Un respiro
El chófer llegó rápidamente. Era sorprendente lo eficiente que era ese hombre.
Durante el trayecto no hubo conversación alguna.
No porque no hubiese cosas de las que hablar, que las había, sino porque el simple hecho de estar juntas era suficiente.
Esta vez fue Lina quien puso su chaqueta entre las dos.
Añoraba su contacto, sus manos solo se habían soltado de la tienda al coche.
Porque era estrictamente necesario. Inés estuvo buscando la mejor manera de contarle su escapada al balneario.
Finalmente se decantó por llevarla allí sin avisar.
Ver su cara cuando llegasen al balneario sería un recuerdo maravilloso.
Para lograrlo, necesitaría unas cuantas cosas antes.
No tenía muy claro cómo lo iba a conseguir todo.
Improvisaría. Mientras Lina subía sus caricias por el antebrazo, Inés fue haciendo una lista mental de todo lo que debía hacer, de sus opciones.
Habría dado cualquier cosa por tener su agenda para poder escribirlo todo y no olvidar nada.
Lina la miró de reojo, vio esa expresión que solía tener cuando estaba trabajando: pensando en mil cosas a la vez.
El ceño fruncido, los labios tensos y la mirada fija en un punto.
Estaba preciosa cuando se concentraba de esa manera.
Pero ahora no era el momento. Por eso, se acercó lentamente.
No quería sobresaltarla antes de tiempo.
Cuando pudo percibir su perfume, le sopló suavemente en el cuello.
Inés tuvo un escalofrío. La miró inmediatamente con una sonrisa. Sus labios acariciaron un sonido…
—¡Ssshh!
—Señora ocupada. Se acabó el trabajo —susurró conteniendo sus ganas de acompañar esa frase con un beso.
En ese momento se arrepintió de no haberle demostrado, en el almacén, de una manera más íntima las ganas que tenía de estar con ella.
Inés asintió. Los únicos pensamientos que ocupaban su mente eran: bailar con ella en una fiesta llena de gente, darse un masaje, disfrutar de las aguas termales a su lado y todo lo que pudiesen hacer en la habitación.
—El restaurante está ahí mismo —dijo el conductor señalando una puerta negra.
—Muchas gracias—se despidió Lina, antes de salir del coche. Inés aprovechó al quedarse a solas con él para solucionar un asunto.
—¿Me podría hacer un favor? —preguntó mientras sacaba la cartera de su bolso.
—Dígame y veré qué puedo hacer —respondió mirando el retrovisor para verla.
—Necesito un coche para mañana. —Miró el espejo para encontrarse con sus ojos.
—La puedo llevar a cualquier parte. —Bajó la vista para mirar la carretera.
—No. Tengo que hacer varios recados y después ir a un sitio donde pasaré todo el fin de semana.
Me gustaría no depender de nadie. —Intentaba mantener contacto visual con él para saber si le estaba convenciendo o no.
El conductor se quedó pensando, miró de nuevo por el retrovisor a los ojos de Inés y, tras unos segundos…
—Puedo conseguirle un coche para el fin de semana, no es muy lujoso, pero la llevará donde necesite. —Su semblante era muy serio.
—¿De verdad? Muchísimas gracias —Sacó dinero suficiente para pagar el trayecto y algo más. El conductor lo cogió como si no tuviese mayor importancia.
—¿A qué hora lo necesita? —preguntó mientras se guardaba el dinero en la chaqueta.
—Sobre las nueve, en la dirección donde nos dejó la primera vez.
—Recuerdo la calle, no se preocupe. Cuente con ello —dijo con una leve sonrisa.
—Gracias —se despidió satisfecha.
Al salir del coche se encontró a Lina mirando el edificio de arriba abajo.
Los balcones eran preciosos, tenían flores muy bonitas.
En algunos de ellos parecía que las plantas caían hacia abajo, dando una sensación de cascada vegetal.
La puerta no tenía ningún cartel con el nombre del restaurante. No sabía dónde iban a cenar.
Inés entrelazó su brazo con el de ella, un pequeño apretón y pasaron al restaurante. Nada más ver el interior, a Lina le fascinó el lugar; había fotos por todas partes: de cantantes, actrices, actores…
Algunas caras le eran familiares, otras no las conocía.
Pero viendo los trajes que llevaban sabía que eran personas importantes.
El director de la sala las acompañó a sus asientos situados en un lateral.
Cada mesa tenía un pequeño biombo, proporcionando intimidad.
La luz era cálida, se escuchaba una música suave, era un ambiente muy acogedor.
Lina se fue a sentar en la silla situada enfrente de Inés, pero el director de sala le sugirió amablemente que utilizase la que acababa de mover para ella.
«Sí que tiene clase este sitio que tiene las sillas asignadas» pensó.
Una vez en su sitio, Lina se dio cuenta de que había un escenario y que desde ahí se veía mucho mejor. Un pensamiento le hizo reír: «Ese escenario tiene mejor pinta que el del bar de María Concepción».
Inés, al escuchar su risa, preguntó:
—Bueno, cuéntame. ¿Qué es tan gracioso?
Lina no supo qué decir. No quería contarle lo de la otra noche, al menos de momento. Ahora que estaban bien no quería estropearlo.
—Nada. Una cosa que he recordado de… la tienda —disimuló.
—Cuéntame —la invitó.
—Ahora no, vamos a elegir la cena, que me muero de hambre — desvió el tema.
—De acuerdo, pero tenemos toda la noche para hablar de lo que quieras.
Por debajo de la mesa, Inés le acarició la pierna. Lina no sabía qué elegir, los platos tenían nombres muy extraños. Inés la miró un par de veces sin que ella se enterase, estaba esperando que dijese algo sobre la carta.
—Inés, no entiendo casi nada —confesó—. Esto está en… ¿italiano?
Inés sonrió divertida. Había tardado más de lo que esperaba en darse cuenta.
—Te he traído a la mejor pizzería de Barcelona y de Italia, si me apuras.
Lina puso cara de sorpresa. La única vez que había probado la pizza fue un día que Gloria leyó la receta en una revista y se puso a innovar. No le salió muy bien. Inés cerró la carta y comenzó a contarle la historia.
—El dueño es italiano y sus pizzas son conocidas por personas importantes.
—Y si es de Italia, ¿qué hace aquí? —preguntó queriendo saber más.
—Se enamoró, Lina. Conoció a una mujer. Una cantante.
—Miró a su alrededor como si buscase a alguien; al no encontrarla, continuó—: Un día iba caminando por la calle y escuchó una voz que le cautivó hasta lo más profundo.
Recorrió la avenida de arriba abajo buscando de dónde provenía.
Cada palabra que escuchaba le hacía desear hallarla con más ahínco.
Finalmente descubrió que ese sonido divino provenía de lo alto de un edificio.
Llamó a todas las puertas hasta que alguien le abrió.
Subió las escaleras siguiendo la melodía y llegó hasta la azotea.
—Hizo una pausa para deleitarse con su atención.
Quería alargar ese momento unos segundos más—.
Fue amor a primera vista. Lo dejó todo en Italia para quedarse con ella —en esta última frase, fue bajando la voz a cada palabra con la intención de que se fuese acercando a ella—. Y montaron este pequeño restaurante.
Lina miró directamente a sus ojos, después a sus labios. Para distraer las ganas de besarla dijo:
—Como nosotras… —miró sus ojos de nuevo— que hemos dejado todo atrás por amor.
—Observó sus labios otra vez. Inés no pudo contestar, involuntariamente se acercó a ella.
Su cuerpo tuvo un impulso muy grande de besarla.
Por suerte, reaccionó a tiempo y se frenó a escasos centímetros, los suficientes para que no pasase nada.
Pero las ganas seguían ahí; para contenerlas tuvo que morderse el labio inferior.
Cerró los ojos y cogió aire. Necesitaba calmarse.
«En cuanto estemos a solas le daré todos los besos que ahora no puedo» se dijo a sí misma para tranquilizarse.
Para Lina esto no pasó desapercibido. Cuando la vio acercarse tanto, era tal el deseo que abrió levemente la boca esperando sentir una caricia de la parte más suave de su amada.
Las dos hicieron un gran esfuerzo para mantener su deseo a raya.
Inés, con sus ojos, le indicó que mirase la carta.
Con la excusa de compartirla y traducir lo que estaba escrito, podían estar más juntas.
Lina estaba embelesada escuchándola hablar italiano.
Sabía que mientras estuvo con Diego había aprendido idiomas, pero nunca le había escuchado hablarlos.
Al ver cómo Inés acariciaba cada palabra con sus labios, descubrió lo sensual que era.
Mientras Inés repetía algunos de los ingredientes para recordar su traducción, Lina le susurró:
—El italiano te hace muy sexy.
Inés soltó una risa un poco comedida. Esa confesión le había pillado totalmente desprevenida. Para ella, palabras como champiñones, albahaca y demás… no eran palabras sexis. Además, lo había dicho en un tono que… algo en su parte más íntima se había estremecido.
—Creo, señorita Escudero, que usted está muy enamorada y no piensa con claridad —volvió a utilizar la técnica de antes, bajando el volumen de las palabras—. Espero que esa pérdida del juicio le dure toda la noche.
—¿Por…? —preguntó imaginándosela respuesta.
—Porque pienso aprovecharla cuando lleguemos a casa. —Le regaló una rápida caricia en la mejilla. Lina cogió aire y lo soltó lentamente. Se estaba excitando por segundos, solo de pensar en lo que vendría más tarde.
—Entonces… ¿qué vamos a pedir? —preguntó Lina con dificultad. Inés sonrió. Sus esfuerzos por controlarse le parecían adorables.
—¿Te parece que pidamos dos pizzas diferentes y las compartimos? —propuso.
—Perfecto. Así podré comer más que tú —bromeó con cierto retintín divertido.
—¡Oye! —Le dio con la carta en el hombro, fingiendo estar ofendida.
—¿Qué? ¿ No dices que están tan buenas? Tendré que comprobarlo… —Miró sus pechos—. Pr o barlo todo, todo.