Juntas en Barcelona Un respiro #4
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Un respiro #4

El alcohol y la tristeza tomaron el control de sus actos aquella noche. Respiró hondo y se dirigió hacia donde estaban las dos chicas. Tenía que sacársela de la cabeza como fuese, al menos durante un rato.

Estaba cansada de estar triste.

Un taxi dejó a dos mujeres preciosas en la esquina más cercana a su casa.

Inés sacó sus llaves y abrió la puerta del portal.

Lina pulsó el botón del ascensor. Mientras esperaban a que llegase a su planta para poder subirse, reinaba el silencio.

Las dos estaban deseando llegar a casa para poder dar rienda suelta a la pasión que llevaban conteniendo desde que se quedaron solas en la tienda.

El ascensor llegó y, mientras abría sus puertas, Lina miró en lo alto de la escalera.

Quería comprobar que no hubiese nadie que las pudiese ver.

Entró la primera, se situó en medio de este y se giró.

Alargó su brazo y cogió a Inés de una de las solapas de su chaqueta.

La atrajo hacia ella y le besó en los labios a la vez que las puertas se cerraban a su espalda.

Inés, al sentir cómo el ascensor subía, puso las manos en su cintura y la llevó contra una de las paredes.

Llevaba todo el día deseando ese momento.

Deseando sentir su boca, su cuerpo. Lina le empezó a desabrochar los botones de la chaqueta.

Inés se lo impidió, todavía debían llegar a casa y podría haber alguien por el rellano.

El ascensor llegó a la última planta. El tiempo que tardaron las puertas en abrirse se les hizo interminable. Lina estaba buscando sus llaves en el bolso. Inés abrió su mano y se las mostró. Lo tenía todo preparado.

Salieron del ascensor y al ver que no había nadie por el pasillo, Lina le cogió la mano y la llevó rápidamente a casa. Abrieron la puerta y tras cerrarla, dieron rienda suelta a su deseo.

Lina la empujó contra la puerta de la entrada, ahora sí, le desabrocharía del todo la chaqueta y no podría impedírselo.

Inés no quería quedarse atrás, aumentó la intensidad de sus besos provocando que Lina retrocediese un paso, gesto que le dio el espacio suficiente para soltar los botones de su blusa.

El rastro de ropa hasta la habitación era una clara prueba de la necesidad que tenían de sentirse, como hacía tiempo que no lo hacían. De compartir ese momento tan íntimo donde conectaban de una manera tan especial y única.

Llegaron al dormitorio, no hacía falta encender la luz. Conocían perfectamente dónde estaba todo lo que necesitaban. La cama, al fondo y sus cuerpos, uno pegado al otro.

En medio de la habitación, desnudas, la intensidad de sus besos disminuyó.

Esto no significaba que su deseo o pasión también bajase, sino todo lo contrario.

Se habían saciado lo suficiente para que ahora pudiesen disfrutar la una de la otra.

Ya no había prisa, estaban solas y tenían toda la noche por delante para darse placer.

Lina con delicadeza llevó a Inés hasta la cama, la posó encima de las sábanas y la abrazó. Al tocarse, sintieron suavidad, el calor de la otra. Ese contacto de piel con piel era muy reconfortante. Después de todo lo que había pasado estos días, era lo que realmente necesitaban, sentirse sin más.

Inés, al besarla, deslizó la mano por su espalda hasta llegar a su cuello con cuidado, dejándola moverse como quisiese. Pero cuando el beso terminó, Inés, ayudada con esa mano, separó a Lina de sus labios.

—Te quiero, Lina —dijo mirándola directamente a los ojos, era una necesidad confesárselo en ese momento.

Lina no pudo evitar sonreír. No importa cuántas veces escuchase esas palabras, todas y cada una de ellas le provocaba un remolino en el estómago, como sucedió la primera vez que las escuchó en el almacén de Ciudad Real.

Lina no necesito coger aire, ni prepararse, ni pensarlo. Su corazón habló directamente.

—Te quiero, Inés. —Después, besó sus labios.

Ese beso cerró todo lo que se tenían que decir. Ahora era el momento de sentir, de dar y recibir placer, de comunicarse como solo sus cuerpos sabían hacer.

Lina deslizó su boca por el cuello de Inés, besó cada centímetro. Al sentir esos labios tan carnosos bajando por su cuerpo no pudo evitar contraer la respiración.

Lina lo notó y supo perfectamente lo que esperaba de ella. Sus labios siguieron bajando, recorrieron la línea que dibujaba su cuerpo. El camino empezaba debajo de su cuello, después, tomó una curva para llegar al hueco que había entre sus pechos y desde ahí todo recto hasta su ombligo.

Besó su vientre y sintió cómo lo contraía.

De manera muy sutil, Inés alzó un poco las caderas para que siguiese bajando.

Lina se detuvo un par de segundos valorando si cumplir sus deseos o disfrutar un poco más de la suavidad de su cuerpo.

Finalmente se decantó por lo segundo. Con mucho cuidado introdujo uno de los pezones en su boca.

Inés tuvo que soltar todo el aire que había cogido preparándose para lo que deseaba.

Lo soltó con un gemido suave. Lina, al escucharlo, se excitó un poco más y supo que había tomado una buena decisión.

Su lengua jugó con Inés como quiso, de vez cuando se permitía dar un pequeño mordisco para que se mantuviesen duros y firmes. De un pecho pasó al otro, repitiendo de manera parecida, pero nunca igual la forma de darle placer.

Cuando Lina consideró que Inés estaba lo suficientemente excitada, volvió a recorrer el camino de antes. Para no dejar tantas partes de ella sin darle placer, sus manos cubrieron la posición donde acababan de estar sus labios.

Su lengua y sus labios tenían ganas de jugar con ese cuerpo que parecía esculpido en mármol.

Recorrieron la línea imaginaria que iba de una cadera a otra.

Inés hacía esfuerzos por no subirlas pidiendo más.

Si Lina no le había hecho caso la primera vez, estaba segura de que la segunda tampoco lo haría.

Tenía que controlarse, pero la boca de Lina estaba excitando a Inés a unos niveles tan altos que iba a perder el control, y tendría que sacar su faceta dominante. Pero, por otro lado, dejarse hacer era tan placentero y maravilloso...

Lina añadió caricias a la ecuación del placer. Sus manos suaves pasaban por la parte interior de los muslos, subían y recorrían sus pechos, volvían a bajar hasta los muslos, pasaban cerca, a veces casi rozando, del punto más caliente de Inés…

Lina disfrutaba al sentir a su jefa a su merced. Echó un vistazo a su rostro, sus miradas conectaron y no hicieron falta palabras. Esos ojos azules, directos, le exigieron que continuase bajando o no sabría lo que le esperaba.

Lina obedeció, pero lentamente. Le encantaba jugar.

Posó sus labios en el vértice de sus piernas. Saludó con un pequeño roce de su lengua. Inés cogió aire y abrió más las piernas. Ya no sabía qué más hacer para dejarle bien claro dónde la quería, dónde necesitaba su boca en ese momento.

Lina, divertida, volvió a tocar con su lengua.

Esta vez más lento. Sentía su calor. Quería jugar más tiempo, pero le era imposible, las ganas de satisfacer el deseo de su amada eran mayores que su divertimento.

Posó su lengua en Inés, de manera lenta, suave, tocando los puntos donde sabía perfectamente que debía tocar.

Un grito gutural salió de Inés. Un grito de placer y de triunfo por conseguir lo que llevaba anhelando desde el principio.

No quería que Lina se escapase. Puso su mano en la cabeza de ella y la dejó hacer lo que quisiese, pero sin moverse de ahí.

La respiración de Inés aumentaba por momentos, era imposible mantener un ritmo porque las habilidades de la lengua de Lina le dejaban sin respiración en cualquier instante.

La excitación aumentaba sin control y sin medida.

Lina era dueña y señora de su cuerpo. Podía hacer con ella lo que quisiese y llevarla al placer más profundo en un segundo o mantenerla en un estado de deseo hasta que ella quisiese.

A Inés le gustaba tener siempre el control de las situaciones, pero reconocía que con Lina, sobre todo en los momentos tan íntimos, tenía que dejar la coraza a un lado.

Librarse de ese peso le hacía sentir todo de una manera más natural, más profunda.

En esta ocasión estaba siendo una manera muy íntima de sentirla.

Inés no aguantaba más tanto placer. Lina hacía y deshacía con su cuerpo a su antojo. Ella, solo podía esperar… sentir cuál sería la siguiente oleada de placer, ya que por dónde vendría era imposible imaginar.

Lina no prestaba atención al cuerpo de Inés, esta vez no. Simple-mente se dejó llevar, hacia lo que su instinto le ordenaba en cada momento. Su propia excitación era quien le guiaba para darle placer, era quien le decía qué hacer, dónde y cómo hacerlo.

Un grito largo y profundo de Inés le dejó bien claro que el disfrute estaba llegando a su punto más alto.

Inés estiró su brazo, tanteando en su busca. En ese momento se sentía muy vulnerable y necesitaba su contacto.

Lina lo sabía, por eso cambió su disposición en la cama para poder abrazarla y se puso encima de ella. Al sentir su cuerpo se relajó. Solo fue un instante, pero necesario para que Inés pudiese tranquilizarse, para que pudiese sentirse segura y en paz sin su coraza puesta.

Recobradas las fuerzas, Inés quería devolver todo lo que había recibido. Bajó lentamente su mano por el cuerpo de Lina, las caricias con la punta de sus dedos camuflaron sus verdaderas intenciones.

Lina estaba intentando calmar su corazón, sentía que se le iba a salir del pecho. Dejarse llevar de la manera en que lo había hecho, le había provocado un nivel de excitación que casi le había llevado al clímax.

Cuando sintió la mano de Inés entre sus muslos, sucumbió a ella sin poner objeción ninguna. Se tumbó en la cama y se dejó hacer. Cerró sus ojos y dejó que ese trance que había vivido por darle placer, continuase.