezó a tambalear.
—¡Buenos días! —saludó Inés alzando un poco la voz.
La respuesta no llegó. Lo volvió a intentar, esta vez acercándose a la puerta del almacén. Un ruido que provenía de ese lugar la sobresaltó.
Una chica joven, morena, salió riendo y colocándose el pelo. Su lápiz de labios estaba algo corrido por su rostro.
—¡Buenos días! —dijo la morena en voz baja, caminando deprisa hacia la puerta sin mirar a Inés en ningún momento.
Una sonrisa apareció en su rostro. Todo estaba claro. Podía estar tranquila. Si esa chica tenía una relación con Esperanza, no habría nada que temer.
Espe salió del almacén con su chaleco sin abrochar, la camisa por fuera, con botones desparejos y restos de lápiz de labios en su cuello.
—¡Buenos días! Aún no hemos abierto —dijo Espe de manera muy tajante.
—Disculpa, el cierre no estaba echado y pensé que sí lo estaban —se defendió.
Espe la miró de arriba abajo, analizándola. Inés estaba muy distinta a la última vez que estuvo en su bar. La veía menos estirada, radiante… le picó la curiosidad.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó en un tono más conciliador.
Inés no se esperaba ese cambio.
—¿Tienes algo para desayunar? —preguntó mirando por el mostrador vacío.
—Tengo bizcocho de chocolate que hice anoche. Si quieres te pongo dos trozos. —Espe levantó el mentón de manera retadora.
Inés levantó una ceja y se puso muy seria al escuchar «dos trozos». Esta mujer no daba puntada sin hilo, sabía perfectamente lo que estaba insinuando.
—Dos trozos estarían muy bien. Tenemos un largo viaje por delante —dijo sentándose en uno de los taburetes.
Al sentarse, los ojos de Espe quedaban por encima de los suyos; esa diferencia de altura no le gustaba. Hizo un gesto como si la barra estuviese sucia y se levantó de nuevo. Ahora las miradas estaban parejas.
Espe sonrió sin apartar sus ojos de ella. Había percibido su incomodidad.
«Parece que la dama de hierro tiene grietas en su armadura» pensó.
Quizás lo podría usar en el futuro.
Inés se sintió incómoda. Estaba acostumbrada a duelos con hombres, no con mujeres. Debía reconocer que en este tipo de enfrentamientos se encontraba en desventaja.
—Esa chica… ¿es amiga tuya? —preguntó para volver a dominar la situación.
—¿Amiga?... conocida más bien. Nos encontramos anoche en un bar… —dejó la frase a medias deliberadamente.
Inés tensó su mandíbula. No eran pareja. Sus temores se avivaron de nuevo. Si era capaz de conocer a una chica en una noche y… besarla de esa manera…
—¿Dónde vais? —preguntó como si no le importase mientras limpiaba un cuchillo.
—Vamos a la inauguración de un balneario —al ver que Espe no reaccionaba, decidió añadir—… las dos solas.
Esa última frase le dolió como si le clavaran el cuchillo de su mano en el estómago. Pero no pensaba darle el gusto a la estirada. Se giró con su mejor cara de póker.
—Deseo que os vaya muy bien —dijo antes de ir al almacén a por los bizcochos.
Inés tenía una sensación muy extraña.
Espe salió de la cocina con el pedido preparado.
—Te he puesto dos trozos. El más grande es para Lina, por lo que comprobé la otra noch… el otro día, tiene buen saque. —Esperó la reacción de Inés.
Inés arrugó el entrecejo, fue sutil, muy leve. Lo suficiente para que la mirada atenta de Espe lo viese. La sonrisa se dibujó en su rostro y sembró la desconfianza en la cabeza de Inés.
—Muchas gracias, ¿cuánto te debo? —intentó controlar su reacción.
—Seis pesetas —contestó alegre.
Inés sacó el dinero de su cartera, recogió la bolsa y se marchó diciendo: