Juntas en Barcelona Un respiro #3
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Un respiro #3

Disfrutaron del vino, de la cena y de las canciones.

Todo era muy romántico. Cualquiera de las dos habría dado lo que fuese por poder actuar como el resto de parejas del restaurante: besos, caricias, confidencias al oído, miradas furtivas…

algún baile. Lina se remontó al bar donde estuvo con Espe.

Aunque no fuese tan romántico como este, le habría encantado estar allí ahora mismo, con ella.

Solo para poder besarla y bailar esa canción lenta abrazadas.

Sintió el impulso de contárselo a Inés, para que pudiesen ir mañana o esta misma noche, después de cenar.

Pero hacerlo implicaba hablar de Espe y no quería estropear el momento.

Además, no tenía muy claro dónde estaba el bar. Tendría que averiguarlo.

«¿Cómo estará Espe?» se preguntó. Llevaba toda la tarde un poco preocupada por ella. Aparcó esa idea. Quizás, si Inés y Espe se llevaran bien… todo sería más fácil.

—¿No quieres más? —preguntó Inés al ver a Lina absorta en sus pensamientos con un trozo a medias.

—¡Ah! Sí, sí quiero más, pero prefiero de la tuya. Está más rica — disimuló.

Inés soltó una carcajada. Le apartó el plato cuando intentó cogerlo. Lina utilizó su arma secreta, ladeó la cabeza y le puso ojitos implo-rantes. Inés no pudo resistirse y le acercó el plato de nuevo.

—Gracias —gesticuló Lina con sus labios.

Para Inés no había pasado desapercibido ese momento de distracción en ella. Últimamente tenía muchos.

«Ojalá pudiese leer tu mente como leo tus labios» pensó al mirarla.

Cuando la cantante terminó su repertorio, fue pasando por las mesas para saludar a los clientes.

Todo el mundo la colmó de aplausos y halagos.

Al acercarse a la mesa donde estaban ellas, Inés la saludó como si la conociese de toda la vida. Lina las miró sin entender esa confianza que se traían.

—Me han encantado tus canciones —la halagó Lina.

—Muchísimas gracias—contestó haciendo una pequeña reverencia.

—Lo has hecho estupendamente bien —dijo Inés dándole un beso en la mejilla.

—Muchas gracias. ¿Te vas a quedar mucho por aquí? —preguntó con una sonrisa.

—Sí, si todo va bien, me quedaré bastante tiempo. —Juntó su rodilla con la de Lina porque ella era el motivo.

—Me alegro mucho. Pues entonces, espero verte más por aquí —deseó. Después, miró a la barra haciendo un gesto con la mano a uno de los camareros—. Al postre invita la casa —dijo antes de guiñarle un ojo a Inés. La dueña del restaurante se fue a otra mesa para seguir hablando con los invitados.

El camarero llegó con dos platos de tiramisú. A Lina se le pusieron los ojos golosos, se relamió. Inés le dio una cuchara de las que acababan de traer.

—Vamos, no te contengas. Lo estás deseando —la animó.

Lina ladeó la cuchara y cogió un trozo, tomándose unos segundos antes de disfrutarlo.

Ella no era muy fan del tiramisú, pero estaba delicioso.

No tenía un sabor fuerte, se notaba el café pero no dominaba.

Su textura era muy agradable y tenía un toque especial que no lograba identificar, ¿cuál sería ese ingrediente secreto?

Le dio igual. Estaba buenísimo, tanto, que se terminó el suyo en un santiamén.

Inés, por el contrario, saboreaba lentamente cada bocado.

—¡Ah! Hay una cosa que no te he contado. —Inés cayó en la cuenta mientras disfrutaba de su postre.

—Eso suena a chisme —celebró Lina. Inés sonrió divertida.

—¿Recuerdas que te comenté mis sospechas de que Ana Belén y Severiano mantienen una relación? —Inés creó expectación al guardar silencio.

—Sí… —respondió para a premiarla y que siguiese hablando.

—Hoy me lo ha confirmado ella —dijo satisfecha por haberlo averiguado de forma sutil.

—¿Te lo ha dicho? —preguntó incrédula.

—Algo así. He fingido que lo sabía y ella ha dado por sentado que así era. Hemos hablado del tema como si tal cosa.

—Estoy deseando contárselo a Sofía—dijo muy contenta.

—Lina Escudero. Ni se te ocurra. No creo que a ella le haga mucha gracia que la gente de la empresa lo sepa y mucho menos en la tienda —sacó su voz más seria.

—Pero Inés… —se quejó.

—Lina, por favor, no digas nada. —La ternura se abrió paso en sus palabras.

—De acuerdo, no diré nada. Pero con una condición —propuso.

—¿Cuál? —preguntó sin estar segura de querer saberlo.

—Que si te enteras de algo más, me lo cuentes —sentenció. AInés se le escapó una carcajada bastante sonora. Se llevó la mano a la boca para contenerse, pero no podía.

—Menuda cotilla estás hecha.

—Como dice Candela «no soy cotilla, me gusta estar informada» —imitó el acento andaluz de su amiga. Inés no podía parar de reír, lo había hecho tan mal que no era capaz de reconocerla.

—¿Qué? —Lina estaba convencida de que la imitación había sido exacta. Por suerte, antes de que Inés pudiese contestar, el camarero trajo la cuenta.

—Voy a pagarla en la barra y pedir un taxi. Ahora vengo —propuso Inés.

—Yo aprovecho y voy al aseo.

Inés se llevó un dedo a los labios y se dio un par de toquecitos.

Lina repitió el gesto y se dio la vuelta.

Cuando Inés llegó a la barra, preguntó por el dueño.

Un hombre muy grande con tatuajes marítimos en los brazos salió de la cocina.

Llevaba una camiseta llena de manchas, un pantalón que le quedaba dos tallas más grandes y un delantal.

Todo ello decorado con manchas de harina.

—¡Inés! Amiga. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué tal todo? —pre-guntó en italiano.

—Muy bien, ¿y tú? —Inés sonrió al contestarle en el mismo idioma sin darse cuenta.

—Perfecto. —Se señaló a sí mismo—. ¿Te ha gustadola cena?

—Estaba tan rica como siempre. Nunca decepcionas. —Hizo una pausa—. ¿Tienes lo que te pedí? —El dueño le hizo un gesto muy italiano juntando sus dedos…, se fue detrás de la barra sin decir nada y sacó una bolsa.

—¿Dudas de mí? —preguntó al entregársela. Inés no necesitaba mirar el contenido, sabía que era perfecto.

—Nunca lo haría. —Le dio unos cuantos billetes y un gran abrazo.

—Nos vemos pronto, Inés —se despidió antes de entrar en la cocina de nuevo. Inés estaba muy contenta. Todo estaba saliendo como tenía pensado. Tapó con su chaqueta la bolsa y pidió el teléfono de la barra para llamar al taxi.

Lejos de allí, en un bar con su entrada por un callejón y un juego de letras rojas en la puerta, Espe estaba sentada en la barra con un vaso de algo más fuerte que una cerveza.

Julio entró por la puerta seguido de un hombre moreno más joven que él.

Los dos, al verla sola, se acercaron para hablar con ella.

El hombre más joven puso la mano en su hombro antes de decir:

—Jefa, como sigas bebiendo, mañana estaré solo en el bar —le advirtió Tomás.

—Para eso te pago —respondió enfadada.

Tomás no quiso contestar. Se levantó del asiento y se fue a saludar a unos conocidos de una de las mesas. Julio le hizo un gesto a Rosa con la mano para que le sirviese lo de siempre.

—Ayer no pensé que nuestra conversación tuviese estas consecuencias —dijo al aire, no pensaba mirarla. Espe no contestó y le dio un trago largo a su copa.

—¿Eso es que ya te has decidido? —preguntó Julio.

—No tengo nada que decidir. Ella lo tiene claro. Está con la es-tirada esa y no quiere saber nada de mí. —Jugó con el líquido que quedaba en su vaso.

—¿Seguro? —Cogió su cerveza y la alzó antes de decir—: A mí no me pareció eso anoche. —Le dio un gran trago a su bebida. Espe no daba crédito a lo que escuchaba. Anoche la disuadía y ahora la alentaba.

—Tiene pareja —se defendió Espe.

—¿Y cuándo eso ha sido un impedimento?

Espe no contestó. Su mente hizo una lista de las conquistas que había conseguido teniendo pareja, sobre todo masculina. Pudo contar unas cuantas.

—Mira, te estás obsesionando y dándole más importancia a esa mujer de la que se merece. —Hizo una pausa—. Es verdad que es preciosa y su mirada tiene una garra que te atrapa. Pero te estás esforzando tanto que agobias.

Espe frunció el ceño, estaba analizando cada una de las palabras que decía su amigo.

—Te has precipitado. Cuando te acercaste como amiga, ¿qué tal fue? —preguntó mirándola de reojo.

—Muy bien, le ayudé con cosas de la tienda y estuvimos muy cerca —contestó recordando los momentos.

—Vuelve a ese camino. —Hizo una pausa para preparar su discurso—. Le gustas, eso lo vimos todos los del bar. Deja que se confíe, muéstrale ese lado que tú sabes, el que siempre te funciona. Que anoche no lograses el beso, no quiere decir que no lo logres nunca.

Le dio otro trago a la cerveza para humedecer su garganta. Espe asintió trazando el plan en su cabeza.

—Mientras tanto, no olvides que en este bar siempre encontramos preciosas damas para pasar una buena velada. —Le cogió por los hombros y la giró cuarenta grados para que viese a las dos chicas jóvenes del final de la barra.

Espe negó con la cabeza.

—Julio, ella me gusta de verdad. Me hace sentir diferente, me remueve algo por dentro. Algo que solo me pasó con… —Espe no quería pronunciar su nombre.

—Lo sé, eso fue hace mucho. Mira… solo ve y habla con ellas. Nada más, te harán olvidarla un rato y mañana será otro día. —Le dio un empujón que la bajó de su asiento.

Le quitó la copa de la mano y se la cambió por su cerveza.

—Cuando bebes esto te pones muy melancólica.

Espe no estaba muy convencida, pero Julio tenía razón.

Llevaba todo el día pensando en Lina. Solo una mujer había logrado estar tan instalada en su cabeza.

Esta vez no le pasaría lo mismo. Una parte de ella sabía que eran totalmente distintas.

Pero el miedo a sufrir de nuevo y las cicatrices del pasado habían construido una coraza donde no permitía enamorarse de nadie.

Quizás ella fuese la elegida para romperla.

En verdad, estaba cansada de ir de una a otra.

El juego de las conquistas había dejado de ser divertido.