Un respiro #2
Las dos se rieron para liberar tensión. Debían controlarse, estaban en un lugar público y ya habían arriesgado bastante.
Era como si la niebla que había empañado su relación hubiese desaparecido por completo volviendo a la normalidad. Una normalidad que echaban de menos.
El camarero interrumpió las risas.
—¿Saben lo que van a tomar? —preguntó mientras abría una mini carpeta para apuntar.
Lina le puso la carta delante a Inés. La miró esperando a que dije-se el nombre de los platos en su italiano perfecto. Quería disfrutar de cada palabra pronunciada por ella.
Inés no necesitó mirarla para saber lo que tramaba. Intentó controlar su risa y, con un perfecto castellano, pidió las dos pizzas que querían y una botella de vino blanco. El camarero apuntó el pedido, recogió las cartas y se marchó.
Lina se sintió ofendida por no conseguir lo que quería, pero le resultó muy divertido que la conociese tanto como para anticiparse a sus planes. Le echó una mirada muy seria. Le costó aguantar porque estaba deseando reírse.
—No te voy a dar el gusto —dijo Inés, fingiendo seriedad.
Lina abrió la boca como si el comentario le hiriese. Pero nada más lejos de la realidad. Le encantaban esos juegos.
—¿Y por qué no? —intentó ser tan seria como ella, pero sin poder evitar la sonrisa.
Inés se acercó a ella fingiendo que cogía un trozo de pan del cesto que estaba a su lado.
—Porque ya vas a tener suficiente gusto esta noche —susurró de forma muy sensual. A Lina se le cortó la respiración.
—¿Me vas a hablar en italiano? —preguntó ladeando la cabeza para que sus labios fuesen más accesibles.
—Te hablaré en los idiomas que quieras. Pero, por favor, deja de mirarme así o nos van a llevar presas —suplicó. No podía dejar de desearla.
Se rio satisfecha por provocarla hasta el punto de tener que pedirlo por favor.
Mientras esperaban la cena, se contaron todo lo que les había sucedido durante el día.
Lina le habló sobre Tomás; las idas y venidas que tenía con Sofía.
Lo bien que estaba congeniando con su compañera de la tienda.
Le describió lo placentero que había sido el paseo por la playa, la llamada a la casa familiar y lo mucho que le había animado hablar con su padre, con Gloria y Maribel.
—Ya decía yo, hoy estás más… —Inés entrecerró los ojos buscando la palabra exacta para describir ese cambio de energía en ella— tú.
—¿Más yo? —preguntó extrañada.
—Sí, tú. Estás más alegre, más suelta, más relajada, es como si te hubieses quitado un peso de encima…
—Lina la escuchaba hablar y no daba crédito.
Estaba convencida de que todo el tema de Espe lo había conseguido controlar para que no se notase—.
Me alegro de que hayas hablado con tu padre, siempre te hace bien.
Además, la playa tiene un poder especial que disuelve cualquier preocupación.
La próxima vez, ¿te parece si vamos juntas?
—Pudo ver en sus ojos que Inés no estaba segura de la respuesta que iba a recibir.
—Me encantaría que fuésemos juntas.
Una sombra apareció en su mente al recordar cuáles habían sido los pensamientos que la llevaron a la playa. No quería darle más vueltas a ese tema. Por eso redirigió la conversación.
—¿Qué tal ha ido tu día?
El día fue especialmente duro. Necesitaba desahogarse, por eso le habló de la incorporación inmediata de Mireya. Continuó con cosas de la oficina, problemas con comerciales, contratos… Por último, expresó lo frustrante que había sido la tarde, tanto tiempo para no sacar nada.
—No desesperes, seguro que el local que necesitas está por ahí.
Solo que no lo has encontrado —Lina intentó animarla.
—Ya, espero. Puestos a pedir… también podría tener un dueño que no me trate como a una mujer de casa que quiere montar un negocio porque se aburre. —Se notaba la rabia en su rostro.
Era evidente que ese tema le había frustrado y dolido. Ella estaba acostumbrada a tratar con hombres sin achantarse lo más mínimo, pero que la infravalorasen por ser mujer le seguía hirviendo la sangre.
—Inés, solo hay que verte para saber que no eres una mujer capaz de aburrirse. Tienes clase, estudios… sabes lo que quieres. Eres una empresaria de los pies a la cabeza —intentó frenar el enfado que notaba en su voz.
Sus halagos no lograron animarla. En ese momento se acordó de algo que seguro lo conseguiría.
Buscó en su bolso la pequeña concha que había encontrado en su paseo por la playa.
En la tienda la había adecentado un poco.
La limpió y con un poco de pegamento, la unió a una tira de lazo azul que solían usar para cerrar las cajas de regalo.
—En el paseo por la playa… —dijo mientras sacaba la mano del bolso— he encontrado esto. —Le enseñó el puño cerrado.
Inés hizo un pequeño gesto de sorpresa. Después, con delicadeza, puso sus manos sobre la de ella y le abrió los dedos para descubrir el secreto.
A primera vista parecía un lazo azul enrollado.
Con mucho cuidado, apartó la cinta y pudo ver la concha con forma de delfín.
Solo Lina sería capaz de fijarse en una concha rota y buscarle un significado como ese. La cogió con cuidado.
—Es muy bonito, Lina —dijo con dulzura.
—Es para que se lo des a Julieta cuando venga a verte. Sé que en el dibujo había dos, pero dudo que encuentre otra concha parecida —bromeó.
Inés se sentía muy afortunada. Era un regalo muy bonito. De los que más valoraba, esos que no se pueden comprar en una tienda. Le gustó tanto que se planteó quedárselo.
Cogió la servilleta de tela de su mesa y lo guardó con mucho cuidado.
Las luces se atenuaron. Un foco iluminó el escenario.
El restaurante se quedó casi en silencio.
Solo se escuchaba alguna persona despistada que no se había percatado del comienzo del espectáculo.
Lina se reacomodó en su asiento. Estaba expectante.
Nunca había ido a un restaurante con espectáculo.
De pronto sintió caricias en la espalda.
Sin darse cuenta se puso más erguida. Le encantaba que le acariciase, pero le parecía muy arriesgado.
Nunca antes lo había hecho en un restaurante.
Inés, al notar la tensión de su cuerpo, le dio su otra mano por debajo de la mesa y giró la cabeza para mirarla.
Sus oj os le transmitieron la tranquilidad que necesitaba. «Si ella está tan segura…» pensó Lina.
Una mujer con vestido rojo subió al escenario.
De sus hombros caía una especie de cola muy larga.
La tela reflejaba la luz del foco, como si a cada movimiento brillase.
Su pelo moreno echado a un lado, el maquillaje destacaba sus ojos azabaches y una gran sonrisa como colofón del atuendo perfecto para una artista dispuesta a devorar el escenario.
Antes de que pudiese decir una sola palabra, el público la aplaudió.
Lina hizo lo mismo. No la había escuchado, pero solo su presencia la cautivó.
Un piano sonó y la mujer comenzó su canción.
Cantaba en catalán, Lina solo comprendía algunas de las palabras, pero la música, la voz…
el sentimiento era tan bonito que no necesitaba traducción, solo sentirlo.
La canción trataba de amor. Del amor por encima de todo.
Amor que rompía barreras y lograba grandes cosas.
En ese momento, la historia que había contado Inés sobre el dueño cobró sentido.
Al escucharla estaba convencida de que una persona sería totalmente capaz de seguir a esa voz hasta donde hiciese falta por escucharla una vez más.
Lentamente volvió a buscar su contacto. Necesitaba compartir esa emoción con ella.
Inés escuchaba la canción, pero no podía evitar mirarla de reojo.
Estaba preciosa. Su cara lo decía todo. Había acertado con el sitio.
«Si esto le gusta, la escapada al balneario va a ser memorable» pensó.
Lina sintió la mirada de Inés. Por un momento tuvo el impulso de darle un beso en la mejilla.
Uno rápido. Quizás nadie la vería. Todos estaban mirando al escenario, ¿quién se iba a fijar en ellas?
Echó un vistazo a la sala, todo el público estaba anonadado con la artista.
Pero… ¿y si alguien las viera? Dejó esa idea a un lado y se limitó a acariciarle la mejilla con el torso de sus dedos.
Inés frunció el entrecejo medio segundo, no se esperaba la caricia.
Después sonrió con vergüenza. Miró hacia abajo y entrelazó sus dedos con los de ella.
La canción terminó. Algunas de las luces se encendieron, otras se quedaron apagadas.
Trajeron la cena. Lina inspiró el aroma y se le hizo la boca agua.
—Inés, ¡qué bien huele! —dijo conteniendo sus ganas de comer, porque era evidente que la pizza estaba muy caliente.
—Mejor sabrá —soltó sin pensar. Lina sonrió de oreja a oreja, ese comentario era típico de su padre.
El camarero les sirvió el vino. Mientras, el pianista tocaba otra canción.
La cantante sacó un taburete al escenario y se puso a cantar.
Esta vez era una canción más triste, con toques de melancolía.
Pero aun así era preciosa. Inés levantó su copa de vino y esperó a que Lina hiciese lo mismo.
—Por el amor —dijo mirándola a los ojos directamente.
—Por el amor —brindó Lina, que no podía apartar la mirada de esos ojos azules.